Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Cómo me dejó sin palabras esa tarde en casa

4.2 (50)

Estaba concentrada frente a la pantalla cuando escuché sus pasos en el pasillo. Llevaba más de dos horas intentando terminar un artículo que no terminaba de cerrar. El cursor parpadeaba con esa paciencia muda que tienen los cursores cuando uno lleva demasiado tiempo mirando sin escribir.

—¿Quieres un rapidito? —preguntó desde el umbral.

No levantó la voz. Nunca lo hace cuando pregunta esto. Lo dijo como quien pregunta si quieres más café, con esa naturalidad que solo existe en las parejas que llevan tiempo. Me encanta eso de él.

—Vale —respondí sin girarme.

—Voy a ducharme primero.

Escuché el agua correr mientras yo guardaba el documento. No me moví de la silla de inmediato. Me quedé un momento con las manos sobre el teclado, pensando en lo que vendría, y ya eso fue suficiente para que algo se moviera en mi vientre.

Cuando salió del baño, la habitación olía a él. Ese jabón suyo, ese calor particular que desprende su piel recién duchada. Tenía el cabello húmedo y una toalla enrollada en la cintura, y me miraba desde la puerta de la misma forma en que me ha mirado siempre: como si fuera la primera vez.

—¿Lista? —preguntó.

—Todavía no. Déjame cambiarme.

Me puse de pie y lo besé despacio en la boca antes de decir nada más. Un beso breve, de anticipo, del tipo que ya anuncia lo que viene.

—¿Quieres que me ponga algo en especial?

—Sí —dijo—. Las medias con la liga.

—¿Las negras con el encaje en el muslo?

—Esas mismas.

—¿Y el hilo también?

—Sí.

—Entonces me quito el sujetador y me pongo la bata de seda —le dije con una sonrisa coqueta, y me metí al baño.

Me desnudé despacio. Me saqué el jersey, luego la camiseta, luego los pantalones. Me quité el conjunto de lencería de color vino que llevaba puesto y lo dejé doblado sobre el borde de la bañera. Cuando me puse la bata de seda fina que me llega a la mitad del muslo, mis pezones se endurecieron contra la tela casi de inmediato. Me subí la tanga negra, esa con el lazo diminuto en la parte trasera, que siempre ha sido una de sus favoritas. Luego las medias, una por una, ajustando con cuidado la liga de encaje alrededor del muslo derecho, luego el izquierdo.

Me miré en el espejo un momento. No por vanidad. Para ver lo que él iba a ver.

Salí al dormitorio.

Había dejado una almohada en el suelo junto a la cama, y estaba sentado al borde del colchón esperándome. Esa imagen —él allí, mirándome llegar— siempre me produce lo mismo: una mezcla de poder y entrega que no sé cómo nombrar del todo. Me acerqué despacio. No porque quisiera hacerme la interesante. Sino porque me gusta ese momento previo, ese segundo antes de que el tacto ocurra.

Me arrodillé sobre la almohada.

Antes de que yo pudiera hacer nada, se inclinó hacia mí. Sus manos encontraron mi piel, cálidas como siempre, esas manos que saben exactamente dónde ir. Me besó en la frente primero, luego buscó mi boca. Su lengua entró despacio, sin prisas, mientras sus dedos bajaban el escote de la bata y liberaban uno de mis pechos. Lo apretó con la palma y pellizcó el pezón con suavidad. Gemí contra su boca.

Luego el otro. Siempre el otro también.

Su boca dejó la mía y bajó. Sus labios rodearon mi pezón y lo chuparon con una presión exacta, ni demasiado fuerte ni demasiado suave. Esa presión que hace que el placer se concentre en un punto y desde ahí irradie hacia todo el cuerpo. Una de sus manos bajó por mi abdomen, metió los dedos bajo la tanga y encontró mi clítoris.

Me tenía de rodillas, con las piernas abiertas, las manos aferradas a sus hombros, él chupando mis pechos y frotando mi sexo hasta que sentí que me derretía. La excitación se acumulaba rápido. Conmigo siempre es así cuando empieza de esa manera.

—Déjame chupártelo —le pedí. La voz me salió más ronca de lo que esperaba—. Métemelo en la boca.

Se puso de pie. Se sacó la ropa con esa calma suya que a veces me desespera, y cuando lo tuve frente a mí, duro y cerca, lo tomé en la boca sin más ceremonia. Lo quería entero, lo quería ya, lo quería contra el fondo de mi garganta.

Mis manos en sus muslos, luego en sus nalgas, presionándolo hacia mí. Me encanta así: de rodillas, con él de pie frente a mí, sintiéndolo deslizarse entre mis labios. La saliva que lo cubre. Su mano que baja y enreda los dedos en mi cabello sin tirar, solo apoyada allí, siguiendo el movimiento.

—Quiero que hoy me termines en la boca —le dije, separándome un momento—. Quiero sentirlo y tragármelo todo.

