Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Respondí al anuncio de las tres dueñas

Andrés tenía treinta y siete años y, desde que tenía memoria, había deseado llevar su lado sumiso hasta el extremo: convertirse en un esclavo de verdad y vivir bajo un régimen femdom. No tenía pareja. Vivía solo, le iba bien en el trabajo y nunca le faltaban planes ni mujeres con quien salir, pero cada intento terminaba igual, fracasado por esa tendencia suya a entregarse y rendirse. Había decidido seguir solo hasta encontrar a su dueña, o hasta dar con una forma de vida que de verdad lo doblegara.

Desde que despertó su sexualidad había tenido fantasías de sumisión y fetichismo. Al principio se conformaba con revistas, algún vídeo y muchas noches a solas. Cuando empezó a ganar dinero, rondando los veinticinco, se metió en el mundo del femdom profesional. Desde entonces había acumulado sesiones con amas nacionales y extranjeras, se había vuelto un navegante experto de ese ambiente en internet e incluso barajó viajar a uno de esos refugios europeos para vivir varios días de esclavitud total. La barrera del idioma siempre lo había frenado.

Fue en una de esas páginas donde encontró el anuncio que lo cambiaría todo. Decía así:

«Femdom Levante. Seleccionamos esclavos para servir a tres amas en régimen de esclavitud completa, por periodos a convenir, en una villa de la costa. Anuncio serio. Solo expertos. Abstenerse novatos o recién iniciados.»

Debajo había una dirección de correo. Andrés no tardó ni dos minutos en escribir, rogando entrar en el proceso de selección y describiéndose tal como era. Pasaron tres días y le llegó la respuesta.

«Somos tres dóminas que dirigimos una casa con tres esclavos fijos que viven en esclavitud completa. Admitimos esclavos nuevos por estancias de entre veinticuatro horas y diez días. Vivirás bajo el mismo régimen que los fijos, a quienes complementarás o sustituirás según convenga. Tu perfil nos ha gustado y te ofrecemos una entrevista personal para comprobar si cumples las condiciones. Que te quede claro: no hacemos sesiones de femdom ni internados. Esto es otra cosa. Si sigues interesado, ven el viernes próximo, previa confirmación por teléfono.»

Andrés llamó enseguida. Una voz femenina con acento inglés, que se presentó como Ingrid, lo citó para el sábado a las siete de la tarde en una villa de Cala Verde, cordial pero sin dar más explicaciones. Esa misma noche compró un billete de avión solo de ida. Al fin y al cabo, empezaban sus vacaciones y no tenía ninguna prisa por volver.

***

Llegado el día, con más fe que esperanza, se plantó ante la verja a las siete en punto. La casa era una villa de tres alturas, grande, levantada a unos quince metros de la entrada, dentro de una finca enorme de una sobriedad elegante. Tocó el timbre y una voz alegre respondió por el portero.

—Pasa, Andrés.

Empujó la verja, que cedió, y recorrió un sendero de gravilla hasta la puerta principal. Allí lo esperaba una mujer joven, de unos treinta años, rubia, de estatura media y muy guapa, con una sonrisa de oreja a oreja. Cuando llegó a su altura, Andrés intentó arrodillarse en señal de respeto, pero ella lo detuvo.

—Espera, todavía no. Pasa y hablamos. Soy Ingrid.

A Andrés le pareció una preciosidad, además de simpática y dulce. Vestía una blusa blanca, unos vaqueros y unas zapatillas también blancas. La siguió hasta un salón amplio, donde ella lo invitó a sentarse, le preguntó si quería beber algo y desapareció a por unas cervezas. Cuando volvió, se acomodó a su lado y empezó a hablar.

—Antes que nada, quiero contarte quiénes somos y qué es esta casa. Somos tres amigas de edades distintas. Yo tengo treinta y dos, Úrsula tiene cincuenta y cuatro y Renata, treinta y seis. Trabajamos como amas profesionales, y al conocer la necesidad de servir que tenéis algunos sumisos, decidimos aprovecharla. Buscamos esclavos que nos sirvan para vivir como diosas.

Hizo una pausa, bebió un trago y continuó con la misma calma.

—Esto no es un parque temático. Como ves, no voy embutida en cuero ni calzo botas de tacón. Tampoco hacemos sesiones. Quiero que te quede claro que aquí no vas a tener más placer que el de servirnos y darnos las satisfacciones que se nos antojen durante el tiempo que estés. Nuestros esclavos fijos trabajan fuera, en buenos empleos, y cuando terminan su jornada vienen a ocuparse del mantenimiento de la casa: limpieza, jardinería, cocina, recados. Nosotras no hacemos nada salvo vivir, y ellos lo aportan todo. Las tareas que no cubren porque están fuera las cubren esclavos como tú.

