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Relatos Ardientes

La noche que dormí desnuda en la selva sin querer

3.2 (23)

Valeria llevaba tres días adentrada en la selva con una guía de aves, una lente macro y la convicción de que dos semanas lejos de todo era exactamente lo que su cuerpo pedía. En lugar de irse a un resort como hacían todos los años sus compañeros de trabajo, había contactado a un operador local en Iquitos y había aterrizado con una mochila de treinta litros y las botas todavía sin estrenar.

Era fotógrafa de naturaleza en sus horas libres. Su trabajo real era diseñar fichas técnicas para una consultora medioambiental, pero cuando salía al campo con la cámara, esa distinción dejaba de importar. La selva no hacía preguntas sobre currículums.

El guía la había dejado en un punto de observación al amanecer con instrucciones claras: seguir el sendero rojo cuatro kilómetros hasta el punto de reencuentro. Pero Valeria había visto un guacamayo cruzar en diagonal entre los helechos y lo había seguido, y luego había seguido un poco más, y cuando quiso dar con el sendero, ya no estaba segura de dónde lo había dejado.

A las diez de la mañana, con el sol volviendo el aire algo casi sólido, encontró el lago.

Era pequeño: un óvalo de agua quieta rodeado de ceibas y enredaderas, tan transparente que se veía el fondo pedregoso desde la orilla. El calor era físico, concreto, una presión constante sobre la espalda y los hombros. Valeria se quitó las botas, luego los calcetines, luego dudó un momento y se quitó todo lo demás. Dobló la ropa sobre la mochila, dejó las botas al lado y entró al agua.

El frío le golpeó el pecho con una brutalidad deliciosa. Exhaló fuerte. Nadó hacia el centro, de espaldas, con los ojos cerrados, sintiendo cómo el agua se deslizaba por sus costillas y sus muslos, por la curva de sus senos que emergían levemente sobre la superficie. No había nada urgente. No había nada que hacer excepto flotar.

Perdió la cuenta del tiempo.

Cuando salió, la orilla estaba vacía.

Donde había dejado la mochila y la ropa doblada quedaban solo las marcas en el barro húmedo. Huellas de sandalias, recientes. Valeria se giró hacia los árboles y vio, por un instante, una figura joven que desaparecía entre la vegetación. Llevaba algo colgado del hombro.

Gritó. La selva le devolvió el eco y siguió con su ruido de fondo, indiferente. Corrió unos metros descalza y lo perdió en la espesura.

El inventario fue breve y demoledor: sin ropa, sin botas, sin cámara, sin teléfono, sin agua, sin comida. Sola. Desnuda. En algún punto del Amazonas sin saber exactamente cuál.

Empezó a caminar.

No tenía otra opción. El suelo era irregular, con raíces que le cortaban los pies y hojas bajas que le arañaban los muslos y el vientre. Intentó orientarse por el sol. Intentó recordar si el sendero rojo estaba al norte o al este del lago. Intentó no pensar en las serpientes.

La sensación era extraña. No solo miedo. Había algo más: una especie de hiperalerta que activaba todo lo demás. Cada brisa era un dato, cada variación en la luz le decía algo sobre la densidad de la vegetación. Su cuerpo desnudo registraba información que la ropa normalmente filtraba. La temperatura exacta del aire. La dirección del viento. La humedad del suelo bajo sus pies descalzos.

Era incómodo y, al mismo tiempo, extrañamente claro.

La noche llegó antes de que encontrara el sendero.

Se refugió al pie de un árbol grande, sentada con las rodillas contra el pecho. El frío bajó rápido cuando el sol desapareció, mucho más de lo que esperaba. Valeria se frotó los brazos y los muslos con las palmas, generando calor donde podía. Las manos subían por los hombros, bajaban por el costado, cruzaban el abdomen.

Se detuvieron sobre sus senos.

No fue una decisión consciente. Fue el frío, el cansancio, el miedo y algo más antiguo y menos racional: la necesidad de verificar que su cuerpo existía, que era suyo, que seguía ahí. Sus pulgares rozaron los pezones, endurecidos por la temperatura, y una oleada de calor bajó desde su pecho hasta el vientre, inesperada y concreta.

Pensó en los ojos oscuros que la habían observado desde los helechos del lago.

