Lo que pasó bajo el puente la segunda vez
Me llamo Valentina para estas historias, aunque ese no sea mi nombre real. Tengo veinticinco años ahora, pero esto pasó cuando rondaba los veintidós, en una ciudad de provincia del interior del país, de esas que tienen un centro animado y una periferia que se silencia muy rápido a partir de la medianoche.
Soy trans. Lo digo sin rodeos porque es parte de lo que hace que esta historia sea lo que es. En esa época estaba construyéndome todavía, descubriendo qué quería y cómo quería vivirlo. El deseo fue una de las pocas cosas que tuve claras desde el principio, casi la única brújula que funcionaba cuando todo lo demás era confuso.
Trabajaba en la calle algunas noches. No voy a romantizarlo ni tampoco a disculparme. Era una etapa, y las etapas se viven. Había algo en ese mundo nocturno, en el ritmo de esperar y caminar y hablar con desconocidos, que me resultaba más honesto que muchas otras cosas que había conocido hasta entonces. La noche te enseña cosas que el día oculta.
Esa noche en particular no salí del todo por trabajo. Salí porque me había quedado encerrada en el departamento dando vueltas, incapaz de concentrarme en nada, con una imagen fija en la cabeza: la de un hombre que me había mirado, exactamente una semana antes, como si yo fuera lo mejor que le había pasado en mucho tiempo.
Un hombre en situación de calle. Lo había conocido por accidente en las inmediaciones de un puente del barrio sur. Habíamos tenido algo breve, sin terminar, y yo cargaba con eso desde entonces con una mezcla de curiosidad y de algo que no sabía bien cómo nombrar.
Me puse un vestido negro que me quedaba justo, las sandalias de plataforma que uso cuando quiero sentirme bien aunque esté caminando kilómetros, y salí.
La esquina donde solía esperar quedaba a veinte minutos a pie. Era una noche fría, de esas en que la humedad del ambiente se pega a la piel y el cielo tiene ese color naranja sucio que tienen las ciudades de noche. Caminé rápido para entrar en calor.
Estuve en la esquina un rato largo. Pasaron algunos autos. Dos o tres clientes de los habituales, nada que me sacara la cabeza de donde la tenía. Hacía frío y la calle estaba más tranquila que de costumbre. Alrededor de la una y media decidí volver.
Pero primero iba a pasar por el puente.
No me convencí de que era una buena idea. Me limité a no convencerme de lo contrario, que no es lo mismo.
El puente era una estructura vieja que cruzaba sobre una zanja bastante profunda, con un lateral de mampostería que generaba un espacio protegido debajo, seco incluso en los días de lluvia. La clase de lugar que existe en todas las ciudades medianas y que nadie con techo propio ve de verdad.
Caminé por la vereda de arriba, despacio. Desde ahí podía asomarse al nivel inferior si uno se inclinaba sobre la barandilla oxidada.
Me incliné.
Ahí estaba.
Dormía sobre una capa de cartones aplastados, con una manta marrón que no le llegaba a los tobillos. La luz del farol de la calle le pegaba de costado, iluminándole el perfil. Tenía unos cuarenta y tantos años, la barba sin afeitar, la ropa oscura y gastada. Dormía con el brazo doblado debajo de la cabeza, en la postura tensa de quien duerme en lugares que no son seguros del todo.
Podía darme vuelta y seguir caminando.
Era la opción sensata. Pero hay noches en que lo sensato no tiene ninguna fuerza frente a lo que uno realmente quiere.
Busqué con los ojos la bajada.
Del lado opuesto había un paredón de cemento con una grieta en la base que funcionaba casi como escalera. Ya lo había usado la semana anterior. Bajé con cuidado, apoyando las manos en la pared rugosa. De todos modos me raspé la cadera contra el cemento al pasar. Sentí el ardor pero no lo registré de verdad: tenía toda la atención puesta en el hombre que dormía a diez metros de mí.