Esto es exactamente lo que llevo años buscando, pensó él, con el pulso acelerado.

—El tributo que se paga no es alto —siguió ella—, pero antes hay que demostrar que se es útil. Aquí no existe el BDSM por sí mismo: estás porque nos sirves y obtenemos un beneficio. Y serás castigado cuando lo hagas mal, o simplemente porque nos apetezca. Las tres tenemos algo en común: el sadismo. Nos excita humillar y maltratar a nuestros esclavos, pero nunca nos acostamos con ellos. Viven en castidad permanente, y de vez en cuando se les ordeña en un ritual donde el placer está prohibido. Mientras estés aquí, llevarás candado, vestirás de esclavo, dormirás en el sótano y comerás en tu comedero.

Le tendió unas hojas.

—Lee y contesta este cuestionario. Si nos gusta lo que respondes, hoy mismo pasarás una prueba. Si la superas, quedas seleccionado, y se te dirán las fechas en que te queramos aquí. No vienes cuando tú quieres, sino cuando se te requiere.

Andrés leyó. Eran preguntas sobre dolor, humillación, límites infranqueables y también sobre habilidades prácticas: limpieza, bricolaje, cocina, jardinería, conducción. Las respondió todas con sinceridad. Cuando entregó las hojas, Ingrid se retiró y le pidió que esperara tranquilo.

***

Diez minutos después se abrió una puerta del salón y entró un hombre de mediana edad vestido de mayordomo.

—Las señoras ordenan que me acompañe.

Andrés lo siguió escaleras abajo, hasta lo que claramente era el sótano. A la izquierda de un pasillo central se alineaban habitaciones diminutas, de apenas seis metros cuadrados. A la derecha, una gran puerta de madera que el mayordomo abrió. Dentro había una mazmorra amplia.

—Tengo orden de recoger su ropa. Espere de rodillas en el centro.

Andrés obedeció. Le entregó la ropa, el mayordomo la recogió y cerró la puerta. Solo, desnudo, se arrodilló sobre el suelo frío. En menos de cinco minutos volvió a abrirse la puerta y entraron Ingrid y otras dos mujeres. Una iba vestida de playa, con pareo y sandalias planas, madura y muy atractiva. La otra, de cuero de los pies a la cabeza, como una dominatrix de película, de rasgos eslavos. Ingrid, vestida igual que en el salón, tomó la palabra.

—Andrés, estas son mis amigas, Úrsula y Renata. Tus respuestas nos parecen interesantes y encajan con lo que buscamos. Ahora vamos a probar tu resistencia, tu obediencia y tu sumisión. Durante tres horas no habrá límites. Si no aguantas, dirás «basta, me rindo». Si cumples, quedas seleccionado; si no, te habrás llevado gratis una buena sesión. A partir de ahora solo respondes al nombre de «escoria».

Sin más, Úrsula se adelantó y le plantó delante de la cara dos pies cubiertos de arena.

—Escoria, límpiame la arena de los pies.

Él acercaba ya las manos cuando oyó silbar el aire. La fusta de Renata chasqueó contra su espalda antes de la orden.

—Con la lengua, imbécil.

Cuando retiró el último grano de arena con la boca, escuchó de nuevo a Renata.

—De pie. Firmes, manos en la nuca.

Andrés obedeció. Ella empezó a rodearlo, inspeccionándolo. Le sopesó los testículos, valoró su miembro y le retorció los pezones hasta arrancarle un grito, que le costó dos fustazos.

—Silencio, perro. Nos gustan los esclavos con dignidad.

***

Estaba claro quién llevaba las riendas de la prueba. Mientras Úrsula e Ingrid se acomodaban en un sofá de cuero negro, Renata le prendió en cada pezón una pinza, las unió con una cadena y arrojó al suelo unas muñequeras y tobilleras.

—Póntelas.

Una vez ajustadas, le pasó un collar al cuello, enganchó una correa y, tirando de ella, lo arrastró de rodillas hasta el extremo opuesto. Allí le obligó a levantarse, unió las muñequeras y le encadenó los brazos en alto a una cadena gruesa que pendía del techo. Después cogió la que unía los pezones.

—Escoria, sujeta esta cadena con los dientes y no la sueltes. Voy a darte cincuenta azotes, porque me apetece. Si gritas, se te caerá. Y si se te cae, serán cincuenta más.

