La nieta de mi cliente japonés y el onsen secreto
El aterrizaje en Haneda fue como salir a flote después de una larga inmersión. Venía de Estambul, con una escala interminable que me había dejado el cuerpo descompuesto y el reloj biológico hecho añicos. Por suerte, mi categoría de viajero frecuente —algo tenía que servir tanta hora acumulada en cabinas presurizadas— me dio acceso a la lounge de Turkish Airlines. Allí me duché, comí algo decente y vi en silencio las noticias internacionales. Hubo un momento en que pensé que el vuelo se cancelaría por la tensión geopolítica, pero al final despegamos con una calma extraña, casi sospechosa.
Como en Business apenas íbamos diez personas, salí entre los primeros. Crucé la terminal con la maleta Rimowa rodando suavemente sobre el suelo pulido del aeropuerto, ese piso brillante que solo encuentras en Japón. Lo único que quería era un taxi y una cama. La empresa me había reservado en el Hibiya Imperial, en pleno Ginza, para que no perdiera tiempo en traslados. Era el típico cuatro estrellas japonés: minimalista, silencioso, con esa atmósfera aséptica que después del caos de Estambul parecía un bálsamo.
Y entonces, justo en la puerta giratoria, me crucé con ella.
Era ese tipo de mujer japonesa que rompe los cálculos de cualquiera. Imposible saber si tenía veintidós o treinta y cinco años. Piel blanquísima, casi luminosa bajo las luces frías del lobby, y una estructura menuda que aun así sostenía unas curvas que parecían contradecir su propia geometría. Llevaba un vestido azul cobalto, de corte tradicional, ceñido en las caderas de una manera que volvía absurdo intentar mirar a otro lado. Nuestras miradas se cruzaron menos de un segundo. Sentí algo eléctrico, como si me hubieran rozado un nervio. Imposible volver a cruzármela en una ciudad de quince millones. Pagué el taxi con el móvil, entré en recepción y, cuando giré la cabeza para volver a mirar, ya no estaba. No le di más vueltas. Subí a la habitación, me preparé mi ritual de viaje —un whisky corto y media pastilla para dormir— y me derrumbé sobre la colcha medio vestido.
***
A la mañana siguiente, el zumbido del teléfono me arrancó del sueño. Era una voz femenina, dulce, con un acento japonés marcado pero un castellano impecable. Me explicó que Tanaka-san no podría recibirme hasta la noche. Tenía todo el día libre. Me duché con calma, busqué algo cómodo en la maleta y bajé al lobby sin demasiadas expectativas.
Y ahí estaba ella, otra vez.
Sentada en un sillón de la cafetería del hotel, esta vez con un traje de chaqueta gris marengo, impecablemente corporativo. En cuanto me vio, se levantó y caminó hacia mí con la naturalidad de quien ya me conocía. Resultó ser Yumiko, la nieta de Tanaka. Su abuelo la había enviado para que me sirviera de guía. A los diez minutos estábamos en una Toyota Alphard de cristales tintados, camino al Palacio Imperial.
Sentado a su lado en el asiento trasero, no podía evitarlo: la vista se me escapaba sin permiso. Tenía unas piernas larguísimas que cruzaba con una elegancia natural, sin coquetería. De repente reparé en un detalle que me aceleró el pulso: la falda se le había desplazado lo suficiente como para dejar a la vista el encaje superior de una media. Un pellizco de morbo puro. Aparté la vista por pudor, pero al levantar los ojos me topé con los suyos. Los dos enrojecimos al sabernos cazados y terminamos mirando por ventanas opuestas en un silencio cargado.
El resto del día fue una coreografía silenciosa de miradas furtivas. Yo me perdía en su escote o en sus muslos cuando ella miraba el móvil; ella me revisaba las manos, los hombros, y más de una vez se le escapó la vista a mi entrepierna. Visitamos Meiji Jingu entre cedros gigantescos, comimos en un sitio diminuto de Asakusa donde apenas cabíamos siete personas, cruzamos Shinjuku con su zumbido eléctrico de carteles. Pero el verdadero recorrido era esa tensión que crecía entre nosotros como un cable mal aislado.
***
Al caer la tarde, Yumiko me hizo una propuesta con ese tono neutro que en Japón sirve para decir cualquier cosa.
—Tomás-san, te vendría bien un baño. Conozco un onsen distinto. Es un konyoku.
