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Relatos Ardientes

Me obsesioné con el padre de mi mejor amiga

Durante todo el trayecto mi mente se hundió en un caos de delirios y reproches. «Siempre estuvo fuera de tu alcance, idiota. ¿Qué pretendías? ¿De verdad creíste que te esperaría impoluto hasta que cumplieras los veinte? ¿Que entre tu rareza y tus carencias encontraría algo capaz de borrar la diferencia de edad y el detalle insignificante de que es nada menos que el padre de tu mejor amiga?»

Caminé miles de pasos por calles húmedas y peligrosas, miles de pasos en los que cuestioné cada decisión que me había llevado hasta ahí. Una vocecita prudente me susurraba que volviera a casa con el rabo entre las patas y la poca dignidad que me quedaba, antes de que alguien me hiciera daño. Mis pies adoloridos, en cambio, seguían avanzando casi por cuenta propia.

El roce del borde de los zapatos había agujereado mis medias y empezaba a desollarme los talones. Cada paso era una pequeña penitencia, pero no me detenía. Iba enceguecida por la idea de verlo una última vez, con el corazón rebosado de unos celos asquerosos que me lo dibujaban entre los brazos de cualquier mujer madura, en escenas que mi cabeza demasiado joven se empeñaba en imaginar con un detalle enfermizo: la veía a ella arrodillada frente a él, con la boca abierta, la polla del señor Linares hundiéndose entre sus labios pintados; lo escuchaba gruñir bajito mientras le agarraba la nuca; la imaginaba levantándose para ofrecerle sus tetas maduras, para que él se las mordiera, para que le manoseara el culo con esas manos grandes que tantas veces había mirado a escondidas. Los celos me quemaban el estómago como si me hubiera tragado un carbón encendido. Yo, virgen todavía en todo lo que importaba, me había pasado meses fantaseando con esa misma polla, con esas mismas manos, y una cualquiera me lo estaba robando esa noche.

A la distancia escuchaba silbidos sospechosos, casi un código entre voces que no reconocía. Los callejones oscuros me invitaban con susurros a perderme dentro. Yo solo apretaba en el pecho la imagen de su rostro y seguía caminando.

El licor que le había robado a mi madre me espesaba las ideas. Cuando movía la mano frente a la cara, la veía dejar una estela detrás. Estaba peor de lo que quería admitir.

***

Llegué por fin a la caseta del condominio donde vivía el señor Linares. No tenía argumentos para que me dejaran pasar, pero en mi cabeza descolocada solo cabía una idea: confirmar de una vez si él sentía algo por mí o si todo había sido invento de una chica recién estrenada en los diecinueve.

El guardia me preguntó con la cara descompuesta a qué casa iba y por qué. Tartamudeé, me trabé y, cuando él volteó para llamar a la policía, aproveché para escabullirme entre las sombras.

Inconsciente del nivel de locura que estaba cometiendo, me quedé como una psicópata en la oscura distancia, evaluando cada metro del enrejado en busca de un punto débil. No había ninguno.

Desesperada, me arrastré hacia la esquina menos iluminada del muro. Un panel de madera para enredaderas se convirtió, sin pretenderlo, en mi escalera improvisada. Empecé a trepar con más torpeza de la habitual. Sentía el cuerpo pesado, agotado de cosquillas y temblores que me robaban toda la fuerza. Mi vestido se enganchaba una y otra vez en los listones, obligándome a dar tirones que me partían el alma.

Tardé una eternidad en alcanzar el borde superior. Allí me esperaba la peor parte: una cámara de seguridad apuntándome a la cara y la voz del guardia gritándome que bajara de inmediato. Comprendí que no llegaría al otro lado sin ser atrapada, así que cerré los ojos y salté.

Caí sobre lo que parecía un arbusto y rogué por que amortiguara el golpe. No fue así. En lugar de aterrizar de pie, terminé sentada sobre las ramas, hundida hasta la cintura. Las hojas se me engancharon al vestido. Las espinas, a la piel.

El guardia más grande corría hacia mí. No tuve tiempo de revisar si me había roto algo. Me levanté con un dolor punzante en el coxis y eché a correr mientras sentía hilos cálidos bajar por mis piernas y el vestido rasgarse en cada saliente. Los perros ladraron, las luces de movimiento se encendieron como si fuera el escenario de una mala película. Salté vallas, esquivé una piscina, me caí dos veces, me escondí entre los arbustos.

