Le ordené mirar a su esposa mientras me obedecía
El sol de las sierras caía espeso sobre el complejo termal, pero ningún calor me ardía tanto como el que se gestaba en mi habitación. Desde el ventanal del segundo piso lo había estado observando toda la mañana: Damián. La pura imagen de la juventud, el cuerpo todavía sin terminar de hacerse, y unos ojos que delataban un hambre que su esposa —flaca, recién casada, demasiado ocupada en parecer perfecta— no alcanzaba a saciar.
Yo tenía cuarenta y tres años y cada una de mis curvas trabajada con paciencia. No era una chica. Era una mujer que sabía exactamente lo que quería y cómo conseguirlo. Y esa tarde lo quería a él, de rodillas, antes de que se diera cuenta de que ya había decidido por los dos.
Bajé a la pileta sin apuro. El traje de baño que elegí no estaba pensado para nadar; estaba pensado para que un hombre olvidara cómo respirar. Caminé por el borde sintiendo el peso de su mirada antes de verla, y cuando me senté en la reposera frente a la suya, supe que ya lo tenía. Su esposa le hablaba de algo —el almuerzo, la excursión de la tarde, no importaba qué— y él asentía sin escuchar, los ojos clavados en la línea de mi escote.
Dejé que el agua me resbalara despacio por el cuello, por el pecho, por el vientre. Cada gota era una orden silenciosa. Mirá. Seguí mirando. No vas a poder evitarlo.
***
Esperé a que su mujer entrara al agua antes de moverme. La vi alejarse braceando hacia la parte honda y aproveché esos segundos para inclinarme apenas hacia él, lo justo para que nadie más oyera.
—Parece que el calor te está afectando más de lo que debería —le dije, bajando la vista un instante hacia su entrepierna y volviendo a sus ojos sin disimular.
Damián tragó saliva. Abrió la boca para decir algo y no le salió nada. Era un chico bien criado, de los que no saben qué hacer cuando una mujer les habla sin pedir permiso.
—Tu esposa es linda —seguí, y dejé que la palabra se quedara colgada un segundo de más—. Pero hay cosas que solo se aprenden con alguien que ya las sabe. Habitación doscientos catorce. Subí en diez minutos. No golpees, la puerta va a estar abierta.
Me levanté sin esperar respuesta. Las reglas no se negocian: se enuncian. Sentí su mirada subir conmigo por toda la escalera, y esa certeza me gustó más que cualquier roce.
***
Subió en ocho.
Lo escuché empujar la puerta con cuidado, como quien entra a un lugar que no termina de creer que existe. Yo estaba de pie en el centro del cuarto, todavía con el traje de baño húmedo, la cortina filtrando una luz dorada que caía sobre la cama deshecha a propósito.
—Cerrá —dije.
Cerró.
—Vení acá. Despacio.
Avanzó. Le temblaban un poco las manos y eso me encantó, porque significaba que entendía dónde estaba parado. Cuando lo tuve enfrente, le apoyé un dedo en el pecho y lo empujé apenas, lo suficiente para que diera un paso atrás y quedara contra la pared.
—Acá las cosas funcionan de una manera —le expliqué, recorriéndole la mandíbula con la uña—. Yo hablo, vos hacés. No me toques hasta que te lo diga. ¿Está claro?
—Sí —murmuró.
—Sí, ¿qué?
Lo vi dudar, buscar la respuesta correcta como un alumno nervioso. Después bajó la mirada.
—Sí, señora.
Sonreí. Aprendía rápido.
Le desabroché el short sin prisa, disfrutando de su respiración que se aceleraba con cada movimiento de mis dedos. Cuando lo liberé, lo tenía duro como una piedra, latiendo, desesperado por un contacto que todavía no le iba a dar.
—Manos quietas —le recordé cuando intentó alcanzarme—. Dije que no me toques.
Obedeció. Cerró los puños a los costados del cuerpo y se mordió el labio para no romper la regla. Esa imagen —un hombre joven, fuerte, entregándose a la espera— era mil veces más excitante que cualquier urgencia.
Me arrodillé frente a él, pero no para complacerlo: para tomar el control desde abajo, que es donde mejor se manda. Lo rocé con los labios, con el aliento, con todo menos lo que él necesitaba, hasta que un gemido se le escapó de la garganta.
—Te gusta esperar —dije, mirándolo desde el piso—. Vas a aprender a hacerlo bien.
***
Lo llevé al ventanal cuando ya no podía sostenerse. Descorrí apenas la cortina. Abajo, en la pileta, su esposa seguía nadando de un extremo al otro, ajena, perfecta en su ignorancia.
—Mirala —le ordené, parándome detrás de él y pasándole las uñas por la espalda—. No le saques los ojos de encima.
