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Relatos Ardientes

El día que humillamos al machista de la casa

Ilustración del relato erótico: El día que humillamos al machista de la casa

—¿Ya estás mejor? —preguntó Carla mirando a su hermana menor por encima del plato.

—Algo. He tenido una mañana horrible. La regla es lo peor que existe —se quejó Noelia, dejándose caer en la silla con un suspiro.

Justo entonces entró Diego en el comedor. Tenía veintidós años, dos más que Carla y cuatro más que Noelia, y arrastraba una arrogancia que las dos conocían de memoria. Había oído el final de la conversación y ya venía con la sonrisa puesta, esa mueca de superioridad que sacaba siempre que podía sentirse por encima de ellas.

—Así que ser mujer es lo peor que existe, ¿eh? —dijo, regodeándose.

—He dicho la regla. Ser mujer sigue siendo mejor que ser hombre, eso no cambia —respondió Noelia sin mirarlo siquiera.

Las dos hermanas estaban más que acostumbradas a sus comentarios. Por mucho que le hubieran demostrado mil veces que ser hombre no lo hacía superior a nadie, Diego seguía aferrado a su pequeño reino imaginario.

—Claro, mejor que te duela ahí abajo todos los meses —replicó él, tirándose en la silla con desgana.

Pero al sentarse soltó un quejido. Un quejido muy concreto, que sus hermanas habían escuchado decenas de veces a lo largo de los años. Lo miraron, y en su cara encontraron una expresión que también conocían bien: la del que acaba de aplastarse lo más delicado de su cuerpo contra el asiento.

—¿Qué te pasa, te has sentado encima de los huevos? —preguntó Carla, observando cómo su hermano se ponía pálido y empezaba a sudar.

—Has acertado de lleno —dijo Noelia, soltando una risita—. Es la cara de quien se ha machacado las pelotas.

—Eso te pasa por reírte de la regla. Karma puro —añadió Carla, chocando la palma con su hermana.

No se equivocaban. Diego se había dejado caer con brusquedad sobre lo más blando y vulnerable de su anatomía, y el dolor le subía por el vientre como una brasa. Lo peor no era el golpe, sino que hubiera ocurrido delante de ellas. Aguantó el tipo unos segundos, pero el ardor era demasiado intenso, así que terminó por rendirse y se sujetó la entrepierna con las dos manos, incapaz de contener otro gemido.

—¡A eso me refería! Tener huevos es la auténtica desgracia —dijo Noelia, muerta de risa.

Si hubiera estado solo, Diego se habría tirado al suelo a retorcerse a gusto. Pero hacerlo delante de ellas habría sido sumar otra anécdota más a su larga lista de humillaciones. Y la lista era larga.

Desde niñas, Carla y Noelia habían convertido los golpes en la entrepierna de su hermano en una especie de deporte casero. No habrían llegado tan lejos si él no se lo hubiera tomado siempre tan a pecho, pero desde la primera vez no soportó que dos chicas más pequeñas lo derribaran sin que él pudiera devolverles el golpe. Ellas lo notaron, y exprimieron esa debilidad —tanto física como mental— hasta el último gramo.

Normalmente lo tumbaban con toques flojos, casi simbólicos, que en una mujer ni siquiera se habrían notado. Lo hacían así para no buscarse un castigo de su madre, pero también porque les fascinaba dejar fuera de combate a un hombre adulto con un esfuerzo mínimo. De vez en cuando, eso sí, golpeaban en serio, solo por comprobar hasta dónde llegaba la fragilidad masculina.

Hubo una vez, años atrás, en que una Noelia muy pequeña lo sorprendió a cuatro patas buscando algo bajo la cama y le clavó una patada desde atrás. Ese día acabó en el hospital, porque el dolor no se le iba ni después de varias horas, y allí descubrieron que tenía un problema que requirió operación. Nunca quedó del todo claro si la patada fue la causa, pero a las hermanas les encantaba repetir, entre carcajadas, que «Noelia le dejó un huevo del revés de un solo golpe».

***

De vuelta al presente, el dolor empezó a remitir tras unos minutos vergonzosos. Diego se prometió por enésima vez dejar de usar ropa interior tan holgada; sus testículos colgaban cada día más bajos, y no era la primera vez que eso jugaba en su contra delante de sus hermanas.

