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Relatos Ardientes

La grabación que mi mujer me dejó antes de viajar

Marina llevaba tres días fuera cuando me decidí a escuchar el mensaje. Me lo había mandado la mañana de su viaje, con una sola línea de texto debajo: «No lo abras hasta que estés solo y tengas tiempo». Yo lo había ido posponiendo, primero por trabajo, después por una mezcla de pereza y de algo parecido al miedo. Esa noche, con la casa en silencio y el teléfono cargando sobre la mesilla, ya no tenía excusas.

Puse el dedo sobre la pantalla y dudé un segundo más. Luego pulsé play.

—Hola, mi amor —empezó su voz, tranquila, casi dulce—. He querido dejarte esto ahora que voy a estar fuera una temporada, porque quiero que este tiempo separados nos sirva para replantear algunas cosas. Sobre todo en la cama. No me mientas: los dos sabemos que ahí algo no termina de funcionar.

Hasta ahí, nada raro. Lo raro vino después.

—El asunto es que yo ya sé por qué —continuó—. Tú crees que vivo en la ignorancia, pero he visto el historial de tu navegador. Sé qué páginas abres cuando piensas que estoy dormida, y qué tipo de vídeos necesitas para acabar excitándote.

Se me cerró el estómago de golpe. Sentí el calor subiéndome por el cuello, esa vergüenza concreta de quien acaba de ser descubierto sin posibilidad de negar nada. Estuve a punto de detener la grabación.

—Tranquilo —dijo ella, como si me viera—. Imagino que ahora mismo estarás aterrado, con un nudo en la garganta. No pasa nada. No voy a reprocharte nada. Al contrario: voy a ayudarte. Hoy mismo, si quieres. Pero solo si tienes un buen rato por delante y nadie va a molestarte. Si ahora no puedes, para esto y vuelve cuando estés relajado y dispuesto a seguir mis instrucciones.

Miré la puerta cerrada, el reloj, el silencio del piso. Tenía todo el tiempo del mundo. No paré.

—¿Listo? —preguntó, y juro que sonrió al decirlo—. Muy bien. Entonces ve a nuestra habitación. A la cama. Y desnúdate del todo. Despacio, no corras, tienes tiempo. Quítate los zapatos, los calcetines. La camiseta. Desabróchate el pantalón y bájatelo. Los calzoncillos también. Te quiero completamente desnudo.

Me sorprendí obedeciendo antes de decidirlo. La ropa fue cayendo al suelo mientras su voz marcaba el ritmo, y para cuando me quedé desnudo de pie junto a la cama ya tenía la respiración corta y una primera tensión instalada entre las piernas.

—Antes de tumbarte —siguió—, abre el cajón de la mesilla. No te asustes por lo que vas a encontrar. Hay dos cosas que dejé preparadas para ti: un bote de lubricante y un consolador con vibración. Cógelos y déjalos sobre la cama, a tu alcance.

Abrí el cajón con el pulso acelerado. Ahí estaban, exactamente donde había dicho, debajo de un pañuelo doblado que yo nunca había levantado. Marina lo había planeado todo con días, quizá semanas de antelación. Esa idea —la de su cálculo paciente mientras yo creía guardar un secreto— me excitó más que cualquier imagen que hubiera visto en una pantalla.

—¿Sorprendido? —dijo la grabación—. No te hagas el remolón. Ya sé lo que buscas a escondidas, y resulta que yo quiero dártelo. Túmbate. Deja el lubricante y el consolador donde puedas alcanzarlos sin estirarte.

Me tumbé. El techo me devolvió la mirada y su voz llenó la habitación como si ella estuviera sentada a los pies de la cama, observándome.

—Muy bien, mi amor. Ahora, poco a poco, voy a enseñarte a abrirte y a disfrutarlo. Como sé que llevas tiempo deseando y no te has atrevido a probar. Lo primero es prepararte bien. Aprieta el dispensador y deja caer una buena cantidad de lubricante en tu mano. Generosa. No seas tacaño contigo mismo esta noche.

El gel cayó frío en mi palma. Cerré los dedos sobre él para entibiarlo, igual que la había visto hacer a ella mil veces antes de tocarme.

