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Relatos Ardientes

Cómo terminé haciendo un favor al empleado de mi padre

4.6 (13)

Mi padre lleva treinta años en el mundo del transporte y tiene dos superpoderes: sabe cuándo un motor está fallando antes de que encienda el testigo, y sabe cuándo un hombre necesita desahogarse. Lo segundo lo aprendí esa tarde en que Dembé tocó mi timbre.

Dembé llevaba tres meses trabajando en el almacén de Rodrigo. Había llegado de Senegal con poco más que una mochila y unas ganas de trabajar que mi padre describía como «de otro mundo». Era grande, callado y serio, de esos que dicen lo justo y hacen el doble. Lo había visto en alguna foto del despacho, pero apenas lo conocía.

Lo que no sabía es que esa tarde mi padre lo había mandado directamente a mi puerta.

***

Según me contó él después, con esa cara de no haber roto un plato en su vida, la escena fue así: estaban almorzando en el almacén cuando Rodrigo se fijó en que Dembé llevaba toda la mañana incómodo, recolocándose el cinturón y mirando el suelo con una tensión que saltaba a la vista. Mi padre tiene olfato para estas cosas.

—Llevas días con cara de bomba a punto de estallar —le dijo—. ¿Cuánto tiempo llevas sin soltar lastre?

Dembé respondió que muchas semanas. Que mandaba todo el dinero a su familia y no podía permitirse gastar en «nada de eso».

Mi padre, con la naturalidad de quien da indicaciones para llegar a una gasolinera, le dijo que se pasara por casa de su hija Claudia esa tarde, que le dijera que iba de su parte, y que le pidiera que lo «atendiera».

—¿Su hija? —preguntó Dembé, escandalizado—. Ella estar casada, jefe.

—Que te calles y escuches —le cortó mi padre—. Mi hija es muy suya, pero tiene el corazón blando. Tú ve con respeto, cuéntale tu situación y seguro que te ayuda. Es servicio comunitario.

Cuando me lo contó Dembé esa misma tarde, con toda la vergüenza del mundo dibujada en la cara, no supe si ponerme a reír o a gritar.

***

Eran casi las siete cuando tocó el timbre. Lucas no volvería hasta las nueve. Mi hija estaba con su abuela. Abrí la puerta y lo vi: casi dos metros de hombre llenando el marco, con el uniforme de trabajo algo polvoriento y la gorra entre las manos enormes. Unos ojos oscuros y limpios que pedían perdón antes de abrir la boca.

—¿Ha pasado algo? ¿Mi padre...? —pregunté.

—No, no, señora Claudia. Su padre estar bien. Muy bien.

Solté el aire, aliviada. Pero algo en su postura, en cómo cerraba ligeramente las piernas como si quisiera contener algo, me mantuvo alerta.

—¿Entonces?

Lo que vino después fue una de las conversaciones más surrealistas de mi vida. Dembé, con una formalidad que rozaba lo cómico, me explicó su situación en ese español mezclado con silencios que usaba cuando buscaba las palabras. Que llevaba muchas semanas sin poder ir a «ningún sitio». Que el dinero no alcanzaba. Que mi padre le había dicho que si venía con respeto, yo podría ayudarlo a «limpiar el caño».

—¿Limpiar el caño —repetí.

—Sí, señora. Disculpe la expresión. Yo no querer ofender. Si usted no querer, yo marchar ahora mismo.

La indignación me subió por el cuello como una llama. ¿Cómo se atrevía mi padre? Mandar a su propio empleado a pedirme que le hiciera una mamada como si fuera un servicio de fontanería. Era exactamente la clase de gamberrada que Rodrigo llevaría semanas rumiando con una sonrisa de oreja a oreja.

Iba a cerrarle la puerta en las narices.

Pero entonces bajé la mirada, sin querer, hacia su pantalón de trabajo.

La lona estaba tensa. Muy tensa. Lo que se adivinaba allí dentro era considerable incluso en reposo, una cresta que se desviaba hacia un lado buscando espacio donde no lo había.

