La tutoría que se convirtió en su peor lección
El despacho del director tenía esa clase de silencio que se impone a propósito. Las persianas a medio bajar, la mesa de madera oscura, los diplomas enmarcados en las paredes. Todo dispuesto para recordarle a quien entrara que allí el poder lo tenían otros, y que lo mejor que podían hacer era aceptarlo y marcharse cuanto antes.
Laura, Carmen, Beatriz y Silvia tomaron asiento sin decir nada. Las cuatro rondaban la cuarentena, aunque ninguna aparentaba esa edad. Laura tenía treinta y siete años y trabajaba como diseñadora desde casa. Carmen, un año mayor, llevaba media vida de excedencia voluntaria. Beatriz era instructora de artes marciales, algo que las otras tres mencionaban poco en público y que en ese momento concreto iba a resultar muy relevante. Silvia daba clases de interpretación en una escuela de teatro del barrio, lo que explicaba, aunque solo en parte, por qué cargaba siempre el bolso con objetos que la mayoría de la gente no consideraría imprescindibles.
Eran mujeres de barrio tranquilo, de esas que ceden el turno en la cola del supermercado y sonríen cuando alguien las interrumpe. Esa imagen de calma era, precisamente, lo que más confundiría después a los dos hombres al intentar explicar lo que había ocurrido dentro de esa habitación.
El director, el señor Aguado, permanecía de pie detrás de su mesa. Cincuenta años largos, cabello plateado peinado con demasiado esmero y unas gafas rectangulares que le daban un aire de académico sin demasiadas lecturas. No se había molestado en saludar cuando ellas entraron. El tutor, el señor Marcos, estaba en un rincón con los brazos cruzados. Calvo, con barba de varios días y la expresión permanente de alguien que lleva el día entero esperando ese momento.
—Bien —empezó Marcos sin preámbulo, con el tono de quien no planea escuchar nada de lo que le digan—. Ya está bien. Sus hijos han pintado el muro del patio, han colocado petardos en el almacén de materiales y han vaciado una garrafa de aceite sobre los pupitres del aula de sexto. Eso no es una travesura. Es vandalismo puro y duro.
Escupía cuando hablaba. Silvia lo notó y se separó ligeramente de la trayectoria.
—Con todo el respeto —dijo Silvia, en voz tranquila—, eso que describe ha ocurrido en un colegio con doscientos alumnos. ¿Por qué asume que fueron precisamente los nuestros?
—Porque tenemos testigos —respondió Aguado, cruzando los dedos sobre la mesa en una pose que pretendía ser solemne—. Y porque no es la primera vez. Tengo aquí el informe. Estamos hablando de una expulsión de quince días como mínimo.
—Quince días —repitió Carmen, midiendo cada sílaba.
—Como mínimo —subrayó Marcos, con una sonrisa pequeña y muy satisfecha que no le favorecía en absoluto.
—Llama salvajes a nuestros hijos —dijo Laura sin elevar la voz—. ¿Lo he entendido bien?
Aguado se recostó en su silla con la comodidad de quien lleva años en ese despacho y cree que nunca se ha equivocado.
—Lo que he dicho es que el comportamiento de esos niños es inaceptable. Y que ustedes, como madres, tienen una responsabilidad que claramente no están ejerciendo.
Fue ese «claramente» el que cambió la temperatura de la habitación.
Laura miró a Beatriz. Beatriz miró a Silvia. Silvia miró a Carmen. Fue un intercambio de décimas de segundo, una conversación sin palabras que los dos hombres no supieron leer a tiempo.
Beatriz se puso de pie.
No lo hizo despacio, no lo hizo con dramatismo. Simplemente se levantó, rodeó la mesa en cuatro pasos y le clavó al tutor la rodilla en el estómago con toda la precisión de quien ha pasado veinte años entrenando. Marcos se dobló hacia adelante sin aire. Antes de que pudiera reaccionar, recibió un golpe seco en la nuca que lo mandó directamente al suelo.