Recordó la pelea en la que Carla se los había agarrado en pleno forcejeo, los dos enredados en el suelo. Él se había rendido al instante, muerto de miedo, pero ella le apretó hasta casi hacerle perder el sentido, riéndose junto a Noelia. La impotencia de aquel momento casi le dolió más que el apretón.

—Un día de estos os voy a dar tal paliza que vais a pasar un mes en el hospital —soltó, intentando recuperar algo de dignidad.

—¡Uy, qué miedo! El machote nos va a pegar. Corre, Noelia, antes de que se enfade el hombre de la casa —se burló Carla.

—El único que va a acabar en el hospital eres tú, el día que por fin te peguemos con todas nuestras fuerzas. Ah, no, que eso ya pasó y te tuvieron que operar —remató Noelia, partiéndose.

Harto de sus risas, Diego se levantó sin terminar de comer. El movimiento le recordó que sus testículos seguían sin recuperarse del todo.

—¿No recoges tu plato? —preguntó Carla al ver que lo dejaba en la mesa.

—Eso es cosa de mujeres —respondió él, mirándola con una sonrisa amenazante mientras se marchaba.

Más le habría valido vigilar a la menor. Cuando pasó junto a Noelia, la mano de su hermana ascendió con un movimiento rápido y preciso de muñeca. No lo golpeó con la palma, sino con el canto interno, de modo que el dedo índice se le clavó justo en el centro, separando los testículos y metiéndose entre ellos.

Diego no se dio cuenta hasta que sintió el contacto. Su sonrisa se transformó en un gemido ahogado y el tronco se le dobló hacia delante de golpe.

—¡Uy, perdona! Es que me apetecía flan de huevo de postre —dijo Noelia, ahora a la misma altura que la cara de su hermano.

Él cayó de rodillas con una expresión más de terror que de dolor, soltando jadeos cortos y rápidos, sin llevarse las manos a la entrepierna como solía hacer. Era una reacción distinta a todas las anteriores.

Cuando por fin se tocó por encima del pantalón, el dolor se disparó tanto que se tiró del todo al suelo con un grito.

—¿Qué le has hecho, le has reventado uno? —preguntó Carla, extrañada.

Las dos miraron con asombro cómo su hermano metía las manos dentro del chándal y volvía a palparse sin dejar de gritar.

—Oye, qué feo tocarse en público —dijo Noelia desde la silla, fingiendo escándalo.

El contacto directo solo empeoró las cosas. Diego sacó las manos y empezó a dar vueltas por el suelo, pateando el aire, desesperado, sin poder agarrarse unos testículos que le ardían como nunca. Carla y Noelia se miraron y, tras un par de segundos de desconcierto, estallaron en carcajadas.

—Si solo te he dado un toquecito, no seas patético —se rió Noelia.

Pero Diego no podía ni hablar. Estaba viviendo el peor dolor de su vida, y lo poco que había logrado palpar lo había llenado de pánico. La sensación crecía por segundos, y pronto se descubrió llorando delante de ellas además de gritando.

Le daba una vergüenza enorme desnudarse delante de dos mujeres, pero el miedo era muy superior al pudor. Sin pensarlo, se bajó el pantalón y la ropa interior. Necesitaba ver qué demonios pasaba ahí abajo.

Las dos se quedaron con la boca abierta. Primero por la sorpresa de verlo desnudarse así, boca arriba y con las piernas separadas. Después por lo que vieron: los testículos en una posición imposible, los dos horizontales, como si la parte de atrás mirara ahora hacia delante.

—¿Eso te lo he hecho yo, con esto? —preguntó Noelia, repitiendo en el aire el gesto del golpe.

Su dedo índice, al colarse entre ambos, los había girado hacia dentro, provocando una torsión en los dos a la vez. Una doble torsión que convirtió su entrepierna en un nudo de dolor imposible de describir.

—¡Ayudaaa! —suplicó, mirándolas con los ojos llenos de lágrimas, sin entender nada.

***

La súplica las sacó del asombro y volvieron a reírse.

—Hermano, está claro que lo de tener los huevos «bien puestos» no va contigo —dijo Carla.

