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Relatos Ardientes

Camila me dejó sola con su novio esa mañana

Camila y yo nos conocíamos desde el colegio. De esas amistades que sobreviven mudanzas, novios, peleas y silencios largos porque hay algo en el fondo que no se rompe. Compartíamos casi todo: secretos, ropa, alguna que otra noche que prefiero no detallar aquí. Fue ella quien estuvo al lado cuando perdí la virginidad con Andrés, el chico del edificio de al lado, y fue ella también quien me enseñó que los hombres se entienden mucho mejor cuando no saben que los estás entendiendo.

La llamada llegó un martes por la tarde. Estaba doblando ropa cuando vi su nombre en la pantalla.

—Tengo novio nuevo —dijo antes de que yo pudiera decir hola.

—¿Y? —respondí, sentándome en la cama. Con Camila, «tengo novio nuevo» nunca era solo eso.

—Es muy guapo. Alto, ojos claros, cuerpo de los que te hacen dudar de tus convicciones.

—¿Pero?

—Que es muy tímido. Dice que quiere esperar al matrimonio. Es de una iglesia evangélica, tiene aspiraciones de pastor, todo el asunto.

Me quedé en silencio un momento.

—¿Y estás con él de todas formas?

—Sí, porque cuando por fin cedió... Valeria, no tienes idea. Ese hombre no sabe lo que tiene. O sí lo sabe y por eso lo guarda con tanto cuidado.

Me reí. No era burla, era esa risa que se escapa cuando algo despierta una curiosidad que no pediste.

—¿Cuándo lo conozco?

—En unas semanas. Vamos a ir a visitarte.

Colgué y me quedé un rato mirando el techo. Sebastián, había dicho que se llamaba. Ya tenía cara de alguien interesante.

***

Llegaron un viernes por la tarde. Camila bajó del taxi primero, bronceada y con el pelo recogido, y detrás de ella apareció él. No había exagerado: era alto, de espaldas anchas, con una mandíbula firme y esos ojos que no son del todo grises ni del todo verdes. Llevaba una camisa de botones arremangada hasta el codo y una mochila de lona que cargaba como si no pesara nada.

Se presentó con un apretón de manos correcto y una sonrisa educada. Le dije que olía muy bien mientras lo saludaba con un beso en la mejilla, y esa sonrisa se tensó un milímetro.

—Gracias —respondió, mirando hacia donde estaba Camila.

Camila fingió no ver nada. Pero yo sabía que lo había visto todo.

La primera noche fue tranquila. Cenamos los tres, hablamos del viaje, de la ciudad, de planes que ninguno tenía intención de cumplir. Sebastián era reservado pero no antipático. Respondía lo que se le preguntaba, hacía preguntas correctas, no interrumpía. Era la clase de persona que en una reunión pasa desapercibida hasta que alguien se toma el trabajo de mirarla bien.

Yo me tomé ese trabajo.

Y noté que él también me miraba, siempre que calculaba que yo no me daba cuenta.

***

Al día siguiente me levanté temprano. Bajé a la cocina con lo que había dormido: una camiseta corta sin mangas y una tanga de algodón. Nada del otro mundo para estar en la propia casa. Sebastián estaba sentado a la mesa con un café que casi se derrama cuando entré.

—Buenos días —dije, como si nada.

—Buenos días —respondió, con la vista clavada en el teléfono que claramente no estaba leyendo.

Me preparé el desayuno sin apurarme. Tardé más de lo necesario en buscar algo en el cajón bajo la encimera. Cuando me giré, sus ojos volvieron al teléfono con una velocidad que lo decía todo.

—¿Pasa algo? —le pregunté, apoyándome en la encimera con la taza en la mano.

—No, nada.

—Pareces incómodo.

—Soy el novio de tu amiga y estoy en tu casa —dijo. Como si eso fuera una respuesta.

Era una respuesta, en realidad. Solo que no a la pregunta que yo había hecho.

Esa tarde me puse un vestido de algodón blanco, de tirantes, sin nada debajo. Lo suficientemente ligero para que se notara cuando pasaba cerca. Me acerqué a Sebastián con el pretexto de mostrarle algo en el móvil y me incliné un poco más de lo necesario. Escuché su respiración cambiar antes de que él se apartara apenas, como si buscara un centímetro de distancia que no existía.

—¿Estás bien? —le pregunté sin moverme.