Una de sus manos descendió despacio por su abdomen hasta el espacio entre sus muslos. La encontró cálida. La exploró sin urgencia, como si tuviera todo el tiempo del mundo. En la oscuridad completa de la selva, sin nadie, sin nada más, ese contacto tenía un peso diferente. No era buscar placer. Era algo más parecido a reconocerse.

Sus dedos encontraron el centro del calor y comenzaron a moverse en círculos lentos. La imagen de los ojos entre los helechos volvió con más fuerza. No le producía miedo. Le producía otra cosa.

El orgasmo llegó sin anuncio. Una contracción lenta y profunda que la dejó con la frente apoyada en las rodillas, jadeando en silencio, con el corazón acelerado en la oscuridad.

Después durmió.

***

A la mañana siguiente, la encontró el ruido de un motor.

Corrió hacia él sin pensar en nada más, por un camino de tierra que apareció entre los árboles. Un jeep viejo, un hombre de unos sesenta años con sombrero de paja que la miró sin sorpresa excesiva, como si estuviera acostumbrado a cosas improbables.

—¿Necesita ayuda? —preguntó, con la vista cuidadosamente dirigida a su cara.

—Me robaron la mochila —dijo Valeria. Su voz era más firme de lo que esperaba.

El hombre se llamaba Fermín. La llevó a su aldea sin hacer más preguntas. Su esposa, Rosalba, le dio una falda de algodón y una blusa suelta que le quedaban grandes pero que Valeria recibió como si fueran la ropa más cómoda del mundo. La comida era un guiso de yuca y pescado, sabroso y reconfortante.

Pensó en irse al día siguiente. Luego al otro. Llamó al operador turístico desde el teléfono de Fermín y le dijo que necesitaba más tiempo para llegar al punto de recogida. El operador protestó. Ella colgó.

***

La vida en la aldea tenía una lógica diferente: huerta, pesca, reparación de redes, comidas a horas fijas. Valeria aprendió a distinguir qué plantas servían para qué, a limpiar un pescado sin arruinar la carne, a cargar agua desde el río sin que se le volcara el recipiente. Los niños la seguían por el barro y se reían de su pelo claro. Los adultos la aceptaban con la misma ecuanimidad con que aceptaban la lluvia.

Los hombres la miraban. Sin disimulo, sin malicia. La miraban porque estaba ahí y era mujer y era diferente. Valeria lo notaba y no le molestaba. Era una mirada sin capas.

Los días se convirtieron en una semana. Valeria dejó de contar. Se acostumbró al ritmo del sol, a levantarse con la luz y dormir en cuanto anochecía, a sentir el suelo todavía húmedo bajo los pies al salir de la cabaña cada mañana. Algo en ella que solía estar tenso comenzó a aflojarse.

Una tarde, Fermín le preguntó si quería ir a una fiesta en la aldea vecina.

Aceptó.

***

La fiesta de la cosecha era ruido y música de cuerdas y percusión, comida sobre manteles de plástico y una bebida de maíz fermentado que sabía a algo entre chicha y vino dulce y que pegaba con calma y contundencia. Valeria bailó con Rosalba, con un hombre que podría haber sido su abuelo, con dos chicas más jóvenes que ella que le enseñaron un paso que no entendió del todo pero que siguió de todos modos.

Lo vio en un rincón, apartado de la multitud.

Era el mismo. Joven, los mismos ojos oscuros que la habían observado desde los helechos del lago. Llevaba poco más que un taparrabos y una pluma larga en el pelo. La miraba sin moverse, con una calma que no era timidez sino otra cosa: algo parecido a la certeza.

Valeria cruzó la distancia entre los dos despacio, sin saber exactamente qué iba a decir.

—Me robaste la mochila —dijo, en voz baja. Bastante baja para que fuera solo para él.

Él no respondió de inmediato. Sus ojos bajaron a su boca y volvieron a los de ella.

—Quería verte —dijo. Su español era mínimo pero preciso.

—Ya me viste.

—Sí.

Valeria sostuvo su mirada.

—¿Y qué ves ahora? —preguntó.

Él levantó la mano y la puso en su mejilla con una delicadeza inesperada. La palma era áspera y cálida. Valeria no la apartó. Sintió el contacto bajarle por el cuello, los hombros, el pecho, como si el calor de esa mano viajara por debajo de la piel.

—Veo una mujer de la selva —dijo él.