Aguado tardó exactamente dos segundos en levantarse de su silla. Los dos segundos que tardó Carmen en colocarse detrás de él y sujetarle los brazos contra la espalda con una llave que no cedía.
—Quieto —dijo Carmen al oído del director, con una voz que no tenía ninguna prisa.
El despacho quedó en silencio.
***
Laura cerró las persianas. Silvia echó el pestillo de la puerta. Del bolso de Silvia salió después una cuerda fina de nailon, de las que se usan en embarcaciones. Resistente, suave al tacto, prácticamente inofensiva de aspecto.
—Siempre la llevo —explicó Silvia, sin que nadie se lo hubiera preguntado—. Por si acaso.
Beatriz y Carmen levantaron a Marcos del suelo y lo sentaron en una silla. Silvia le ató las muñecas detrás del respaldo con nudos que no iban a ceder, los mismos que le había enseñado su padre de niña en el velero familiar. Marcos tenía la cara blanca y los ojos muy abiertos. Respiraba por la nariz con esfuerzo.
Aguado seguía inmovilizado por Carmen. Intentó resistirse una vez. Solo una. Carmen apretó la llave con más firmeza y él entendió enseguida que no iba a ganar ese pulso. Lo sentaron en otra silla, junto a su tutor, y le ataron las manos de la misma manera.
Las cuatro se colocaron de pie frente a los dos hombres. Los dos hombres miraban al suelo, al techo, a cualquier parte que no fueran esas cuatro mujeres de pie delante de ellos.
—A ver —dijo Beatriz, en el mismo tono que usaba cuando explicaba algo en clase—. La situación es muy sencilla. Ustedes retiran la expulsión, destruyen el expediente y esto no ha pasado. Salimos todos de aquí como entramos.
Aguado levantó la cabeza. Todavía intentaba mantener los restos de la autoridad con la que había empezado esa reunión.
—Están locas —dijo—. Las voy a denunciar. Las voy a…
La bofetada de Laura sonó en toda la habitación. No fue fuerte, pero fue deliberada. La palma bien abierta contra la mejilla derecha del director. La marca le quedó impresa en la piel durante varios segundos.
—¿Ibas a decir algo? —preguntó Laura.
Aguado cerró la boca.
Marcos tenía la mandíbula apretada y un hilo de sudor en la sien. Miró al director con los ojos muy abiertos.
—Fermín —dijo en voz baja—. Por favor. Retira la hoja. Deja que se vayan.
—No voy a ceder ante…
Carmen le tapó la boca antes de que terminara la frase. Lo hizo con tranquilidad, casi con ternura.
—No termines esa frase —le aconsejó—. En serio. No la termines.
***
Beatriz se colocó detrás de la silla del director y le sujetó la cabeza con las dos manos, inclinándola hacia atrás hasta dejarle la garganta expuesta. No era una posición de dolor insoportable, pero era una posición de la que Aguado no podía salirse. Notó que no tenía ningún control sobre su propio cuerpo en ese momento, y esa sensación le resultó completamente nueva.
—Escúchame bien —le dijo Beatriz al oído, con una voz casi amable—. Nuestros hijos tienen sus problemas. No somos ciegas. Pero vosotros lleváis años tratando a las familias de este colegio como si fuerais los únicos adultos en la sala. Como si el resto tuviéramos que asentir y marcharnos. Eso se acaba hoy.
Aguado intentó hablar. Beatriz le apretó la cabeza con más firmeza.
—Todavía no. Primero escucha.
Carmen se había sentado en el borde de la mesa del director, con las piernas cruzadas, revisando el expediente con calma. Pasaba las páginas sin prisa, levantando la vista de vez en cuando.
—Aquí hay dos páginas —dijo—. Pintadas, petardos, aceite. Travesuras de niños de diez años. Y la respuesta es una expulsión de quince días. —Cerró la carpeta y la dejó caer sobre la mesa—. ¿Cuánto cobráis vosotros cuando os comportáis como os habéis comportado hoy con nosotras?
