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Relatos Ardientes

Apareció en mi puerta antes de que me marchara

Llevaba semanas diciéndome que lo mejor era poner distancia. Que si me iba unos meses a Berlín, el tiempo y los kilómetros harían su trabajo: me curarían de él como se cura uno de una gripe, a base de reposo y paciencia. Me lo repetí tantas veces que casi me lo creí.

Había noches en que me quedaba mirando el techo y me preguntaba cuándo exactamente había perdido el control de la situación. No era la primera vez que alguien me complicaba la vida, pero Marcos tenía una manera particular de instalarse en mi cabeza sin pedir permiso. Lo escuchaba en canciones que no tenían nada que ver con él. Lo recordaba cuando olía café recién hecho. Era ridículo y lo sabía, y eso lo hacía todavía más irritante.

Por eso decidí irme.

Esa mañana me desperté con el mismo nudo en el pecho de siempre, pero había algo diferente: el equipaje ya estaba en el pasillo, el taxi estaba pedido para las seis de la tarde y mi billete de avión era real, no una fantasía. Tres semanas en casa de mi amiga Clara, quizás más si encontraba trabajo allí. Suficiente para olvidar. O eso esperaba.

Me puse a repasar la casa, comprobando que no dejaba nada encendido, que las plantas quedaban regadas, que el correo estaba redirigido. Era un martes de marzo y el sol entraba oblicuo por la ventana de la cocina, ese sol frío de invierno tardío que no calienta pero molesta. Tenía la sensación extraña de quien abandona algo sin saber bien si quiere hacerlo.

Entonces sonó el teléfono.

Vi su nombre en la pantalla y lo ignoré. Volví a sonar. Dejé que saltara el buzón. Una tercera llamada. Me quedé mirando el aparato sobre la encimera y me dije que no lo cogería, que era precisamente de eso de lo que huía: de esa costumbre suya de aparecer cuando yo ya había decidido que no lo necesitaba.

Sonó por cuarta vez y lo cogí.

—Hola —dije, intentando que mi voz sonara plana, sin temperatura.

—¿Podemos hablar? —preguntó él.

—Ahora no puedo, estoy liada con cosas de la casa.

—Solo un momento. Por favor.

Ese «por favor» me descolocó. Marcos no lo usaba mucho. Antes de que pudiera responder, llamaron a la puerta. Pensé que era mi vecina del cuarto, que a veces subía a pedirme tabaco o a comentar cualquier cosa. Fui hacia la entrada con el teléfono pegado a la oreja.

—Oye, están llamando. Te llamo luego, ¿vale?

—Espera —dijo él—. No cuelgues. Abre la puerta.

Me detuve en seco en mitad del pasillo.

Abrí.

Era Marcos. Estaba en el rellano con el abrigo puesto y el teléfono en la mano, mirándome con esa expresión suya que nunca supe descifrar del todo: mitad disculpa, mitad determinación. Tenía ojeras. Llevaba días sin dormir bien, se notaba incluso desde la puerta.

—¿No me vas a dejar pasar? —preguntó, todavía con el móvil en la oreja.

No dije nada. Me hice a un lado.

Entró, dejó la chaqueta en la silla del recibidor y se quedó mirando las maletas apiladas junto a la pared. Las contó. Tres. Luego me miró a mí, y en esa mirada había una pregunta que no hizo falta formular.

—¿Cuándo es el vuelo? —preguntó al fin.

—A las seis y cuarto.

—Entonces tenemos tiempo.

***

No sé quién se movió primero. Solo recuerdo que de repente estábamos abrazados en medio del pasillo, su barbilla apoyada sobre mi cabeza, su abrigo todavía frío del exterior, y yo con la cara enterrada en su cuello intentando no respirar demasiado hondo porque su olor me hacía daño. Uno de esos daños que uno busca.

—Te echaba de menos —le dije, y me odié un poco por lo fácil que salió.

—Y yo a ti —respondió—. Por eso estoy aquí.

