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Relatos Ardientes

Confieso lo que pasó esa mañana en el cerro

4.1(33)

El sábado por la mañana tiene un sabor particular cuando se sube a una montaña. Hay algo en el aire delgado, en el ardor de los muslos contra la pendiente, que limpia el ruido de la semana de una forma que ninguna otra cosa logra. Yo llevaba cuatro años subiendo el cerro cada sábado que Camila trabajaba en el hospital, que eran la mayoría. Para ella, la mañana libre era sinónimo de café, manta y algún libro de esos que siempre dejaba a medias. Para mí, era este ritual: la subida, el sudor, el cielo abierto al llegar arriba.

Tenía cuarenta años y la costumbre fija. Camila lo sabía, lo respetaba. A veces me preguntaba qué pensaba cuando llegaba a la cima, y yo le decía que nada, que el cerebro se apagaba solo. No era mentira del todo.

Ese sábado no fue diferente hasta que llegué a la meseta superior.

Había un grupo pequeño, seis o siete personas, bebiendo agua y mirando la ciudad. Los observé sin interés, todavía recuperando el aliento. Y entonces una de las figuras se giró.

Era una mujer. Delgada, con ropa térmica de colores y el pelo oscuro recogido bajo una gorra. Se quitó la gorra. El pelo le cayó sobre los hombros. Se secó el sudor de la frente con el dorso de la mano y sonrió, una sonrisa cansada dirigida a nadie en particular. Hubo algo en ese gesto, en la línea de su mandíbula, en la forma en que sus ojos se entrecerraron contra el sol, que activó algo remoto en mi memoria.

No fue un recuerdo nítido. Fue una vibración, como cuando reconoces una canción por sus primeros dos acordes sin saber todavía el título.

La observé con más atención. Su cuerpo, bajo el ajustado tejido de la ropa de montaña, tenía una energía contenida que se percibía a distancia. Intenté ubicar el recuerdo. ¿Una clienta? ¿Alguien del edificio? ¿La hermana de algún conocido?

Y entonces se giró del todo, y sus ojos encontraron los míos.

En ese segundo, el presente desapareció. Vi un apartamento en Bogotá, hace siete años. Vi una fiesta de cumpleaños, el ruido de la música, el olor a alcohol mezclado con perfume barato. Vi una chica sirviendo copas con las manos que le temblaban ligeramente. Vi cómo la atraje hacia un cuarto, cómo sus ojos se llenaron de una mezcla de deseo y curiosidad que no había vuelto a ver en nadie. Vi unas sábanas blancas.

Valeria.

El nombre apareció en mi cabeza como un golpe físico.

Valeria. La chica que trabajaba en la fiesta de cumpleaños de Laura. Tenía veintitrés años. Yo, treinta y tres. El alcohol y algo más oscuro habían hecho el resto. Recordé la forma en que su coño se abrió bajo mi polla esa noche, apretado, mojado, la mezcla de asombro en su cara y algo que era pura hambre. Y recordé la mañana siguiente: el caos, Bruno borracho y fuera de control, la confusión de haber bebido demasiado. Y Valeria desaparecida. Se había ido antes del amanecer, sin decir nada, sin dejar rastro.

La había olvidado. No de golpe, sino poco a poco, sin notarlo, hasta que su nombre se convirtió en un detalle enterrado bajo capas de vida normal.

Y ahora estaba aquí. Siete años después. En la cima de un cerro, mirándome con unos ojos que ya no eran los de aquella chica.

El reconocimiento fue simultáneo. Lo vi en su cara: la pequeña pausa, la sorpresa, y luego algo más difícil de leer. No era rabia. No era exactamente alegría. Era algo que se parecía a la resolución de una persona que lleva mucho tiempo preparando mentalmente una conversación que nunca esperó tener de verdad.

—Rodrigo —dijo. Su voz era más grave de lo que recordaba.

—Valeria —respondí. Era todo lo que tenía.