Lo que más angustiaba a Diego era que sus hermanas no parecían entender la gravedad de lo que pasaba. Solo podía revolcarse por el suelo buscando una postura que le diera algo de alivio. Pero ponerse de lado, o a cuatro patas dejando que colgaran con todo su peso, lo empeoraba aún más. Tuvo que volver boca arriba, golpeando el suelo con las manos sin dejar de llorar.

—Míralo, parece un bebé gigante —observó Carla, con Noelia a su lado.

A Diego le subieron unas náuseas que estuvieron a punto de hacerle vomitar. No podía creer que un dolor así afectara a todo el cuerpo de aquella manera.

—¡Por favor, me duele muchísimo! —imploró.

La única ayuda de sus hermanas fue terminar de quitarle el pantalón para que pudiera patalear a gusto. Lo dejaron medio desnudo justo a tiempo de verlo girarse y vomitar a un lado.

—Esto no para de mejorar —comentó Noelia.

Carla suspiró.

—Está bien. No entiendo cómo un golpecito te ha destrozado de esta forma, pero es evidente que necesitas ayuda de verdad. Voy a buscar a Lorena, la vecina, que está terminando Medicina. Tú no te muevas. Noelia, limpia el vómito.

A Diego no le hacía ninguna gracia que otra mujer lo viera así, y menos Lorena, una estudiante de veintiséis años que estaba para parar el tráfico. Pero el miedo era tan grande que en ese momento habría aceptado que lo atendieran en plena calle.

Lo que tampoco esperaba era que Lorena apareciera con su hermana Valeria, compañera suya en la facultad. En cuanto oyó la explicación, Valeria dijo que no se lo perdía por nada del mundo, y Carla no puso ninguna objeción.

Valeria y Diego no se llevaban precisamente bien. Habían tenido más de una bronca seria, y en una ocasión él la había empujado con fuerza para hacerla callar. Desde aquel día, cada vez que lo veía, se arrepentía de no haberle devuelto el gesto como merecía.

Cuando Valeria entró en la casa, Diego ya no convulsionaba, pero las recibió boca arriba, gritando y exhibiendo sin querer un panorama lamentable. La escena superaba con creces lo que ella había imaginado, y una satisfacción difícil de disimular la recorrió entera.

—¿Eso te lo ha hecho tu hermana pequeña? —lo saludó con una sonrisa enorme.

—¡Ayudaaa! —respondió él, aunque en realidad le hablaba a Lorena, que ya se arrodillaba entre sus piernas temblorosas.

—Tranquilo, voy a ayudarte —dijo ella, observando el desastre con cara de espanto.

—¡Me duele, es insoportable! —lloraba, y por primera vez sus hermanas sintieron algo parecido a la vergüenza ajena.

—Es una torsión testicular —explicó Lorena—. Lo raro es que le ha pasado en los dos a la vez. Lo normal es en uno solo.

—¿Y por eso se pone así? —preguntó Noelia—. ¿Tanto duele?

—Junto a la rotura, la torsión es el dolor más intenso que puede sentir un hombre. Y en su caso es el doble, porque le ha ocurrido en ambos.

—Me alegro de que sufra, por imbécil —soltó Valeria sin pestañear.

—Esto es serio, chicas. Si no se resuelve rápido, puede perderlos. Cuando pasa en uno ya es grave; en su caso podría quedarse sin los dos.

—¿En serio? —preguntaron Carla y Noelia casi a la vez.

—Así de delicados son. Por eso no se deben golpear nunca —las regañó Lorena.

Diego, que lloraba intentando no hacer mucho ruido, desató toda su angustia al escuchar que podía perderlos. Lo que precisamente lo hacía sentirse hombre, más fuerte que sus hermanas, no podía ser tan ridículamente frágil. Y sin embargo, ahí estaba la prueba.

—¡Haz algo, por favor, no quiero perderlos! —suplicó.

—Hay que operarte de urgencia. Te llevo yo al hospital, pero puedo intentar destorcerlos con las manos. Si funciona, sentirás alivio al instante.

—¡Hazlo, no aguanto más!

Lorena no perdió tiempo. Tomó uno con los dedos de ambas manos, con toda la delicadeza posible, pero el grito que soltó él la obligó a pedirles a las hermanas que le sujetaran los brazos. Intentó devolverlo a su sitio y hacerlo girar sobre su eje. El dolor se multiplicó de tal forma que Diego se arrepintió al momento de habérselo pedido. Quiso decirle que parara, pero solo podía gritar y patalear.