Marcos soltó un sonido que podría haber sido una protesta o podría haber sido otra cosa. Laura lo miró con la cabeza ligeramente inclinada. Después miró a las otras tres.
—Yo creo —dijo Laura despacio, quitándose la chaqueta y colocándola con cuidado sobre el respaldo de la silla vacía— que estos dos necesitan una lección que se les quede en el cuerpo. Una que no se pueda contar en ningún sitio sin quedar como imbéciles.
Silvia sonrió por primera vez en toda la reunión. Fue una sonrisa lenta, la sonrisa de alguien que se estaba dando permiso.
—Estoy de acuerdo —dijo.
Se acercó a Aguado y, sin dejar de mirarlo a los ojos, le abrió el cinturón. El director apretó las piernas por instinto, pero con las manos atadas al respaldo no podía hacer nada más. Silvia le bajó los pantalones hasta los tobillos, y después los calzoncillos, con la misma tranquilidad con la que habría pelado una fruta. La polla del director apareció encogida, un bulto rosado y avergonzado entre los muslos peludos. Silvia se rió por la nariz.
—Fíjate —dijo—. Con lo que grita en las reuniones y luego esto.
—Por favor —murmuró Aguado, con la voz completamente distinta a la de cinco minutos antes—. Por favor, no.
—Ahora dices por favor —contestó Carmen, deslizándose de la mesa—. Qué educado te has vuelto, Fermín.
Carmen se puso de rodillas entre las piernas del director. No lo hizo por sumisión. Lo hizo porque desde ahí él la veía mejor. Le agarró la polla blanda con dos dedos, casi con asco, y empezó a manosearla mirándolo a los ojos.
—Se te va a poner dura —le dijo—. Lo sé y tú lo sabes. Y eso te va a joder el resto de tu vida, porque sabrás que se te puso dura mientras cuatro madres del colegio te trataban como al último pringado del barrio.
Aguado cerró los ojos. Carmen le escupió en la punta y empezó a masturbarlo con la mano llena de saliva, muñeca floja, sin ningún cariño. La polla del director respondió a los pocos segundos, hinchándose entre sus dedos hasta ponerse rígida y curvada hacia arriba, delatándolo por completo.
—Ahí está —dijo Carmen—. Qué asco me das.
Se la metió en la boca sin previo aviso. Aguado dejó escapar un gemido corto, involuntario, que Beatriz coreó con una carcajada seca desde detrás de la silla. Carmen le chupaba la polla con la técnica precisa de quien no quiere que aquello dure demasiado: la lengua trabajando la punta, los labios apretados en la base, la mano derecha bombeando el tronco al mismo ritmo que su cabeza subía y bajaba. El director se retorcía en la silla, los muslos temblando, las cuerdas de nailon marcándole las muñecas.
—Mírame mientras te la chupo —le ordenó Carmen, sacándosela de la boca un instante—. Mírame, Fermín. Quiero que te acuerdes de mi cara cada vez que entres en este despacho.
Volvió a metérsela hasta el fondo. Aguado abrió los ojos y la miró, porque no le quedaba otra. La cara le ardía, roja de vergüenza y de esfuerzo por no correrse ahí mismo.
Mientras tanto, Laura se había ocupado de Marcos. Le había bajado el pantalón con menos delicadeza y le había sacado la polla del calzoncillo de un tirón. Marcos ya la tenía medio dura. Eso le mereció una sonrisa muy fea de Laura.
—Ah, o sea que a ti esto ya te gustaba antes de empezar —dijo—. Perfecto.
Se subió la falda hasta la cintura, se bajó las bragas por una pierna hasta quitárselas del todo y se sentó sobre Marcos a horcajadas, dándole la espalda. No le dio ni un beso, ni una caricia. Le agarró la polla, se colocó encima y se la metió en el coño de una sola vez, dejando escapar un jadeo grave que sonó más a esfuerzo que a placer.
—No te muevas —le dijo—. Muevo yo.
