Volví a casa y la encontré desnuda en la bañera
Son las once de la mañana y aún no me atrevo a despertarte. Llevo casi una hora mirándote dormir, Mariela, siguiendo con la vista el dibujo de tus pecas en la espalda y la curva de tu cadera bajo la sábana. Tu pelo está revuelto. Tu boca, entreabierta. El sol se cuela entre las cortinas y dibuja líneas doradas sobre tu piel.
Pienso en cuántas veces hemos hecho el amor en estos siete meses. En cuántas mañanas me he despertado así, sedienta de ti, sintiendo que se nos escapa el tiempo por más que intentemos retenerlo. Y, sin embargo, ninguna noche ha sido como la de ayer.
***
Volví del trabajo a las siete de la tarde con la espalda hecha pedazos. Había salido de casa convencida de que estarías hasta tarde en el estudio —me lo habías dicho esa misma mañana, mientras te recogías el pelo frente al espejo del recibidor— y traía la cabeza puesta en cualquier otra cosa: la cena que pensaba improvisar, el papeleo que cargaba en el bolso, la lavadora que llevaba puesta desde la noche anterior.
Lo primero que noté al abrir la puerta del piso fue el olor. Rosas y jazmín mezclados con algo más tibio que reconocí enseguida: las velas grandes de la estantería, las que solo encendemos cuando hay algo que celebrar.
—¿Mariela? —pregunté, pero no obtuve respuesta.
Crucé el pasillo dejando un rastro torpe de llaves, bufanda y zapatos. La puerta del baño estaba entornada. Empujé despacio y se me cortó la respiración.
Estabas dentro de la bañera con la espuma hasta el cuello, mirándome con esa media sonrisa tuya que no admite preguntas. Sobre los azulejos, una docena de velas pequeñas. En el borde, dos copas y una botella todavía sin abrir. Y al lado de la bañera, sobre la alfombra de baño, un conjunto de lencería negra impecablemente doblado, como un regalo que aún no se ha entregado.
—Te mentí —susurraste—. Llevo desde las cinco esperándote.
Me acerqué sin saber qué decir. Tu mano salió del agua y me llamó con un gesto, mojándome la mejilla cuando me incliné a besarte. Tenías los labios fríos y la piel caliente. Esa contradicción tuya que siempre me vuelve loca.
—Quítate la ropa —dijiste—. Despacio. Quiero verte.
Y yo, que en el despacho aún era la mujer eficiente que firmaba expedientes con bolígrafo azul, me deshice frente a ti como si el día entero hubiera sido un disfraz. La chaqueta. La blusa, botón a botón. El pantalón cayendo sobre el suelo de mármol. Las medias, que siempre me empeño en quitarme con cuidado aunque sé que da igual. Mientras me desnudaba, apenas parpadeabas. Mantuviste los ojos clavados en cada centímetro de piel que iba apareciendo, y sentí que me estabas reescribiendo con la mirada.
Cuando entré en la bañera, el agua estaba a la temperatura exacta. Me abrazaste desde detrás, recosté la espalda contra tu pecho y dejé que tus manos me recorrieran los brazos, el vientre, los muslos. No hablamos durante un rato largo. No hacía falta.
***
—¿Te ayudo a lavarte el pelo? —preguntaste, hundiendo los dedos en mi nuca llena de espuma.
Me giré sobre tus piernas hasta quedar de rodillas frente a ti, las dos casi sentadas, el agua dibujando un cerco tibio alrededor de nuestras cinturas. Empezamos a besarnos como si fuera la primera vez. Con prisa, después con calma, después otra vez con prisa. Tus manos resbalaban por mi espalda. Mis dedos se enredaban en tu nuca mojada. Cuando una de tus rodillas se abrió paso entre las mías, todo el aire del cuarto pareció evaporarse.
—Despacio —murmuraste contra mi boca—. Tenemos toda la noche.
