El amo que nos sometió a las tres travestis
Hacía meses que mis amigas y yo veníamos alimentando esta fantasía, y aquella tarde por fin se hizo real. Bianca, Sofía y yo somos tres travestis que disfrutamos vestirnos, maquillarnos y entregarnos al deseo sin pudor. Esta vez decidimos compartir algo más íntimo: ofrecernos juntas a un mismo hombre, dejar que un macho dominante hiciera con nosotras lo que quisiera. Lo que pasó esa tarde aún me hace temblar cuando lo recuerdo.
Damián nos había ordenado bañarnos y cambiarnos de ropa. Nos llevó al baño y a cada una le entregó lo que debíamos ponernos. Cuando las tres estuvimos vestidas y maquilladas, salimos a buscar a nuestro señor. Lo encontramos en la sala, recostado en el sofá con una copa de vino en la mano.
Al vernos sonrió, satisfecho de tenernos así arregladas para él, y nos ordenó que preparáramos algo de comer. Lo obedecimos de inmediato. Fuimos a la cocina y Bianca, que conocía la casa, nos indicó dónde sacar unas tablas de quesos curados, carnes maduras, frutos secos, fruta picada y dos botellas de vino rosado.
Organizamos todo y lo llevamos a la mesa de la sala, donde él seguía sentado, desnudo y tranquilo. Nos indicó que nos sirviéramos vino y comiéramos sin prisa. Las tres nos sentamos frente a él, en silencio, sonriendo, sintiendo su mirada recorrernos. Cuando terminamos y se acabaron las dos botellas, me pidió que trajera otra.
Mientras iba a la cocina, escuché que le decía a Sofía y a Bianca que empezaran a besarse. Volví con la botella y él me indicó que me sentara a su lado. A mis amigas les ordenó que se recostaran en el sillón: quería a Bianca encima de Sofía. Le serví la copa y me mandó traer su cámara.
Fui rápido por ella y regresé a su lado. Empezó a fotografiarlas mientras ellas se movían encendidas, y les daba instrucciones precisas: cómo tocarse, cómo agarrar las nalgas de la otra. Ellas obedecían, y yo las miraba con la respiración cada vez más corta.
Entonces giró la cámara hacia mí. Me hizo ponerme de pie y levantar la falda para retratarme. Me tocó por encima de las pantis mientras me decía que era una señorita muy femenina. Me puso de espaldas, corrió la tela y empezó a meterme un dedo por el culito sin dejar de tomar fotos.
—¿Tienes novio? —me preguntó con la boca pegada a mi oído.
—No —respondí, temblando.
—¿Quieres ser mi noviecita?
—Sí —dije sin dudarlo.
Y él hundió el dedo todavía más adentro.
Me estuvo tocando así un buen rato mientras Sofía y Bianca seguían calentándose la una a la otra. Después anunció que era hora de jugar con sus perras. Nos mandó ponernos de pie y volver al cuarto de juegos, donde estaba su maleta. Bianca nos guio y, al llegar, él fue directo por los collares y las cadenas que había traído.
***
Nos colocó el collar a cada una. Luego le ordenó a Bianca que nos atara las manos hacia arriba, muy juntas, usando una de las argollas del techo. Después nos puso una mordaza doble, con un nudo grueso en el centro que mantenía nuestros labios rozándose todo el tiempo.
Damián se levantó y, con ayuda de Bianca, nos amarró pegadas la una a la otra. Así, atadas y amordazadas, nos obligó a bailar para él. Sofía y yo nos movíamos restregándonos, y yo sentía sus pantis bajo la falda y su verga dura empujando contra la mía.
Para humillarnos más, tomó un dildo que escupía crema por la punta. Lo cargó al máximo y le indicó a Bianca que nos levantara las falditas y nos bajara las pantis, dejando nuestros culitos a su disposición. Mientras seguíamos bailando, él se sentó junto a nosotras y fue turnándose entre los dos agujeros con su juguete.