El grupo siguió su camino. Nos dejaron solos en la cima, con el viento y el peso de los años entre nosotros.

—No pensé que te volvería a ver —dijo ella, mirando hacia la ciudad.

—Yo tampoco. Al principio no te reconocí.

—Han pasado siete años.

—Sí.

La conversación arrancó con torpeza. Pero pronto empezó a fluir. Me contó que era ingeniera ambiental, que llevaba tres años trabajando en una consultora en Medellín y que estaba en Bogotá de visita por una semana, en la casa de su familia. Le conté sobre mi trabajo, sobre Camila —su nombre salió solo, como un reflejo, como si pronunciarlo me protegiera de algo—, sobre la rutina de los sábados. Hablamos con la cautela de dos personas que saben que hay algo más grande debajo de la conversación pero que todavía no han decidido si van a nombrarlo.

El sol subía. El grupo de excursionistas se había disuelto cerro abajo. Estábamos prácticamente solos.

—¿Por qué ambiental? —le pregunté, buscando algo concreto donde sostenerme.

Ella tardó un momento.

—Porque la tierra es honesta. No inventa. No promete lo que no puede cumplir. —Hizo una pausa y me miró de frente—. A diferencia de algunas personas.

No desvié la mirada.

—Las personas somos más complejas que la tierra.

—Ya lo sé —dijo—. Eso no las excusa.

Hubo un silencio que ninguno de los dos intentó llenar. El viento soplaba con fuerza aquí arriba, y el ruido de la ciudad quedaba amortiguado, lejano, como si perteneciera a otro mundo.

Valeria se ajustó la mochila. Dio un paso hacia mí. Solo uno, pero fue suficiente para que el aire entre los dos cambiara de temperatura.

—Hay un motel a veinte minutos de aquí en carro —dijo, con una calma que contrastaba con todo lo que yo sentía—. Quiero que vayamos. Quiero que me folles, Rodrigo. Como Dios manda. Sin miedo esta vez.

No fue una pregunta. No fue una invitación coqueta. Era una afirmación dicha por alguien que lleva mucho tiempo pensándola.

Mi polla respondió antes de que yo pudiera pensar en nada, endureciéndose bajo el pantalón de trekking. Asentí.

***

El descenso fue silencioso y rápido. Caminamos cerca, sin tocarnos, pero con esa conciencia mutua que es casi más física que el contacto. Cada curva del sendero me acercaba a algo que sabía que no debía hacer y que de todas formas iba a hacer.

Cuando llegamos al estacionamiento, ella señaló su carro, un Chevrolet gris y anodino.

—Sígueme hasta mi apartamento. Dejo el carro allá y seguimos en el tuyo.

La seguí a través del tráfico del sábado. En cada semáforo en rojo la veía por el parabrisas, su silueta recta en el asiento del conductor. Pensé en Camila. La imagen duró lo que duran estas cosas cuando la polla ya tomó su decisión.

Valeria estacionó frente a un edificio de tres pisos en un barrio tranquilo. Bajó del carro, no miró atrás, y caminó hacia el mío con una seguridad que no había en ella siete años atrás. Abrió la puerta del copiloto y se sentó.

El interior del carro se llenó de su olor. Sudor limpio de la montaña y algo más, un perfume suave que no logré identificar.

—Rodrigo —dijo. Y antes de que yo pudiera arrancar, su mano encontró mi muslo.

No fue suave. No fue tentativa. Me tocó como alguien que sabe lo que quiere y está dispuesta a tomarlo. La presión de su mano subió despacio por el interior del muslo, y cuando sus dedos rozaron el bulto duro que se marcaba contra la tela, apretó con la palma abierta y sonrió sin dejar de mirar al frente.

—Ya estás dura —murmuró—. Me acuerdo de esta polla. Me acuerdo del tamaño exacto.

—He pensado en esto muchas veces —siguió, con la voz tranquila de quien confiesa algo que ya no le pesa—. Tengo pareja, que conste. Diego es un buen hombre. Pero hay cosas que él no puede darme porque nunca supo que existían. No sabe follarme como me follaste tú aquella noche, aunque estuvieras medio borracho. No sabe partirme en dos.