La indignación no se fue. Simplemente se mezcló con otra cosa.

—Espera —dije. La palabra salió sola, antes de que pudiera frenarla.

***

—Aquí hay condiciones —le informé, apoyándome en el marco con los brazos cruzados—. Vienes de trabajar y necesitas adecentarte antes de que me meta nada en la boca. ¿Entendido?

Dembé asintió con la gravedad de quien acepta los términos de un contrato importante.

—Sí, señora. Yo siempre lavar antes de usar.

—Al baño del fondo. Hay toallas en el mueble. Jabón de pastilla, el bueno. Y lávate bien. Especialmente ya sabes dónde.

—Entendido, señora.

Mientras él iba al baño, yo me quedé apoyada en la pared del salón preguntándome qué estaba haciendo. Lucas llegaría en dos horas. Tenía tiempo de sobra para arrepentirme y mandar a aquel hombre a su casa.

Oí correr el agua.

No me arrepentí. Me acerqué a la puerta del baño, que había dejado entornada, y la empujé con dos dedos.

Dembé estaba de espaldas. Se había quitado la camiseta y tenía una espalda enorme, con los músculos moviéndose bajo la piel oscura como cuerdas tensas. Los pantalones y la ropa interior estaban en el suelo, en los tobillos. Y ahí, entre sus manos llenas de espuma, estaba aquello por lo que mi padre lo había enviado.

Incluso flácido era impresionante. Grueso, oscuro, pesado, balanceándose con cada movimiento de sus caderas. Dembé lo lavaba con una meticulosidad casi devota, retirando el prepucio, limpiando con cuidado cada centímetro, asegurándose de que no quedara ni rastro.

—¿Puedo entrar? —pregunté. La voz me salió más ronca de lo que quería.

Se giró, sobresaltado. Al verme en el umbral, no se tapó. Se quedó quieto, expuesto, con las manos llenas de espuma blanca que contrastaba con la piel oscura.

—Señora, yo estar lavando. Para usted.

—Lo sé. Sigue.

Me senté en la tapa del inodoro y lo observé. Dembé, con las orejas brillando de vergüenza pero obediente, continuó. El agua tibia y la fricción del jabón hicieron lo suyo. Aquella pieza de carne fue despertando lentamente: se engrosó, se alargó, se levantó hasta desafiar la gravedad con una curva ligera hacia arriba.

—Las bolas también —dije.

Obedeció. Se enjabonó el escroto con una pierna apoyada en el borde del bidé, exponiéndose sin pudor. Tragué saliva.

—Acláratelo todo. Quiero que no quede ni rastro de jabón.

Usó el grifo de mano. El agua arrastró la espuma y dejó la piel reluciente, limpia, perfecta. Se secó con la toalla dando toques suaves, sin frotar. Cuando terminó, se giró hacia mí con la erección al aire y la toalla en la mano.

—Listo, señora.

***

Caminamos al salón de forma un poco absurda: él con los pantalones en los tobillos, dando pasos cortos y rígidos, sujetándose la erección con una mano para que no golpeara nada. En cualquier otra circunstancia me habría reído. En esa, tenía demasiado calor como para hacerlo.

Se sentó en el borde del sofá y abrió las piernas. Su erección era vertical, con una vena gruesa recorriendo todo el lateral de arriba abajo. Me quedé de pie frente a él unos segundos, mirando sin disimulo.

—Tu padre tenía razón en una cosa —dije, mientras me recogía el pelo en una coleta—. Esto necesitaría permiso de obras.

Dembé emitió un sonido suave, casi un gemido, cuando me vio recogerme el pelo.

Me arrodillé entre sus piernas. Al tenerlo a la altura de la cara, sentí un vértigo real. El glande era ancho, liso, oscuro como una ciruela. Había una gota de líquido brillando en la punta.

Acerqué la lengua y lamí.

Dembé soltó el aire de golpe, con la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados.

—Dios mío, señora… —murmuró—. Lengua de terciopelo.