Cuando por fin llegué a su puerta, toqué el timbre una y otra vez, suplicando que abriera antes de que me sacaran a patadas.

***

El más alto de los guardas me alcanzó y me agarró del antebrazo con una fuerza que me convirtió en una rama seca. Empezó a tirar para arrastrarme y yo me resistía con las pocas fuerzas que me quedaban, trabando los pies contra los adoquines.

—¡Solo quiero verlo! ¡Déjenme verlo! —grité fuera de mí.

La puerta se abrió. Por un instante todas mis esperanzas revivieron. La luz cálida que escapaba del interior me dibujó una sonrisa en el rostro destrozado.

—Solo quiero verlo… solo quiero verlo —murmuraba como una oración rota.

Hasta que un puñal invisible me atravesó el pecho. En el umbral, en lugar del señor Linares, estaba una mujer madura, de curvas voluptuosas, envuelta en una bata de seda mal atada que dejaba ver el nacimiento de unas tetas gordas y morenas, con la expresión de alguien al que le acaban de arruinar la noche. Me bastó una mirada para saber que debajo de esa seda no llevaba nada, que el señor Linares llevaba horas manoseándola, que probablemente ya había tenido su polla adentro. Los celos me subieron hasta la garganta con sabor a licor rancio.

Miré el número de la casa, queriendo creer que me había equivocado. La dirección era correcta. «Es su casa, sí. Y no está solo.»

Dejé de luchar. Cuando los guardas me esposaron las manos a la espalda, la luz giratoria de una patrulla ya me esperaba en la entrada. Me imaginé esposada, llevada a la comisaría, despedazada después por mi madre.

El camino hacia el coche fue la marcha más humillante de mi vida. Vecinos en pijama me apuñalaban con la mirada y vomitaban sus conclusiones. No podía culparlos. Solo rogaba que me subieran rápido y me llevaran lejos.

***

Adentro de la patrulla, a través del vidrio empañado, alcancé a distinguir su figura. El señor Linares se abría paso a empujones entre la multitud para discutir con el oficial. Lo veía gesticular, alterado, mientras todos lo señalaban como responsable. En lugar de desentenderse, me defendió ante la marea de vecinos enfurecidos.

Un policía abrió de un tirón la puerta del vehículo y se inclinó hacia mí.

—¿Conoces a ese hombre? —dijo apuntándolo con el dedo.

Asentí, anonadada, con los ojos aguados.

—¿Venías a ver a su hija?

Volví a asentir, aunque esa no era ni de cerca la verdad.

—¿Sabes qué hora es? ¿Sabes el susto que les diste a todos?

Mis ojos solo se clavaron en el rostro decepcionado de él, a la distancia.

—¿Estás drogada o algo así?

Negué con la cabeza.

—Mírame y háblame. Si quieres salir de esta, empieza a usar la boca.

—No, señor, no lo estoy —dije, intentando disimular la lengua adormecida.

—¡Bájate! Él se hará cargo. ¡Lárgate antes de que me arrepienta!

***

Cuando me acerqué a él no me atreví a mirarlo a la cara, mucho menos a abrazarlo. A pesar de que moría por refugiarme en su pecho, llegué a su lado cabizbaja, más avergonzada que en cualquier otro momento de mi vida. Me agarró del cuello como a un cachorro castigado y me arrastró hacia su casa, abriéndose paso entre los curiosos y descargándoles miradas afiladas con sus ojos verdes.

Durante todo el trayecto hasta la entrada no soltó la mano de mi nuca, ni dijo una sola palabra. Y sin embargo, con solo esa mano grande apretándome la piel, sentí un tirón caliente entre las piernas que me humedeció las bragas más de lo que ya lo estaban. Odié mi propio cuerpo por reaccionar así en el peor momento de mi vida.

Cuando entramos, la mujer nos esperaba en el recibidor con la expresión más repulsiva que había visto en alguien. La bata se le había abierto un poco más y podía verle una teta casi entera, el pezón oscuro y grueso, endurecido de rabia o de lo que fuese que estaban haciendo antes de que yo llegara. El señor Linares cerró la puerta detrás de nosotros y me dejó en la sala con un seco:

—Siéntate. Ya vuelvo.