No te hice caso, y tú tampoco. Me empujaste contra el azulejo y pasaste los dedos por debajo del agua hasta encontrarme. Me corrí la primera vez de la noche con la espalda mojada contra la pared, mordiéndote el hombro para no gritar. Después insistí yo, con tu boca pegada a mi oído y mis dedos descubriendo cuánto te habías estado conteniendo durante toda la espera.
Tardamos una hora y media en salir de la bañera, y para entonces el agua ya casi no echaba humo. Te ayudé a levantarte. Te envolví en una toalla blanca. Te besé el hombro, la oreja, la clavícula. Sentía latir mi pulso en sitios donde no debería haber pulso.
—Ven —dijiste, tirando de mi mano—. Falta lo mejor.
***
El salón olía a leña. Habías encendido la chimenea y unas cuantas velas más, y habías arrastrado hasta el centro de la habitación la alfombra blanca de pelo largo por la que siempre nos peleamos. Las paredes se llenaron de sombras de mujer: dos siluetas alargadas y movedizas que parecían pertenecer a otra época.
Nos sentamos sobre la alfombra. Sequé tu pelo a golpe de toalla, sin prisa, deteniéndome a besar cada centímetro de piel que iba dejando libre. Tú me dejabas hacer. Por primera vez en toda la tarde te quedaste quieta, observando, con una mezcla de cansancio dulce y curiosidad. Esta noche te toca a ti recibir. Te has pasado la tarde mimándome. Ahora me toca devolvértelo.
Me incorporé y crucé el salón hasta la cómoda. Del último cajón saqué dos vendas de seda negra. Una más larga, otra más corta. Las había comprado un mes atrás en aquella tienda de la calle Belgrano de la que salimos riéndonos como dos adolescentes, sin atrevernos a estrenarlas. Te las enseñé en silencio.
—¿Confías en mí? —pregunté.
Asentiste con la cabeza. Lo dijiste sin abrir la boca, con esa manera tuya de mirarme que ya no necesita palabras.
Me arrodillé detrás de ti. Te besé la nuca. Pasé la venda de seda sobre tus pechos, dejando que la tela apenas rozara tus pezones antes de subirla hasta tus ojos. Te la anudé sin apretar, con un gesto que esperaba que entendieras: no es una jaula, es una promesa. Sentí que tu cuerpo se erizaba bajo mis manos.
—No te muevas —susurré—. No esta noche.
Te tumbé sobre la alfombra blanca. Te subí los brazos por encima de la cabeza y, con la segunda venda, te até las muñecas. No apreté: solo lo suficiente para que sintieras el contorno de la tela. Para que entendieras que, durante un rato, no podías intervenir. Que solo podías sentir.
—¿Estás bien? —pregunté.
—Sigue —dijiste con la voz un poco rota.
Y seguí.
***
Empecé por las muñecas. Pasé la lengua por la parte interior de tus brazos, por las axilas recién depiladas, por la curva del hombro. Tu piel se erizaba bajo cada beso. Te oí soltar un primer jadeo cuando llegué al cuello, y otro más largo cuando atrapé el lóbulo de tu oreja entre los dientes.
—No puedes besarme —te recordé en voz baja—. Esta noche eres mía.
Bajé hasta tus pezones. Los dejé mojados un instante y me levanté.
—¿A dónde vas? —preguntaste, alarmada.
—Espera —dije—. Vuelvo enseguida.
Fui a la cocina. Abrí el congelador. Saqué un par de cubitos de hielo y, del frutero, un puñado de fresas que había comprado en la verdulería el viernes. Volví descalza, dejando un rastro de pisadas húmedas, y te encontré exactamente como te había dejado: tumbada sobre la alfombra blanca, los brazos por encima de la cabeza, los pechos subiendo y bajando con cada respiración. La chimenea proyectaba tu silueta contra la pared. Me detuve un segundo solo para mirarte.
—Estoy aquí —dije—. Ssshhh. No te muevas. Siénteme.