Sus dedos encontraron la cremallera de mi pantalón de trekking y la bajaron con una lentitud deliberada. Metió la mano dentro del bóxer, cerró los dedos alrededor de mi verga y la sacó al aire del carro. Estaba dura, gruesa, palpitando contra su palma. Se relamió, despacio, y empezó a masturbarme con un ritmo lento y firme, la mano subiendo hasta el glande y bajando hasta la base, apretando con la fuerza justa.

—Arranca —dijo—. No pares hasta el motel. Yo me encargo de ti mientras conduces.

Puse el carro en marcha con la polla al aire y su mano trabajándome. Cada semáforo era una tortura. Ella se inclinó sobre la palanca, bajó la cabeza, y me tomó en su boca sin dejar de bombearme con la mano. La lengua le giraba en círculos alrededor del glande, y de vez en cuando me tragaba hasta el fondo, apretando la garganta contra la punta. Tuve que agarrar el volante con las dos manos y respirar por la nariz para no correrme antes de tiempo.

—Vas a matarme antes de llegar —dije, con la voz rota.

Levantó la cabeza. Un hilo de saliva le unía los labios con el glande. Sonrió.

—Solo estoy calentando motores.

***

El motel se llamaba «El Refugio», un nombre que en cualquier otro contexto habría parecido irrisorio. Era exactamente lo que uno espera de un lugar así: una hilera de garajes numerados, cada uno con una habitación pegada. Paré frente al número nueve. La puerta del garaje se cerró detrás del carro con un golpe seco y definitivo, y el ruido de la ciudad desapareció.

Valeria bajó del carro sin decir nada. Caminó directamente hacia la puerta de la habitación y la abrió.

La habitación era exactamente lo que debía ser: una cama grande, colcha barata, olor a desinfectante que no alcanza a cubrir todo lo que las paredes han visto. No importaba.

En cuanto cerré la puerta, ella se giró.

No hubo palabras. Me tomó de la camiseta y me atrajo hacia ella, y su boca encontró la mía con una fuerza que no esperaba. No era un beso de reencuentro sentimental. Era hambre. Siete años de hambre concentrada en ese momento. Su lengua se metió en mi boca, buscando la mía, mordiéndome el labio inferior. Le agarré el culo por encima de la ropa térmica y la apreté contra mi verga todavía fuera de la bragueta.

—Siéntela —le dije al oído—. Siente lo dura que la tienes.

—La quiero adentro —jadeó—. Ya. En la boca, en el coño, donde sea. La quiero adentro.

La empujé contra la pared. Mis manos encontraron la cremallera de su ropa térmica. Ella me ayudó, quitándose la parte de arriba con una eficiencia que contrastaba con la urgencia de su respiración. Debajo no llevaba nada, y su piel, todavía fría del viento de la montaña, se calentó bajo mis manos en cuestión de segundos.

Sus tetas eran pequeñas, casi planas, con los pezones oscuros y erectos, tan duros que se marcaban como piedritas contra la carne. Los recorrí con las palmas, los toqué con la boca. Le chupé uno mientras con dos dedos le pellizcaba el otro. Los mordí con cuidado primero, luego con más fuerza, y el sonido que hizo no fue ninguna actuación: fue involuntario, breve, de alguien que está siendo sorprendida por la intensidad de lo que siente.

Bajé la mano hasta el pantalón de trekking, le desabroché el botón, se lo bajé de un tirón junto con las bragas hasta las rodillas. Metí la mano entre sus piernas. Estaba empapada. El coño le chorreaba, y mis dedos se hundieron sin resistencia, primero uno, luego dos, curvándose adentro buscando el punto que la hiciera temblar.

—Siete años —dijo, entre respiraciones cortadas—. Siete años imaginándome esto, hijo de puta.