Se fueron a la cocina. Los oía discutir a media voz.

—¿Qué hace esa cría aquí? ¿Quién es?

—Es amiga de Renata.

—¿Amiga de tu hija? ¿Y qué carajo hace acá sola, a estas horas?

—No estoy seguro.

—Dile que se vaya. Llama a sus padres. Estamos ocupados.

—Marcela… el tema es complicado, ¿está bien? Déjame asegurarme de que esté bien.

—¿Que esté bien? ¡Mírala, por favor! Es un desastre. Está como borracha, como drogada.

—Shh. No grites. Lo sé. Por eso mismo… dejemos la noche hasta acá. Te lo compenso el próximo fin de semana, te lo juro.

—¿Te volviste loco? ¡Se suponía que esta noche por fin iba a pasar algo! ¡Llevo tres copas de vino esperando que me cojas como Dios manda, y ahora me dices que me vaya!

—Lo sé. Pero ¿qué quieres que haga? Es prácticamente como una hija para mí. No la puedo abandonar así.

—Entonces ¿por qué no dejaste que la policía se la llevara? ¿En serio le vas a dar prioridad antes que a mí, antes que a este coño que llevas meses queriéndote follar?

—Es una cría. Es la amiga de mi hija. Discúlpame.

—Como quieras. Eres un imbécil, que lo sepas.

Marcela atravesó la sala para recoger su bolso y me fulminó con una mirada de odio puro. El portazo casi tumbó el cuadro del pasillo.

***

El señor Linares apareció por fin en la sala. Se quedó observándome en silencio unos segundos, asimilando el desastre. Sus ojos verdes me hicieron temblar tan fuerte que los míos no se atrevieron a sostenerle la mirada.

—Vamos. Te llevo al hospital y después a tu casa —dijo mientras buscaba las llaves.

Yo no me moví. Me clavé en el sofá, petrificada.

—Mierda —lo escuché murmurar antes de salir de la sala.

Volvió con un botiquín en la mano. Se puso unos guantes y, sin mirarme a los ojos, soltó:

—Quítate las medias.

Obedecí temblando, intentando con todas mis fuerzas que no se asomara nada inadecuado. Bajé las medias enrolladas por los muslos con dedos torpes, consciente de que cada centímetro de piel desnuda que le mostraba me traicionaba, porque debajo del vestido roto mis muslos estaban pegajosos: no todo era sangre; una parte considerable era otra cosa, más espesa, más caliente, más vergonzosa. Él tomó mi pierna derecha y la levantó con un gesto profesional, frunciendo el ceño cada vez que descubría una nueva herida.

—Recuéstate boca arriba —dio dos golpecitos al sofá.

Acelerándome por dentro, obedecí. Se sentó a mis pies y empezó por las heridas frontales, casi todas debajo de las rodillas. Yo sostuve la falda apretada entre los muslos en una postura recatada y rígida. Él limpió cada raspón con minuciosidad y los cubrió con gasas y parches. Cada pasada del algodón mojado me hacía apretar los muslos con más fuerza, porque entre ellos el calor iba en aumento y sentía cómo mis bragas se empapaban de a poco, un charquito ridículo que crecía cada vez que sus dedos enguantados me rozaban la piel.

—¿Ahora sí me vas a decir qué diablos estabas pensando? —preguntó sin levantar la vista.

Balbuceé algo patético, buscando una excusa que mi cabeza nublada no encontraba. Lo único que encontraba era una imagen: la de él inclinándose entre mis rodillas y clavándome la cara en el coño, en lugar de estar limpiándome raspones.

—Date la vuelta.

Me giré con cuidado. En la parte de atrás había heridas más profundas, demasiado cerca del límite donde el muslo se encuentra con el glúteo. Sus manos comenzaron por las más bajas y fueron subiendo. Yo deseaba que la situación tuviera otra causa, una menos humillante, cualquier cosa que me permitiera disfrutar su tacto. Pero la culpa no me dejaba sentir nada que no fuera vergüenza. Vergüenza, y una excitación húmeda que me chorreaba entre las nalgas apretadas y me manchaba el pequeño triángulo de tela blanca hasta dejarlo casi transparente.

