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Relatos Ardientes

Su trato: ser su sumisa a cambio de techo y comida

Otro día más sentada en la misma acera, con un vaso de cartón entre las manos y una sola moneda de veinte céntimos tintineando en el fondo. Desde luego, este no era ni de lejos el futuro que imaginé para mí. Mendigar en la calle sin saber siquiera si comería algo antes de que cayera la noche se había convertido en mi única rutina.

Me llamo Marisol, tengo treinta y un años, y una cadena de malas decisiones aderezada con una pizca de mala suerte me arrastró hasta aquí. Vivir en la calle, comer de la calle, y ser echada de cualquier lugar al que intentara entrar por mi aspecto desaliñado. La gente me miraba con esa mezcla exacta de lástima y asco que ya había aprendido a reconocer de lejos.

A la gente como yo se le agotan las oportunidades muy pronto. Una empieza a soñar con que un día cualquiera ocurrirá algo, lo que sea, y todo cambiará de golpe. Volver a una vida normal. Levantarte por la mañana sin tener que calcular si ese día tocaba comer o no.

Aquella tarde apenas pasaban transeúntes. Habían anunciado tormenta y todo el mundo había sacado el coche. Mal asunto para el negocio. Intuía que esa moneda solitaria sería toda mi recaudación, así que me tocaría revolver otra vez en los contenedores. Llevaba dos días rebuscando sin demasiada suerte, y me notaba débil, sin energía, un poco desorientada.

Empezaron los truenos. Luego las primeras gotas. Me pegué cuanto pude a la pared y me cubrí con unos plásticos en un intento torpe de no empaparme. No me sentía con fuerzas para salir corriendo a buscar refugio, y menos aún para soportar que algún portero saliera a gritarme que me largara de allí.

Al poco rato ya estaba calada hasta los huesos. Con aquel viento, el agua entraba por todos lados y la protección de los plásticos se había rendido hacía un buen rato. Entonces, unas piernas se detuvieron justo delante de mí.

Al alzar la vista encontré a un hombre de unos treinta y pocos años, alto, con el pelo algo largo y ondulado, traje negro y una mirada fría que me recorría como si me estuviera evaluando. Sostenía un paraguas oscuro, aunque el bajo de sus pantalones empezaba a oscurecerse de humedad.

Aquel hombre me sonaba. Pasaba a menudo por esta calle, seguramente le quedaba de camino entre el trabajo y su casa. De tanto en tanto me dejaba unas monedas, y cada vez repetía la misma frase: «al menos te pagará un café». Pero esta vez no metió la mano en el bolsillo. En lugar de eso se puso de cuclillas y siguió observándome, casi inquisidor.

—Enséñame los dientes —dijo.

Por algún motivo que todavía no sé explicar, obedecí. Su voz era grave, serena, autoritaria, y no encontré dentro de mí nada con qué resistirme. Forcé una sonrisa torpe.

Me estudió un momento más y entonces soltó algo que me descolocó por completo.

—¿Quieres dormir caliente y seca esta noche?

Con la voz temblorosa contesté lo único que mi desesperación me permitía contestar.

—Sí.

—Entonces sígueme.

Me levanté como buenamente pude y me coloqué a su lado. Me sujetó del brazo y echamos a andar. Las piernas apenas me respondían, pero su agarre firme me sostenía. Caminamos unos diez minutos hasta plantarnos frente a un edificio de obra nueva, moderno, de gama alta. Pasó una llave electrónica por el sensor del telefonillo y la puerta cedió.

El portal tenía suelos de mármol y un pasillo ancho, elegante. Llegamos al ascensor y, en lugar de pulsar un botón, introdujo una llave en una cerradura donde debería estar el panel. Las puertas se abrieron directamente al interior de un ático enorme, decorado con gusto, con ventanales inmensos que daban a una terraza descomunal.

—Siéntate —ordenó al llegar a la cocina.

Me senté sin decir palabra.

—¿Quieres algo caliente? Una infusión, un café, un caldo.

—Si no es molestia, un caldo, por favor.

Sacó un táper de la nevera, lo calentó en el microondas y me lo sirvió humeante, con algo de verdura dentro y un trozo de pan. Empecé a tomarlo como si fuera la última comida de mi vida. Él se sentó enfrente y me miró comer en silencio. Me sentía perturbada, sin saber cómo comportarme ni qué decir. Fue él quien rompió el silencio.

—Me llamo Adrián. Te he traído aquí porque quiero proponerte un trato. Pase lo que pase, esta noche duermes en mi casa: te dejaré ducharte, comer y cambiarte de ropa. Pero de tu respuesta dependerá lo que ocurra a partir de mañana.

Sentí que la ansiedad me trepaba por el pecho.

—¿En qué consiste?

—Quiero una sirvienta. Y cuando digo sirvienta me refiero a alguien que cocine, limpie, lleve la casa y haga todo lo que yo le pida sin rechistar. Todo es todo. Serás libre de marcharte cuando quieras, pero si te pido algo, lo harás sin la menor queja. Si traicionas mi confianza, te vas. Si te niegas a algo, también. A cambio tendrás cobijo, comida y cuanto necesites para vivir.

Vaya oferta. El muy desgraciado quería una esclava. Y yo estaba en una situación tan jodida que aquello era, casi, lo mejor que podía pasarme.

