Mi confesión sobre los manoseos en público
Nunca pensé que dejaría que un desconocido me sobara el culo entre tanta gente, pero el morbo me pudo y no aparté su mano.
Nunca pensé que dejaría que un desconocido me sobara el culo entre tanta gente, pero el morbo me pudo y no aparté su mano.
Entré solo al cine x, nervioso y caliente, y acabé siguiendo a una pareja madura hasta un coche donde pasó de todo.
Lo primero fue por desesperación; lo siguiente, por morbo. La noche en que decidí esconderme para mirar ya no hubo vuelta atrás.
Entré solo al cine, con el corazón acelerado, y en pocos minutos ya tenía una mano ajena en el culo y los ojos clavados en hombres follando entre las butacas.
Arrodillada frente al sofá, con el móvil apuntándome, dejé de sentir vergüenza cuando entendí para qué quería recordar mi boca.
Todo empezó con una discusión incómoda en el coche, pero en la fila del cine una señora desconocida lo cambió todo con una tensión que nadie debía notar.
Todo empezó con una videollamada indecente y acabó en un club privado donde mi esposa decidió no ponerle límites a nada.
Entré al sendero tomada de la mano de un desconocido, con mi esposo vigilando afuera y la falda pegada a mis muslos del puro morbo.
Cuando revisamos el video del jacuzzi, descubrimos que no habíamos estado solos ni un solo segundo.
Desperté desnudo entre amigos y una desconocida tatuada; cuando abrí la ventana, entendí que lo más sucio todavía no había terminado.
Cada vez que abría mi puerta sin avisar, su mirada duraba un poco más. Yo empecé a dejarla abierta a propósito.
Desde mi ventana vi cómo la cena entre vecinos se convertía en un juego sucio de cuatro cuerpos, celos, bocas hambrientas y una sorpresa final.
Me quedé escondido en la cocina oyendo sus voces, y cuando ella entró y vio mi bulto supe que ya no había salida.
Los oí follar en nuestra cama hasta el amanecer, pero lo peor no fue escucharla gemir con él: fue descubrir lo que yo también quería.
Prometieron «toda su atención» después de comer, y cuando cerré la puerta del cuarto entendí que iban a torturarme antes de dejarme follar.
Lo reconocí al fondo de la fiesta y no imaginé que acabaríamos solos, con las manos temblando y la verga dura dentro de mi coche.
Entró buscando ayuda para controlar su ansiedad y terminó temblando frente a un hombre que parecía leerle el cuerpo mejor que la mente.
Ella me apretó la mano bajo la mesa cuando él volvió a rozarle el muslo, y supe que esa noche no íbamos a dormir solos.
Mi mujer volvió de casa de los vecinos con la mirada encendida, el coño temblándole y una condición clara: la próxima vez, yo tenía que verlo todo.
Cada noche la escuchaba gemir con otros hombres; cuando por fin me miró distinto en el pasillo, supe que yo sería el siguiente.