Nos llenó por dentro mientras nos repetía que éramos unas perras, unas putas calientes con ganas de tener el culo lleno. Cuando terminó conmigo, sentí la crema tibia resbalando por mis muslos. Entonces le ordenó a Bianca que nos subiera las pantis y nos bajara las faldas: quería vernos bailar empapadas, como las putas que decía que éramos.
Seguimos obedeciendo, moviéndonos lo mejor que podíamos, y él seguía humillándonos, llamándonos perras en celo. Después se puso de pie, tomó un látigo y empezó a castigarnos, haciéndonos girar mientras le ordenaba a Bianca que se arrodillara a chuparle la verga, ya dura y enorme.
Nos castigó un rato largo mientras Bianca lo mamaba. Luego mandó que nos soltara del todo y nos llevara a una habitación con una cama grande. Nos hizo caminar en cuatro patas: Bianca adelante, y a Sofía y a mí nos arrastró de los collares, como a dos perras detrás de ella.
***
Al llegar, nos ordenó subir a la cama y le pidió a Bianca que trajera unas cuerdas y una de sus bolsas. Cuando volvió, nos mandó a Sofía y a mí ponernos en cuatro y bajarnos las pantis. Obedecimos al instante. Él sacó de la bolsa dos juguetes idénticos.
Mientras los abría, nos explicó que eran dos dildos con correas, diseñados para que no se salieran de nuestros culitos. Vibraban, tenían una bola que nos dejaría abotonadas y funcionaban por control remoto. Quería ver cómo los disfrutábamos.
Se lo colocó primero a Sofía. Cuando llegó mi turno, sentí cómo me introducía un dildo delgado y muy mojado, empujándolo hasta el fondo. Después cruzó unas correas entre mis piernas, las unió a otras en mi cintura y cerró todo con un candado pequeño justo debajo del ombligo. Luego nos ordenó acomodarnos la ropa.
Bianca no llevaba juguete: ella sostenía las cuerdas. El amo nos mandó a Sofía y a mí ponernos boca arriba, con las colitas juntas, haciendo tijera como dos lesbianas. Cuando terminó de acomodarnos, nos amarró así, con las manos en alto, completamente indefensas.
Después puso a Bianca en cuatro, con la carita justo encima de nuestras pantis, mientras le decía que le iba a llenar el culo de semen. Nosotras ya ardíamos de excitación.
Sofía y yo movíamos las caderas y sentíamos la boquita de Bianca, su lengua sobre nuestras verguitas cada vez más duras. Entonces él encendió los juguetes. El mío empezó a vibrar, suave al principio, luego más fuerte, y de pronto se movía solo, entrando y saliendo dentro de mí.
Subió otro nivel con el control y el dildo comenzó a inflarse. Lo sentí calentarse, ponerse rígido y rugoso, mientras el vaivén se volvía más intenso y la vibración me recorría entera. Yo gemía contra la mordaza y me retorcía, y él nos repetía que éramos hembras en celo, perras suyas.
Le ordenó a Bianca que nos masturbara y nos chupara hasta hacernos venir en su cara. Ella, obediente, llevó las manos como pudo hasta nuestras pantis mientras el amo la montaba por detrás. Nos sacó las vergas y empezó a besarlas, a lamerlas, a chuparlas, sin dejar de masturbarnos.
Lo vi mover otra vez los controles y poner los dildos al máximo antes de tirarlos sobre la cama y concentrarse en clavarse en el culo de Bianca, llamándola puta barata, mariquita travesti. Y mientras los miraba, sentí cómo una bola empezaba a subir dentro de mí, como si el juguete se inflara en la base.
Cuando esa bola se acomodó del todo, el aparato se puso rígido, ardiente, más grueso, y entre picos de vibración empezó a soltar una crema tibia en mi interior. Yo gemía y me sacudía de gusto, sintiéndome abotonada como por un perro que se vaciaba dentro de mí.
Bianca me chupaba y me tocaba sin parar. Entonces sentí a Sofía venirse: la escuché gemir y noté cómo su semen salpicaba la cara de Bianca. El amo lo celebró y se la metió más fuerte. Yo también me deshice poco después, mojándome entera, con el culito lleno y caliente por aquel juguete.