Bombeé los dedos adentro y afuera, sintiendo cómo se apretaba alrededor de ellos. Con el pulgar le encontré el clítoris, hinchado, resbaladizo, y empecé a frotarlo en círculos lentos mientras seguía metiéndole los dedos hasta el fondo. Ella se aferró a mis hombros, la boca abierta contra mi cuello, la respiración entrecortada.

—No pares —jadeó—. Así, así, no pares.

La llevé al borde contra la pared, con los dedos hundidos hasta el nudillo y el pulgar dándole vueltas al clítoris. Cuando se corrió, se corrió fuerte, apretándome los dedos con los espasmos del coño y clavándome las uñas en los hombros. Un chorro tibio me mojó la palma. Le sostuve el peso mientras temblaba, sin sacar los dedos, dejando que el orgasmo la atravesara entera.

La llevé hasta la cama. Se sentó en el borde y me miró desde abajo mientras yo terminaba de quitarme la ropa. No había timidez en su mirada. Había una concentración total, la misma que había visto en ella al hablar de su trabajo, al mirar la ciudad desde la cumbre. Los ojos se le fueron directamente a la polla en cuanto la liberé del pantalón.

—Dios —murmuró—. Está más gruesa de lo que recordaba.

Se arrodilló frente a mí y me tomó entre sus manos con una firmeza que me hizo contener la respiración. Escupió sobre el glande, extendió la saliva con la palma, y empezó a masturbarme con las dos manos, una arriba y otra abajo, girándolas en direcciones opuestas. Luego bajó la cabeza y me tragó entero.

No era la chica de veintitrés años que yo recordaba. Sabía exactamente lo que hacía. Se tomó su tiempo, alternando el ritmo, aprendiendo qué me hacía tensar los músculos y volviendo a ese punto una y otra vez con una precisión que me resultaba desconcertante. Me metía la verga hasta el fondo de la garganta, aguantaba unos segundos con la nariz contra mi vientre, y salía despacio, dejando la lengua pegada al frenillo. Me chupaba los huevos, uno por uno, mientras con la mano me masturbaba la polla mojada por su saliva. Volvía a tragarme, tosía un poco, y seguía.

—Mírame —le dije. Levantó los ojos sin sacarme de la boca, y verla así, con los labios estirados alrededor del glande, la saliva colgando del mentón, casi me hizo terminar. En un momento dado tuve que pedirle que parara porque el límite estaba demasiado cerca.

—Ven aquí —dije, tirando de ella hacia arriba.

La recosté en la cama. Le saqué el resto de la ropa despacio, aunque la calma me costaba mantenerla. Sus piernas eran largas para su estatura, la piel uniforme. El coño lo tenía afeitado, los labios pequeños ya brillantes por su propia humedad. Me tomé un momento para mirarla, y ella me dejó, sin cubrirse, sin apartar la vista, con las piernas abiertas y una mano acariciándose lentamente el clítoris mientras esperaba.

—¿Qué estás pensando? —preguntó.

—En que no me acuerdo de haberte mirado así la primera vez.

Algo cruzó su cara. No fue tristeza exactamente.

—No lo hiciste —dijo—. Aquella vez fuiste directo a follarme. No me miraste. Ahora quiero que me mires todo. Todo, Rodrigo.

No respondí. Me coloqué entre sus piernas y la besé en el cuello, en la clavícula, en el hueso del esternón. Bajé despacio, chupándole los pezones al pasar, mordiéndole la piel del vientre, sin apuro, hasta que sus caderas empezaron a moverse solas buscando presión donde todavía no había nada. La hice esperar. Le besé el interior de los muslos, primero el derecho, luego el izquierdo, acercándome al coño y apartándome, hasta que ella gimió de frustración y me agarró del pelo.

—Cómemelo ya, por favor.

