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Relatos Ardientes

Aquella tarde volvió al club sabiendo a qué iba

El vapor llenaba el baño cuando Lorena por fin cerró el grifo del agua fría. Apoyó la frente contra los azulejos y dejó que el chorro caliente le bajara por la nuca, por la espalda, por la curva interior de los muslos. Aún sentía la palpitación. Ese latido sordo, distinto al pulso de su sexo, que llevaba seis horas recordándole lo que había hecho con Adrián en la sala del club.

Cerró los ojos y volvió a verlo: ella inclinada sobre la mesa de roble, las gafas torcidas, los nudillos blancos contra la madera. Él detrás, callado al principio, y luego ya no. La sensación nueva, ese estiramiento que dolía y no dolía, esa frontera que no sabía que tenía y que él había cruzado pidiéndole permiso a cada centímetro.

—Más fuerte. Ahora —le había suplicado ella, sorprendida de su propia voz.

Y él había obedecido.

El recuerdo le cerró el estómago. Bajó una mano entre los muslos sin pensarlo. Estaba empapada, y no era solo el agua. Sus dedos resbalaron sobre el clítoris en círculos lentos, mientras la otra mano subía hacia un pecho y se pellizcaba el pezón con una fuerza que no se permitía nunca. Adrián había mordido ahí. No con violencia, pero sin pedir permiso, y eso había sido más excitante que cualquier caricia anterior en su vida.

Lo que más le costaba aceptar no era el dolor de la primera embestida. Era el orgasmo. Había llegado solo, sin que nadie tocara su clítoris, sin que sus propios dedos intervinieran. Solo el roce constante del cuerpo de Adrián contra ese punto interior que ella desconocía, ese sitio que ahora reclamaba como un hambre nueva, ridícula, peligrosa.

Su mano libre se deslizó hacia atrás. Tanteó con la yema del dedo medio el anillo aún sensible, y el escalofrío la hizo apretar los muslos. Empujó muy poco, apenas la punta. Dolió. Dolió y le gustó.

—Justo así, Adrián —susurró contra el vapor, y la frase se le escapó tan en serio que se sintió ridícula y obscena al mismo tiempo.

Pero no se detuvo.

Cada vez que se imaginaba pidiéndole a Adrián que la penetrara por delante, su cabeza la traía de regreso al despacho de su padre, a esa frase que había repetido toda su vida: «La pureza de mis hijas no se negocia». Su padre había construido medio imperio inmobiliario sobre alianzas familiares con apellidos vetustos, y la herencia de las dos hermanas estaba atada a un pacto silencioso que nadie nombraba pero todos respetaban. Lorena necesitaba ese dinero. No por el dinero. Por su hermana menor, Camila, que iba camino del mismo destino y que, si Lorena no salía adelante por su cuenta, no iba a tener a nadie que la sacara.

Apretó los dientes. Frotó más rápido. Su otra mano insistía en el ano sin atreverse a entrar, y el placer se le enroscaba en la espalda como una cuerda. Si pierdo el control, si un día le pido lo otro, todo se acaba.

—Joder —masculló entre dientes.

El orgasmo la dobló contra los azulejos. Tuvo que apoyarse con las dos manos para no resbalar. El agua se llevó las pruebas, pero no la obsesión.

***

A esa misma hora, en su habitación, Adrián tenía un libro abierto sobre el pecho que llevaba veinte minutos sin pasar de la primera página. Su erección sobresalía bajo el elástico del bóxer, cada palpitación sincronizada con las imágenes que se le repetían en la cabeza: Lorena inclinada sobre la mesa, el culo enrojecido por la palma de su mano, los gemidos contenidos contra el antebrazo, el momento exacto en el que él dejó de pedir permiso y simplemente empujó.

No se podía perdonar haberse corrido tan rápido. Virgen idiota, se reprochó por enésima vez. Pero el recuerdo de la cara de Lorena —primero decepcionada, después reluciente cuando él volvió a estar duro a los quince minutos— le llenaba el pecho de algo que no sabía nombrar. Ella tampoco había hecho aquello nunca. Eran dos torpes descubriéndose, sin público, sin precedentes propios, y eso le parecía a Adrián el privilegio más absurdo de su vida.

El móvil vibró sobre la mesilla. Un mensaje del grupo del club: «Recordatorio: próxima reunión en tres días. Tema: el erotismo en la literatura clásica.»

Sonrió torcido. Tres días. Tres malditos días.

La próxima vez no iba a empezar por donde habían terminado. La próxima vez iba a hacerla correrse con la boca primero. Quería sentir cómo le temblaban los muslos contra sus orejas, quería saber a qué sabía, quería ver hasta dónde se atrevía a empujarle la cabeza. Y luego, con ella ya rota de placer, iba a entrar otra vez por detrás. Lento. Sin acabar pronto.