—¿Tienes más arriba? —preguntó cuando llegó al borde de lo permitido.

Tragué en seco.

—No… no estoy segura —mentí, a pesar del ardor punzante en el glúteo derecho.

—Tócate y dime si te duele.

Llevé la mano hacia atrás y me pasé los dedos por la nalga. Confirmé el dolor de inmediato, pero también confirmé otra cosa: mis bragas estaban empapadas, tan mojadas que si él las tocaba iba a darse cuenta al instante de qué me estaba pasando. La boca me siguió siendo cobarde.

—No… no lo sé.

—A ver, déjame revisar.

Casi me desmayé cuando sus manos levantaron la falda sin titubeos, dejando a la vista mi trasero apenas cubierto por unas bragas blancas e infantiles, demacradas por la caída y por el pequeño accidente que las delataba húmedas. Una brisa traicionera me erizó la piel. Sabía perfectamente lo que estaba viendo él en ese momento: dos nalgas jóvenes, redondas, todavía sin marcas de la vida adulta, coronadas por una mancha oscura de humedad que ninguna mentira podía justificar. La sangre y el sudor podían disimular muchas cosas, pero no eso.

—Sí, hija. Tienes una herida ahí —dijo con la naturalidad más estudiada del mundo. La voz le tembló apenas al final. Un temblor mínimo, pero yo lo escuché.

No fui capaz de contestar. Solo dejé que continuara mientras me hundía en una mezcla de excitación y vergüenza que jamás había sentido. Sentí el algodón frío pasarse por el borde superior de mi nalga, muy cerca de donde empezaba la raja. Cada roce me arrancaba un tirón entre las piernas, un pulso caliente que me hacía apretar el coño contra el sofá para intentar frenarlo. Peor: cada vez que apretaba, el mismo movimiento hacía deslizarse mis bragas empapadas contra el clítoris hinchado, y de mi boca escapaba un jadeo mínimo que ahogaba mordiendo el brazo del sillón.

—Caíste feo. Tienes un moretón horrible en la espalda baja. ¿En qué estabas pensando?

El roce de su mano empezó a sentirse desviadamente delicioso. No quería que se detuviera por nada del mundo, y al mismo tiempo me moría por que terminara. La cosa escaló cuando, para trabajar con más comodidad, corrió mis bragas y las dejó introducidas entre los glúteos a modo de sujeción improvisada. Casi me desmayé del impacto. Sentí el tirón de la tela mojada acomodándose en el surco entre las nalgas, el elástico rozándome el borde del ano, la humedad chorreando ahora sin barrera hacia el sofá. Sus dedos enguantados me acababan de rozar la piel más íntima que un hombre me había tocado en toda mi vida, y él lo había hecho como si nada, como quien acomoda una servilleta.

El rostro me ardía. El cuerpo me hervía a pesar de la noche fría. Los gemidos cada vez eran más difíciles de ahogar. Mis dientes se hundían en mi propio antebrazo hasta dejarme marcas, y entre las piernas se apretaban unas dilataciones desconocidas que latían al ritmo del corazón. Sentía mi coño abrirse y cerrarse solo, contrayéndose alrededor del vacío, pidiendo a gritos algo que lo llenara. Podía olerme yo misma: un olor dulzón, pesado, sexual, que llenaba todo el aire alrededor del sofá y que él, con la nariz tan cerca de mi culo, tenía que estar oliendo también. La sola idea me arrancó otro chorro caliente que me humedeció aún más los muslos.

Cuando el algodón frío pasó justo por el borde de la nalga, casi tocando el pliegue, sentí que me iba a correr ahí mismo, sin que nadie me tocara donde importaba. Me mordí el brazo con tanta fuerza que se me saltaron las lágrimas y contuve el jadeo en la garganta.

—¿Y qué carajo te metiste? ¿Qué bebiste? —su voz me pareció más ronca que antes.

—Un licor… de mi mamá.

—¿Y por qué hiciste tal cosa, pequeña?

—Lo siento, señor Linares. Solo… me puse muy triste con algo.

—¿Triste con algo? Eso no justifica lo irresponsable que fuiste. Caminar toda esa distancia, a estas horas, por lugares peligrosos, en este estado. ¿Qué te llevó a cometer semejante estupidez?

