La sumisa que conocí en un viaje de trabajo
Había llegado a aquella ciudad del interior un par de días antes por una feria de proveedores. Mi parte terminaba el viernes a media mañana, así que decidí robarle el fin de semana al calendario y quedarme. Esa misma noche, sin nadie a quien rendir cuentas, busqué un local que aparecía recomendado en un foro de viajeros. No tenía expectativas. Solo quería una copa decente y observar gente.
El sitio me sorprendió por dos motivos. El primero, la edad de la clientela: ni rastro de veinteañeros, sino hombres y mujeres de cuarenta para arriba, justo lo que prometía la reseña. Rara vez esas recomendaciones aciertan. El segundo detalle fue la luz. No estaba sumido en esa penumbra agresiva de las discotecas de moda; se distinguían las caras, los gestos, las miradas. Y las miradas, esa noche, fueron lo que importó.
Como iba solo, lo primero fue acodarme en la barra y pedir un gin-tonic con una ginebra japonesa que me gusta por su aroma cítrico, casi a flor. Mientras esperaba el hielo, me dediqué a mirar. Entonces la vi a ella.
Era morena, de piel cálida, con más curvas que una carretera de montaña. Llevaba un vestido corto y negro, medias del mismo color y unos tacones rojos que rompían el conjunto a propósito. Tenía el pecho generoso, apenas contenido por la tela, y una forma de sostener su copa, con dos dedos, que delataba paciencia. Me quedé mirándola sin disimulo. Tardó poco en notarlo. Y cuando nuestras miradas se cruzaron, no había nada inocente en la suya.
No sabría decir cuánto tiempo pasó. En esas circunstancias uno deja de contar minutos. En algún momento crucé el local y me planté a su lado.
—No sueles venir sola a sitios así —dije.
—Vengo cuando busco algo concreto —respondió, sin apartar los ojos de mí.
Se llamaba Daniela. Era de allí mismo y trabajaba como representante para una marca de relojería. Hablaba despacio, eligiendo las palabras, y de cerca me puso aún más cachondo: esos muslos, esa boca pintada de un rojo discreto, ese escote que parecía a punto de ganar la batalla contra el vestido. Pero había algo más, algo por debajo de la conversación, una corriente que yo creía reconocer y que también me gustaba.
En un momento dado pasé el brazo por detrás de su espalda y la atraje hacia mí. Esperaba un gesto de protesta, un cuerpo que se tensa. No hubo nada de eso. Se dejó llevar como si esperara la orden desde el principio. Nos quedamos mirándonos fijamente, muy cerca, durante un instante denso. Después nuestras bocas se buscaron.
Daniela besaba bien. Sus labios carnosos se aferraban a los míos con una mezcla de hambre y entrega, y nuestras lenguas se exploraban sin prisa. Mientras tanto, mis manos recorrieron su espalda, bajaron hasta su culo y se demoraron en la curva de sus muslos por encima de la media. Cuando nos separamos, los dos respirábamos distinto. Y yo ya tenía claro qué era esa corriente.
—Tienes coche —dije. No era una pregunta.
—Sí —contestó.
—Pues vamos.
Salimos del local y caminamos hasta el aparcamiento. Antes de que pudiera sacar las llaves, la empujé con suavidad contra la chapa fría del coche y le sujeté la barbilla.
—Quiero que tengas claro dónde te metes —le dije al oído—. Y qué espero de ti.
Ella tragó saliva. Cerró un segundo los ojos. Y respondió con una voz distinta, más pequeña, casi un suspiro:
—Sí, señor.
Ahí lo confirmé. Lo que había intuido en la barra, lo que me atraía de su forma de bajar la mirada, era exactamente eso. Daniela era sumisa. Y yo iba a tomarme la noche en serio.
***
El trayecto duró unos veinte minutos. Apenas hablamos. De vez en cuando le ponía la mano en el muslo y se lo apretaba, y ella seguía conduciendo con la vista al frente y las mejillas encendidas. Llegamos a un chalet pequeño, en una zona tranquila de las afueras. Dejó el coche en el garaje y subimos a la vivienda con las manos entrelazadas.
Nada más cruzar el umbral del salón, la sujeté por las caderas y le di una orden simple, sin levantar la voz:
—Desnúdate.
Obedeció sin rechistar. Se bajó la cremallera lateral, dejó caer el vestido y empezó a quitarse las medias. La detuve.
—No. Las medias y los tacones no. Una mujer puede ser elegante incluso desnuda.
Se quedó así, en medias y tacones rojos, con la respiración agitada y los pezones ya duros por el frío o por la expectación, probablemente por ambas cosas. La hice arrodillarse sobre la alfombra y le ordené que esperara mientras yo iba un momento al baño. Cuando salí, ya desnudo, ella seguía exactamente en la misma postura, con las manos sobre los muslos y la cabeza ligeramente baja. Buena señal.
