Lo que Nahia me hizo después de nuestro primer beso
Conocí a Nahia en una librería del centro un sábado por la tarde. Yo buscaba algo que no encontraba; ella, sentada en el suelo de la sección de poesía, llevaba una camisa blanca abrochada hasta el cuello y una sonrisa que parecía saber demasiado. Tres meses después, esa misma camisa estaba sobre el respaldo de una silla en su cocina, y yo seguía sin entender del todo cómo había llegado hasta allí.
La cena la había hecho ella. Risotto de calabaza, una ensalada que apenas probé, dos botellas de un blanco frío que abrió antes de que yo cruzara la puerta. Nos reímos durante horas con esa risa cómoda que solo aparece cuando una bebe lo justo. Me había sentado a su lado, no enfrente, porque se lo pedí. Lo pedí en serio, no en broma, y ella me sostuvo la mirada un instante de más antes de aceptar.
Desde mi silla podía verle el escote de la blusa, abrochada con los botones justos para que la tela no se desparramara. No llevaba sujetador. Nunca lo llevaba. Le encantaba que se le notara el pequeño aro metálico que se transparentaba cuando inclinaba el torso. Tetas grandes, mucho más bonitas que las mías, con unos pezones que se marcaban duros cada vez que se rozaba con la tela. Ese tipo de comparaciones nunca me han servido para nada, pero esa noche me daba cuenta de que se me hacía la boca agua solo de imaginarme chupándoselos.
—¿En qué piensas? —preguntó.
—En nada —mentí.
Pensaba en muchas cosas a la vez. Pensaba en cómo había llegado a su apartamento un viernes a las diez de la noche sin que nadie supiera que estaba allí. Pensaba en mi novia, o en mi exnovia, según el día. Pensaba en lo que iba a pasar si Nahia se acercaba un centímetro más. Pensaba en que llevaba el coño mojado desde antes de tocar el timbre.
Apuró el vino. La vi estirar el cuello, el movimiento largo y deliberado, los ojos hacia el techo. Cuando bajó la mirada, me pilló observándole las tetas. No los aparté a tiempo. Sentí la sangre en la cara antes de procesar la vergüenza, y giré los ojos hacia el otro extremo de la cocina, como si una niña a la que han pillado haciendo lo que no debe.
—¿Quieres un poco más, Miss? —pregunté estirando la mano hacia la botella, como si rellenar copas pudiera disimular cualquier cosa.
—Sí, quiero más, sweet girl.
Los nombres los había inventado ella en nuestro segundo encuentro. Yo no había protestado. Tampoco había protestado cuando empezó a llamarse a sí misma «Miss» en los mensajes, ni cuando me preguntó, en aquel café junto al museo, si alguna vez había hecho lo que quería sin pedir permiso. Le dije que no. Sonrió como si hubiera ganado algo.
No fue que me cogiera de la muñeca para impedirme llegar a la botella. Fue el tono. Una palabra puede cambiarte el ritmo del corazón si la dice la voz adecuada. El mío empezó a saltarse latidos, no como una arritmia, sino como si estuviera intentando adaptarse a un compás nuevo.
Levanté los ojos pero agaché la barbilla. Sus pupilas me sostuvieron la mirada apenas un suspiro. La mano libre se le había posado en mi muslo, justo donde terminaba la falda. La otra subía por mi antebrazo, despacio, midiendo cada centímetro como si quisiera memorizarlo.
No sabía dónde meterme. No sabía dónde mirar. Estaba excitada y aterrada, y las dos cosas al mismo tiempo no me cabían en el cuerpo. ¿Por qué me asusta tanto algo que llevo meses queriendo?
Sus ojos brillaban. Me tocó la mejilla con la punta de los dedos, un roce mínimo, casi accidental. Me hizo sentir frágil y bienvenida a la vez. Cuando se inclinó, dejé que mis labios fueran al encuentro de los suyos. La boca le sabía a vino frío y a algo más espeso, algo suyo. Su lengua tocó la mía un segundo, los carmines se mezclaron, y luego me retiré.