—Necesitaba verlo.

—¿Verme a mí? ¿Por qué? ¿Qué era tan urgente? ¿Sabes los problemas en los que te pudiste meter… los problemas en los que aún me puedes meter por tenerte aquí a solas conmigo? —había un dedo suyo, todavía enguantado, que se había quedado quieto sobre la parte alta de mi muslo, muy cerca del pliegue del culo. No se movía. Tampoco se retiraba.

—Lo siento. Lo siento de verdad. Fui una completa estúpida —las lágrimas empezaban a desbordarme.

—¿Qué era tan urgente? ¿Por qué tenías que verme a estas horas y en este estado?

El corazón me golpeaba contra las costillas. La voz tortuosa que vivía en mi cabeza me gritaba: «¡Díselo, idiota! ¡Díselo de una maldita vez!». El miedo me paralizó. El dedo seguía ahí, apoyado, quieto, y yo no sabía si era un accidente o si era la primera confesión de su parte.

—¿Qué te pasa, pequeña? Estás temblando. Me asustas. Háblame, por favor.

Me ayudó a sentarme en el sofá con una delicadeza que me partió en dos. Al girarme, la falda quedó atrapada un momento más arriba de la cadera y las bragas, todavía metidas entre los glúteos y empapadas, se dejaron ver por una fracción de segundo antes de que yo las acomodara con torpeza. Él fingió no mirar. Pero miró. Vi sus ojos verdes bajar apenas, un parpadeo, y volver a subir. Vi también algo en su pantalón, un bulto que antes juraría que no estaba, apretándole la tela por dentro del muslo.

Casi me desmayé confirmándolo. El señor Linares estaba duro. Estaba duro por mí, o por lo que acababa de tocarme, o por las dos cosas.

—Señor Linares… yo… yo… —cerré los ojos. Todo daba vueltas—. Yo siento cosas por usted, señor Linares.

Cuando las palabras salieron de mi boca aparté la cara, incapaz de mirarlo. Silencio. Largo, incómodo, letal. Y, sin embargo, sentí como si me hubiesen sacado un peso enorme del pecho.

—Pero… ¿te refieres a cosas en un contexto romántico? —preguntó por fin, intentando aferrarse a su rol de hombre adulto y sereno.

Le abrí los ojos aguados y asentí.

—Hija, nuestra cabeza es traicionera. A veces nos hace creer cosas que no son, sobre todo a tu edad. Tal vez solo estás confundida.

Negué con la cabeza, mientras las lágrimas se suicidaban por mis mejillas.

—Hija… no es posible.

Bajé la mirada al suelo, con la cara muerta. Quise responder un «lo sé», pero me faltó el aire. Mis ojos, sin querer, se detuvieron un instante en su entrepierna. El bulto seguía ahí. Grueso. Alargado. Marcado contra la tela del pantalón. Toda mi vida había fantaseado con eso, con la forma exacta de la polla del señor Linares, y ahí la tenía, hinchada por mí, a un metro de mi cara, y él me estaba diciendo que no era posible.

Apoyó su mano sobre la mía y las acomodó juntas sobre mi rodilla.

—No te pongas así. Allá afuera está lleno de chicos para ti. Solo sé paciente.

No podía con la decepción. No podía aceptar la realidad que tanto temía: aquella en la que cualquier cosa entre nosotros, por mínima que fuese, era imposible. Estallé en el llanto más desgarrador.

Sus manos fueron hasta mi nuca y me llevaron contra su pecho. Lo abracé con fuerza. Quería que fuera mío, costara lo que costara, y me dolía hasta los huesos confirmar que no podía serlo. Al abrazarlo con tanta fuerza, mi muslo se apretó contra el suyo y sentí, inconfundible, el latido caliente de su polla dura pegada a mi pierna. Contuve un jadeo. Él contuvo la respiración.

—Sht, sht, tranquila, hija. Está todo bien —me susurró con la voz quebrándose también—. Pero es como tienen que ser las cosas. Yo soy un viejo amargado, contaminado, muerto por dentro. Tú estás en la flor de tu vida. Te mereces algo igual.

