Lo que pasó bajo el puente la segunda vez
Me llamo Valentina para estas historias, aunque ese no sea mi nombre real. Tengo veinticinco años ahora, pero esto pasó cuando rondaba los veintidós, en una ciudad de provincia del interior del país, de esas que tienen un centro animado y una periferia que se silencia muy rápido a partir de la medianoche.
Soy trans. Lo digo sin rodeos porque es parte de lo que hace que esta historia sea lo que es. En esa época estaba construyéndome todavía, descubriendo qué quería y cómo quería vivirlo. El deseo fue una de las pocas cosas que tuve claras desde el principio, casi la única brújula que funcionaba cuando todo lo demás era confuso. Ya me había operado las tetas, tenía un par de copa C que me quedaban firmes y respingonas debajo de cualquier vestido, pero abajo seguía teniendo mi polla, y eso me gustaba. Me gustaba la mezcla, me gustaba el desconcierto que provocaba en los tipos cuando descubrían lo que había debajo de la ropa, y me gustaba especialmente los que se ponían más duros al enterarse.
Trabajaba en la calle algunas noches. No voy a romantizarlo ni tampoco a disculparme. Era una etapa, y las etapas se viven. Había algo en ese mundo nocturno, en el ritmo de esperar y caminar y hablar con desconocidos, que me resultaba más honesto que muchas otras cosas que había conocido hasta entonces. La noche te enseña cosas que el día oculta. Te enseña, por ejemplo, que la mitad de los tipos que te pagan por chupársela son casados, y que la otra mitad tiene una vida más rara que la tuya.
Esa noche en particular no salí del todo por trabajo. Salí porque me había quedado encerrada en el departamento dando vueltas, incapaz de concentrarme en nada, con una imagen fija en la cabeza: la de un hombre que me había mirado, exactamente una semana antes, como si yo fuera lo mejor que le había pasado en mucho tiempo. Y con otra imagen todavía más fija: la de su verga a medio meterse en mi culo cuando tuvimos que cortar de golpe porque alguien pasó por arriba.
Un hombre en situación de calle. Lo había conocido por accidente en las inmediaciones de un puente del barrio sur. Habíamos tenido algo breve, sin terminar, y yo cargaba con eso desde entonces con una mezcla de curiosidad y de algo que no sabía bien cómo nombrar. Ganas, básicamente. Ganas de que me la metiera hasta el fondo y me la vaciara adentro como no había podido la primera vez.
Me puse un vestido negro que me quedaba justo, sin corpiño porque no me hace falta, las tetas armadas empujando la tela desde adentro. Bombacha diminuta, casi un hilo. Las sandalias de plataforma que uso cuando quiero sentirme bien aunque esté caminando kilómetros. Y salí.
La esquina donde solía esperar quedaba a veinte minutos a pie. Era una noche fría, de esas en que la humedad del ambiente se pega a la piel y el cielo tiene ese color naranja sucio que tienen las ciudades de noche. Caminé rápido para entrar en calor.
Estuve en la esquina un rato largo. Pasaron algunos autos. Dos o tres clientes de los habituales, nada que me sacara la cabeza de donde la tenía. Uno paró y me pidió una mamada rápida por poca plata; le dije que no con la cabeza y ni siquiera me acerqué a la ventanilla. Hacía frío y la calle estaba más tranquila que de costumbre. Alrededor de la una y media decidí volver.
Pero primero iba a pasar por el puente.
No me convencí de que era una buena idea. Me limité a no convencerme de lo contrario, que no es lo mismo.
El puente era una estructura vieja que cruzaba sobre una zanja bastante profunda, con un lateral de mampostería que generaba un espacio protegido debajo, seco incluso en los días de lluvia. La clase de lugar que existe en todas las ciudades medianas y que nadie con techo propio ve de verdad.
Caminé por la vereda de arriba, despacio. Desde ahí podía asomarse al nivel inferior si uno se inclinaba sobre la barandilla oxidada.
Me incliné.
Ahí estaba.
Dormía sobre una capa de cartones aplastados, con una manta marrón que no le llegaba a los tobillos. La luz del farol de la calle le pegaba de costado, iluminándole el perfil. Tenía unos cuarenta y tantos años, la barba sin afeitar, la ropa oscura y gastada. Dormía con el brazo doblado debajo de la cabeza, en la postura tensa de quien duerme en lugares que no son seguros del todo.