Su mano se deslizó bajo el elástico. No necesitaba escenarios elaborados. Le bastaba con la frase «más fuerte, ahora» repitiéndose en bucle. La voz de Lorena. La voz nueva, la que ella tampoco se había escuchado nunca.

—Lorena, joder —murmuró, acelerando el ritmo.

Cuando se corrió, el chorro le subió hasta el pecho. Y aun así, mientras el cuerpo se le aflojaba contra el colchón, lo único que pensaba era una cosa: si pruebo su sexo con la lengua, no hay vuelta atrás. Y eso, por algún motivo, lo excitaba todavía más.

***

Adrián llegó a la sala media hora antes. Caminó alrededor de la mesa de roble. Tamborileó con los dedos sobre el borde, sin oír el ruido. Fingió mirar los lomos de los libros y no enfocó ninguno. Solo había una imagen en su cabeza, y se le había metido tan adentro que la veía superpuesta a las estanterías, a las cortinas, al techo: Lorena, la espalda arqueada, las uñas en su nuca.

La puerta se abrió con un chirrido suave. Se giró tan rápido que el corazón le golpeó la garganta.

Lorena entró con cautela, como si el umbral mismo pudiera delatarla. Cerró tras de sí y el clic le sonó a Adrián como un disparo. Llevaba una falda plisada hasta la rodilla, una blusa blanca y las gafas empañadas por el frío de la calle. Se las quitó y limpió los cristales contra el dobladillo, sin mirarlo. No hacía falta. El aire entre los dos olía a algo que estaba a punto de quemarse.

—No hay nadie más —dijo Adrián, la voz ronca. No era una pregunta.

—Lo sé.

Ese «lo sé» fue todo el permiso que necesitó.

Cruzó la distancia en dos pasos. La agarró por la cintura con una mano y le hundió la otra en el pelo. La besó como si llevara tres días sin respirar bien. Lorena gimió contra su boca, y a Adrián el sonido le bajó directo a la entrepierna. Le pellizcó el labio inferior con los dientes, y ella se aferró a su camisa como si temiera que él se echara atrás.

Adrián no tenía ninguna intención de echarse atrás.

Sus manos bajaron, le levantaron la falda, y antes de que ella pudiera cerrar las piernas él ya estaba arrodillado. Le bajó la ropa interior con un tirón firme y le separó los muslos con las manos para abrirla.

—Joder —susurró, y el aroma le inundó la boca de saliva.

Lorena estaba empapada. Adrián se quedó un segundo mirándola: el pliegue brillante, el botón duro y suplicante, el rosa oscuro de la entrada palpitando levísimo, como si supiera que estaba a punto de ser devorada. Ningún hombre había llegado ahí antes. Ningún hombre había probado eso. Y la idea de ser el primero le encendió en algo parecido a la rabia.

—No… no podemos —tartamudeó Lorena, pero ya tenía las dos manos en su pelo, empujándole la cabeza hacia ella.

Sus palabras no querían decir nada.

Adrián no contestó. Sacó la lengua y la lamió de abajo hacia arriba, lento, hasta encontrar el clítoris. Las piernas de Lorena temblaron de inmediato, las caderas se sacudieron solas. Él repitió el movimiento, esta vez con más presión, rodeó el clítoris con la punta y luego succionó.

—Dios, Adrián…

La voz se le quebró. Adrián no respondió. Le separó los labios con dos dedos y hundió la lengua tan dentro como pudo, hasta rozar la fina barrera que ella todavía conservaba. Lorena gritó. Se le clavaron las uñas en el cuero cabelludo.

—¡Ahí, no pares!

Adrián trabajó el clítoris en círculos rápidos, precisos, sintiendo cómo los músculos internos se contraían alrededor de su lengua intentando arrastrarlo más adentro. Un último lamido firme y Lorena estalló. Le bañó la barbilla, los labios, le tembló todo encima. Él no apartó la cara. Bebió cada gota. La lamió hasta que ella se desplomó contra él, jadeando, las manos todavía aferradas a su pelo como si fuera lo único que la mantenía de pie.

—Adrián…

Él levantó la cabeza. Tenía los labios brillantes y la barbilla húmeda. La miró a los ojos, vidriosos.

—Aún no he terminado contigo —prometió, y se puso de pie arrastrando el cuerpo contra el de ella para que sintiera lo duro que estaba.

Lorena no contestó. Se dejó caer contra su pecho, y Adrián le besó la sien, le bajó las manos por los costados, le desabrochó la blusa botón a botón con esa lentitud que era casi crueldad. Los pezones se le notaban a través del sujetador antes de que él se lo bajara. Cuando los liberó, se inclinó y atrapó uno con los labios. Lo chupó con fuerza, lo mordisqueó justo lo bastante para que ella jadeara, y pasó al otro sin prisa.