No era un cumplido de bar. Era una observación.

Valeria cerró los ojos un instante. Después se acercó y lo besó ella primero. Él respondió despacio, aprendiendo la forma exacta de su boca antes de ir más lejos. No fue urgente. Fue explorador. Valeria puso una mano plana sobre su pecho y notó el calor de su piel, el latido regular por debajo de la superficie.

Él la tomó de la mano y la sacó de la fiesta por un sendero que ella no habría encontrado sola. La llevó a un claro donde la luna entraba entera, sin filtros de vegetación. El suelo estaba cubierto de musgo húmedo y suave.

Él se soltó el taparrabos.

Valeria se quitó la blusa de Rosalba y la falda de algodón.

Se miraron un momento en silencio, los dos de pie bajo la luna, sin prisa. El cuerpo de él era delgado y fuerte, con cicatrices que ella no supo leer. El suyo tenía los arañazos de la noche sola en la selva, los pies todavía ásperos de caminar descalza sobre raíces. Ninguno de los dos hizo nada por taparse.

Él la acostó sobre el musgo con cuidado y recorrió su cuerpo con la boca: el cuello, la clavícula, los senos, el vientre, más abajo. Valeria cerró los ojos. La selva olía a tierra húmeda y a algo dulce que no tenía nombre en su idioma. Su piel recibía cada contacto con una atención que no había sentido antes, como si todo lo que había pasado en los últimos días la hubiera abierto a algo que normalmente llevaba bloqueado.

Cuando entró en ella fue sin urgencia. El ritmo era lento y constante, y Valeria subió las caderas para encontrarlo a mitad de camino, ajustando su movimiento al de él, respondiendo y recibiendo sin que hubiera jerarquía entre las dos cosas. El orgasmo llegó extendido y profundo, sin el sobresalto del de la noche anterior sino como una apertura lenta, una resolución.

Permaneció tumbada después, con la cabeza apoyada en el musgo y los ojos abiertos hacia las estrellas que se veían entre las copas de los árboles. Él estaba al lado, con una mano sobre su abdomen, respirando despacio.

No había nada que decir.

***

A la mañana siguiente él la acompañó de vuelta a la aldea sin decir mucho. Antes de irse, dejó delante de la puerta de Fermín un cuchillo pequeño de hoja curva y un trozo de tela tejida, azul y naranja.

No le devolvió la mochila.

Valeria recogió las cosas del suelo y las sostuvo un momento. Comprendió el mensaje sin necesitar traducción. Después entró a la cocina donde Rosalba estaba haciendo café y se sentó a la mesa en silencio.

Dos días más tarde, el operador la recogió en el camino de tierra. Venía con cara de alivio y una lista de preguntas preparadas. Valeria respondió las estrictamente necesarias y miró por la ventanilla durante el resto del trayecto.

La chica que había aterrizado en Iquitos con la guía de aves y las botas sin estrenar ya no existía de la misma manera. Lo que la había reemplazado era más difícil de nombrar pero más fácil de reconocer desde adentro: alguien que había perdido cosas importantes y había descubierto que podía prescindir de ellas. Alguien que había estado completamente sola, completamente expuesta, y no se había deshecho.

La selva no le había dado nada que no llevara ya dentro. Pero le había quitado suficiente como para que pudiera verlo por fin.

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3.2 (23)

Comentarios (9)

Tomás_BA

increible!!! me tuvo pegado hasta el final, muy bien narrado

NocheClara

Que situacion tan tensa... te engancha desde el principio y no te suelta. Muy bueno

AnaSol72

Por favor seguí con esto! Quede con ganas de saber todo lo que paso esa noche

CaminanteLibre

Me recordó una acampada que hice de joven, aunque en circunstancias muy distintas jaja. Tremendo relato, bien escrito

lectora_libre

Excelente, muy bien escrito y con un ritmo que no te deja parar. Sigue publicando!

CarlosCali

La descripcion del ambiente esta muy lograda, se siente la tension. Bravo

Nocturna44

jaja yo me habria muerto del susto en esa situacion! tremenda. Mas asi por favor

Rokdr

Buenas, muy bueno. Seguí publicando que esto se disfruta. Saludos desde Colombia!

SoloCamping22

Espera, como recuperaste todo al final? Me quede con esa pregunta dando vueltas jeje

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