Me separé un poco para mirarle. Quise preguntarle qué esperaba que ocurriera, qué sentido tenía aquella visita de última hora, si todo lo que nos habíamos dicho en los últimos meses seguía en pie o si lo había tirado por la borda con el solo gesto de presentarse en mi puerta. Pero no dije nada de todo eso.

Lo besé.

Fue un beso largo, sin prisa, de esos que empiezan despacio y van encontrando su propio ritmo. Le mordí el labio inferior y él soltó un gruñido bajo que me bajó directo al coño. Sus manos me rodearon la cintura, bajaron hasta mi culo y me apretaron contra él con una firmeza que no admitía duda: la tenía dura ya, la sentía marcándose contra mi vientre a través del pantalón. Las mías fueron solas hasta su nuca, tirando de su pelo para meterle la lengua más hondo. Afuera, un coche pasó por la calle y el sonido llegó amortiguado, como desde otro mundo.

—Esto no arregla nada —murmuré contra su boca.

—Ya lo sé —dijo él—. ¿Te importa?

Me importaba. Claro que me importaba. Pero en ese momento no era capaz de que me importara lo suficiente como para apartarme. Había algo en tenerle ahí, real y presente, con la polla dura apretada contra mí, que hacía que todas mis razones para irme sonasen un poco abstractas, un poco teóricas.

—Ven —le dije.

Lo llevé hasta el salón. Había poca luz, solo la que entraba por los cristales de la terraza, ese gris suave de tarde de invierno. Me senté en el sofá y tiré de él para que se sentara a mi lado, pero él prefirió quedar de pie frente a mí un momento, mirándome. Como si quisiera fijarse en cómo estaba antes de que todo cambiara.

Me levanté, lo puse de espaldas al sofá y lo empujé con suavidad hasta que se sentó. Le abrí las piernas con la rodilla y me arrodillé entre ellas en la alfombra. Le desabroché el cinturón sin mirarle la cara, con esa concentración calmada que sabía que a él le ponía negro. Le bajé la cremallera, tiré del pantalón y del calzoncillo hasta la mitad del muslo, y su polla saltó hacia arriba, dura, gruesa, con la punta ya brillando de líquido preseminal.

La cogí con la mano y la sostuve un segundo, notando cómo latía. Le pasé el pulgar por el glande, extendiendo esa gota espesa por toda la cabeza, y le miré desde abajo justo cuando me la metía en la boca.

Bajé despacio. La lengua plana bajo la vena, los labios apretados, dejando que me llegara hasta la garganta hasta que se me saltaron las lágrimas. Marcos soltó un gemido ronco y me hundió los dedos en el pelo, sin empujar, solo agarrando, como si necesitara sostenerse de algo. Me retiré, recogí saliva, y volví a bajar. Y otra vez. Cogí un ritmo lento, deliberado, chupando fuerte al subir, notando cómo su polla se ponía todavía más dura entre mis labios.

—Joder —murmuró—. Joder, así.

Le lamí toda la longitud, desde la base hasta la punta, mirándole a los ojos. Le pasé la lengua por los cojones y me metí uno en la boca, chupándolo con cuidado mientras le masturbaba con la mano lenta y firme. Él tenía los ojos entrecerrados y la mandíbula apretada. Le encantaba mirarme hacer aquello y yo lo sabía. Por eso lo hacía despacio, dejando que se le acumulara todo.

Cuando volví a metérmela hasta el fondo, sentí que empezaba a temblar. Le solté con un chasquido.

—Todavía no —le dije.

Me puse de pie. Me quité las bragas por debajo de la falda y las dejé caer en el suelo sin ningún drama. Luego me subí encima de él, con las rodillas a ambos lados de sus caderas, y le froté el coño empapado contra la polla sin metérmela todavía. Solo el roce. Los labios de mi coño abriéndose alrededor de su verga, mojándosela entera de arriba abajo. Marcos gruñó y me clavó los dedos en las caderas.

—Métetela ya —dijo con la voz rasgada.

—Esto es lo que quiero —lo corregí, repitiéndomelo también a mí misma.