Marcos no habría podido moverse aunque hubiera querido. Estaba atado y Laura le pesaba encima. Ella empezó a montarlo apoyando las manos en las rodillas de él, subiendo y bajando con un ritmo controlado, casi metódico, mirando fijamente a Silvia mientras se follaba al tutor de su hijo. Silvia le devolvió la mirada apoyada contra la pared, con una mano metida por dentro de su propio pantalón. Se estaba masturbando sin ninguna prisa, observando el espectáculo como quien ensaya una escena.
—Está temblando —informó Laura sin dejar de moverse—. Se va a correr enseguida. Como un crío.
—No, por favor —logró articular Marcos—, por favor, dentro no…
Laura se rió con la boca abierta. Se levantó de golpe, la polla de Marcos saliendo de su coño con un ruido húmedo, y le pegó una bofetada en el muslo interno.
—Tú no decides dónde te corres hoy, cariño.
Volvió a sentarse encima, esta vez de cara. Le agarró la cara con las dos manos y le hizo mirarla mientras se lo follaba con más fuerza, meneando las caderas contra la pelvis del tutor, las tetas rebotando contra la camisa. Marcos tenía la boca abierta y los ojos vidriosos. Aguantó menos de un minuto. Se corrió dentro de ella con un gruñido ahogado, la cara contraída como si le doliera, y Laura le mordió el labio inferior justo en el momento en que él se vaciaba.
—Ya está —dijo, incorporándose—. Adentro, como pedías que no.
Se apartó, dejando ver el semen que empezaba a bajarle por el muslo. No hizo ademán de limpiarse. Se giró hacia Beatriz y se encogió de hombros.
—Tu turno, si quieres.
Beatriz negó con la cabeza sin sonreír.
—Yo prefiero mirar cómo termina Carmen.
Carmen seguía de rodillas frente a Aguado, chupándosela con una constancia que ya empezaba a resultar cruel. El director tenía los ojos apretados, la mandíbula temblando, todo el cuerpo tensado hacia adelante contra las cuerdas. Estaba conteniéndose. Se estaba peleando por no correrse en la boca de la madre que había venido a defender a su hijo.
—Suéltalo —le dijo Beatriz—. Córrete de una vez, Fermín. Se te ve en la cara.
—No… quiero…
—No es lo que quieras.
Beatriz se acercó por detrás y le mordió la oreja. Le habló muy bajo, con la voz que usaba en el tatami cuando quería que un alumno bloqueara un golpe a la primera.
—Córrete en su boca. Es una orden. Córrete y trágatelo tú por dentro también, porque a partir de hoy vas a llevar este momento pegado al cerebro cada vez que veas a una madre entrar por esa puerta.
Aguado dejó escapar un gemido largo y sucio. Se corrió en la boca de Carmen con la polla vibrándole contra la lengua, empujando la pelvis hacia adelante con las pocas fuerzas que le quedaban. Carmen no tragó. Se apartó, dejó que el semen le colgara de la comisura de los labios un segundo, y después escupió todo, muy despacio, sobre los pantalones del director que aún colgaban hasta los tobillos.
—Ahí lo tienes —dijo, poniéndose de pie y limpiándose la boca con el reverso de la mano—. Un recuerdo.
Silvia sacó la mano de su pantalón sin haber terminado, sin ninguna urgencia. Se abrochó el botón y se recolocó la camisa. Se acercó a los dos hombres, que respiraban con dificultad, uno con la polla todavía húmeda de Laura, el otro con la polla goteando saliva y semen sobre las rodillas.
—Yo solo quería que me suelten —repitió Silvia, imitando la voz que Marcos había puesto antes—. Qué pena. Ya no.
Laura, mientras tanto, se recolocaba las bragas y la falda con una tranquilidad casi doméstica. Se pasó una mano por el pelo. Se limpió la parte interna del muslo con un pañuelo que sacó del bolso y lo dejó, con mucho cuidado, en la papelera junto a la mesa del director.
—Otro recuerdo —dijo.