Lo sentí tensarse. La culpa y el deseo le peleaban en el cuerpo, y yo sabía cuál de los dos iba a ganar. Siempre gana el mismo.
—No puedo —susurró.
—Sí podés. Y vas a hacerlo. Cada vez que sientas algo, mirala a ella y acordate de que elegiste estar acá.
Lo giré contra el vidrio. El cuarto daba a un balcón angosto y la baranda quedaba justo al borde de la luz de la tarde. Lo empujé hasta ahí, donde el riesgo de ser vistos volvía todo más filoso, y me incliné sobre la baranda ofreciéndole lo que tanto había mirado en la pileta.
—Ahora sí —le dije—. Pero a mi ritmo. Si te apurás, paro.
No se apuró. Aprendió a no hacerlo. Entró despacio, conteniéndose, atento a cada palabra mía como si su vida dependiera de obedecer. Y de alguna manera, esa tarde, dependía.
El contraste era perfecto: la calma del agua azul allá abajo y la tormenta que nos sacudía contra la baranda. Le marqué el compás con la voz, lo frené cuando se aceleraba, lo solté cuando lo merecía. Sus manos me apretaban con una fuerza que pedía permiso, y yo se lo daba a cuentagotas, porque el placer que más dura es el que se administra.
Cuando finalmente lo dejé terminar, lo hizo con un temblor que le subió desde las piernas, mordiéndose el puño para no gritar y delatarnos. Se quedó apoyado contra el vidrio, deshecho, mirándome con una mezcla de gratitud y miedo que yo conocía bien.
—Eso fue una clase —le dije, acomodándome el pelo frente al espejo—. Y todavía no terminó.
***
Volvió esa misma noche, como yo sabía que volvería. Pero no vino solo.
Lo había instruido antes de que se fuera. «Si querés volver, traé a alguien que valga la pena. Yo decido el resto.» Me lo había tomado como una prueba más que como un pedido, y ahí estaba, parado en el pasillo con un amigo del complejo, los dos con esa sonrisa nerviosa de quienes cruzan una línea que nunca pensaron cruzar.
—Pasen —dije—. Y escuchen bien, porque las reglas son las mismas para los dos.
El amigo —Tomás, se llamaba— era mayor que Damián, más seguro, de los que creen que saben. Esos son mis favoritos, porque la caída es más larga. Los hice sentarse en el borde de la cama, uno al lado del otro, y caminé despacio frente a ellos como quien revisa una tropa.
—Acá nadie hace nada sin que yo lo diga —empecé—. Ni se tocan, ni me tocan, ni respiran fuerte sin permiso. El que rompa una regla, se va. ¿Entendido?
—Sí, señora —respondió Damián de inmediato.
Tomás tardó un segundo de más. Lo miré hasta que entendió.
—Sí, señora —repitió, y algo en su tono se ablandó.
Lo que siguió fue una coreografía que dirigí entera. A uno lo hacía esperar mientras le prestaba atención al otro. Les marcaba turnos, les ordenaba mirar, los premiaba con un roce cuando obedecían y los castigaba con mi indiferencia cuando se adelantaban. Damián, que ya había aprendido la lección de la tarde, se movía con una calma que Tomás todavía no tenía, y disfruté enseñándole al segundo lo que el primero había entendido contra el ventanal.
Los tuve así durante horas. La culpa de Damián se había evaporado del todo; ahora solo quedaba la entrega, esa rendición completa que solo se consigue cuando alguien deja de pelear contra lo que quiere. Tomás aguantó más, pero también cayó, y verlos a los dos pendientes de mi voz, esperando una orden, fue el verdadero placer de la noche.
***
De madrugada los eché. No por crueldad: por método. El que se queda a dormir confunde el deseo con otra cosa, y yo no estaba ahí para eso.
Damián se detuvo en la puerta antes de salir. Tenía esa mirada de quien quiere decir algo y no encuentra el modo.
—¿Mañana? —se animó por fin.
Lo miré desde la cama, sin apuro, dejando que la pregunta colgara igual que esa tarde en la pileta.
—Mañana se ve —dije—. Si te portás bien con tu esposa en el desayuno y no se te nota nada, capaz subo a buscarte yo.
Cerró la puerta despacio. Me quedé sola en la habitación doscientos catorce, escuchando el silencio del complejo dormido, sabiendo que abajo, en algún cuarto, un chico de veintitantos iba a pasar la noche en vela pensando en una regla que recién empezaba a entender: que el verdadero poder no está en tomar, sino en hacerse desear hasta que el otro ruegue por obedecer.
Apagué la luz. Mañana, quizás, le daría una clase más.