Mi novia me llamó mientras escribía un relato erótico
Eran casi las once de la noche cuando me senté a escribir. La música sonaba baja desde el altavoz del salón, mi laptop apoyada en las piernas y los dedos vagando sobre el teclado a la espera de la primera frase. Había prometido un relato nuevo para mi blog y, como siempre, lo había dejado para el final del día. La pantalla en blanco me devolvía la mirada con cierta burla.
Tenía un párrafo y medio cuando vibró el móvil sobre la mesilla. Ya sabía quién era antes de mirarlo.
—Te escucho tecleando —dijo Vera, sin saludar.
—¿Tan fuerte escribo?
—No. Es que te conozco.
Su voz traía ese tono ronco que solo se le pone cuando ya está acostada. Cerré los ojos un segundo. Me la imaginé con el camisón corto, las sábanas color crema, el pelo recogido sobre un hombro.
—¿Y qué escribes?
—Un relato. No me sale.
—Léemelo.
—No tengo nada todavía.
—Léeme lo que tengas.
Nunca supe decirle que no. Apoyé la laptop a un lado, cogí el móvil con la otra mano y empecé a leerle el inicio en voz baja, casi como si rezara. Una frase. Dos frases. La oí respirar más despacio del otro lado. A la tercera, me interrumpió.
—Sigue.
—Es solo el principio.
—Sigue, por favor.
Bajé el tono. Le leí cómo la protagonista entraba en una habitación con las luces apagadas, cómo se desabrochaba la blusa frente a un espejo, cómo se tocaba el cuello con la punta de los dedos. Inventaba sobre la marcha porque el texto real no tenía nada de eso. Ella no lo sabía. Ella escuchaba.
—Sigue —repitió. La palabra le salió rota.
—¿Estás bien?
—Estoy escuchándote.
Sonreí en la oscuridad de mi salón. Sabía exactamente qué estaba haciendo Vera al otro lado. Lo sabía porque me lo había contado mil veces, porque me lo había mostrado, porque las dos llevábamos casi un año entendiéndonos así, entre llamadas y mensajes y videollamadas, con el océano y media zona horaria entre las dos.
—Cuéntame qué haces —le pedí.
—Escucharte.
—Cuéntame qué hace tu mano.
Hubo un silencio. Después su voz, más baja todavía.
—Está debajo de la sábana.
—¿Y dónde más?
—En mi muslo. Subiendo.
—Sube despacio, Vera. No tengas prisa.
La oí tragar saliva. Cerré la laptop. Me reacomodé en el sofá, me solté el botón del pantalón. La música seguía sonando lejos, una balada que no terminaba de reconocer. Me puse el móvil en altavoz, lo apoyé sobre un cojín y lo dejé ahí, cerca de mi cara.
—Imagínate que estoy contigo —le dije—. Imagínate que las manos que sientes son las mías.
—Las siento.
—Estamos en mi cama. Las sábanas están frías. Te recuesto encima.
—Sigue.
Era un juego viejo y conocido. Lo habíamos jugado tantas veces que ya no necesitábamos guion. Le describí cómo le pasaba la lengua por el cuello, cómo le mordía suavemente el lóbulo de la oreja, cómo le bajaba el camisón hasta que los pezones le quedaban al aire por el contraste con la habitación fría. Le describí cómo le rozaba uno con el pulgar, en círculos lentos, sin tocárselo del todo. Cómo el otro lo atrapaba entre los dientes con cuidado, sin morder, solo presionando.
Vera gimió bajito. Un gemido apenas, tragado a medias.
—Más fuerte —me pidió.
—¿El gemido o lo que te hago?
—Lo que me haces.
—No. Despacio. Quiero que te derritas, no que te apures.
Le describí cómo bajaba la cabeza por su esternón, cómo dejaba un rastro húmedo entre sus pechos, cómo le besaba el ombligo demasiado tiempo. Cómo le subía las rodillas y le abría las piernas con las manos, sin tocarla, todavía no, solo mirándola. Le pregunté si se daba cuenta de cuánto me gustaba mirarla así.
—Sí.
—Dilo.
—Te gusta mirarme así.
Su voz temblaba en los bordes. Yo ya tenía la mano debajo del elástico de las bragas, dibujando círculos lentos sobre mí misma. La fricción de mi propio dedo me arrancó un suspiro que ella oyó perfectamente.
—Quiero verte —dijo.
—Estoy contándotelo.
—Quiero verte.
—Cuelga y videollama.
Lo hizo en cinco segundos. La pantalla del móvil se iluminó con su foto, la de la playa de hace dos veranos. Acepté la videollamada y busqué con torpeza el soporte para apoyarlo en el reposabrazos.
***
Apareció Vera en la pantalla. Estaba sentada en la cama, descalza, con un conjunto de encaje negro que le había regalado yo en mi última visita. La piel morena recortándose contra la pared blanca. El pelo, rojo, demasiado largo para esa hora de la noche, le caía por los hombros y le cubría a medias un pecho. Tenía los ojos brillantes y la boca entreabierta.
—No es justo —le dije.
—¿Qué cosa?
—Que estés tan guapa estando sola.
Sonrió. Esa sonrisa torcida que ya me sabía de memoria. Se mordió el labio inferior, despacio, mirando a la cámara como si supiera exactamente lo que ese gesto me hacía. Lo sabía. Por eso lo hacía.