—Primero quiero metértelo un rato —respondió—. Sube.

Él se recostó en la cama. Me puse a horcajadas sobre él, aparté la tanga a un lado con los dedos, lo posicioné en mi entrada y me senté muy despacio. Esa sensación de llenura cuando entra, siempre tan intensa, siempre igual de nueva. Su boca volvió a mis pechos mientras yo comenzaba a moverme sobre él.

Me aferró por las caderas. Yo mecía el cuerpo sobre él, con las manos apoyadas en su pecho, mirándolo a la cara. Hay algo en el sexo cara a cara con alguien que conoces bien que tiene una intimidad diferente a cualquier otra cosa. No es solo el cuerpo. Es que te ven, y tú lo ves a él, y los dos saben exactamente qué están haciendo y por qué.

Me besó fuerte cuando no estaba chupando mis pezones. Me aferró duro por las nalgas y empujó hacia arriba, enterrándose con fuerza. Cuando sacó el vibrador del cajón de la mesita y lo metió bajo la tanga, sobre mi clítoris, supe que no iba a aguantar mucho más.

El vibrador presionaba exacto. El movimiento de mis caderas lo mantenía en su sitio. Cada vez que me movía, el placer escalaba un nivel. Me moví más rápido.

—Me vas a hacer acabar.

—Quiero verte —dijo—. Me encanta cuando acabas.

El orgasmo llegó desde adentro, fuerte y expansivo, y cuando estuvo en su punto más alto no pude moverme. Me aferré a él, enterré la cara en su cuello, él siguió moviéndose por los dos. Me dejó completamente vaciada, temblorosa, sosteniéndome a él para no caerme.

***

Cuando recuperé el habla, repetí lo que había pedido antes.

—Quiero que hoy me termines en la boca. Quiero tragármelo todo.

—Chúpamelo un rato —dijo—. Pero antes quiero metértelo por detrás.

Me bajé de él. La evidencia de mi propio orgasmo estaba acumulada en su base, y cuando lo tomé en la boca de nuevo, lo saboreé a él y a mí mezclados. Hay algo en eso que no sé describir sin sonar exagerada, así que no lo intento. Solo diré que me terminé de excitar otra vez de inmediato.

—Ahora en cuatro —dijo.

Lo chupé una vez más, despacio, y luego me puse en posición. Rodillas al borde del colchón, los brazos extendidos sobre el colchón, el culo en el aire. Completamente entregada.

Sentí su mano deslizarse de arriba abajo por mi sexo antes de entrar. La cabeza de su miembro separó mis pliegues y entró de un solo movimiento suave. Cerré los ojos y exhalé.

—¡Dios, qué rico! —escapó de mis labios sin que pudiera controlarlo.

Me cogió despacio primero. Entrando y saliendo con una parsimonia que era casi cruel, dejándome sentir cada movimiento, sin apresurarse. Luego se quedó quieto.

—Muévete tú —dijo.

Empujé el culo hacia atrás. Me clavé en él una vez, luego otra, luego otra. Mis nalgas golpeaban contra su cuerpo en ese ritmo que yo misma marcaba. Cuando él agarraba mis caderas y empujaba hacia adelante justo cuando yo empujaba hacia atrás, el impacto era profundo, tan profundo que tenía que ahogar los gemidos contra el colchón.

—Voy a llenarte la boca con todo —dijo—. Y te lo vas a tragar.

—Sí —respondí—. Sí, sí, hazlo.

Se salió de mí y me giré hacia él. Me agarró por el cabello, no con fuerza, lo justo para mantener mi cara donde quería. Abrí la boca. Lo miré empuñándose con la mano. Vi esa contracción que ya reconozco bien, y entonces sentí su semen caliente y espeso caer sobre mi lengua. Una vez, dos veces, más. Lo metió en mi boca para vaciarse del todo, y yo lo sostuve allí, sin tragar, saboreándolo.

Separé los labios y se lo mostré. Siempre me ha gustado ese momento. No por morbo exactamente, sino por lo que tiene de confianza, de intimidad compartida. La prueba de lo que acababa de pasar entre los dos, en mi boca, visible.

Lo tragué despacio.

—Me encanta —dije—. Me da demasiado morbo tragármelo así.

—A mí también me das morbo —respondió, y me acarició el cabello.

Me senté a su lado en el borde de la cama. Los dos en silencio un momento, ese silencio cómodo que solo existe después.

***

Volví a mi escritorio tal como estaba: con la bata de seda, las medias, la tanga. Su sabor todavía en mi boca. El artículo seguía abierto en la pantalla, con el cursor parpadeando en exactamente el mismo lugar donde lo había dejado, como si no hubiera pasado nada.

No lo terminé.