En cuanto Lorena lo soltó, el testículo volvió a torcerse.

—Para… —logró balbucear.

—Voy a probar con el otro, aguanta —respondió ella.

—Aguanta como un hombre, hermano. Con dos cojones, aunque sean retorcidos —le dijo Carla, sujetándole un brazo contra el suelo.

—¿Qué se siente al perder los huevos por un golpecito de tu hermana pequeña? Espero que te sirva para dejar de creerte mejor que nosotras —añadió Noelia, sosteniéndole el otro.

Diego no contestó. Estaba demasiado ocupado gritando mientras Lorena le retorcía el segundo entre los dedos. El dolor superaba de nuevo todos los límites, y el chico empezó a convulsionar al borde del desmayo, hasta que ella se dio por vencida.

—Lo siento, están demasiado retorcidos. Hay que llevarlo ya. Voy a por el coche; vosotras sacadlo a la calle.

***

Lorena salió corriendo. Las otras tres se disponían a cargarlo cuando surgió una duda.

—¿Lo vestimos? —preguntó Noelia.

—Lorena no ha dicho nada —respondió Carla a toda prisa.

Las tres se echaron a reír imaginándolo desnudo en plena calle, con todos los vecinos mirando. Diego también lo imaginó, solo que para él no tenía ninguna gracia: sería el hazmerreír del barrio durante años.

Valeria les indicó que lo agarraran por los brazos mientras ella lo sujetaba por las piernas, colocándose entre ellas como si empujara una carretilla. Tuvo que hacer un esfuerzo enorme por reprimir las ganas de rematarlo de una patada.

Salieron a la calle con él en volandas, desnudo, ellas riendo y él llorando. Lorena aún no había llegado con el coche, pero sí lo hizo un grupo de cuatro amigas que pasaban por allí y se quedaron sin habla ante la escena. Dos de ellas sintieron pena; las otras dos se sumaron sin dudar a las risas.

Diego no podía creer que aquello le estuviera pasando. Lo que parecía un día cualquiera se había convertido en una pesadilla que le cambiaría la vida, perdiera o no lo que tenía entre las piernas.

Y entonces Valeria, que lo sostenía por los tobillos, vio venir el coche de su hermana y lo tuvo claro: no podía dejar pasar esa oportunidad.

—Eh, mírame a los ojos —le dijo—. ¿Te acuerdas del empujón que me diste?

Sin apartar la mirada, antes de que él pudiera abrir la boca para pedir clemencia, le lanzó una patada con todas sus fuerzas en aquella zona que, retorcida y expuesta, quedaba a la altura perfecta. El golpe fue tan brutal que no necesitó nada más para acabar de una vez con la discusión.

—¡OHHH! —exclamaron a la vez las hermanas y las recién llegadas.

—Ya estamos en paz —dijo Valeria con un tono de alivio, como quien se quita por fin una espina clavada desde hacía mucho.

—¡Eh, mira, hermano, se te han recolocado! Esa patada sí que ha funcionado —celebró Noelia, que al no verlos ya horizontales pensó que habían vuelto a su sitio.

Diego la miró un segundo, y por la cara que puso, Noelia entendió por fin lo que había ocurrido.

—Si tu solución era ésa… pues sí, ha funcionado —confirmó Carla, divertida—. Lástima, nos hemos quedado sin nuestro juguete favorito.

Las tres se miraron, y un mismo pensamiento las recorrió: dar gracias por haber nacido mujeres y no formar parte de ese sexo que tanto presumía y tan poco aguantaba.

—Se acabó el juego —dijo Noelia con una sonrisa, mientras a lo lejos Lorena frenaba el coche junto a la acera y bajaba corriendo, ya demasiado tarde.

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Comentarios (3)

SombraFelina

Increible!! me encanto desde el primer parrafo, no pude parar de leer

LectorNocturno22

Por favor que haya una segunda parte, quede con muchisimas ganas de saber como termina todo esto

CristalNocturna

Me hizo acordar a algo parecido que le paso a una amiga, jajaja esos tipos se lo buscan. Muy bien escrito!

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