Empezó. Andrés aguantó el principio, pero los golpes subían de intensidad y de ritmo, sin apenas tregua entre uno y otro. Y, sin embargo, lo estaba disfrutando, como delataba su erección. Casi al final, un latigazo lo pilló desprevenido. Gritó, y la cadena se le escapó de la boca. Renata soltó una carcajada.

—Creía que ibas a aguantar y a privarme de otros cincuenta.

Ya sin la cadena entre los dientes, soportó el resto del castigo. Cuando terminó, oyó:

—Ahora te suelto. Arrodíllate, jadea y babea sobre mis botas, y luego déjamelas relucientes con la lengua.

Liberado, Andrés se arrodilló y jadeó como un perro que adora a su dueña, lamiendo cada centímetro del cuero. Entonces habló Úrsula desde el sofá.

—Renata, por favor, acércame al perro.

Renata tiró de la correa y él la siguió a cuatro patas hasta el sofá.

—Escoria, me he puesto cachonda con tus cien latigazos. Quiero que me lamas hasta que me corra.

La mujer separó las piernas y le ofreció su sexo. Él acercó la cara, humilde, y empezó. Al rato, ella reclamó:

—Renata, haz que colabore más.

Renata cogió una vara fina y empezó a azotarle las nalgas con un ritmo creciente, el mismo con el que su lengua debía moverse. Los suspiros de Úrsula fueron en aumento hasta que alcanzó el clímax. Andrés ya estaba hecho polvo: la boca seca, cien azotes en la espalda, las nalgas ardiendo y los pezones todavía pinzados. Y, pese a todo, una erección imposible de ocultar.

***

Ingrid, que hasta entonces apenas se había movido, habló con un tono completamente distinto al de la entrevista.

—Escoria, arrástrate sobre el vientre hasta el centro.

Él reptó y, al llegar, encontró ante su cara los pies descalzos de Ingrid.

—Boca arriba, perro. Y los ojos bien abiertos.

Andrés obedeció y la vio acuclillarse sobre él. No puede ser, no aquí, pensó un segundo antes de sentir el chorro tibio en la cara y el pecho, hasta dejarlo empapado y rodeado de un charco.

—Lámelo, revuélcate y chapotea hasta secar el suelo con tu propio cuerpo. Cuando termines, te arrastras hasta el sofá.

Excitadísimo, se revolvió y entre la piel y la lengua dejó el suelo seco. Después se acercó y se acurrucó a sus pies.

—Besa y lame hasta que me aburra.

El perro adoró aquellos pies mientras las tres charlaban entre ellas, ignorándolo por completo. De cuando en cuando, Ingrid se quejaba de un roce con los dientes y le soltaba un golpe en las nalgas o tiraba de la cadena de los pezones con la punta del pie, solo porque le apetecía. Andrés estaba al borde, y Úrsula lo notó.

—Chicas, el esclavo está como una moto. Habría que traer a Max.

Mientras Úrsula salía, Ingrid y Renata inmovilizaron a Andrés en una cruz de aspas apoyada contra la pared, frente a la puerta. Le quitaron las pinzas y le encajaron un abridor que le impedía cerrar la boca. Luego se sentaron a esperar.

Cuando volvió Úrsula, Max resultó no ser un hombre, sino una máquina de ordeñar, gobernada por un pequeño mando que regulaba ritmo y presión. Le pusieron un preservativo, adaptaron el aparato a su miembro y empezaron a jugar con el mando, subiendo y bajando la cadencia a su antojo. Diez minutos después, Andrés fue ordeñado sin el menor placer. Renata retiró la máquina, luego el preservativo, y acercó este último, lleno, a su boca abierta, donde lo vació a través del abridor.

—Escoria, son las nueve y media y nos vamos a cenar. Tú quédate ahí, en esa postura.

Se dio media vuelta y, junto con sus amigas, salió de la mazmorra, dejándolo solo, encadenado y temblando, sin saber todavía si había superado la prueba.

Ver todos los relatos de BDSM

Valora este relato

Comentarios (6)

Valeria_R

Que relato tan bien construido, me engancho desde el primer parrafo. Se nota que hay algo real detras.

LauritaM

Increible!!! Me dejo sin palabras.

JaviNocturno

Me recuerda a una fantasia que tengo hace tiempo y nunca me anime. Muy bien llevado, sin caer en lo burdo.

Caro_1984

Lo que mas me gusto es la tension del principio, antes de que pase nada. Ahi esta la magia del relato.

ManuelSur

Y despues que paso? El final deja demasiado abierto, necesito saber mas. Por favor, escribi la continuacion!

ElRaton_Lector

Tremendo. La dinamica de poder esta muy bien lograda, no es facil escribir esto sin que suene forzado.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.