—Separa las piernas y levántalas un poco —ordenó—. Llega con la punta de los dedos y empieza a esparcirlo alrededor de la entrada. Haz círculos despacio, sin prisa. Entra un poquito, solo un poco. Eh, no te embales: ya sé que estás ansioso, pero esta noche se hace todo a mi ritmo.

Obedecí. El primer contacto me arrancó un suspiro que no esperaba, un sonido agudo y bajo que se me escapó solo.

—Eso de ahí —rió ella en la grabación, como si lo hubiera oído—, ese gemidito, lo conozco bien. Mete el dedo poco a poco, muévelo, dibuja círculos, reparte el lubricante por dentro. ¿Se te está poniendo dura? Imagina que soy yo quien te abre así. Que son mis dedos. Sigue, entra y sal, separa más las piernas para que sea más fácil.

Era su voz, pero era yo quien me rendía centímetro a centímetro.

—Cuando estés listo —continuó—, prueba a meter un segundo dedo. Sin forzar. Entra y sal con los dos, sepáralos para abrirte mejor. Respira hondo, despacio, disfruta cada segundo. Con la otra mano acaríciate, date una palmada suave en la nalga. Es lo que te haría yo si estuviera ahí contigo, teniéndote así, abierto, completamente a mi disposición.

Me dejé llevar. La tensión inicial se había convertido en una corriente continua que me recorría la espalda. Marina hablaba, y mi cuerpo respondía a cada palabra suya con una obediencia que me daba vértigo y placer a partes iguales.

—¿Ya te notas más abierto? —preguntó—. Saca los dedos un momento y palpa la entrada. Notas que entra el aire, ¿verdad? Una sensación de vacío. De que falta algo. Necesitas algo más grande, lo sé. Coge el consolador. Tiene dos botones: uno de vibración y otro de empuje. Te van a encantar los dos, pero no corras. Primero, otra vez lubricante. Unta bien toda la silicona, de arriba abajo.

Lo cubrí entero, sintiendo el peso y la forma en la mano. Era más grueso de lo que había imaginado al verlo en el cajón. La voz de mi mujer bajó un tono, más íntima.

—Va llegando el momento que esperabas sin saber que lo esperabas. Apoya la punta en la entrada. Aprieta suave, despacio. La punta es siempre lo que más cuesta. Puede que te moleste un instante, solo un instante. Respira. Relájate. Déjalo entrar.

Apreté. Hubo una resistencia, una punzada breve, y después una cesión lenta que me cortó la respiración. Se me escapó un quejido entre los dientes y noté que los ojos se me humedecían sin razón.

—Ya está —susurró ella, como si lo supiera—. No pasa nada. Lo estás haciendo muy bien. Sigue empujando, despacio, centímetro a centímetro. Vas a notar cómo tu cuerpo cede, cómo se rinde. Mételo bien, hasta donde aguantes hoy.

***

Cuando estuvo dentro, me quedé inmóvil un momento, asimilando la sensación. Una plenitud extraña, incómoda y deliciosa a la vez. Marina me dio el tiempo justo antes de continuar.

—Ahora prepárate —dijo—. Pulsa el botón de la vibración.

Lo pulsé y el cuerpo entero se me sacudió. Un temblor recorrió la base de la espalda y se extendió hacia las piernas. Solté el aire de golpe, en un gemido largo que no reconocí como mío.

—¿Lo notas? —la oí decir entre risas suaves—. Cómo se afloja todo, cómo tiemblas. Aprieta los músculos alrededor, contráelos, relájalos, vuelve a apretar. Alterna. Eso es. Disfruta de lo que sientes sin pelearte con ello.

Hice lo que decía. Cada contracción multiplicaba la vibración, la convertía en oleadas que me subían por dentro y me dejaban sin pensamiento. Ya no quedaba rastro de la vergüenza del principio. Solo su voz y mi cuerpo respondiéndole.