Resultó ser un baño termal mixto, escondido en las afueras, lejos de las rutas turísticas. Llegamos por un sendero de piedras iluminado de manera tenue, con farolillos a la altura de las rodillas. Una empleada me guio en silencio a un cuarto. Me desnudé, me enjuagué bajo la ducha protocolaria y entré despacio en el agua humeante. Apoyé la nuca contra la roca, me puse la toallita en la frente y cerré los ojos. El vapor olía a minerales y a algo más antiguo, como a madera mojada por años.
Entonces oí el chapoteo.
Era Yumiko. Entró en el agua completamente desnuda y no fui capaz de fingir que no la miraba. Pechos medianos, firmes, con aureolas grandes y oscuras color caramelo. Su figura era una contradicción preciosa: cintura mínima, caderas amplias, hombros estrechos. Abajo, un vello púbico bien recortado enmarcaba unos labios menores carnosos que asomaban con una provocación involuntaria. Intenté cruzar las piernas para disimular, pero ya era tarde: bajo el agua, mi erección había llegado antes que mi vergüenza.
Yumiko no fingió que no lo veía. Se acercó flotando, me rodeó el cuello con los brazos y me besó. Fue un beso lento, sin urgencia, como si me hubiera estado esperando todo el día. Bajo el agua, su mano me rodeó. Cuando deslizó hacia atrás la piel y el agua caliente me bañó el glande mientras sus dedos jugueteaban más abajo, sentí que el cuerpo se me deshacía. Le abrí la boca y dejé que su lengua se moviera dentro de la mía. Estuvimos así no sé cuánto tiempo, yo recorriéndole los pezones con la punta del pulgar y bajando después por sus labios, ella masturbándome con una timidez que solo subía la temperatura del agua.
De repente se levantó. El agua le resbalaba por el cuerpo con una lentitud cinematográfica. De pie frente a mí, podía ver cada gota cayendo, cada pliegue de su sexo entreabierto, todo lo que había imaginado durante el día concentrado en un único instante. Me hizo un gesto con la cabeza y la seguí, envuelto apenas en una toalla, por unos pasillos de madera oscura hasta una habitación cálida iluminada solo por velas. En el centro, un futón.
***
Me tumbé y ella, sin decir nada, se acomodó entre mis piernas. Empezó besándome el abdomen, descendiendo poco a poco, hasta que sentí su aliento detenerse justo encima del pubis. Cuando abrió la boca y me engulló de un solo movimiento, todo lo demás dejó de existir.
Sus dedos se entrelazaron con los míos, presionándome las manos contra el futón. El contraste me volvía loco: el aire de la habitación estaba fresco, casi crudo, pero el interior de su boca era un refugio húmedo y ardiente. Yumiko no tenía prisa. Me succionaba con una técnica metódica, sin estridencias, usando la lengua para rodear la corona mientras sus ojos —oscurísimos a la luz de las velas— se clavaban en los míos desde abajo.
Esa mirada me desarmaba. Era una mezcla de calma japonesa y un hambre antigua que no terminaba de comprender.
—Yumiko… —susurré, arqueando la espalda.
Se detuvo un instante para lamer la base, despacio, y volvió a hundirme hasta el fondo de la garganta. Podía sentir cómo se estrechaba sobre mí. Solté sus manos y le hundí los dedos en el pelo negro, lacio, sedoso, guiándole apenas el ritmo mientras ella seguía marcando el suyo.
Después de unos minutos que me parecieron interminables, se incorporó despacio. Tenía la barbilla brillante y los labios hinchados, oscuros. Se subió encima, a gatas, con ese trasero perfecto a centímetros de mi cara. El aroma del onsen, mezclado con el de su piel limpia y excitada, lo envolvía todo.
Se sentó sobre mis muslos, dándome la espalda. Le veía la curva de la columna, tan fina que parecía tallada, y cómo sus labios menores rozaban mi piel cada vez que movía la cadera. Buscó mi mano y se la llevó directamente al sexo. Estaba empapada. Sus labios eran como terciopelo mojado, calientes, hinchados. Empecé a abrirlos con los dedos, buscando su clítoris pequeño y firme, mientras ella soltaba una respiración temblorosa.
—Ah… Tomás-san… —dijo en un hilo de voz, y ese honorífico me arrancó algo por dentro.