No la aparté con violencia. Solo bajé la cabeza, despacio, y dejé que sus mechones negros me hicieran cosquillas tibias en la cara. Sentí su respiración detenerse un instante. Yo tampoco sabía qué me pasaba. Llevaba meses imaginando ese beso y, cuando llegó, me quedé sin saber qué hacer con él.
Me acurruqué en sus brazos. Fue lo único que se me ocurrió. La rodeé con los míos y me apreté contra su cuello, contra el olor a perfume cítrico y a sudor leve, contra esa zona blanda donde la clavícula deja un hueco. Ella no se movió. No me preguntó nada. Me abrazó con fuerza, paciente, como si supiera que estaba esperando algo que solo yo podía darle.
Una parte irracional de mí prefería que me exigiera una respuesta, que me forzara a explicarme porque nuestro primer beso había tenido sabor a despedida. Quería decirle cuánto me gustaba, que el problema no era ella, que el problema nunca había sido ella. Pero las palabras se me atoraban en la garganta como pastillas mal tragadas.
—Temo no estar a la altura —alcancé a decir, en voz tan baja que dudé de si me oiría.
—¿Y por eso te pones la zancadilla a ti misma, soft girl? —Me cogió la barbilla y me dio un beso delicado, apenas un roce, sobre los labios—. Sé lo que te falta. Dame un momento. Ahora vuelvo contigo.
Se levantó. La oí abrir un cajón del aparador del salón, uno de esos cajones bajos donde nunca había metido las narices. Volvió con una cuerda fina, de algodón crudo, enrollada en la mano como si fuese un rosario. La dejó sobre la mesa, al lado de mi copa medio vacía.
—¿Confías en mí? —preguntó.
Asentí. No supe decir más.
—Si quieres parar, dices «rojo». Lo digas como lo digas, paro. ¿Vale?
—Vale.
***
Me cogió la muñeca derecha y la llevó hasta donde nace la pata de la silla, justo debajo del asiento. La cuerda hizo dos vueltas, un nudo plano que apenas apretaba pero que no se aflojaba. Yo, dócil, temblorosa y extasiada, dejé que repitiera la operación con la otra mano. Sus miradas tranquilas, cada vez que levantaba la vista para comprobar que seguía conmigo, eran lo único que mantenía mi corazón dentro del pecho.
Se puso detrás de mí. Me recogió el pelo, primero desde la nuca, después desde la frente, y me lo anudó en una coleta firme. Sentí el tirón leve, esa sensación de estar siendo organizada por otra persona, como cuando eres niña y tu madre te peina antes del colegio. Pero esto no se parecía en nada a aquello.
Cuando por fin encontré el valor para hablar, ya era tarde. Se sentó a horcajadas sobre mí, atrapándome contra el respaldo de la silla, aplastándome las tetas con las suyas. Pasó un brazo por encima de mi hombro, me cogió de la coleta y tiró hacia abajo con suavidad. Mi cuello quedó expuesto y mi boca entreabierta sin que yo lo hubiera decidido.
—Mucho más fácil así, ¿verdad? —dijo.
Sacó del bolsillo del pantalón un aro metálico de unos cuatro centímetros, forrado de cuero negro, con una correa colgando a cada lado. Lo había llevado encima toda la noche. Toda la cena. Mientras me hablaba del último libro que había leído, mientras me preguntaba por mi hermana, mientras se reía de mi imitación del jefe. Aquello había estado en su bolsillo, esperando paciente a que yo terminara de tener miedo.
—Abre —dijo. No fue una orden. Fue una invitación con el tono de una orden.
Abrí la boca. Colocó el aro entre mis dientes, ajustó la correa por detrás de la nuca y cerró la hebilla. Se separó un momento, lo justo para mirarme. Así me imagina ella cuando no estoy delante, pensé. Así llevaba meses queriéndome ver.
—Deja que yo me encargue de todo —dijo.
Me tomó con una mano del pelo y con la otra del mentón, y me besó con toda la pasión que yo no había sido capaz de darle en el primer intento. Su lengua entró sin obstáculos, sin la barrera de mis labios cerrados ni de mis dudas, y me recorrió las cavidades de la boca como si estuviera buscando un mapa. Una lengua viva, caliente, demasiado segura de sí misma. Yo no podía cerrar. No podía tragar. Babeé sin querer y ella se rio dentro de mi boca, una risa sin sonido, una vibración que me bajó por la columna hasta clavárseme entre las piernas, donde el coño me palpitaba ya sin disimulo.
