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Relatos Ardientes

La viuda que aprendió a obedecer a su nuevo dueño

Mariana llevaba el vestido negro más ajustado de su armario y nadie en la sala se atrevió a decírselo. A los cuarenta y dos años, con el cuerpo ancho de caderas y los pechos que tensaban la tela, parecía una mujer hecha para todo menos para el luto. El cajón de Esteban estaba abierto en el centro del velatorio, y ella se mantenía de pie junto a él, los ojos vidriosos, la boca quieta. Los vecinos murmuraban condolencias que se perdían en el aire pesado de las flores marchitas.

Lo que nadie sospechaba era que, desde hacía media hora, lo único que la mantenía atenta eran dos hombres apoyados contra la pared del fondo.

Damián era el más alto, moreno, con una barba de tres días y manos grandes de trabajo. Sebastián era más bajo pero ancho de espalda, callado, con una forma de mirarla que la incomodaba y la encendía a partes iguales. Habían sido amigos de su marido durante años: fútbol los domingos, asados, partidas de cartas hasta tarde. Mariana siempre los había observado de reojo, preguntándose en silencio cosas que una esposa no debía preguntarse.

Se acercó a ellos con una sonrisa medida, el paso lento, consciente de cada movimiento de sus caderas.

—Gracias por venir, muchachos —dijo, apoyando la mano en el brazo de Damián—. Esteban no tenía muchos amigos de verdad.

—Era un buen tipo —respondió él, sin disimular del todo la mirada que le bajó por el escote—. ¿Cómo estás llevando todo esto?

Sebastián no dijo nada. Solo la miró, y esa quietud suya la puso más nerviosa que cualquier palabra.

—Sobreviviendo —contestó ella, bajando la voz—. La casa va a quedar muy vacía a partir de ahora.

La conversación empezó inocente, junto al cajón, hablando del difunto y de viejas anécdotas. Pero Mariana, con el calor del salón y una imprudencia que la sorprendía a ella misma, fue corriendo el límite. Se inclinó un poco, dejó que el silencio se alargara, y dijo algo que no le diría a una viuda decente.

—Esteban era un buen hombre. Pero hay cosas que un buen hombre nunca supo darme.

Damián arqueó una ceja. Sebastián, por primera vez, sonrió apenas.

—¿Qué clase de cosas? —preguntó el más bajo, y su voz era grave, tranquila, como si ya conociera la respuesta.

Mariana sintió que algo se le aflojaba por dentro. No deberías estar haciendo esto. No hoy. No aquí.

—La clase de cosas que no se piden por favor —respondió.

Los tres se apartaron sin acordarlo, hacia un rincón en penumbra, lejos del llanto de las otras mujeres. Damián le rozó la cadera con el dorso de la mano, una caricia que cualquiera habría tomado por accidente. Mariana no se apartó.

—Cuando esto termine —murmuró ella, mirando de reojo el cajón de su marido—, vengan a casa. No quiero estar sola esta noche.

Sebastián se acercó hasta que ella pudo sentir su aliento.

—Vamos a ir —dijo—. Pero las cosas se van a hacer como nosotros digamos.

Y por primera vez en años, Mariana sintió que alguien la había entendido del todo.

***

Bajaron el cajón a la tierra esa misma tarde. Mariana lloró lo justo, dejó que la abrazaran, recibió las palmadas en la espalda. Pero cuando el cementerio se vació y el sol empezó a caer sobre las afueras del pueblo, ella ya estaba pensando en otra cosa.

La casa quedaba en Los Aromos, un barrio tranquilo a las afueras de la ciudad, con jardines secos y perros que ladraban a lo lejos. Apenas oyó el motor del auto, Mariana se miró por última vez en el espejo del recibidor. Se había quitado el corpiño. Bajo el vestido negro, los pezones marcaban la tela.

Abrió la puerta antes de que tocaran.

—Pasen —dijo—. Ya no hay nadie a quien rendirle cuentas.