Quise gritarle que la edad no me importaba, ni los problemas, ni lo que dijera la gente. Solo quería estar con él, con nadie más. Quería decirle que su polla contra mi muslo era lo más honesto que había pasado esa noche, que mis bragas seguían empapadas debajo del vestido y que era por él, por nadie más. Pero a mi boca, una vez más, le faltó la valentía.

Me guio para que nos recostáramos juntos sobre el sofá, sin romper el abrazo. Hundí la cara en su pecho y usé su brazo como almohada. Una de sus manos acariciaba con ternura mi espalda baja; la otra me daba palmaditas suaves. La mano de la espalda baja bajó, en algún momento, un centímetro más de lo estrictamente paternal. Se apoyó justo en el nacimiento de la nalga, sobre la tela del vestido, y ahí se quedó. Yo sentí el peso de esa mano como si me estuviera marcando a fuego.

—Lo amo, señor Linares —le dije entre sollozos, sin levantar la cara.

—Ay, mi pequeña… no sigas complicándote. Estás sufriendo demasiado por algo imposible.

El llanto volvió con todo.

—Por favor, hija, me vas a hacer llorar a mí también. No puedo verte sufrir así. Eres una chica maravillosa que se merece lo me… —lo interrumpí.

—¡Dígame! ¡Dígame que no estoy loca! ¡Dígame que siente algo por mí, aunque sea muy poquito! ¡Se lo suplico! ¡Estoy segura de haberlo sentido!

—Hija, yo…

—¡Dígame que no me ha abierto las puertas de su casa por lástima! ¡Dígame que no lo haría por cualquiera! ¡Dígame que en realidad sí siente algo, que solo teme lastimarme o meternos en problemas! ¡Pero dígamelo, por favor! ¡No puedo más con la incertidumbre! —al gritar apreté todo el cuerpo contra el suyo, y su polla dura volvió a marcarme el muslo, aún más hinchada que antes, palpitando contra mi piel. Los dos lo sentimos. Ninguno de los dos lo dijo.

Suspiró con fuerza. Y, por fin, soltó la respuesta que llevaba meses guardándose:

—No, hija.

Silencio sepulcral. Hasta los sollozos cesaron de la impresión.

—No te equivocas.

El oxígeno volvió a entrarme en los pulmones.

—Sí, también siento cosas por ti.

Lo apreté con las pocas fuerzas que me quedaban, agradecida con la vida por tenerlo, a pesar de los obstáculos que se levantaban entre los dos. Su mano en el nacimiento de mi nalga se apretó apenas, casi imperceptible, como un espasmo que se le escapó de las yemas de los dedos. Fue el gesto más elocuente de toda la noche.

—Pero, hija… es imposible.

Lo miré. Solo lo miré. Nada más me importaba.

—Hija… no me hagas esto, por favor —sus ojos se aguaron junto a los míos.

Empecé a acariciarle la mejilla sin despegar mis ojos de los suyos.

—Yo también la he pasado mal con esto.

Mi pulgar jugueteaba en la comisura de su boca.

—Es… es… es imposible, mi pequeña —la voz completamente rota.

Sonreí con los ojos llenos de lágrimas. Seguía muriéndome porque algo entre nosotros no fuera viable. Pero confirmar uno de mis anhelos más profundos, escucharlo por fin de su boca, sentir su polla dura latiéndome contra el muslo y su mano temblando sobre mi nalga, me había dado un motivo para seguir respirando.

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Comentarios(8)

CarmenBaires

que buenisimo relato!!! uno de los mejores que lei en mucho tiempo

Marcos_79

espero que haya segunda parte, quede con muchas ganas de saber como termino todo entre ellos

Valeria_ok

me recordo a una situacion parecida que viví de adolescente. ese tipo de cosas te marcan para siempre

lector_ba22

increible. de verdad.

Anabela_Ros

y tu amiga nunca se enteró? eso es lo que mas me pregunto despues de leerlo

Lucía_RdP

Que manera de escribir, se nota que es algo vivido de verdad. Los detalles del camino con los tacones me pusieron los pelos de punta. Muy bien narrado todo, espero leer mas relatos asi

ChicoSol88

uff, la obsesion con alguien prohibido es lo peor... y lo mejor jajaj

PabloRD

Buenisimo!! Me encanto la forma en que lo contaste, sin volverlo burdo. Segui escribiendo por favor!!

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