Podía darme vuelta y seguir caminando.
Era la opción sensata. Pero hay noches en que lo sensato no tiene ninguna fuerza frente a lo que uno realmente quiere. Y yo quería una polla adentro. Su polla, específicamente. La que había alcanzado a probar apenas unos minutos la vez anterior antes de que todo se cortara.
Busqué con los ojos la bajada.
Del lado opuesto había un paredón de cemento con una grieta en la base que funcionaba casi como escalera. Ya lo había usado la semana anterior. Bajé con cuidado, apoyando las manos en la pared rugosa. De todos modos me raspé la cadera contra el cemento al pasar. Sentí el ardor pero no lo registré de verdad: tenía toda la atención puesta en el hombre que dormía a diez metros de mí, y en el latido caliente que ya me había empezado entre las piernas desde antes de bajar.
Me acerqué despacio, pisando suave sobre los adoquines húmedos. Llegué hasta el borde de los cartones y me agaché. Lo miré un momento antes de tocarlo.
De cerca olía a tabaco barato y a algo más difícil de precisar, esa mezcla concreta de la intemperie que no se parece a nada más. Tenía las manos grandes, con los nudillos algo gastados. El cabello entrecano. Una cicatriz fina que le cruzaba la ceja derecha. Los pantalones marcaban un bulto que yo ya conocía, y que aun dormido me pareció que se movía apenas, como si el cuerpo hubiera empezado a reaccionar antes que la cabeza.
Le puse la punta de los dedos en el pecho.
—Ey —dije, en voz muy baja.
Nada.
—Ey —repetí, un poco más fuerte, apoyando la palma entera.
Se movió. Una vez, dos. Abrió los ojos, parpadeó varias veces tratando de ubicarse, y luego me vio.
Tardó un segundo. Después sonrió.
—Mirá quién está —dijo. La voz todavía ronca de sueño.
—Quedé con ganas —dije simplemente—. De terminar lo que empezamos. De que me la metas entera esta vez.
Me miró de arriba abajo sin apuro, con esa calma que ya había notado la primera vez. No había urgencia en sus ojos, ni sorpresa tampoco. Solo algo parecido al reconocimiento, como si me hubiera esperado aunque ninguno de los dos lo hubiéramos planeado. Se llevó una mano al bulto del pantalón sin disimulo y se acomodó la verga, que ya estaba empezando a marcarse gruesa contra la tela.
—Venite —dijo.
Me senté a su lado sobre los cartones. Él se incorporó un poco, apoyándose en el codo, y me puso una mano en la espalda. Fue bajando despacio, recorriendo la curva de mi cintura, y me atrajo hacia él sin brusquedad.
Lo besé yo primero.
Tardó apenas un segundo en responder, como si necesitara confirmar que no estaba soñando todavía. Después ya no paró. Me metió la lengua en la boca con hambre, mordiéndome el labio de abajo, y me pasó las manos por los muslos. Me subió la falda sin prisa hasta la cintura, dejándome el culo al aire sobre los cartones fríos. Me metió los dedos por debajo del hilo de la bombacha y me la corrió hacia un costado. Cuando encontró mi polla dura no se sorprendió: se acordaba. Cerró la mano alrededor y la agarró entera, con firmeza, con esa mezcla de urgencia y paciencia que me había sorprendido la primera vez.
—Igual de dura que la otra vez —murmuró contra mi cuello, y me apretó despacio, deslizando la mano de arriba abajo, sintiendo cómo se le llenaba el puño—. Qué rica polla tenés.
Yo le busqué el pantalón, le desabroché el cinturón, le bajé el cierre. Cuando le metí la mano adentro me encontré con lo que me acordaba: gruesa, pesada, caliente, la cabeza ya húmeda de una gota. La saqué al aire, la tuve un momento en la palma, midiendo el peso, y después me arrodillé entre sus piernas sobre los cartones.
No perdí tiempo. Le escupí encima, con ganas, y le pasé la mano de arriba abajo para repartir la saliva por toda la vara. Después bajé la boca.
Guié su cabeza con la mía sin decir nada, tomándome mi tiempo. Él entendió de inmediato.