Damián entró primero y la tomó de la cintura sin preguntar, atrayéndola contra su pecho. Pero fue Sebastián quien cerró la puerta con llave y se quedó atrás, observando, dejando que el otro empezara.

—Sacate el vestido —ordenó Sebastián desde el umbral del living—. Despacio. Quiero ver cómo lo hacés.

Mariana obedeció. Bajó el cierre lateral, dejó que la tela negra cayera al piso, y se quedó de pie en medio de la sala con nada más que una tanga oscura. Damián exhaló entre dientes. Sebastián no se movió.

—Arrodillate —dijo él.

Ella se dejó caer sobre las rodillas en la alfombra. Hubo algo en ese gesto, en la forma en que su cuerpo cedió sin resistencia, que la encendió más que cualquier caricia. Damián se acercó, se abrió el pantalón y dejó libre el miembro, grueso y ya erecto. Mariana lo tomó con la boca como si llevara años de hambre acumulada, sin apuro, dejando que él le sostuviera la nuca y marcara el ritmo.

—Mirala —dijo Damián, con la voz ronca—. La viuda más obediente del pueblo.

Sebastián se acercó por fin. Se arrodilló detrás de ella, le bajó la tanga con dos dedos y deslizó la mano entre sus muslos. Mariana gimió contra el sexo de Damián al sentir esos dedos abriéndola, comprobando lo mojada que estaba.

—Ni siquiera tuvimos que esforzarnos —murmuró Sebastián—. Llegaste así desde el velatorio.

La levantaron y la doblaron sobre el respaldo del sofá. Damián se puso frente a ella, le ofreció de nuevo la boca; Sebastián se ubicó detrás y la penetró de una sola vez, hundiéndose hasta el fondo. Mariana arqueó la espalda y el grito se le ahogó en la garganta. La tomaban por los dos lados, sin tregua, con una sincronía que parecía ensayada. El calor del cuerpo de Sebastián contra su espalda, las manos firmes en sus caderas, la voz de Damián diciéndole lo que era: todo se mezclaba en una marea que la arrastraba.

Cambiaron de posición varias veces a lo largo de la noche. La pusieron en cuatro patas sobre la alfombra, la sentaron a horcajadas, la doblaron sobre la mesa del comedor donde tantas veces había cenado con su marido. Mariana se corrió más de una vez, temblando, pidiendo que no pararan. Cuando los dos terminaron, exhaustos y cubiertos de sudor, ella seguía queriendo más.

—Vuelvan cuando quieran —les dijo, tendida entre los dos en la cama matrimonial—. Esto recién empieza.

Pero mientras Damián se vestía para irse, los ojos de Mariana seguían a Sebastián. A su quietud. A su forma de mandar sin levantar la voz.

***

Los días siguientes, Mariana no pudo sacárselo de la cabeza. Damián había sido un buen amante, generoso, divertido. Sebastián era otra cosa. Era la mano firme en la nuca, la orden dicha en voz baja, la certeza de que él sabía exactamente lo que ella necesitaba aunque ella no se atreviera a nombrarlo.

Una tarde lo llamó.

—Vení —fue todo lo que dijo—. Solo vos.

Sebastián llegó media hora después. No hubo charla, ni rodeos. La tomó de la cintura, la levantó como si no pesara nada y la sostuvo contra la pared del pasillo.

—A partir de ahora vas a ser mía —dijo, con la boca pegada a su oído—. Y vas a aprender lo que eso significa.

—Sí —jadeó ella, las piernas temblando—. Enseñame.

Se mudó con ella en cuestión de semanas. No hizo falta nada dramático: ni cadenas, ni discursos. Bastaba su presencia. Sebastián llegaba del trabajo, la encontraba en ropa interior, y la tomaba ahí mismo, contra la mesada de la cocina, levantándola con un solo brazo. Le enseñó a pedir permiso. Le enseñó a esperar. Le enseñó que el placer más intenso llegaba después de la espera más larga.

—Tocate solo cuando yo lo diga —le ordenaba, sentado frente a ella mientras Mariana, abierta de piernas en el sillón, se mordía los labios sin atreverse a desobedecer.