Me restregué contra él un rato más, despacio, dejando que el roce me fuera encendiendo el clítoris contra la base de su polla, sintiendo cómo me ponía cada vez más chorreando. Me gustaba ese momento justo antes: cuando todavía había tensión, cuando cada movimiento era una promesa que aún no se cumplía. Marcos lo sabía. Por eso me dejaba hacer, con las manos en mis caderas y los ojos fijos en los míos, aunque le viera la vena del cuello latiéndole de aguantarse.

Cuando decidí que ya había esperado suficiente, me alcé un poco, cogí su polla con la mano, la coloqué en mi entrada y bajé.

Entró de golpe, hasta el fondo, y dejé escapar el aire que llevaba reteniendo sin darme cuenta con un gemido largo. Me quedé quieta un instante, empalada, acostumbrándome al peso de él dentro de mí, sintiendo cómo su polla me llenaba entera y me tocaba sitios que hacía meses nadie tocaba. Le apreté las paredes del coño alrededor y él soltó un juramento entre dientes.

Luego empecé a moverme.

Al principio despacio, subiendo hasta casi sacarla y bajando otra vez a lo largo, sintiendo cada centímetro. Después más rápido. Me apoyé en sus hombros y empecé a cabalgarle con ganas, botando en su regazo, con las tetas moviéndose bajo la camiseta hasta que él me la subió y me sacó los pechos del sujetador para chupármelos. Me atrapó un pezón entre los dientes, tirando lo justo, y a mí se me escapó un grito.

—Sigue —le pedí—. No pares.

Él me pasaba la lengua de un pezón al otro mientras yo me empalaba sobre su polla, y el salón quedó reducido a eso: mi respiración entrecortada, la suya, el ruido húmedo de mi coño ensartándose una y otra vez sobre él, el chirrido del sofá bajo nuestro peso, la luz gris de marzo entrando por la terraza. Sentía cómo se me acumulaba el orgasmo en el bajo vientre, tenso, apretado, a punto de reventar.

—Me corro —jadeé—. Marcos, me corro.

—Córrete encima de mí —me dijo él en la oreja—. Vamos.

Me corrí sin dramatismo, apoyada en su hombro, mordiéndome el labio para no gritar, sacudida por dentro con espasmos que le apretaban la polla en oleadas. Él me sostuvo por la cintura y siguió empujando desde abajo, prolongándomelo, hasta que el último temblor me dejó caer sobre su pecho.

Seguimos un rato más así, con él dentro, mientras yo recuperaba la respiración. Después él me paró.

—Espera —dijo.

***

Me indicó que me pusiera de pie. Obedecí, con las piernas todavía temblorosas y el coño empapado de mí y de él. Me colocó de espaldas a él, inclinada hacia delante, con las manos apoyadas en el respaldo del sofá y las piernas bien separadas. Me subió la falda hasta la cintura y me la dejó ahí, arremangada, dejándome el culo al aire. La posición en sí ya me ponía. Sabía lo que venía y lo quería.

Sentí su boca primero.

Se arrodilló detrás de mí y me abrió las nalgas con las manos, despacio, con una atención que siempre me sorprendía aunque ya supiera que iba a ocurrir. Su lengua empezó por el coño, lamiéndome de abajo arriba, recogiendo lo que quedaba de mi corrida anterior. Chupó los labios, hundió la lengua dentro, la sacó y me la pasó por el clítoris haciendo círculos lentos que me arrancaron un gemido largo.

Luego subió.

Sentí la punta de su lengua justo en el otro agujero, y se me escapó un jadeo que no supe si era de sorpresa o de puro placer. Me lamió despacio, empapándomelo bien, sin prisa, dejando que me fuera acostumbrando. Alternaba: lengua en el culo, dos dedos hundidos en el coño moviéndose despacio dentro de mí, la yema del pulgar rozándome el clítoris. Todo a la vez. El contraste entre la calma de sus movimientos y la intensidad de lo que sentía era exactamente lo que más me gustaba de él.

Llevaba ya bastante excitada desde antes, y aquello me llevó al límite muy rápido. Me temblaban las piernas. Noté que empezaba a perder el equilibrio y me aferré mejor al sofá, apretando la mandíbula para no correrme todavía.