Lo que siguió fueron unos diez minutos en los que me dediqué a su verga con toda la atención que tenía. Empecé por la cabeza, chupándola sola, cerrando los labios ajustados y bajando apenas, sacándola con un pop húmedo y volviendo. Después me la fui metiendo más adentro. Un tercio, la mitad, tres cuartos. La polla me llenaba la boca hasta rozarme el fondo de la garganta y yo respiraba por la nariz para poder aguantarla más. La trabajé bien, variando el ritmo, prestando atención a cómo respondía su cuerpo. Cada tanto la sacaba entera, le pasaba la lengua desde la base hasta la punta, le lamía las bolas una por una, se las metía a la boca de a poco, y volvía a subir. Escupía otra vez para mantenerla bien mojada, y la chupaba con más ruido, con babas cayéndome por el mentón hasta el escote.
Él me sostenía la cabeza con las dos manos, primero con suavidad y después con más firmeza cuando fue viendo que yo podía con eso y con más. Me empezó a marcar el ritmo desde atrás de la nuca, empujándome despacio, hundiéndome la polla hasta que se me metía en la garganta y me hacía lagrimear los ojos. Yo no me resistí. Le tragaba todo, con los ojos húmedos y el maquillaje corriéndose, y cada tanto lo miraba de abajo hacia arriba para que me viera así, con su verga entera adentro y la boca desbordada.
—Puta madre —murmuraba él, con la voz gruesa—. Qué bien chupás. Qué bien la tragás toda.
Cada tanto me soltaba, cambiaba de ángulo, volvía. Escuché cómo su respiración se iba acortando. Yo le agarraba las bolas con una mano mientras chupaba, se las masajeaba despacio, sintiendo cómo se le iban poniendo tirantes contra el cuerpo. En la otra mano me tocaba a mí misma, deslizando el puño por mi propia polla dura al mismo ritmo con el que se la chupaba a él.
Me gustaba esa sensación: darle algo que necesitaba y que no esperaba recibir. Servírsela con la boca y verlo perder el control de a poco.
Él me acariciaba el cabello mientras yo trabajaba, y de vez en cuando bajaba la mano y me pellizcaba un pezón por encima de la tela del vestido. Ese detalle pequeño me llegó más de lo que esperaba.
—¿Querés más? —dijo en algún momento, con la voz espesa—. ¿Querés que te la meta?
Levanté la cabeza, con la boca todavía llena de saliva y una hebra colgando del labio hasta la punta de su verga.
—¿Vos querés más? —pregunté.
—Quiero cogerte —dijo, sin dudar un segundo—. Quiero metértela en el culo hasta el fondo.
—Entonces lo hacemos.
Me subí encima de él. Le acomodé la ropa lo necesario, me saqué la bombacha, la dejé colgando de un tobillo por si teníamos que salir corriendo. Me corrí el vestido hasta la cintura. Me escupí en los dedos con calma y me pasé la saliva por el culo, metiéndome uno adentro para abrirme, después dos, moviéndolos en círculos. Él me miraba desde abajo con la polla todavía brillante de mi baba, agarrándosela con la mano, dándose despacio. Le escupí también a él encima de la verga, se la pasé bien por toda la vara, la agarré por la base y me acomodé arriba con las rodillas a los costados de sus caderas. Hay cosas que se hacen bien aunque el lugar no sea el mejor. O especialmente en ese caso.
Me fui bajando despacio. Apoyé la punta contra mi entrada, giré la cadera para acomodarla, y empecé a ceder de a poco. La cabeza me entró con un ardor bueno, ese que anuncia lo que viene. Me quedé quieta un segundo respirando. Después bajé un poco más. Otro poco. Él no se movió, no intentó apurarme. Esperó con una paciencia que me resultó completamente inesperada en alguien a quien yo había despertado de madrugada en plena calle. Me dejó manejar el ritmo sin interferir, las manos apoyadas en mis muslos pero sin apretar, como una sugerencia más que una instrucción.
—Despacio —murmuró—. Toda tuya. Tomate el tiempo que quieras.
Fui bajando centímetro a centímetro, sintiendo cómo me iba abriendo por dentro, cómo el culo se me iba estirando alrededor de esa vara gruesa. Cuando la tuve entera adentro, con las nalgas apoyadas contra sus muslos, me quedé quieta un momento.
Lo miré. Él tenía los ojos cerrados y una expresión que era casi de alivio.
No supe bien si lo que estábamos haciendo era para mí o para él, y en algún punto dejó de importar.