—Acepto.

—Ni siquiera te lo has pensado. Iba a darte hasta mañana.

—No tengo nada que pensar. No puede ser peor que lo que tengo ahora.

Se levantó de la silla.

—Voy a preparar la bañera.

Y se alejó por el pasillo.

Terminé el caldo y apoyé los brazos cruzados sobre la mesa. El cansancio pesaba como una losa y, sin darme cuenta, me quedé dormida. Cuando vives en la calle, dormir profundamente es un lujo que una no se permite.

***

Me desperté sobresaltada al notar que algo me alzaba. Estaba en los brazos de Adrián, que me llevaba hacia el baño. Al entrar, el vapor flotaba en el aire y olía a algo agradable, limpio. Me dejó de pie en el suelo.

—Quítate la ropa y déjala en esa bolsa de basura, no pienso ni lavarla. Lávate los dientes, ahí tienes cepillo y pasta, y métete en la bañera. Cuando estés dentro, me llamas.

Asentí mientras pensaba que acababa de firmar un pacto con el diablo.

Me cepillé los dientes y me fui quitando cada prenda hasta dejarlas en la bolsa. Ahí iba mi vida entera, repartida entre bolsillos llenos de trastos. Me quedé mirándome en el espejo.

Soy un auténtico esperpento.

Tenía el pelo sucio, los pechos llenos y caídos, las caderas anchas y el vientre algo hinchado de comer mal. Me sorprendía que, después de todo, aún conservara algo de cuerpo.

Me metí en la bañera, una pieza ovalada tipo jacuzzi rebosante de espuma. Quién me viera y quién me había visto. El cuerpo se me hundía bajo las burbujas. Sumergí la cabeza para empaparme el pelo.

—Adrián, ya he hecho lo que me pediste.

Entró llevando solo unos pantalones cortos. Era un hombre musculoso y, debía reconocerlo, bastante atractivo. Mi cuerpo empezó a recordármelo con un calor que subía desde abajo. Traía en las manos una falda de volantes muy corta, negra, y un top blanco semitransparente.

—Esta será tu indumentaria. La llevarás siempre que estés en casa.

Solo de verla se me encendió la cara como un tomate, pero a él aquello no pareció afectarle lo más mínimo.

Metió las piernas en la bañera y se sentó en el borde, detrás de mí. Se echó champú en las manos y empezó a enjabonarme el pelo, masajeándome el cuero cabelludo con los dedos. Ojalá esa noche no terminara nunca. Cogió la alcachofa de la ducha y me aclaró con cuidado, y repitió lo mismo con el suavizante.

—Ponte de pie.

Me incorporé con timidez. Me recorrió despacio con la mirada, se detuvo en mi pubis y luego subió hasta mis pechos con una media sonrisa. A través del pantalón corto empezaba a adivinarse un movimiento en su entrepierna, y eso me hizo sonrojar todavía más.

Echó jabón en una esponja y comenzó a deslizarla por mi cuerpo, primero los hombros, después la espalda, trazando círculos lentos hasta llegar a las nalgas, donde se demoró con una calma que me erizó la piel. Pasó la esponja varias veces entre ellas. El calor seguía trepando dentro de mí y me descubrí mordiéndome el labio inferior.

Continuó por delante. Las axilas, los pechos, en los que insistió un buen rato. Me sentía expuesta e indefensa, y sin embargo solo quería que no se detuviera.

Cuando llegó al pubis, pasó la esponja varias veces. Uno de sus dedos asomaba por el borde y rozó mi clítoris, ya duro. Noté cómo me humedecía cada vez más, y no era del agua.

Me aclaró el jabón y volvió a echarse más, esta vez directamente en las manos. Repitió el mismo recorrido, pero ahora eran sus dedos los que viajaban por toda mi piel. Pasaban casuales, aunque firmes, por mis pezones con la mano izquierda, mientras la derecha se internaba entre mis nalgas y me acariciaba con suavidad. Mi respiración se aceleró. El rostro de Adrián, en cambio, no se inmutaba.

La mano izquierda fue descendiendo hasta encontrar mi clítoris y mis labios. Empezó a acariciarme cada vez más deprisa. Lo que comenzó como una respiración entrecortada se transformó, poco a poco, en gemidos. Su mano derecha ganaba terreno con paciencia.

Me sujetaba un pecho con una mano mientras la otra seguía trabajando, suave y a la vez contundente. Abrí los ojos y vi que tenía una erección enorme. Alargué la mano hacia él casi sin pensarlo.

—No te he dicho que me toques.

Así que, sin replicar, volví a llevarme las manos a los pechos.

El orgasmo me golpeó con una intensidad que no recordaba. Gemí con fuerza, doblándome sobre mí misma, mientras el placer me recorría entera. Adrián sonreía. Y entendí, en ese instante, que complacerlo iba a ser exactamente lo que él esperaba de mí.

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Comentarios (4)

Matias_Roque

tremendo relato, de los mejores que lei ultimamente!!!

VeraLectora

Por favor una segunda parte, no puede quedar ahi 😭 quede totalmente enganchada

DiegoBaires

El comienzo es de otro nivel, me engancho al toque. Muy bueno!

NocheSuave22

Me recordo a algo que lei hace tiempo pero este esta mucho mejor escrito. Sigue asi!

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