Mi historia real con Valeria y su sonrisa eterna
Esa tarde me había preparado bien. No era algo que hiciera siempre, pero esa noche sabía exactamente lo que quería y con quién lo quería. Me duché con calma, me afeité con cuidado, me puse ropa cómoda. Luego me senté en el sofá a esperar, con el móvil boca abajo sobre la mesa y un vaso de agua que no llegué a tocar.
Valeria llegó con cuarenta minutos de retraso.
Llamó al telefonillo con dos pitidos cortos, como siempre, y subió por el ascensor. Cuando abrí la puerta, estaba en el umbral con la mochila al hombro y esa sonrisa suya que parecía no conocer la fatiga. Venía del gimnasio, dijo. Se le notaba en el pelo, todavía húmedo en las puntas. Tenía veintitrés años, era alta y fibrosa, con los brazos largos y los hombros anchos de alguien que entrena de verdad. El cabello castaño con reflejos cobrizos le caía suelto hasta la clavícula.
—Voy un momento al baño —anunció, y desapareció pasillo adelante sin esperar respuesta.
Me quedé en la entrada. Escuché el pestillo, el ruido del agua, el silencio. Me senté en el borde del sofá y esperé.
Cuando salió, llevaba puesta una camisa blanca de hombre. Abotonada solo hasta la mitad del pecho, con las mangas enrolladas hasta los codos. La tela era fina, casi traslúcida, y a través de ella se intuía la silueta de sus pechos pequeños y firmes, con los pezones marcados contra el algodón. Bajo la camisa no llevaba nada más: las piernas desnudas hasta el suelo, y en la entrepierna un vello oscuro recortado con precisión, formando un triángulo estrecho y simétrico.
Se detuvo en el centro del salón. Metió la mano en el bolsillo delantero de la mochila, sacó un caramelo de palo rojo y se lo puso en la boca con toda la naturalidad del mundo. Lo giró despacio entre los labios. Me miró. La comisura derecha se levantó un par de milímetros más.
No dije nada.
No hacía falta decir nada.
***
Valeria tenía esa cualidad rara de las personas que disfrutan genuinamente de las cosas difíciles. No por masoquismo ni por necesidad de aprobación: simplemente le gustaba el desafío. Cuanto más complicada era la tarea, más se crecía en ella. Cuanto más se crecía, más amplia se hacía esa sonrisa suya que yo nunca terminé de descifrar del todo.
Le quité el caramelo de los labios y lo dejé sobre la mesita. Le puse las manos sobre los hombros, con calma, sin brusquedad. Ella comprendió el gesto sin que yo dijera nada y fue bajando: primero la rodilla derecha, luego la izquierda, hasta quedar arrodillada en el suelo frente a mí. Apoyó las manos sobre los muslos, con la espalda recta. Me miró desde abajo. Seguía sonriendo.
Me desabroché el pantalón despacio.
Lo que siguió fue deliberado. No tenía prisa. Nunca la tenía con ella, porque con Valeria las prisas sobraban. La tomé con la mano y le pasé el miembro por la mejilla derecha, sin que ella abriera la boca todavía. Le rocé los labios, subí hasta la nariz, que ella arrugó levemente antes de aspirar. Bajé por la otra mejilla, le rocé la barbilla, el cuello. Volví a subir. Ella permaneció completamente quieta durante todo ese tiempo, con los ojos cerrados y las palmas sobre los muslos, sin intentar cogerlo, sin moverse.
Cuando abrió los ojos y los levantó hacia los míos, seguía con esa misma expresión.
—¿Puedo? —preguntó.
—Cuando quieras —dije.
Valeria no tenía una boca grande. Era pequeña, con los labios finos que se tensaban considerablemente con ese esfuerzo. Lo sabía desde la primera vez que estuvimos juntos, y lejos de desanimarla, parecía ser precisamente lo que la motivaba. Empezó despacio, con los labios primero, luego con la lengua, explorando sin apresurarse. Había algo casi metódico en su forma de hacerlo: un orden implícito, una atención al detalle que yo no esperaba la primera vez y que después aprendí a anticipar.
El sonido que hacía era constante. Húmedo. El sonido de alguien que trabaja de verdad.
Yo no movía las caderas. No hacía falta. Ella llevaba el ritmo, ella marcaba la cadencia, y yo había aprendido a confiar en ese instinto suyo que nunca fallaba. Me quedaba quieto y dejaba que trabajara.
Intentaba llegar hasta el fondo. No podía, y los dos lo sabíamos, pero lo intentaba de todas formas. Sus dientes me rozaban a veces, inevitablemente, y ella hacía entonces una pequeña mueca de disculpa sin dejar de continuar. Cuando el impulso de arquearse le llegaba desde el estómago —ese reflejo involuntario que ella luchaba por controlar—, apretaba los labios y seguía adelante.
La cogí del pelo con una mano, con firmeza pero sin tirar con fuerza. Con la otra le puse los brazos a la espalda, a la altura de las muñecas.
—Así —dije.
Asintió lo poco que podía asentir en esa postura.
Con las manos inmovilizadas, sin poder ayudarse, el esfuerzo se multiplicaba. Solo tenía la boca, el cuello, la fuerza de los propios labios. La dejé trabajar durante un tiempo que no medí. Cuando la cara se le puso roja y los ojos se le empezaron a humedecer, la solté. Se echó ligeramente hacia atrás, tosió una sola vez, se pasó el dorso de la mano por la comisura.
Levantó los ojos hacia mí.
Sonriendo.
—¿Seguimos? —dijo, con la voz ronca.
—Seguimos —respondí.