Escribí esto en cambio. Lo escribí de un tirón, sin pensarlo demasiado, sin corregir, sin releerlo. Cuando terminé, lo copié y se lo mandé por correo electrónico. No sé exactamente por qué. Supongo que hay experiencias que solo existen del todo cuando se vuelven palabras, y esta necesitaba existir fuera de mí.

Después me cambié. Me quité la bata, me puse el sujetador de vuelta, la camiseta, los pantalones. Me dejé la tanga. Bajé a la cocina y me hice un café que me tomé de pie mirando por la ventana, todavía con esa sensación de después flotando en el cuerpo.

Cuando subí al dormitorio, él estaba de pie con el teléfono en la mano. Supuse que acababa de leer lo que le había enviado. Se me acercó sin decir nada. Su pecho presionó contra mis pechos a través de la ropa, sus manos encontraron mi cintura, y su boca buscó la mía en un beso que empezó tranquilo y no tardó en convertirse en otra cosa.

—Ponte en cuatro otra vez —dijo contra mis labios.

Solo me saqué los pantalones.

Me puse a cuatro patas sobre el colchón. Sentí su mano abierta sobre mi nalga, apretándola con ese hambre posesivo que reconozco. Se paró al lado de mi cara y cuando lo vi erecto de nuevo, algo en mi interior se apretó de anticipación. Lo tomé en la boca antes de que me lo pidiera. Tenía tanta hambre de él como la primera vez, quizás más.

—Tócate mientras me lo chupas —dijo.

Metí la mano entre mis piernas. Estaba mojada. Obviamente estaba mojada. Mis dedos encontraron mi clítoris y lo froté despacio mientras seguía con la boca. Luego escuché el zumbido familiar. Sacó el vibrador y lo metió bajo la tanga, apoyado sobre mi clítoris con esa precisión que ya no me sorprende pero siempre agradezco.

Con ese estímulo encima, lo chupé con más desesperación. Mis caderas se movían solas. Me retorcía sobre el colchón, completamente poseída por lo que sentía.

Sin aviso se salió de mi boca y se colocó detrás de mí. Apartó la tanga y entró de una sola vez.

—¡Ay sí! ¡Así! —no pude contener el grito ahogado.

Me quedé quieta y me enterré en él yo sola, empujando el culo hacia atrás, una y otra y otra vez. Sus manos en mis caderas, sus estocadas encontrándose con las mías. El vibrador seguía en su sitio y el orgasmo llegó sin avisar, sin darme tiempo a prepararme para su intensidad.

No lo apagué. Lo dejé allí mientras el orgasmo se transformaba en otro y ese en otro más. Mi cuerpo temblaba. Me aferraba al colchón con los dedos. Perdí la cuenta de cuántos fueron.

Apagué el vibrador cuando no pude más. La hipersensibilidad me hacía estremecer con cada centímetro que él recorría en mi interior. Podía sentir la forma exacta de su cabeza a medida que se deslizaba adentro y afuera.

—Lléneme —dije, y fue más una súplica que otra cosa—. Quiero sentirlo dentro.

Sentí su orgasmo antes de escucharlo. Esa contracción característica que ya conozco bien. Se hundió hasta el fondo y se vació en mí. Me quedé completamente quieta, absorbiéndolo todo, sintiendo el calor.

Después recogí mis pantalones del suelo.

—Ahora sí me dejas empapada —le dije mientras me abrochaba el botón, con una sonrisa que no podía controlar.

—Habías dicho que esta vez te dejaría limpia porque acabé en tu boca. No podía dejarlo así.

Bajé las escaleras con esa sonrisa que no terminaba de quitárseme. Sabía que en algún momento del día, quizás al caminar de vuelta a mi escritorio, sentiría su calor deslizarse, ese recordatorio tibio que me acompañaría el resto de la tarde.

Volví a sentarme frente a la pantalla. El artículo seguía sin terminar. El cursor seguía parpadeando en el mismo lugar.

Lo cerré y abrí un documento nuevo.

Valora este relato

4.2 (50)

Comentarios (9)

Ferchu22

increible como con tan poco se transmite tanto. de las mejores que lei ultimamente

CarmenDelSur

Por favor seguí con esto, quedé con muchisimas ganas de saber como termino esa tarde jaja. Excelente!!

toni

la frase del cursor parpadeando me mato jajaja, muy bueno

UnLectorDeMedianoche

Me recordo a situaciones en las que uno sabe perfectamente como va a terminar pero igual hace como que no. Se siente muy real, bien contado.

SilvinaOk

Como describis esa duda del principio es lo mejor. Nada forzado, todo natural. Seguí escribiendo!

Dante_cba

muy buen relato, se nota que tenes talento. Suscripto a todo lo que publiques

MarisolV

Esperando la segunda parte! Un saludo

NocheViva

esa tension del comienzo... ay. muy bien descripto todo

Lautaro22

Se hizo cortisimo, queria mas. Pero lo poco que hay esta muy bien narrado, felicitaciones

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.