Cuando terminé, quedé desfallecida, sintiendo aún el dildo penetrándome. Seguí mirando y vi cómo él montaba a Bianca cada vez más duro, empujándola para que hundiera la cara en nuestras vergas untadas de semen, hasta que se vació en su culo y la dejó también rendida, derrumbada encima de nosotras.
***
El amo volvió a tomar los controles. Al accionarlos, el dildo dejó de moverse y de soltar líquido, aunque la bola seguía dentro de mí. Se acercó a mi boca y metió su verga para que se la limpiara. Mientras lo hacía, nos advirtió que los juguetes tardaban unos quince minutos en desabotonarnos. Iba a darse una ducha y volvería a despedirse.
La primera en levantarse, una vez que él salió, fue Bianca. Nos soltó, se acomodó la ropa y, cuando logramos ponernos de pie, sentí que de mi culito todavía escurría líquido. Me subí las pantis y arreglé mi falda como pude, con la bola aún dentro. Las tres nos compusimos y salimos a la sala a esperarlo.
Llegó un rato después, ya vestido y recién bañado. La bola se me había desinflado y solo notaba el dildo delgado del principio. Las tres bebíamos vino cuando se sentó con nosotras. Tomando una copa, nos dijo que éramos unas hembras deliciosas, que le había encantado jugar con nosotras y ponernos como sus perras. Le dimos las gracias y, una a una, nos arrodillamos a besar su pene.
La primera fue Bianca, que se lo sacó del pantalón. Luego él nos entregó las llaves y, frente a él, fuimos retirándonos el juguete del culito mientras comentaba lo empapados que teníamos los calzones. Cuando me tocó a mí, el dildo salió mucho más mojado y me bañó las piernas. Lo tomé con la mano y noté que olía a fresas; eso me hizo sentir todavía más femenina.
Antes de marcharse nos dijo que todo lo que había traído eran regalos para cada una, y que esperaba que los disfrutáramos. Luego, delante de mis amigas, me recordó que ahora era su novia y que pronto se pondría en contacto conmigo para nuestra primera cita. Yo le sonreí coqueta y le dije que esperaría ansiosa ese día. Después se fue.
Cuando Bianca cerró la puerta, las tres nos miramos todavía encendidas. Ella nos contó que había una bañera grande que podíamos usar juntas, y enseguida estuvimos de acuerdo: llevaríamos vino, comida, juguetes y nos meteríamos en traje de baño.
Nos repartimos las tareas. Mientras Bianca llenaba el jacuzzi, Sofía y yo fuimos a la cocina por una tabla de quesos y carnes; en una bandeja pusimos copas, fruta y tres botellas de vino en una hielera. Después cada una buscó los juguetes que quería llevar. Yo recogí varios de los que habíamos usado, los lavé y los guardé en una bolsa.
Cuando volví a la sala, Sofía también tenía los suyos listos y buscaba su traje de baño. Hice lo mismo. Al regresar Bianca, ya se había cambiado: lucía un precioso traje de baño rosado de una pieza. No fue casualidad que Sofía y yo también tuviéramos trajes rosados de una pieza, que nos pusimos enseguida mientras ella nos miraba. Las tres somos unas mariquitas afeminadas, y nos gusta serlo.
Con todo listo, nos metimos juntas en el jacuzzi. Entre bocados y copas de vino fuimos planeando la despedida del día siguiente. Sofía debía irse después del mediodía, así que primero organizaríamos todos los regalos que habíamos recibido. Bianca dijo entonces que una de nosotras debía ayudarla a limpiar y ordenar la casa, y complacerla como una buena sirvienta.
Yo me ofrecí de inmediato: pedí ser tratada como una sirvienta sumisa. Sofía, en cambio, prefería el papel de dama elegante de visita. Y Bianca sonrió mientras confesaba que lo que más disfrutaba era ser la señora de la casa. Así quedó completo nuestro plan, y las tres nos hundimos un poco más en el agua tibia, riéndonos, sabiendo que la aventura todavía no había terminado.