***
La tumbé boca arriba sobre la cama. Ella se dejó caer con esa facilidad suya, sin preguntar, acomodando la cabeza sobre la almohada y dejando los brazos abiertos a los lados como alguien que no tiene ninguna prisa. Me coloqué a horcajadas sobre su pecho, mirando hacia sus piernas.
Desde esa posición tenía frente a mí su vientre plano y tenso, el ombligo hundido en el centro. Más abajo, el vello oscuro bien recortado y los labios vaginales entreabiertos y brillantes. Estaba excitada; era evidente sin necesidad de comprobarlo. Pero esa noche yo tenía planes distintos.
Me incliné hacia atrás.
Valeria levantó la cabeza sin que yo tuviera que pedírselo. Cerró los ojos. Y empezó.
Tenía una habilidad con la lengua que yo nunca he terminado de entender del todo, aunque tampoco he sentido la necesidad de analizarla. Hacía pequeños círculos primero, luego movimientos largos y lentos, luego volvía a los círculos. Suave cuando debía ser suave. Firme cuando convenía. Sin prisa y sin pausa, con esa misma concentración tranquila que ponía en todo.
A veces soltaba un suspiro breve, casi imperceptible, como si el esfuerzo le resultara satisfactorio en sí mismo. Me pregunté, no por primera vez, qué estaría pensando en esos momentos. Si pensaba en algo. Si disfrutaba de verdad o simplemente disfrutaba de hacerlo bien, que no es lo mismo pero que en ella podría serlo perfectamente. Con Valeria era difícil saber dónde terminaba una cosa y empezaba la otra.
Me quedé así un buen rato, apoyado sobre las manos, escuchando el silencio de la habitación y los pequeños sonidos que ella hacía. La única luz encendida era la de la mesita. A través de la ventana llegaba el ruido lejano del tráfico, casi inaudible. Con Valeria, el tiempo funcionaba de manera diferente. No aceleraba, no se detenía. Simplemente pasaba, sin que yo tuviera la sensación de estar esperando nada.
Cuando decidí que había sido suficiente, me giré.
Valeria tenía la boca húmeda y los ojos brillantes y una expresión de concentración que tardó unos segundos en relajarse.
Luego sonrió.
—¿Bien? —preguntó.
—Muy bien —dije.
Se limpió la boca con calma y se apoyó sobre los codos para mirarme.
***
Terminé de pie junto a la cama, con su cara levantada hacia mí. Le sujeté la barbilla con suavidad, solo para fijar la posición, y ella me lo permitió sin moverse. Sus ojos estaban fijos en los míos. Lo que siguió fue breve e intenso, y Valeria no apartó la mirada en ningún momento.
Cuando terminé, se quedó quieta un instante.
Se pasó la lengua por los labios, despacio, como evaluando. Luego reunió todo lo que tenía en la boca, inclinó la cabeza ligeramente y lo escupió con deliberación sobre la palma de su mano abierta. Lo contempló un segundo. Me miró. Y, con una carcajada breve y completamente genuina, se lo restregó por la mejilla izquierda con la palma, de arriba abajo, varias veces, hasta que la piel quedó brillante.
—Valeria —dije.
No era una queja. Ni siquiera era una pregunta. Solo su nombre.
—¿Qué? —respondió, sin dejar de reírse, todavía con restos en la cara—. Me parece gracioso.
Me encogí de hombros. Era Valeria. Ciertas cosas simplemente eran así con ella, y uno aprendía a no cuestionarlas.
Se tumbó de espaldas sobre la cama y se rio sola durante unos segundos más, mirando al techo. Sus pechos pequeños se movían ligeramente al compás de la risa. Ella ni lo notó. O si lo notó, no le dio ninguna importancia.
Así era ella.
***
Cuando fue al baño a limpiarse, me senté en el borde de la cama y no me moví. La oí abrir el grifo, cerrarlo, abrirlo otra vez. La oí reírse sola, una vez, por algún motivo que yo nunca llegué a conocer. Tardó lo que tardó.
Cuando salió, llevaba la camisa abrochada hasta el cuello y el pelo recogido en un moño rápido. Cogió el caramelo de palo de la mesita, comprobó que seguía limpio y se lo metió en la boca. Recogió la mochila del suelo.
—Me voy —dijo—. Mañana madrugo.
—De acuerdo.
Se acercó y me dio un beso rápido en la mejilla, seco y sin ceremonia. Luego se fue pasillo adelante sin mirar atrás. Escuché sus pasos, la puerta del piso cerrarse, el silencio instalándose despacio en el apartamento.
Me quedé sentado en el borde de la cama durante un rato que tampoco medí.
Hubo otras noches después de esa. Muchas. Y en todas ellas llegó con la mochila, desapareció en el baño, salió con ropa prestada o sin ella, y terminó de la misma manera: con ese beso seco antes de irse. Nunca me preguntó qué quería. Nunca me preguntó nada que no fuera «¿seguimos?», y yo nunca le ofrecí nada que no fuera eso.
Valeria era una persona difícil de clasificar. No fría, pero tampoco cálida. No indiferente, pero tampoco especialmente interesada en nada que no estuviera pasando justo en ese momento. Tenía esa sonrisa perpetua que no era una máscara porque no escondía nada, y hacía las cosas que hacía con una dedicación tranquila que yo nunca supe si era entusiasmo genuino o simplemente su forma natural de estar en el mundo.
Supongo que nunca lo sabré.
Y supongo que tampoco lo intenté con demasiado ahínco.
Era Valeria: llegaba sonriendo, hacía lo que hacía mejor que nadie, y se iba de la misma manera. Sin dramas. Sin expectativas. Sin nada que no fuera esa presencia suya ligera y esa sonrisa que, de alguna manera, seguía siendo lo más honesto de todo.