Cuando finalmente la toqué con la boca, su reacción fue inmediata: se aferró a la colcha con ambas manos y se arqueó hacia arriba, un sonido largo y sostenido escapándole de la garganta. Le abrí los labios con dos dedos y le pasé la lengua entera de abajo hacia arriba, desde el perineo hasta el clítoris, saboreando el flujo espeso y salado que le corría. Me quedé allí, chupándole el clítoris, metiendo la lengua adentro, alternando entre lamerla despacio y succionarle el capullo con los labios apretados. Le metí dos dedos otra vez mientras le chupaba, y ella empezó a moverse contra mi cara, follándose mi lengua, sin ningún pudor.

La llevé al borde dos veces y me detuve las dos. La tercera no la detuve. Le apreté los dedos contra el punto de adentro, le chupé el clítoris fuerte y sostenido, y ella se corrió gritando, apretando los muslos contra mis oídos, el vientre convulsionándose. Le seguí lamiendo mientras temblaba, más suave ahora, hasta que me apartó la cara porque no aguantaba más.

Cuando me incorporé, ella todavía temblaba. Me miró con los ojos abiertos, la respiración cortada, la boca entreabierta, y asintió sin que yo preguntara nada.

—Métemela —dijo—. Toda. De una.

Entré en ella de una sola embestida. Su coño estaba tan mojado que la polla se hundió hasta el fondo sin resistencia, y el sonido que hizo cuando llegué hasta la matriz fue suave y sostenido, casi un aullido corto. Nos miramos a los ojos. Eso me desconcertó más de lo que esperaba: esa mirada directa, sin huir, sin disimular, mientras yo estaba clavado hasta la raíz dentro de ella.

—Así —jadeó—. Así te acordabas.

Empezamos a movernos juntos. Yo marcaba el ritmo al principio, ella lo seguía, y entre los dos se fue construyendo algo que ya no era solo urgencia sino una conversación en la que ninguno de los dos tenía que elegir las palabras. Lo que empezó lento fue cambiando solo, haciéndose más rápido, más directo. Le agarré una pierna, se la levanté hasta apoyarla contra mi hombro, y empecé a follarla en serio, hundiéndomela hasta que los huevos le golpeaban el culo con cada embestida.

—Más fuerte —pidió—. No te vas a romper. Rómpeme tú a mí.

La embestí más fuerte. La cama empezó a golpear contra la pared, un ritmo seco y constante. Ella tenía las tetas rebotando con cada embestida, la boca abierta, el cuello estirado hacia atrás. Le agarré una teta con una mano y le apreté el pezón entre el pulgar y el índice mientras le seguía dando.

La saqué. Le di la vuelta. La puse en cuatro sobre la cama, con el culo levantado y la cara contra la colcha. Le agarré las caderas y volví a metérsela de una sola vez, esta vez desde atrás, sintiendo cómo mi polla se hundía en una posición nueva, más profunda. Ella hundió la cara en la almohada y gritó.

—Dime cómo se siente —le dije, agarrándola del pelo y tirando hacia atrás para levantarle la cabeza.

—Se siente… se siente que me estás partiendo, Rodrigo, me estás partiendo el coño, no pares, no pares.

La follé así hasta que sentí que ella temblaba de nuevo. Le pasé la mano por debajo, le encontré el clítoris, se lo froté sin dejar de embestirla. Se corrió otra vez, apretándome la polla con las contracciones del coño, y el mío empezó a llegar también. Me salí antes de correrme, la giré, y le acerqué la polla a la cara.

Ella entendió sin que le dijera nada. Abrió la boca, sacó la lengua, y me tragó justo a tiempo. Me corrí dentro de su boca, chorros espesos que le llenaron la lengua, el paladar, algunos escapándosele por la comisura. Ella no se apartó. Tragó todo, sin dejar de mirarme, y cuando terminé de correrme, me pasó la lengua por el glande limpiándome hasta la última gota.

—Siete años —repitió, esta vez para sí misma, tumbándose de espaldas sobre la cama con una sonrisa cansada—. Valió la pena la espera.