Se giró, quedando frente a frente, y se dejó caer sobre mí. Sentí cómo me buscaba, cómo la punta tropezaba con su humedad. Se elevó un instante y, con un movimiento lento y decidido, se empaló hasta el fondo.
La sensación fue eléctrica. Estaba tan estrecha que cada pliegue interno me abrazaba como un guante de seda. Yumiko cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás, dejando ver el cuello largo y blanco, y empezó a moverse en círculos, moliendo la pelvis contra la mía sin acelerar.
Mis manos bajaron por su cintura hasta apretarle las nalgas. El sonido de nuestros cuerpos chocando, ese chapoteo rítmico, se mezclaba con suspiros entrecortados en japonés que yo no comprendía pero entendía perfectamente. Empecé a embestir desde abajo, buscando el fondo, sintiendo cómo me apretaba en oleadas.
Se inclinó hacia adelante, aplastó los pechos contra los míos y me buscó la boca. El beso fue profundo, casi desesperado. Sus uñas se me clavaron en los hombros. Estaba a punto de desmoronarme.
—No pares —me pidió al oído.
La giré con cuidado y la dejé debajo de mí. Le subí las piernas hasta los hombros —esas piernas que me habían obsesionado durante todo el día en la furgoneta— y la penetré con fuerza. La vista era pornográfica: mi cuerpo entrando y saliendo del suyo mientras sus labios menores se estiraban y envolvían cada embestida.
El placer me nubló la vista. Sentí cómo se tensaba, cómo le temblaban las piernas y los ojos se le iban hacia atrás mientras alcanzaba el orgasmo. Sus paredes me apretaron con una fuerza inesperada y eso fue el detonante. Solté un gruñido sordo y me corrí dentro, sintiendo cada espasmo recorriéndonos los dos.
***
Me desplomé sobre el futón con los pulmones ardiendo. Estaba vacío, en esa nube pesada de dopamina. Pero Yumiko no había terminado conmigo. Se incorporó con una agilidad gatuna y, sin decir nada, se deslizó sobre mi cuerpo.
Sentí su lengua recorriéndome con una lentitud casi ceremonial. Me limpiaba, lamía cada gota de nuestro encuentro con una devoción que me hizo estremecer. Pero mientras su boca trabajaba abajo, su cuerpo maniobraba con una precisión asombrosa. Giró sobre sí misma, apoyando las manos en mis rodillas, y plantó su sexo directamente sobre mi cara.
El mensaje no necesitaba traducción. Me estaba ofreciendo todo, empapada y palpitante, y no esperaba que yo tomara la iniciativa. Bajó la cadera y me selló la boca con su humedad.
Lo que vino después fue un festín. Hundí la lengua en esa mezcla embriagadora de mí mismo, de ella, de saliva tibia que lo lubricaba todo. Sabía a Japón, al onsen, a piel prohibida. Yumiko empezó a mover la pelvis con un ritmo cada vez más cerrado, frotando su clítoris contra mis labios, usándome sin pedir permiso. Me estaba follando la cara con una urgencia que apenas me dejaba respirar, y yo me dejé llevar, succionándole los labios menores que tanto me habían fascinado en el agua.
Fueron cinco minutos de trance puro. Yo la devoraba sujetándole las nalgas contra mi boca, ella soltaba gemidos guturales que se perdían en la madera de las paredes. De pronto sentí cómo se le tensaban todos los músculos a la vez, como si la hubieran atravesado con una corriente. Se detuvo en seco, sus dedos se clavaron en mis muslos y, literalmente, explotó encima de mí.
Jamás, en todos mis años de viajes, había sentido nada parecido. Fue una inundación. Un chorro caliente y denso me llenó la boca, se desbordó por las comisuras, me bañó la barbilla. Yumiko se arqueó, temblando durante diez segundos eternos en los que no paraba de derramarse encima de mí. Era el orgasmo más largo y profundo que había presenciado. Una rendición absoluta.
Cuando el último espasmo la dejó sin fuerzas, se dejó caer a mi lado, agotada pero sonriendo. Se apartó el pelo de la frente, me miró con una ternura que me desarmó y, en ese castellano impecable que ahora sonaba más íntimo que nunca, me susurró al oído:
—Bienvenido a Japón, Tomás-san.
Me quedé tumbado, con el rastro de su placer secándoseme en la cara, sabiendo que el viaje de negocios más importante de mi carrera acababa de convertirse en algo que ninguna milla de vuelo podría pagar jamás.