Empecé despacio. Besos a lo largo del tronco, maravillándome de la dureza. Era como besar una viga de acero forrada en seda caliente. Mis manos rodearon la base y comprobé que los dedos no se tocaban: el grosor era absurdo.

Abrí la boca todo lo que pude y acerqué el glande a mis labios. La entrada fue laboriosa. El cabezón me estiró los labios hasta dejarlos tensos. Avancé poco a poco: un centímetro, dos, tres. Mi boca estaba completamente llena y apenas había cubierto la cabeza.

Trabajé con la lengua, masajeando la parte inferior y el frenillo, mientras hacía el vacío con las mejillas. Dembé respiraba por la nariz con un esfuerzo audible. Sus manos se posaron sobre mi cabeza, grandes y calientes, pero sin presionar.

—Permiso si levantar un poco caderas… —jadeó.

Asentí con los ojos. Levantó levemente la pelvis, buscando más profundidad. Hice un esfuerzo, lubrifiqué la garganta y bajé un poco más. Los ojos se me llenaron de lágrimas por el esfuerzo.

Dembé rugió. Un sonido bajo y gutural que me vibró en el pecho.

Me separé para respirar. La polla salió de mi boca con un sonido húmedo. Un hilo de saliva conectaba mis labios con su glande y la imagen era tan obscena que sentí un calor nuevo entre las piernas.

—¿Te gusta? —pregunté, jadeando, con la cara enrojecida.

—Gustar no. Adorar. Yo querer vivir aquí —confesó, mirándome con los ojos encendidos.

—Pues prepárate, que ahora voy a por las bolas —dije.

Bajé la cabeza y me centré en su escroto. Lamí y chupé cada testículo con cuidado, sintiéndolos moverse en mi boca. Dembé dio un salto en el sofá y abrió las piernas al máximo, exponiéndose por completo.

—Nunca mujer blanca hacer eso a Dembé… nunca… —balbuceaba—. Usted ser ángel.

Alterné: boca al glande, mano al tronco, otra mano al escroto. El ritmo fue acelerándose. Dembé sudaba; gotas de transpiración resbalaban por sus abdominales. Sus manos en mi cabeza se cerraban cada vez con más fuerza.

Entonces lo perdió. Las manos se hundieron en mi pelo y empezó a marcar él el ritmo, empujando con la pelvis hacia arriba mientras me obligaba a bajar. Aguanté dos embestidas antes de apartarme de un manotazo.

—Eh, para. —Tosí, recuperando el aliento—. El ritmo lo llevo yo. No soy un juguete.

Dembé me miró con los ojos nublados. Soltó el aire con un sonido de arrepentimiento y abrió las manos, dejándome libre.

—Perdón, señora. Yo no querer hacer daño.

—Lo sé. Pero hay reglas.

Volví. Esta vez usé la combinación completa: boca en el glande, una mano subiendo y bajando por el tronco con presión firme, la otra masajeando el escroto con suavidad. Una sinfonía que no le dejaba escapatoria. El chasquido húmedo de mi boca contra su piel era el único sonido en la habitación.

Sentía cómo se endurecía aún más dentro de mi boca, vibrando con cada succión. El sabor era intenso, salado, almizclado, y empezaba a gustarme más de lo que estaba dispuesta a admitir. Sus muslos, apretados contra mis brazos, eran como bloques de granito.

Dembé se arqueó. Todo su cuerpo se tensó como un arco.

—Señora Claudia… yo estar muy cerca. El tren llegar. No poder parar.

—No pares —ordené, engullendo la cabeza por última vez—. Dámelo todo. Que no se diga que en esta casa no somos hospitalarios.

—¡Hospitalarios! ¡Sí! —gritó él, una palabra absurda para el momento del clímax pero dicha con absoluta convicción.

El cuerpo de Dembé se tensó por completo. Sus caderas dieron un golpe seco hacia adelante, incontrolable. Yo aguanté.