—Sí —respondió, con la voz un poco más baja de lo habitual.

Cuando me alejé, sentí que me seguía con la mirada hasta que doblé la esquina del pasillo.

***

Camila no solo sabía lo que yo estaba haciendo. Lo alentaba en silencio. Cuando Sebastián salía de la habitación, me hacía señales desde el sofá, se tapaba la boca para no reírse, me mandaba mensajes de texto mientras él estaba en el baño. Era nuestro juego de siempre, solo que esta vez ella era parte del tablero en lugar de estar al otro lado.

Una noche me puse un camisón de tirantes finos, blanco, de una tela que dejaba adivinar más de lo que ocultaba. Camila inventó una excusa para ir a buscar algo al cuarto y me dejó sola con él en la sala.

Me senté en el sofá, lo suficientemente cerca para que sintiera el calor. El televisor estaba encendido pero ninguno de los dos lo miraba.

—Sebastián —dije.

—Qué.

—¿Te gusto?

Un silencio largo. De los que tienen peso propio.

—Eres la amiga de Camila —respondió al final.

—Ya lo sé. ¿Te gusto?

Se levantó sin decir nada más y se fue al cuarto. Treinta segundos después bajó Camila con cara de no poder contenerse.

—Se fue corriendo —le dije.

—Claro que sí —respondió, riéndose en voz baja—. Pero te miraba todo el tiempo. Te lo juro por lo que más quiero.

***

El incidente del beso ocurrió dos días después. Un amigo mío pasó a buscarme y nos quedamos un rato conversando en la puerta. Era alguien con quien salía de vez en cuando, sin compromisos ni etiquetas. Al despedirnos nos besamos, de esos besos que duran un poco más de lo que exige la ocasión.

Cuando entré, Sebastián estaba en la sala con los brazos cruzados y una expresión que no hacía ningún esfuerzo por disimular.

—¿Quién era? —preguntó.

—Un amigo.

—¿Novio?

—No exactamente.

Se quedó callado. Me puse delante de él.

—¿Estás celoso?

—No tengo ningún motivo para estarlo —dijo, mirando a un costado.

—Tienes razón —respondí—. Ninguno.

Subí al cuarto con una sonrisa que no le dejé ver.

***

El domingo por la mañana, Camila y mi madre salieron a correr. Antes de cerrar la puerta, Camila me miró desde el umbral. No dijo nada. Solo me miró, con esa media sonrisa suya que significa exactamente lo que parece que significa, y cerró.

Esperé diez minutos. Escuché el silencio de la casa. Después subí las escaleras.

La puerta del cuarto estaba entornada. Entré despacio. Sebastián dormía boca arriba con una sábana hasta la cintura y la luz de la mañana entrando oblicua por la persiana a medio bajar. La habitación olía a jabón y a esa tibieza particular del sueño de alguien que no tiene que levantarse temprano.

Me senté en el borde de la cama y lo observé un momento antes de hacer nada. Tenía la mandíbula relajada y las manos abiertas a los costados del cuerpo. Era distinto dormido, sin esa vigilancia constante que lo acompañaba cuando estaba despierto.

—Sebastián —dije, en voz baja.

Abrió los ojos despacio. El momento en que procesó que era yo y no Camila fue visible: un parpadeo, un segundo de confusión, y después algo que no era exactamente miedo pero se le parecía bastante.

—¿Qué haces aquí? —preguntó, incorporándose sobre los codos.

—Vine a verte.

—Camila...

—Salió a correr con mi madre. No vuelven en una hora.

Se pasó una mano por la cara. Respiró despacio, como alguien que intenta organizar los argumentos antes de hablar.

—Valeria. Esto no puede pasar.

—¿Por qué no?

—Porque soy el novio de tu amiga. Porque está mal. Porque...

—Sebastián —lo corté, acercándome—. ¿Me deseas?

No respondió. Pero tampoco se movió cuando me incliné hacia él y lo besé.

Al principio fue casi nada: un contacto quieto, sin respuesta. Pero después de unos segundos sentí que algo cedía. Su respiración cambió. Su mano se movió hacia mi cadera sin que él lo decidiera del todo. Y sus labios dejaron de resistirse para empezar a corresponder, primero con cautela, después sin ella.

Me subí a la cama y me senté encima de él. Lo besé despacio, en la boca, en el cuello, en la clavícula. Él tenía las manos en mis caderas con esa tensión de alguien que no termina de decidir si empujar o quedarse exactamente donde está.