—Marcos —dije en voz baja. Solo eso. Solo su nombre.

Él se incorporó. Sentí la presión de su mano en mi cadera, y luego la polla resbalándome primero por el coño otra vez, empujando dentro un par de veces para lubricarse bien de mí, antes de retirarse y buscar otro sitio, más arriba, más estrecho. Lo esperaba. Lo quería desde el principio.

Apoyé mejor las manos y bajé un poco las caderas para facilitarle el acceso. Escupió sobre mi culo y con el pulgar me extendió la saliva, presionando un poco dentro, abriéndome.

—Sí —dije, antes de que preguntara—. Métemela ahí.

Sentí la punta apoyada en mi agujero, redonda y caliente. Presionó despacio. Al principio no cedía, y yo respiré hondo, aflojándome, empujando ligeramente contra él. La cabeza entró de golpe y solté un gemido ahogado. Marcos se quedó quieto.

—¿Estás bien? —murmuró.

—Sigue —dije—. Despacio, pero sigue.

Entró con cuidado, centímetro a centímetro, dándome tiempo para adaptarme. Era una sensación completamente distinta: más densa, más concentrada, con ese filo entre la incomodidad y el placer que me ponía loca si estaba suficientemente excitada. Y lo estaba. Mucho. Sentía cómo mi culo iba abriéndose alrededor de su polla, cómo me estiraba, cómo cada milímetro que ganaba me arrancaba un jadeo distinto.

—Más —pedí.

Empujó un poco más adentro. Y otro poco. Hasta que sentí sus caderas pegadas contra mis nalgas y supe que la tenía toda dentro. Se quedó quieto un instante, con la polla enterrada en mi culo hasta el fondo, y yo apreté los ojos y me concentré en respirar, en dejar que mi cuerpo lo aceptara.

Cuando empezó a moverse lo hizo despacio, sacándola casi entera y volviendo a hundirla, encontrando un ritmo que quería que yo siguiera con las caderas. Lo seguí. Empecé a echarme hacia atrás en cada embestida, a salir a buscarlo, a follármelo yo también.

Cada embestida llegaba con una claridad que me vaciaba la cabeza. No pensaba en el vuelo, ni en las maletas, ni en los kilómetros que iba a poner entre nosotros. Solo estaba ahí, con las manos en el respaldo, el culo lleno de él y el coño chorreando abandonado entre mis piernas.

—Tócame —le pedí—. El coño. Métemela también con los dedos.

Su mano rodeó mi cadera y bajó. Dos dedos se hundieron en mi coño de golpe, sin ceremonia, y empezaron a bombear al mismo ritmo que sus embestidas en el culo. La sensación de estar doblemente llena me hizo soltar un grito que me sorprendió. El pulgar encontró mi clítoris y empezó a frotarlo con precisión, sin dudar. Era demasiado. Era exactamente lo que necesitaba.

—No pares —dije, y no reconocí mi propia voz—. Más fuerte. Fóllame más fuerte.

Él aceleró. Sus caderas empezaron a chocar contra mi culo con un sonido seco, sus dedos me martilleaban el coño, el pulgar me frotaba el clítoris sin descanso, y yo me fui tensando de una manera lenta y total hasta que todo se rompió de golpe. Me corrí con un sonido que no pude controlar, un gemido largo y agudo que salió de algún sitio muy hondo, sacudida de principio a fin, apretándome involuntariamente contra él, el coño exprimiéndole los dedos y el culo cerrándose en espasmos alrededor de su polla.

Aquello lo desbordó a él también. Lo escuché soltar un jadeo ronco, sus dedos me clavaron marcas en la cadera, y empezó a follarme el culo con embestidas cortas y furiosas, buscando su propia corrida.

—Dentro —le pedí—. Córrete dentro.

Dos embestidas más y le sentí llegar. Su respiración entrecortada cerca de mi oreja, sus manos apretándome las caderas, y ese calor profundo, líquido, que me llenó por dentro a chorros mientras él terminaba de vaciarse en mí. Sentí cada latido de su polla derramándose, y a mí se me escapó un último gemido cuando lo noté.