Empecé a moverme. Despacio al principio, con movimientos pequeños, apenas subiendo y bajando unos centímetros, midiendo la respuesta de mi cuerpo y del suyo. Él puso las manos en mis caderas, no para dirigirme sino para acompañarme. El frío de la noche había desaparecido por completo. Solo existía el calor de los dos cuerpos y el silencio de debajo del puente, roto apenas por el ruido lejano de algún auto en la avenida, y por el chapoteo húmedo de mi culo bajando sobre su polla.
Fui aumentando el ritmo de a poco. Empecé a subir más, a dejar salir casi toda la verga hasta que solo la punta me quedaba dentro, y a dejarme caer entera de golpe, con las nalgas golpeándole los muslos. Cada vez que aterrizaba se me escapaba un gemido chico que trataba de tragarme. Mi propia polla se sacudía dura contra mi vientre, mojada, marcando el vestido arrugado de una mancha que se me hacía cada vez más grande. Él me la agarró con una mano y me la empezó a puñetear al mismo ritmo con el que yo me montaba, y ahí fue cuando tuve que morderme el labio para no gritar.
—Así —jadeaba él—. Cogeme así. Cabalgame la polla que tan bien te queda entrando.
Él apretó los dedos. Gimió una vez, bajo, contenido. Yo también. La calle de arriba seguía en silencio. Así estuvimos varios minutos, yo marcando el compás, él siguiéndome, los dos sin hacer casi ruido más allá del golpeteo de piel contra piel y las respiraciones cortadas. Hay una intimidad particular en ese tipo de encuentro que no sé bien cómo explicar: dos personas que no se conocen de nada, que probablemente no vuelvan a verse, completamente presentes la una para la otra por el tiempo que dura, y con el culo lleno de una polla desconocida que se te acomoda como si te perteneciera.
Cuando mis piernas empezaron a flojear, lo supe yo antes de que él lo notara.
—Ponete de otro lado —me dijo con la voz ronca—. En cuatro. A ver si así te la meto mejor.
Me bajé de encima con la polla saliéndome de golpe, un vacío súbito que me hizo respirar hondo. Me puse de rodillas sobre los cartones, apoyé las manos adelante. El cemento estaba frío y húmedo bajo las palmas, y el aire de la noche me pegaba en las nalgas abiertas. Escuché atrás cómo él se escupía en la mano y se pasaba la saliva por la verga otra vez. Sentí la punta apoyarse contra mi entrada, ya blanda de haberse abierto antes, y sentí también cómo empujaba de a poco hasta que la cabeza volvió a entrar con un chasquido húmedo.
Entró de nuevo sin la demora de antes porque ya habíamos pasado por eso. La polla se me deslizó hasta el fondo de una sola vez, entera, y yo tuve que apretar los dientes para no gemir alto. Se quedó quieto un segundo con las caderas pegadas contra mi culo, agarrándome de la cintura con las dos manos. Después empezó.
Empujó con fuerza. No con brutalidad: con fuerza controlada, con intención. Hay una diferencia entre las dos cosas, y él la sabía. Salía casi entero y volvía a hundírmela hasta el fondo, con embestidas parejas que me sacudían el cuerpo hacia adelante. Yo le devolvía la cadera contra él, empujándome hacia atrás para recibirla más profunda cada vez. Se me caía la baba sobre los cartones. Se me caía también una gota tibia desde la punta de mi propia polla, meciéndose entre las piernas con cada golpe.
Sostuvo un ritmo parejo durante varios minutos. Me agarró del pelo con una mano, no fuerte, más como quien busca un punto de apoyo, y con la otra me cruzó por la cintura y me buscó la verga. Me empezó a masturbar al ritmo con el que me la metía, con la palma bien cerrada. Yo mordí el interior de mi mejilla para no hacer ruido. La situación entera, la oscuridad del puente, el cemento frío debajo de mis manos, el tipo detrás de mí que no sabía nada de mi vida ni yo de la suya, el olor a humedad mezclado con el olor a sexo, me tenía en un estado que no sé si describir bien con palabras. Era eso que pasa cuando el cuerpo va por delante de cualquier razonamiento.
—Qué culo apretado tenés —jadeaba él contra mi nuca—. Me tenés loco. Me vas a hacer terminar así, adentro tuyo.