A veces la hacía esperar minutos enteros, observándola retorcerse, antes de cruzar la sala y darle lo que pedía. Y cuando finalmente la penetraba, lo hacía despacio, controlando cada centímetro, hasta que ella gritaba su nombre y se desarmaba entre sus brazos.

El morbo crecía con cada día. Salían a caminar por el barrio y él le rozaba el cuerpo en público, le susurraba al oído lo que le haría esa noche. Mariana volvía a casa caliente, ansiosa, ya rendida antes de cruzar la puerta. Había encontrado, en la viudez, una libertad que jamás había conocido en el matrimonio.

***

Pero Sebastián sabía que, de tanto en tanto, Mariana necesitaba que le recordaran quién mandaba.

Una noche, después de la cena, ella lo provocó. Lo desafió con una sonrisa juguetona, lo retó por una tontería, midiendo hasta dónde podía llegar. Él dejó los cubiertos sobre la mesa con calma y la miró fijo.

—Vení al dormitorio —dijo—. Me parece que te olvidaste de algo.

Mariana sintió el cosquilleo familiar entre las piernas. Lo siguió sin protestar.

Sebastián se sentó al borde de la cama y la acomodó boca abajo sobre sus rodillas, como a una mujer que se ha ganado un castigo. Le bajó el pantalón de algodón de un tirón. El cuerpo de Mariana quedó expuesto, la piel pálida temblando de anticipación.

—Vas a contar —dijo él, apoyando la palma abierta sobre la curva de su carne—. Y me vas a agradecer cada una.

El primer golpe resonó en la habitación. Mariana ahogó un grito, más de sorpresa que de dolor, y sintió cómo el calor se le extendía por la piel y bajaba directo hasta el centro de su deseo.

—Una —jadeó—. Gracias.

Sebastián siguió, alternando, sin apuro, dejándole sentir cada impacto antes del siguiente. Entre golpe y golpe, deslizaba la mano para comprobar lo empapada que estaba, y esa caricia fugaz la enloquecía más que el castigo.

—Cinco —contó ella, la voz rota—. Gracias.

Para cuando llegaron a diez, Mariana se frotaba sin pudor contra la pierna de él, buscando el roce, pidiendo sin palabras. Sebastián la detuvo con una mano firme en la espalda.

—No te corras todavía —ordenó—. No hasta que yo lo diga.

Ella gimió de pura frustración, al borde, conteniéndose por él. Y cuando él por fin la levantó, la giró y la penetró contra el espejo del armario, obligándola a mirarse, Mariana entendió que ese era exactamente el lugar donde quería estar.

—Mirate —le dijo Sebastián al oído, embistiendo profundo, sosteniéndola por las caderas—. Esta es la mujer que sos conmigo.

Mariana se observó en el reflejo: la piel encendida, los ojos perdidos, el cuerpo entregado a un hombre que sabía manejarla. Se corrió con un grito largo, sostenida solo por sus brazos, mientras él terminaba dentro de ella.

Desde esa noche, el ritual se volvió costumbre. Cuando Mariana lo provocaba, sabía perfectamente lo que estaba pidiendo. Y Sebastián siempre se lo daba: unas cuantas palmadas firmes, la piel ardiendo, y después la rendición completa.

El marido había quedado atrás, una fotografía borrosa en un cajón. Mariana ya no era la viuda caliente que coqueteaba junto a un ataúd. Era la mujer de Sebastián, y por primera vez en su vida sabía, sin ninguna duda, a quién pertenecía.

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Comentarios (4)

NikoNocturno

tremendo relato, uno de los mejores que lei en este sitio. Me dejó sin palabras

SoledadVera

Por favor que haya una segunda parte, quedé con ganas de saber como sigue la historia de Mariana

LaObservadora

Lo que mas me gustó es que no es burdo, tiene peso emocional de verdad. La transformacion del personaje se siente creíble

RamonGz

excelente!!!!

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