Me acerqué despacio, pisando suave sobre los adoquines húmedos. Llegué hasta el borde de los cartones y me agaché. Lo miré un momento antes de tocarlo.
De cerca olía a tabaco barato y a algo más difícil de precisar, esa mezcla concreta de la intemperie que no se parece a nada más. Tenía las manos grandes, con los nudillos algo gastados. El cabello entrecano. Una cicatriz fina que le cruzaba la ceja derecha.
Le puse la punta de los dedos en el pecho.
—Ey —dije, en voz muy baja.
Nada.
—Ey —repetí, un poco más fuerte, apoyando la palma entera.
Se movió. Una vez, dos. Abrió los ojos, parpadeó varias veces tratando de ubicarse, y luego me vio.
Tardó un segundo. Después sonrió.
—Mirá quién está —dijo. La voz todavía ronca de sueño.
—Quedé con ganas —dije simplemente—. De terminar lo que empezamos.
Me miró de arriba abajo sin apuro, con esa calma que ya había notado la primera vez. No había urgencia en sus ojos, ni sorpresa tampoco. Solo algo parecido al reconocimiento, como si me hubiera esperado aunque ninguno de los dos lo hubiéramos planeado.
—Venite —dijo.
Me senté a su lado sobre los cartones. Él se incorporó un poco, apoyándose en el codo, y me puso una mano en la espalda. Fue bajando despacio, recorriendo la curva de mi cintura, y me atrajo hacia él sin brusquedad.
Lo besé yo primero.
Tardó apenas un segundo en responder, como si necesitara confirmar que no estaba soñando todavía. Después ya no paró. Me pasó las manos por los muslos, me subió la falda sin prisa, me exploró con la misma mezcla de urgencia y paciencia que me había sorprendido la primera vez. No había en él ninguno de esos gestos torpes que convierten un momento en un trámite.
Guié su cabeza hacia donde yo quería sin decir nada. Él entendió de inmediato.
Lo que siguió fueron unos diez minutos en los que me dediqué a él con toda la atención que tenía. Lo trabajé bien, variando el ritmo, prestando atención a cómo respondía su cuerpo. Él me sostenía la cabeza con las dos manos, primero con suavidad y después con más firmeza cuando fue viendo que yo podía con eso y con más. Cada tanto lo soltaba, cambiaba de ángulo, volvía. Escuché cómo su respiración se iba acortando.
Me gustaba esa sensación: darle algo que necesitaba y que no esperaba recibir.
Él me acariciaba el cabello mientras yo trabajaba. Ese detalle pequeño me llegó más de lo que esperaba.
—¿Querés más? —dijo en algún momento, con la voz espesa.
Levanté la cabeza y lo miré.
—¿Vos querés más? —pregunté.
—Sí —dijo, sin dudar un segundo.
Me subí encima de él. Le acomodé la ropa lo necesario, me corrí la tela de la ropa interior y apliqué saliva con calma, primero a él, después a mí. Hay cosas que se hacen bien aunque el lugar no sea el mejor. O especialmente en ese caso.
Lo fui recibiendo despacio. Él no se movió, no intentó apurarme. Esperó con una paciencia que me resultó completamente inesperada en alguien a quien yo había despertado de madrugada en plena calle. Me dejó manejar el ritmo sin interferir, las manos apoyadas en mis muslos pero sin apretar, como una sugerencia más que una instrucción.
Cuando lo tuve adentro del todo, me quedé quieta un momento.
Lo miré. Él tenía los ojos cerrados y una expresión que era casi de alivio.
No supe bien si lo que estábamos haciendo era para mí o para él, y en algún punto dejó de importar.
Empecé a moverme. Despacio al principio, con movimientos pequeños, midiendo la respuesta de mi cuerpo y del suyo. Él puso las manos en mis caderas, no para dirigirme sino para acompañarme. El frío de la noche había desaparecido por completo. Solo existía el calor de los dos cuerpos y el silencio de debajo del puente, roto apenas por el ruido lejano de algún auto en la avenida.