Algo se desbloqueó. No sé cómo describirlo. Mi nerviosismo inicial, esa cosa apretada en el esternón que llevaba meses cargando, se disolvió como un terrón de azúcar en agua caliente. Mi lengua le devolvió el beso con el mismo fervor. Empujé hacia ella todo lo que la silla y la cuerda me permitían empujar. Lo único que quería era más. Más boca, más peso encima, más manos en el pelo, más todo.
Ella lo notó. Sin soltarme de su tenaza, se rio otra vez, ahora con sonido, sin dejar de besarme ni un segundo. Disfrutaba de mí a su antojo, y yo se lo permitía con una gratitud que no había sentido antes en mi vida. Tal y como me gustaba, aunque hasta esa noche no hubiera sabido nombrarlo.
Cuando se separó apenas unos centímetros, mantuvo los dedos en mi pelo. Con el índice de la otra mano recorrió todo el interior húmedo de mi boca, despacio, como si estuviera comprobando algo. Me metió el dedo hasta el fondo, presionándome la lengua, y yo se lo chupé como si me fuera la vida en ello, empapándoselo de saliva que me chorreaba por la barbilla y me caía sobre el escote.
—Espero de ti muchos más besos como este —dijo—. Y teniéndote tan accesible, también me apetecen otras cosas.
Echó la cintura hacia atrás, sin bajarse de mi regazo, y empezó a desabrocharse la blusa. Botón a botón, sin prisa, sin dejar de mirarme. El piercing apareció primero, un aro plateado atravesándole el pezón izquierdo, luego la curva entera de la teta, luego la otra, más pesada, con el pezón oscuro y ya erecto apuntándome directamente a la cara. Yo la miraba con la boca abierta, literalmente, sin poder hacer ningún comentario, sin poder casi tragar saliva.
—La noche es joven, sweet girl —dijo.
Se sujetó una teta con la mano y me la acercó a la boca abierta. El pezón me rozó los labios estirados por el aro, y el piercing metálico chocó contra mis dientes con un ruido seco que me hizo cerrar los ojos. Ella lo movía despacio, pintándome los labios con su propia carne, dejándome que la lengua se estirara todo lo que pudiera para lamerle la punta. Yo sacaba la lengua como una perra sedienta, buscándole el pezón, ahogándome de ganas.
—Chúpame, sweet girl. Chúpamela bien —susurró, y me empujó la teta contra la boca hasta hundírmela dentro del aro.
La chupé como si nunca hubiera hecho otra cosa. Le rodeé el pezón con la lengua, tirando del piercing con cuidado, sintiendo cómo se le ponía todavía más duro contra mi paladar. Ella gimió por primera vez en toda la noche, un gemido bajo, gutural, que me confirmó que yo también estaba haciendo algo por ella. Me pasó a la otra teta y repitió la operación, hundiéndomela hasta que casi no pude respirar por la nariz. La saliva me caía a chorros, empapándole la piel, resbalándole hasta el vientre.
Cuando me la sacó de la boca, se agachó y me lamió ella la barbilla, limpiándome la baba con la lengua, y de paso se metió una mano bajo la falda que yo llevaba y me apartó las bragas de un tirón. Sus dedos me encontraron el coño empapado sin necesidad de buscar. Se rio otra vez.
—Mírate cómo estás, cerdita. Chorreando en mi silla. ¿Todo esto por chuparme las tetas un rato?
Yo asentí, incapaz de hablar. El aro me mantenía la boca abierta y ella aprovechó para meterme dos dedos dentro y hacerme chupar mi propio sabor. Salado, denso, mío. Me los sacaba y me los volvía a meter, follándome la boca con los dedos mientras con la otra mano me abría el coño y me pellizcaba el clítoris con la yema del pulgar.
—Voy a follarte hasta que te corras encima de esta silla —dijo—. Y no vas a poder cerrar la boca ni las piernas ni nada. Vas a estar así, abierta, hasta que yo diga.