Me arrodillé a tu lado y dejé caer un trozo de hielo sobre tu clavícula. Lo deslicé despacio entre tus pechos. El cubito se iba derritiendo y dejaba un rastro de agua fría que se evaporaba a los pocos segundos por el calor de tu piel y de la chimenea. Bajé hasta tu vientre. Dibujé un círculo alrededor de tu ombligo. Tú apretabas los labios para no gritar, pero los muslos te temblaban.
—Abre la boca —dije.
Te pasé lo que quedaba del hielo de un beso a otro, dejándolo derretirse entre las dos. Sabíamos a agua, a sal y a algo más.
***
Cogí una fresa y la mordí. Te pinté con ella los pechos. La curva del cuello. La línea de la cadera. Te recorrí el cuerpo como si fueras un cuaderno, dibujando trazos rojos que después borraba con la lengua. Tu respiración se aceleraba con cada centímetro recorrido. Empezaste a moverte, a tirar levemente de las muñecas atadas, a pedirme con una voz que no terminaba de salir.
—¿Ya? —murmuraste.
—Todavía no.
Bajé. Apoyé otra fresa entre tus muslos. Y, justo antes, deslicé un cubito sobre tu clítoris.
El sonido que se te escapó no era un grito: era una bocanada de aire mal contenida. Sentí cómo se te tensaban las piernas, cómo intentabas cerrarlas para guardarme dentro. No te dejé. Apoyé el calor de mi boca donde antes había estado el hielo y empecé a recorrerte con la lengua como si tuviera todo el tiempo del mundo. La fresa quedó atrapada entre nosotras, aplastada, dulce, mezclada con todo lo demás.
—Ahora sí —dije.
Te quité la venda de las muñecas. Después la de los ojos. Lo primero que vi fueron tus pupilas dilatadas, brillantes, mirándome desde un sitio al que aún no llegaba a entrar del todo. Me subí sobre tu cuerpo. Me coloqué a horcajadas sobre uno de tus muslos y, sin dejar de mirarte, empecé a moverme contra ti.
Me imitaste. Tu muslo subía a buscarme. El mío bajaba a buscarte. Nuestras caderas se sincronizaron sin que tuviéramos que decidirlo. La alfombra blanca se manchó de fresa, de saliva, de nosotras. Las dos jadeábamos. Las dos nos mirábamos. Las dos sabíamos que estábamos a punto de caer juntas.
—Ya, Mariela —dije.
—Ya —dijiste tú.
Y caímos.
***
El orgasmo nos atravesó casi al mismo tiempo. Sentí cómo se contraía mi vientre, cómo se me tensaban los muslos, cómo todo el calor del salón parecía concentrarse durante unos segundos en un solo punto y, después, repartirse por la piel como una marea baja. Tu cuerpo hizo lo mismo bajo el mío. Te oí soltar un gemido largo, casi un suspiro, y noté cómo te abandonabas.
Nos quedamos un rato sin movernos. Yo tumbada sobre ti, tú con la cabeza ladeada hacia la chimenea, las dos respirando despacio. La leña crepitaba. Las velas seguían encendidas. Una de ellas se apagó sola, sin avisar, y ninguna de las dos quiso volver a prenderla.
—Te quiero —dijiste.
—Te quiero —respondí.
Nada más. Lo dijimos como si fuera la primera vez que aprendíamos esas dos palabras juntas. Como si en algún punto entre el baño, el hielo y la chimenea hubiéramos descubierto un idioma nuevo que solo entendíamos nosotras.
***
Son las once de la mañana y abres los ojos. Me ves mirándote. Sonríes con la sonrisa lenta de quien todavía no ha terminado de regresar del sueño.
—Buenos días, mi niña —susurras.
—Buenos días, mi amor —respondo.
Y pienso, mientras te beso la frente, que tengo que apuntar todo esto en algún sitio antes de que el día se lo lleve. Que tengo que recordarme a mí misma, dentro de seis meses, de dos años, de toda una vida, que existió este sábado en el que volví a casa pensando en una cena improvisada y me encontré con una mujer esperándome entre velas. Que existió esta forma de quererte. Que existe.