—Para —dijo. Pero sus manos no paraban.

—¿En serio quieres que pare?

Silencio.

—No —admitió, con una voz que sonaba mitad rendición, mitad alivio.

Lo que siguió no fue el caos que yo había imaginado durante aquellos días. Fue algo más lento, más desconcertante. Sebastián tenía esa manera de tocar que no busca atajos, que atiende a lo que va encontrando antes de seguir. Me besó el cuello durante tanto tiempo que empecé a perder la paciencia.

—Deja de ser tan cuidadoso —le dije al oído.

—¿Así? —preguntó, apretando.

—Mucho mejor.

Lo que Camila me había contado era verdad: cuando se soltaba, era otro hombre. Abandonó esa reserva suya y actuó desde un lugar distinto, más instintivo, más directo. Nos movimos con una urgencia que los dos habíamos reprimido durante cuatro días sin admitirlo en voz alta.

Me besó la boca, el cuello, los hombros. Sus manos recorrían mi espalda con una seguridad que no encajaba con la imagen del hombre que huía del sofá. Entonces era esto, pensé. Esto era lo que Camila había intentado describirme por teléfono y que las palabras no alcanzaban a contener del todo.

Cuando terminó me quedé quieta un momento, mirando el techo, escuchando su respiración volver a la normalidad. La persiana proyectaba franjas de luz sobre las sábanas revueltas.

—¿Y ahora? —pregunté.

—Ahora nada —dijo.

No era la respuesta más poética del mundo. Pero era honesta, y en ese momento la honestidad valía más que cualquier otra cosa.

***

Cuando escuchamos la puerta veinte minutos después, Sebastián me sacó del cuarto con una prisa que me dio ganas de reírme en su cara. Bajé las escaleras justo cuando Camila y mi madre entraban todavía con el aliento del trote.

Camila me miró. Le sostuve la mirada. Asentí con un gesto casi imperceptible.

Ella esbozó una sonrisa pequeña y siguió caminando hacia la cocina sin decir nada.

Esa tarde, mientras Sebastián estaba en la ducha, Camila entró a mi cuarto y cerró la puerta con cuidado.

—¿Y bien? —preguntó.

—Todo lo que me dijiste —respondí.

—Te lo dije.

—Me lo dijiste.

Nos reímos sin hacer ruido, igual que cuando teníamos quince años y guardábamos secretos que en el fondo no eran tan distintos de este.

—¿Le vas a decir algo? —pregunté.

—No. Él ya sabe que sé. Y yo sé que él sabe que sé. No hace falta más.

Eso era Camila: siempre encontraba la manera de que todo encajara sin que nada se rompiera.

***

Sebastián se marchó con ella el martes. Al despedirse me dio un abrazo correcto, de los que no revelan nada, y me dijo que había sido un placer conocerme. Lo dijo mirándome directamente, sin ironía, sin doble sentido. Esa seriedad suya que al principio me había parecido rigidez, al final me resultó casi entrañable.

Meses después, cuando Camila y él terminaron por razones que no tuvieron nada que ver conmigo, me lo contó por teléfono como si fuera una historia más. Sin reproches, sin drama. Así somos nosotras desde siempre.

Lo que sí guardé fue ese recuerdo: la mañana del domingo, la luz entrando en franjas por la persiana del cuarto prestado, y un hombre que tardó cuatro días en ceder y lo hizo de una manera que no me esperaba.

Hay gente que confunde la timidez con la falta de deseo. Yo aprendí esa semana que a veces son cosas completamente distintas, y que esperar no siempre significa no querer.

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Comentarios (7)

VeroBA

Dios mio, que situacion tan comprometida! Me quede pegada leyendo sin darme cuenta. Necesito la segunda parte ya!!

nocturno77

buenisimo!!!

MartinaRos

Me recordo a una situacion parecida que vivi hace tiempo, aunque yo no tuve el valor jajaja. Muy bien narrado, se siente autentico.

LucasRG

El detalle de que era religioso le da un toque especial. Bien pensado.

Ferchu22

Una segunda parte porfavor!! No puede quedar asi

ClarisaR

Muy bien contado, se nota que es real. Gracias por animarte a compartirlo :)

Naty_porteña

jajaja el titulo ya me atrapo desde el primer segundo. Tramposa!

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