Se bajó del regazo y se arrodilló en el suelo entre mis rodillas. Con las dos manos me subió la falda hasta la cintura y me terminó de arrancar las bragas, que se quedaron colgando de un tobillo. Me miró el coño de cerca, sin tocarlo todavía, respirándome encima. Yo intenté cerrar las piernas por puro reflejo y ella me las abrió con firmeza, plantándome las manos en la cara interna de los muslos.
—Quieta. Esto es mío.
Y me lamió. Un lengüetazo largo, plano, desde el perineo hasta el clítoris, sin prisa, sin cortesía. Me arqueé contra las cuerdas y solté un gemido ahogado por el aro que sonó más a rugido que a otra cosa. Ella se rio contra mi coño, y esa vibración me hizo perder el poco control que me quedaba. Empezó a chuparme el clítoris con los labios, mamándolo como si fuese un pezón pequeño, tirando de él con succiones cortas y precisas. Me metía la lengua dentro y me la sacaba, alternando con los dedos, dos primero, luego tres, hasta que el chapoteo de mi propia humedad se oía por toda la cocina.
—Escúchate —dijo, levantando la cara un segundo, la barbilla brillante—. Estás empapando la silla, cerdita. Se te oye desde la calle.
Volvió a bajar la cabeza y me follaba con los dedos mientras me chupaba el clítoris sin descanso. Curvó los dedos hacia arriba, buscándome un punto que yo nunca había sabido encontrarme sola, y cuando lo encontró apretó ahí con la yema como si supiera exactamente qué botón estaba pulsando. Sentí que se me caía el suelo. La primera oleada me subió por las piernas, se me instaló en la barriga y me estalló entre las caderas. Me corrí atada a esa silla, con la boca abierta imposible de cerrar, chorreándole en la cara y en la mano, gimiendo como un animal que no reconocía como mío.
Ella no paró. Siguió chupando y metiendo los dedos mientras yo temblaba, alargándome el orgasmo hasta el borde del dolor. Cuando por fin sacó los dedos, me los enseñó, empapados hasta el nudillo, y se los metió en la boca despacio, sin dejar de mirarme.
—Deliciosa —dijo—. Y esto ha sido solo el aperitivo.
Se levantó, se terminó de quitar la blusa que le colgaba de los hombros, se desabrochó el pantalón y lo dejó caer. No llevaba nada debajo. Se subió otra vez a la silla, esta vez con las rodillas a la altura de mis hombros y el coño depilado justo frente a mi cara.
—Ahora vas a devolverme el favor, sweet girl. Y como el aro te va a estorbar, te lo voy a quitar. Pero como muerdas, te lo pongo dos horas seguidas. ¿Estamos?
Asentí como pude. Me desabrochó la hebilla y me sacó el aro con cuidado. Me dolía la mandíbula, me chorreaba la baba por el cuello, y aun así lo único que quería era su coño encima. Me agarró de la coleta y me hundió la cara entre sus muslos sin darme tiempo a respirar. Yo saqué la lengua y empecé a chuparla como acababa de aprender que se hacía, imitando cada cosa que ella me había hecho a mí. La lamí de abajo arriba, le mamé el clítoris, le metí la lengua dentro y se la moví como si la estuviera follando.
—Así, sweet girl. Así, buena chica. Mama bien. Que sepa yo que has aprendido.
Se restregaba contra mi cara sin cuidado, marcándome el ritmo con la mano en la nuca, follándome la boca con su coño. Yo no podía usar las manos, no podía moverme, solo podía chuparle todo lo que me daba, tragarme su sabor, empaparme la cara con lo que ella iba soltando. Cuando se corrió me apretó la cabeza contra ella con las dos manos, gimiendo mi nombre por primera vez, y me quedé quieta con la lengua dentro sintiendo cómo se le contraía todo el cuerpo alrededor.
Se dejó caer sentada sobre mis muslos, con el coño todavía apoyado contra mi barriga, y me besó en la boca ensuciándonos las dos con lo que quedaba de ella en mis labios.
—Todavía no te desato —susurró, mordiéndome el labio inferior—. La noche es joven, ya te lo dije.
Y yo, atada a su silla de pino, con la mandíbula dolorida y el coño empapado y las tetas de ella colgándome delante de la cara, no me podía oponer a nada. Ni quería.