Se quedó así, quieto, dentro de mí, respirando fuerte, con la frente apoyada entre mis omóplatos.

Nos quedamos así un momento. Sin movernos. Sin hablar. Sintiendo cómo su corrida se acomodaba dentro de mí y él iba ablandándose despacio antes de salir con cuidado. Cuando lo hizo, un hilo tibio me bajó por la cara interna del muslo y no me molesté en limpiarlo.

***

Después me fui al baño. Me miré en el espejo: tenía el pelo revuelto, las mejillas encendidas, los labios hinchados y una marca roja en el cuello que no recordaba haber sentido hacerse. Me tomé un par de minutos. Me limpié con calma entre las piernas, notando cómo salía de mí lo que él había dejado. Respiré. Recogí el aliento y también algo de mí misma que se había ido dispersando por el salón.

Cuando volví, Marcos estaba sentado en el sofá con la ropa ya en orden, mirando las maletas apiladas junto a la pared de entrada. No dijo nada cuando me senté a su lado. Tampoco yo.

—El taxi llega en hora y media —dije al fin.

—Ya.

—Esto no cambia lo que hemos hablado.

—Lo sé.

Lo sabíamos los dos. Pero los dos sabíamos también que era mentira, o al menos media mentira, de esas que uno dice cuando no tiene otra cosa mejor que ofrecer. Porque algo había cambiado, aunque ninguno de los dos fuera a admitirlo en voz alta.

Me apoyé en su hombro. Él no se movió. Afuera empezaba a oscurecer y la luz del salón se iba volviendo más cálida, más íntima, justo cuando yo me disponía a marcharme.

—¿Vas a estar bien? —preguntó después de un rato.

—Sí —dije—. ¿Y tú?

—Sí.

Ninguno de los dos sonaba muy convincente. Pero había algo en decirlo igualmente, en mantener ese pequeño acuerdo tácito de que los dos éramos adultos y podíamos con esto, que resultaba casi reconfortante aunque fuera mentira.

Cuando llegó el aviso del taxi, Marcos bajó las maletas sin que yo se lo pidiera. Me ayudó a meter el bolso de mano en la trolley más pequeña. Hizo esas cosas con naturalidad, como si fueran la cosa más normal del mundo, como si no fuera la última vez que estaría en mi piso en mucho tiempo.

En la puerta me dio un beso. Corto. En la boca, pero corto.

—Escríbeme cuando llegues —dijo.

—Claro.

Cogí el ascensor. Cuando las puertas se cerraron, me apoyé en la pared metálica y cerré los ojos. Todavía lo sentía dentro. Su polla en el culo, sus dedos en el coño, su corrida caliente resbalándome por dentro del muslo camino del aeropuerto. Esa era exactamente la clase de recuerdo que me iba a costar semanas sacudirme de encima, y los dos lo sabíamos de sobra cuando lo decidimos de todas formas.

El taxi esperaba en doble fila con las luces puestas. Subí, di la dirección del aeropuerto y miré por la ventanilla mientras el coche arrancaba. No miré hacia el portal.

Pero supe, sin mirar, que él no se había movido todavía.

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Comentarios(9)

DamianRio

que final tan inesperado!! me dejo con la boca abierta, gracias por compartirlo

SofiRios22

Necesito la segunda parte, por favor!! quede a medias jajaja

viajero_roro

Me recordo a una situacion parecida que tuve antes de irme a vivir afuera. Esa tension con el tiempo corriendo en contra es inconfundible. Muy bien narrado.

noche_loca22

El corazon en la garganta con el taxi esperando... que situacion tan intensa jaja

TeoGutierrez

Muy bien escrito, se siente real. Seguí así!

Pili_Nocturna

increible, me engancho desde la primera linea. espero el proximo relato!

Lucas_cba

Buenisimo!! se hizo cortito pero valió cada palabra. Saludos desde córdoba

MarisolF

Qué vas a hacer cuando aparece alguien asi justo cuando te ibas? La vida es rara jajaj. Muy bueno

Ricky_BA

excelente!!!

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