—Quiero saborearte entera —murmuró contra la piel.

Lorena le buscó el cinturón con dedos torpes. Cuando él iba a empujarla hacia la mesa, ella se le adelantó. Le cerró la mano alrededor de la erección por encima del pantalón y apretó. Adrián contuvo el aire.

—Espera —susurró ella. La sonrisa nueva, la traviesa, la que él aún no le conocía—. Si te lo hago ahora, vas a aguantar más cuando me lo metas por detrás. ¿No es lo que querías?

El cerebro de Adrián se nubló por completo. Asintió sin palabras. Lorena se arrodilló, y a él se le cortó la respiración cuando le abrió el pantalón y le agarró la verga con las dos manos. La miró un instante, casi con curiosidad. Después le pasó la lengua por la punta, recogiendo el líquido brillante.

—Mmm. Ya estás listo —dijo, con un ronroneo que no le había escuchado nunca.

Lo envolvió con los labios. No era experta. Pero el entusiasmo con el que se lo tragaba, la forma en que le masajeaba los testículos mientras la lengua le recorría las venas, le hacía perder pie. Adrián intentó avisarle. Empezó a jadear su nombre, dos sílabas rotas. Ella lo miró desde abajo y se lo metió hasta la base.

—Lorena, me voy a cor…

El orgasmo lo golpeó en seco. Ella no se apartó. Tragó con un gemido satisfecho, lamió los restos como si no quisiera dejar pasar nada, y se levantó pasándose el pulgar por la comisura.

—Dios —murmuró Adrián, todavía aturdido.

La levantó por la cintura y la sentó en el borde de la mesa de roble. La madera fría le arrancó un escalofrío. Adrián la tumbó sobre la espalda, le dejó las piernas colgando abiertas y se arrodilló entre sus muslos. Le pasó dos dedos por el pliegue empapado, los recogió mojados y los llevó hasta la entrada trasera, masajeando el anillo con cuidado.

—Esta vez no me corro tan pronto —prometió, la voz ronca.

Lorena asintió, mordiéndose el labio. Él presionó la punta. El estiramiento fue lento, casi insoportable. Adrián no cedió. Empujó centímetro a centímetro, dejándola adaptarse, los jadeos de ella llenándole los oídos.

—Más —suplicó Lorena, las uñas arañando la madera—. Por favor, Adrián.

Él obedeció. Se hundió hasta el fondo en un solo movimiento. Lorena gritó. El cuerpo se le tensó alrededor de él tan fuerte que Adrián tuvo que parar un segundo, respirar, tragar saliva.

—Joder, me estás aplastando —gruñó. Empezó a moverse con embestidas largas, profundas, controladas.

Cada vez que salía, el aire frío rozaba la entrada sensible de ella. Cada vez que entraba, el calor lo tragaba. Lorena ya no pensaba. Sentía. El dolor inicial dio paso a algo oscuro, profundo, un placer que no sabía clasificar. Los orgasmos le llegaron en cadena, uno detrás de otro, el cuerpo sacudiéndose mientras Adrián la sujetaba por las caderas con los dedos clavados.

—Me corro —avisó él con la voz rota—. Dentro.

Lorena asintió, incapaz de hablar. Cuando el primer chorro la llenó, se le contrajeron los músculos internos en otro orgasmo, y arqueó la espalda como si la cruzara una corriente. Adrián la vació entera, gruñendo su nombre como si fuera una contraseña.

Cuando por fin se derrumbó sobre ella, sudoroso y jadeante, Lorena lo rodeó con los brazos y notó cómo el semen caliente le goteaba por dentro, marcándola por un sitio que aún no era suyo del todo.

—Eso —murmuró Adrián contra su cuello, besándole la piel—. Eso ha sido…

No terminó la frase. No hacía falta. Lorena cerró los ojos y se permitió, por primera vez en muchos años, no pensar en su padre, ni en Camila, ni en lo que iba a pasar el día que decidiera pedirle a Adrián lo otro. Por primera vez, el club de lectura era solo eso: un sitio donde dos personas que no sabían lo que hacían estaban aprendiéndolo juntas, y donde nadie las iba a interrumpir hasta dentro de tres días.

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Comentarios (7)

Sole22

Que relato tan bueno!! me engancho desde el principio

romantico_nocturno

Espero la continuacion, con ese final quede con ganas de mas...

Nati_Baires

Lo lei dos veces porque me parecio muy bien escrito. Se siente cercano, como si fuera una historia real. Mas asi por favor!

Piloto_33

Primera vez que comento aca pero este relato me saco las ganas de escribir jaja. Muy bueno

lectorBA

genial!!!

FerNocturno

Sigue subiendo, te leo siempre

Maru_09

Me recordo a algo que vivi hace años... esas situaciones donde sabes lo que vas a hacer y aun asi volves. Muy bien contado.

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