—Quítate eso —me pidió.
Me senté en la alfombra, frente al móvil. Me saqué la camiseta despacio. Me deshice del pantalón. Me quedé en bragas, apoyada hacia atrás sobre los codos, con las piernas un poco abiertas. Le di tiempo a mirar. A ella le gusta mirar antes que tocarse.
Ella, en cambio, ya se había recostado y se había abierto las piernas frente a la cámara. Había bajado el encaje hasta dejarlo a media altura del muslo. Mostraba todo. Era una invitación que ya conocíamos las dos, una manera suya de decir mira lo mojada que estoy por ti, sin tener que decirlo.
—Acércate más a la cámara —le pedí.
—Acércate tú primero.
Reímos las dos. Las dos a la vez, en una habitación oscura y otra a tres mil kilómetros. Era ridículo y era íntimo, y era nuestro.
Saqué la mano por encima del elástico de las bragas, le mostré los dedos para la cámara y volví a meterla. Ella vio cómo me los hundía. Yo vi cómo se llevaba ella misma los suyos a la boca antes de bajar al pubis. Era un ritual. Lo habíamos repetido tantas veces que ya cada gesto tenía un eco en el otro.
—Ponte algo —le dije.
Sabía a qué me refería. Sin contestar, alargó el brazo hacia el cajón y sacó el vibrador pequeño que se había comprado en febrero. Era discreto, color tierra, un cilindro corto que le cabía en la palma. Lo encendió. El zumbido bajo se mezcló con su respiración a través del altavoz del móvil.
—No te apures —le pedí.
—No.
Se lo pasó por encima de las bragas, primero. Empujándolo apenas contra el clítoris, sobre el encaje. Vi cómo cerraba los ojos. Vi cómo su pecho subía y bajaba más deprisa. La pierna izquierda se le tensó.
—Sin la ropa —le dije.
Se quitó el conjunto entero. Lo dejó caer al suelo fuera del encuadre. Volvió a recostarse y volvió a apoyarse el vibrador contra el pubis, esta vez sin barrera. Se le escapó un gemido que llegó tarde, distorsionado por la línea, pero llegó.
Yo me quité las bragas. Apoyé la espalda contra la base del sofá, abrí las piernas frente a la cámara y empecé a tocarme con los dos dedos del medio, en círculos firmes, sin disimular. Sabía que ella estaba mirando la pantalla. Sabía exactamente lo que veía: mi mano, mi humedad brillando bajo la luz cálida de la lámpara del salón.
—Estoy mojadísima —le dije.
—Lo veo.
—Quiero que me veas terminar.
—Yo también.
Empezamos a movernos a la vez, casi sin pensarlo. Ella con el vibrador metiéndoselo y sacándoselo despacio, los muslos brillando. Yo con dos dedos dentro y la palma frotándome el clítoris al ritmo. Las dos respirando contra el micrófono. Las dos sin apartar los ojos de la pantalla.
—Mírame —me pidió.
—Te miro.
—Más cerca.
Acerqué un poco la cámara. Ella hizo lo mismo. La pantalla quedó ocupada por su cara y la mía a la vez, en un cuadrito chico, una al lado de la otra. Ahí me di cuenta de que no había nada que extrañar más en mi vida que tenerla cerca de verdad. Que a pesar del juego, a pesar de lo bien que sabíamos hacerlo a distancia, seguíamos siendo dos cuerpos buscándose a través de un cristal.
—Estoy cerca —dijo.
—Yo también.
—Espérame.
Esperé. La esperé como se espera a alguien que va llegando, con la paciencia justa para no perderme yo. Bajé el ritmo de mis dedos. La oí. La respiración entrecortada, el zumbido del vibrador, ese ronquido suyo casi infantil que se le escapaba siempre antes del final.
Y entonces llegó. Soltó un grito corto, un suspiro largo, y vi cómo se le tensaba el cuerpo entero, el cuello echado hacia atrás, las manos apretándose contra el muslo. Vi cómo se le quedaba el vibrador encima, todavía vibrando, y cómo a ella le temblaban las piernas. Tardó un rato en abrir los ojos.
Yo me dejé ir entonces. Aceleré. Apreté con el dedo dos veces, tres, y se me cerró todo a la vez. Un vacío caliente y después la rendición. Cerré los ojos. Me quedé así, con la mano todavía entre las piernas, oyéndola respirar al otro lado.
—¿Sigues ahí? —pregunté después de un rato.
—Sigo.
—Eres preciosa.
—Tú más.
***
Nos quedamos en silencio un rato largo, mirándonos. Ella se incorporó, se puso una camiseta vieja que tenía cerca, se acomodó el pelo detrás de las orejas. Yo me cubrí con la manta del sofá.
—¿Cuándo nos vemos? —le pregunté.
—El veintidós.
—Falta mucho.
—Falta lo justo.
Se rio. Me reí yo también. Me preguntó cómo iba a terminar el relato del blog y le confesé que no tenía la menor idea, que llevaba un párrafo y medio toda la noche. Le dije que si quería podía darme una buena idea, con la ayuda de su cuerpo, la próxima vez que estuviéramos en la misma cama.
—Apunta —me dijo.
—Te escucho.
Y se puso a inventarme un final, despacio, mientras yo abría otra vez la laptop y empezaba a escribir.