Se acercó a Aguado, se agachó hasta quedar a su altura, y le dio dos palmaditas en la mejilla.
—¿Cuántos años llevas en este colegio, Fermín? —preguntó Silvia desde el otro lado.
Aguado no respondió.
—Doce —respondió Silvia por él—. Doce años. Y en doce años nadie te ha dicho esto a la cara. Así que escúchalo bien: el respeto no te lo da el título que tienes colgado en la pared. Lo ganas. Y hoy tú no lo has ganado.
El director la miraba. Silvia no apartó los ojos. En la habitación no se oía nada salvo la respiración de los dos hombres atados a sus sillas, uno con la polla aún fuera y encogiéndose otra vez, el otro sudando y con la boca abierta.
—Si alguno de los dos dice algo después de hoy —dijo Beatriz, soltando por fin la cabeza de Aguado—, volveremos. Y no seremos tan amables.
—Y si alguien os pregunta —añadió Laura—, esta reunión fue perfectamente normal. Los expedientes se archivaron por procedimiento estándar. ¿Entendido?
Marcos asintió antes de que terminara la frase. Aguado tardó un poco más, pero también asintió.
***
Le subieron los pantalones a los dos con la misma indiferencia con la que se los habían bajado. Aguado pidió, con la voz completamente distinta a la que había tenido al empezar la reunión, que le desataran las manos lo justo para poder abrir el cajón de la mesa.
Lo hicieron.
Sacó el expediente. Las dos páginas de anotaciones. Las rompió despacio, en cuatro partes cada una, y las depositó en la papelera metálica junto al escritorio, encima del pañuelo de Laura. Lo hizo con mucho cuidado, como alguien que intenta demostrar que todavía controla algo, aunque ya no controle nada.
Luego Carmen le ató las manos de nuevo.
—¿Para qué? —preguntó Aguado—. Ya he hecho lo que pedíais.
—Para que nos dé tiempo a salir —dijo Carmen, ajustando el último nudo—. Diez minutos. Luego podéis llamar a quien queráis.
—Nadie va a llamar a nadie —dijo Marcos desde su silla, con una voz que ya no tenía nada del fastidio del principio—. Solo quiero que se vayan.
***
Salieron juntas por el pasillo de baldosas beige. Beatriz saludó con una inclinación de cabeza a la secretaria que levantó la vista desde su mesa. La secretaria les devolvió el saludo sin preguntar nada.
En el aparcamiento, el sol de las once de la mañana lo iluminaba todo con una claridad que resultaba casi irónica.
Carmen fue la primera en reírse. Una carcajada breve, contenida, mirando alrededor para asegurarse de que nadie las oía.
—No puedo creer que hayamos hecho eso —dijo.
—Yo sabía que ibas a sacar la cuerda —le dijo Beatriz a Silvia—. Desde que pusiste el bolso en la silla lo supe.
—¿Qué dices? Yo no lo sabía.
—Sí lo sabías.
—No lo sabía —insistió Silvia, aunque sonreía.
Laura estaba apoyada en el capó de su coche, con los brazos cruzados y la mirada puesta en la fachada del colegio. No reía, pero había algo en su cara que se parecía mucho a la satisfacción. Todavía notaba el semen de Marcos húmedo contra la tela de las bragas. No le molestaba.
—¿Pensáis que dirán algo? —preguntó Carmen.
—No —dijo Beatriz sin dudar—. Los hombres como ellos no hablan de estas cosas.
—¿Por qué no?
Beatriz abrió la puerta de su coche.
—Porque tendrían que explicar cómo se les puso dura.
Silvia fue la última en arrancar. Se quedó un momento mirando la fachada gris del colegio, las ventanas del primer piso, las persianas del despacho que ella misma había bajado. Se preguntó si Aguado y Marcos seguían en sus sillas, con los pantalones manchados y la respiración todavía entrecortada, esperando a que alguien entrara, o si ya habían conseguido soltarse.
Le dio absolutamente igual.
Puso el coche en marcha y se fue.