***

Después nos quedamos en la cama sin hablar durante un rato. Yo miraba el techo. Ella tenía una pierna sobre la mía y los ojos cerrados. Su respiración se fue normalizando poco a poco. Sentí su mano bajar por mi vientre y agarrarme la polla otra vez, blanda, y quedarse allí, sin bombear, solo sosteniéndola con cariño.

—¿Te arrepentiste esa mañana? —preguntó sin moverse—. Después de la fiesta de Laura. ¿Te arrepentiste?

Tardé en responder.

—No lo pensé mucho —dije. Era la verdad.

—Ya lo sé. —No había acusación en su voz, solo registro—. Yo sí lo pensé. Durante meses. Pensé en tu polla. Pensé en cómo me abrió por dentro. Me hacía correr sola en la cama pensando en ti, y luego me odiaba por hacerlo.

—Lo siento.

—No hace falta. Hace mucho que dejó de doler. —Se incorporó un poco, apoyándose en un codo para mirarme—. Lo que más me costó fue entender que aquello no había sido lo que pensé en ese momento. Tardé un tiempo. Después, un día, decidí quedarme con la parte que me gustó y soltar el resto.

No supe qué decir a eso. Era una generosidad que no había ganado.

Se levantó, se vistió con la misma eficiencia con que se había desvestido. Yo hice lo mismo. La habitación, que antes tenía esa neutralidad tensa de los lugares alquilados por horas, ahora parecía simplemente pequeña.

En el carro, de vuelta hacia su edificio, el silencio fue distinto al del viaje de ida. Más asentado. Más honesto.

Cuando paré frente a su edificio, se desabrochó el cinturón pero no abrió la puerta de inmediato. Se inclinó, me metió la mano en el pantalón por última vez, me apretó la polla todavía sensible, y me besó despacio en la boca.

—Bajo el Monserrate casi todos los sábados cuando estoy en Bogotá —dijo—. No siempre. Pero casi siempre.

—Yo también —respondí.

—Ya lo sé. Por eso lo digo.

Me miró un segundo con la calma de alguien que ha tomado una decisión hace tiempo y solo esperaba el momento de comunicarla. Luego abrió la puerta, bajó, y caminó hacia el edificio sin apuro y sin mirar atrás.

***

Volví a casa con el olor a montaña y a ella mezclados en la ropa. Camila estaba en el sofá, el libro abierto sobre el pecho, los ojos a medio cerrar entre el sueño y la vigilia. Levantó la vista cuando entré.

—¿Cómo estuvo? —preguntó.

—Bien —dije—. Como siempre.

Me fui a duchar. Bajo el agua caliente intenté pensar en lo que había pasado con la distancia necesaria para analizarlo, pero no pude. No había distancia posible. Solo había el recuerdo inmediato de su voz diciendo mi nombre con esa cadencia específica, del sabor de su coño en mi lengua, de sus labios cerrados alrededor de la punta tragándose mi corrida, y la certeza tranquila y algo perturbadora de que el sábado siguiente, cuando llegara a la cima, iba a mirar si había alguien en el grupo.

No por el paisaje.

No por el ejercicio.

Solo por eso.

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4.1(33)

Comentarios(9)

Silvana

que relato!!! me atrapo desde la primera linea, impresionante

MartinCba91

Por favor una segunda parte, el final quedo muy abierto y uno se queda con ganas de saber mas

Lola_Noche

me recordo algo que me paso hace tiempo, de esas situaciones que uno no busca pero de repente estan ahi. muy bien contado

Curioso77

¿la volviste a ver despues de ese dia? me quede con la intriga jajaja

NachoPzMdq

Increible como lograste transmitir esa tension del reencuentro. Se lee de un tiron, muy bueno!

LectorBA77

Siete años y una mirada lo dicen todo. Tiene algo muy cinematografico este relato, felicitaciones.

rrr1515

tremendo el final jajaja no me lo esperaba para nada

Roxana_lec

Buenisimo!!! mas relatos asi por favor, esperando el proximo

TulioVs

de esas confesiones que uno agradece que alguien se anime a contar. gracias

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