—¿Quieres más? —preguntó—. Empieza a moverlo. Hacia fuera, hacia dentro. Fóllate tú mismo despacio, como lo haría yo si estuviera ahí, con un arnés entre las piernas, tomándote como nunca te he tomado. Sácalo casi del todo y vuelve a meterlo. Sin prisa todavía.

Me moví al ritmo de sus indicaciones. Sacaba el consolador hasta la punta y lo hundía de nuevo, y con cada vaivén encontraba un punto interno que me hacía arquear la espalda contra el colchón. El placer era distinto a cualquier otro que conociera, más profundo, más total.

—Ya empiezas a entenderlo —dijo ella—. Si todavía no lo estabas haciendo, coge tu pene con la otra mano. Acaríciate despacio mientras te penetras. Reparte por la punta lo que ya se te está escapando. Las dos cosas a la vez. Date gusto sin culpa, mi amor. Esto también eres tú.

Obedecí, y la combinación me arrancó un gemido tras otro. Una mano marcaba el ritmo dentro, la otra fuera, y entre las dos me llevaban a un sitio del que no quería volver. Tenía la frente perlada de sudor y el pecho subiendo y bajando como si hubiera corrido.

—No pares —insistió su voz—. Dentro y fuera, arriba y abajo. Nota cómo se te tensan las bolas, cómo se concentra todo. Sube el ritmo de las dos manos. Ya no hay resistencia, ¿verdad? Tu cuerpo entero está disfrutando como nunca le has dejado disfrutar.

Aceleré sin pensar. La habitación se había reducido a su voz y a las dos sensaciones que se buscaban dentro de mí, hasta que noté que algo se acumulaba en la base, imparable.

—Ahora —dijo Marina, y casi pude sentir su sonrisa—, pulsa el segundo botón. El de empuje. Y déjate ir.

Lo apreté. El consolador cobró vida propia, empujando solo en mi interior con un ritmo mecánico y exacto, y eso fue lo que me deshizo. Grité contra la almohada, las caderas se me dispararon hacia arriba, y me corrí en oleadas largas mientras el aparato seguía empujando y la voz de mi mujer me acompañaba desde el teléfono.

—Eso es —murmuró—. Déjalo salir todo. Hasta la última gota.

***

Tardé un buen rato en volver. Bajé del subidón despacio, con el corazón todavía golpeándome las costillas y el cuerpo deshecho sobre las sábanas revueltas. Detuve la vibración, paré el empuje, y lo dejé dentro un momento más, como ella había sugerido, sin atreverme aún a moverme.

—¿Te has quedado a gusto? —preguntó la grabación, ya en su recta final, con una ternura que me desarmó—. Estoy segura de que sí. Y estoy segura, también, de que esto no ha hecho más que empezar. Ahora ya sabes lo que tu cuerpo te pedía y tú callabas.

Cerré los ojos. Tenía el pecho salpicado, la respiración entrecortada, y una sensación nueva instalada en algún sitio entre el alivio y la expectación.

—Cuando vuelva del viaje —terminó Marina—, no quiero que finjamos que esto no ha pasado. Quiero que hablemos. Que me cuentes. Que dejes de esconderte de mí en mitad de la noche. Lo demás ya lo iremos descubriendo juntos. Te quiero. Y te quiero entero, también esta parte tuya. Un beso, mi amor.

El audio terminó con un clic seco. Me quedé mirando el techo en la penumbra, con el teléfono apagándose solo sobre la almohada, pensando que en doce años de relación nunca la había deseado tanto como en ese instante en que ella no estaba.

Cogí el móvil y le escribí una sola línea: «Lo he escuchado entero». Tres puntos aparecieron al otro lado casi al instante. Marina estaba despierta, esperando. Sonreí en la oscuridad y supe que tenía razón en todo: esto no había hecho más que empezar.

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Comentarios (4)

NicoMdq_lee

que relato!!! me dejo pensando un buen rato, tremendo

Florencia23

Por favor continua la historia, con esa tension no podes dejarnos colgados. Quiero saber que pasa despues!!

Rodrigo_Gba

Me encanta cuando hay un giro inesperado al principio, lo cambia todo. Muy bien escrito.

DinaK_ok

increible, lo lei de un tiron sin poder parar!

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