Me acerqué y le sujeté la nuca.
—Ya sabes lo que tienes que hacer.
Lo hizo de inmediato. Daniela tenía boca de experta: a veces se tragaba la polla entera, otras se concentraba solo en la punta con la lengua, y otras recorría todo el tronco de arriba abajo mientras me miraba desde abajo, comprobando el efecto que provocaba. Me estaba poniendo a mil. La sujeté de la nuca con firmeza y empecé a marcar yo el ritmo, entrando y saliendo cada vez más rápido. Cuando ya no aguanté, me corrí en su boca, y ella, como buena sumisa, no dejó escapar ni una gota.
La levanté del suelo. Tenía los ojos brillantes y una sonrisa que pedía más. La llevé hasta el respaldo del sofá y le hice apoyar el pecho sobre él, dejando el culo en pompa. Antes de seguir, le pellizqué los pezones con dos dedos y se los retorcí despacio. Soltó un gemido agudo, a medio camino entre la queja y la súplica.
—Quieta —le dije.
Le acaricié las nalgas con la palma abierta, sin prisa, dibujando círculos, dejando que se relajara. Y justo cuando empezaba a soltar el cuerpo, le di el primer azote. El sonido restalló en el salón. Daniela dio un respingo y lanzó un grito que era mitad dolor y mitad placer, porque el dolor, dosificado en el momento justo, puede ser una de las mejores cosas del mundo.
—¿Quieres que pare? —pregunté.
—No, señor —jadeó—. Por favor, no.
Bajé la mano entre sus piernas. Estaba empapada. Le metí dos dedos en el coño y los moví con calma, notando cómo apretaba alrededor de ellos, cómo su respiración se descontrolaba a cada segundo. La llevé al borde a propósito y, justo cuando sus muslos empezaron a temblar, retiré los dedos. Protestó con un gemido frustrado contra el cojín del sofá.
—Todavía no —murmuré.
Entonces empecé una tanda de azotes, variando la intensidad, cambiando de nalga, alterando los intervalos. La gracia estaba en que nunca supiera cuándo iba a caer el siguiente. A veces esperaba dos segundos, a veces diez. A veces apenas la rozaba, a veces le marcaba la piel de rojo. Daniela se retorcía, suplicaba, y cuanto más suplicaba, más mojada estaba. Lamentaba no llevar conmigo nada más que las manos; en otra ocasión, pensé, traería lo demás.
***
La hice incorporarse y la guié hasta el dormitorio, tirándole del pelo lo justo para marcar quién mandaba. La puse a cuatro patas sobre la cama, con los tacones todavía puestos colgando del borde. La sujeté de la melena con una mano y, con la otra, guié mi polla hasta su entrada.
Entré despacio, milímetro a milímetro, para que sintiera perfectamente cómo la llenaba. Ella arqueó la espalda y soltó un gemido largo. Empecé a bombear con lentitud calculada, dejando que se acostumbrara, y solo entonces fui subiendo el ritmo. La habitación se llenó del sonido de nuestros cuerpos chocando y de su voz, cada vez menos contenida.
—Pídelo —le ordené.
—¿Puedo… puedo correrme, señor?
—Todavía no.
La hice esperar unos segundos más, embistiendo con fuerza, hasta que el cuerpo entero se le tensó. Solo entonces le di permiso. Daniela se corrió entre gritos, con un espasmo que le recorrió la espalda. No me detuve. Seguí dentro de ella, marcando el mismo ritmo implacable, hasta que la noté correrse otra vez, esta segunda en una sacudida salvaje que le hizo temblar hasta las piernas. En ese momento yo también acabé, vaciándome dentro de ella mientras le sujetaba las caderas para que no se moviera.
Nos dejamos caer sobre la cama, sudados y sin aliento. La tensión de la dominación se disolvió de golpe en algo más blando. La abracé por detrás, le aparté el pelo de la nuca y le besé el hombro. Ella buscó mi mano y entrelazó los dedos con los míos. Estuvimos así un buen rato, entre caricias y palabras a media voz, hasta que el sueño nos venció a los dos.
***
Me desperté con la mañana ya entrada. Daniela seguía dormida, boca abajo, con una sonrisa tranquila en los labios y la luz colándose entre las cortinas. La miré un momento más de lo necesario. Después me levanté sin hacer ruido, recogí mi ropa y la dejé doblada sobre una silla.
Antes de irme, busqué un bolígrafo y un papel en el recibidor. Escribí mi número de teléfono y, debajo, una sola línea: «Llámame cuando quieras volver a portarte mal». Dejé la nota en la mesilla de noche, donde no pudiera no verla.
Si me llamó o no, eso ya es asunto de otro relato.