El primer chorro me golpeó en el paladar como un disparo de agua a presión. Caliente, espeso, abundante. Mucho más de lo que había anticipado. Semanas de abstinencia acumuladas, todas juntas, liberándose en mi boca.

Intenté tragar. Tragué una vez, dos. El sabor era fuerte, amargo y salado. Pero era demasiado. Dembé seguía bombeando, espasmo tras espasmo, vaciándose con gruñidos de animal herido.

Mi boca se desbordó. El semen escapó por las comisuras de mis labios, bajó por mi barbilla, cayó sobre mi camiseta blanca.

—¡Perdón por manchar! —gritó él, entre jadeos—. ¡Pero qué rico, madre mía, qué rico!

***

Los espasmos cesaron. Dembé quedó desplomado en el sofá, respirando como si hubiera corrido diez kilómetros. Me separé lentamente y me limpié con el dorso de la mano.

Tenía la cara empapada. Lo miré desde abajo con una satisfacción extraña y un poco culpable.

Se levantó de golpe al verme así, con los pantalones todavía en los tobillos, casi tropezando consigo mismo.

—¡Ay, señora! ¡Mire cómo ponerla! ¡Yo limpiar, yo limpiar!

—Tranquilo. —Me reí—. Siéntate.

Fui a la cocina y volví con papel de cocina. Le tiré varios pliegues y usé los demás para limpiarme la cara y el cuello. Dembé se subió los pantalones con rapidez, como si quisiera borrar cualquier evidencia lo antes posible.

—Yo no saber cómo agradecer —dijo, poniéndose de pie, volviendo a ser el gigante tímido de antes—. Usted salvar vida de Dembé. Yo sentir ligero ahora. Como pluma.

—No me des las gracias. Digamos que hemos saldado cuentas.

Metió la mano en el bolsillo y sacó un billete de cinco euros arrugado.

—¿Esto ser suficiente para jabón y papel?

Me reí de verdad. Una carcajada larga y sincera. Le aparté la mano con ternura.

—Guárdate eso. Cómprate algo de cenar y vete antes de que llegue mi marido.

Guardó el billete con un alivio tan evidente que me dio ternura. Se dirigió a la puerta. Antes de salir, se giró.

—¿Señora?

—¿Qué?

—Si el mes que viene yo tener… problema de carga otra vez, y don Rodrigo decir que venga… ¿yo poder volver? Prometo lavar mejor todavía.

Me apoyé en el marco del salón. Todavía tenía el sabor de él en la lengua y una humedad persistente entre las piernas que necesitaría atención en cuanto cerrara la puerta.

Sonrí. Una sonrisa torcida, herencia directa de mi padre.

—Si vienes así de educado y así de limpio… ya veremos. Ya veremos.

Dembé sonrió, mostrando unos dientes blanquísimos, hizo una pequeña reverencia torpe y salió a la noche con un paso mucho más ligero, silbando bajito.

Cerré la puerta.

Fui directa al cuarto de baño a limpiarme. Después busqué el quitamanchas para el sofá y me puse a frotar la tapicería de rodillas, pensando en mi padre.

«Rodrigo, eres un sinvergüenza», pensé. «Pero qué razón tenías».

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4.6 (13)

Comentarios (8)

CronicasNocturnas

excelente!!! me engancho desde la primera oracion, no pude soltar el telefono

Josefina

Por favor que haya segunda parte, quede con muchas ganas de saber como siguio todo

FrankoV

El inicio ya te atrapa por completo, muy buen relato. Sigue subiendo cosas así!!

Nico_mdq

jaja me imagino la cara del empleado cuando abriste la puerta... debio ser para no olvidar

pipi

Uff que bueno, lo lei dos veces

RosaEterna

Me encantó el tono, se siente real y muy auténtico. De los mejores relatos de confesiones que leí aquí en mucho tiempo. Felicitaciones!

TomasLV99

Y el padre sospechó algo después?? esa es la pregunta jajaja

Claudia_DF

Me recordó a una situación similar que me pasó hace un tiempo jaja... esas cosas inesperadas que te cambian el día. Muy bien narrado

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