Fui aumentando el ritmo de a poco. Él apretó los dedos. Gimió una vez, bajo, contenido. Yo también. La calle de arriba seguía en silencio. Así estuvimos varios minutos, yo marcando el compás, él siguiéndome, los dos sin hacer casi ruido. Hay una intimidad particular en ese tipo de encuentro que no sé bien cómo explicar: dos personas que no se conocen de nada, que probablemente no vuelvan a verse, completamente presentes la una para la otra por el tiempo que dura.
Cuando mis piernas empezaron a flojear, lo supe yo antes de que él lo notara.
—Ponete de otro lado —me dijo con la voz ronca—. A ver si así.
Me puse de rodillas sobre los cartones, apoyé las manos adelante. El cemento estaba frío y húmedo. Él se acomodó detrás de mí y entró de nuevo sin la demora de antes porque ya habíamos pasado por eso. Empujó con fuerza. No con brutalidad: con fuerza controlada, con intención. Hay una diferencia entre las dos cosas, y él la sabía.
Sostuvo un ritmo parejo durante varios minutos. Yo mordí el interior de mi mejilla para no hacer ruido. La situación entera, la oscuridad del puente, el cemento frío debajo de mis manos, el tipo detrás de mí que no sabía nada de mi vida ni yo de la suya, me tenía en un estado que no sé si describir bien con palabras. Era eso que pasa cuando el cuerpo va por delante de cualquier razonamiento.
Entonces escuché voces.
Me detuve.
Él también.
Las voces venían de arriba, del puente. Dos personas, quizás tres, hablando en un tono normal. No habían visto nada todavía. Todavía.
—Para —le dije en voz muy baja.
Se detuvo sin protestar.
Me reacomodé la ropa rápido, con los movimientos que uno aprende cuando tiene que estar lista para salir en cualquier momento. Él se arregló, se apoyó en el codo y me miró.
—Te vas —dijo. No era una pregunta.
—Las voces —dije.
Asintió.
—¿Te faltaba mucho? —pregunté.
Se encogió de hombros con una sonrisa que no era amarga, solo resignada. La sonrisa de alguien que ya está acostumbrado a que las cosas se interrumpan.
—Un poco todavía.
—La próxima terminamos —dije.
Y lo decía en serio.
Salí por el mismo hueco por donde había entrado. Mientras trepaba el paredón escuché que las voces se acercaban, y una mujer mayor decía algo sobre «ese hombre que siempre está en el puente» en un tono entre reprobador y curioso. No creo que me hayan visto la cara. Caminé por la vereda sin mirar atrás, mantuve el paso tranquilo aunque el corazón me iba a mil.
A dos cuadras de ahí me apoyé en una pared y respiré hondo.
El frío volvió de golpe, como si el cuerpo recién se diera cuenta de que estaba afuera en plena madrugada con el vestido arrugado y la cadera raspada.
Llegué a casa pasada la medianoche. Me saqué los zapatos en la entrada, me senté en la cama y me quedé un momento así, en silencio, pensando en lo que había pasado.
Hay personas que viven de una manera que la mayoría no ve. No me refiero solo a quienes duermen en la calle: me refiero a toda la gente que existe en los bordes del mundo visible, que tiene sus propios deseos y sus propios momentos de intimidad aunque nadie se los reconozca. Ese hombre me había mirado como me miraban muy pocos. Sin necesidad de entender quién era yo del todo, sin preguntas que no le correspondían, sin esa incomodidad que aparece en tantos ojos cuando te ven de verdad.
No sé si eso dice algo de él o algo de mí. Probablemente las dos cosas.
Sé que volví a pasar por ese puente algunas semanas después, caminando por la misma vereda de siempre, inclinándome sobre la misma barandilla. Ya no estaba. Los cartones tampoco.
A veces lo recuerdo. No con nostalgia, exactamente. Con algo más parecido a la gratitud por los momentos que se dan solos, sin que uno los planifique, y que terminan quedándose en algún lugar donde el tiempo no alcanza.