—Terminá adentro —le dije bajo, apretando los dientes—. Metémela hasta el fondo y llename.
Empujó más rápido, con embestidas cortas y hondas, y yo sentí cómo se le tensaba todo el cuerpo detrás mío. La mano que me la puñeteaba se me apuró también. Estaba por acabar. Los dos estábamos por acabar.
Entonces escuché voces.
Me detuve.
Él también.
Las voces venían de arriba, del puente. Dos personas, quizás tres, hablando en un tono normal. No habían visto nada todavía. Todavía.
—Para —le dije en voz muy baja.
Se detuvo sin protestar, con la verga todavía enterrada hasta la mitad y palpitando adentro mío, tan cerca de acabar que la sentía latir contra mis paredes. Salió despacio, con cuidado de no hacer ruido, y yo sentí el vacío como un tirón que me dio bronca.
Me reacomodé la ropa rápido, con los movimientos que uno aprende cuando tiene que estar lista para salir en cualquier momento. Me subí la bombacha con dificultad porque tenía el culo todavía abierto y resbaloso de saliva. Me bajé el vestido. Él se guardó la polla brillante y todavía hinchada dentro del pantalón, se subió el cierre a medias, se apoyó en el codo y me miró.
—Te vas —dijo. No era una pregunta.
—Las voces —dije.
Asintió.
—¿Te faltaba mucho? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta porque lo había sentido.
Se encogió de hombros con una sonrisa que no era amarga, solo resignada. La sonrisa de alguien que ya está acostumbrado a que las cosas se interrumpan.
—Un poco todavía. Un par de embestidas más y me venía.
—La próxima terminamos —dije—. La próxima me la vaciás entera adentro.
Y lo decía en serio.
Salí por el mismo hueco por donde había entrado. Mientras trepaba el paredón escuché que las voces se acercaban, y una mujer mayor decía algo sobre «ese hombre que siempre está en el puente» en un tono entre reprobador y curioso. No creo que me hayan visto la cara. Caminé por la vereda sin mirar atrás, mantuve el paso tranquilo aunque el corazón me iba a mil y el culo todavía me latía abierto debajo del vestido.
A dos cuadras de ahí me apoyé en una pared y respiré hondo. Me metí una mano por debajo del vestido y me toqué apenas: estaba mojada de saliva, dilatada, tibia. Mi polla seguía dura pegada contra el vientre. Me la agarré por encima de la tela y me di dos o tres apretones lentos, sin llegar a terminar, dejándome llevar solo un segundo antes de seguir caminando.
El frío volvió de golpe, como si el cuerpo recién se diera cuenta de que estaba afuera en plena madrugada con el vestido arrugado, la cadera raspada y la bombacha empapada.
Llegué a casa pasada la medianoche. Me saqué los zapatos en la entrada, me senté en la cama y me quedé un momento así, en silencio, pensando en lo que había pasado. Después me acosté boca arriba, me subí el vestido, me bajé la bombacha hasta los tobillos, me escupí en la mano y me terminé yo sola con la imagen de él todavía viva atrás de los ojos, con su polla adentro mío, con su voz jadeando contra mi nuca. Acabé fuerte, en dos chorros gruesos que me cayeron sobre las tetas y la panza, mordiéndome el labio para no despertar a la vecina.
Hay personas que viven de una manera que la mayoría no ve. No me refiero solo a quienes duermen en la calle: me refiero a toda la gente que existe en los bordes del mundo visible, que tiene sus propios deseos y sus propios momentos de intimidad aunque nadie se los reconozca. Ese hombre me había mirado como me miraban muy pocos. Sin necesidad de entender quién era yo del todo, sin preguntas que no le correspondían, sin esa incomodidad que aparece en tantos ojos cuando te ven de verdad. Sin pestañear cuando descubrió lo que tenía entre las piernas, cuando lo agarró en la mano por primera vez.
No sé si eso dice algo de él o algo de mí. Probablemente las dos cosas.
Sé que volví a pasar por ese puente algunas semanas después, caminando por la misma vereda de siempre, inclinándome sobre la misma barandilla. Ya no estaba. Los cartones tampoco.
A veces lo recuerdo. No con nostalgia, exactamente. Con algo más parecido a la gratitud por los momentos que se dan solos, sin que uno los planifique, y que terminan quedándose en algún lugar donde el tiempo no alcanza.