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Relatos Ardientes

Aquel chico del instituto apareció en el club de mi novio

El despertador sonó tres veces y no me levanté. Lo único que me sacó de la cama fueron los gritos de mi madre retumbando por toda la casa.

—¡Camilaaa, vas tarde!

Me puse unos vaqueros y una camiseta de Iron Maiden a la que ya se le despegaban las letras, desayuné una barrita de chocolate y subí casi corriendo las calles empinadas que separaban mi casa del instituto. Lo odiaba. Solo mi grupo de amigos hacía que aquel sitio fuera medianamente soportable. Ellos estaban en ciencias; yo en letras. Coincidíamos en educación física, filosofía e historia. Aquel martes 13, en la clase de Don Rafael, pasaría algo que me marcaría durante diez años.

—Chicos, no me va a dar tiempo a explicar el Franquismo como se merece —dijo—. Trabajo en parejas, tres días, por orden de lista. Nada de elegir a los amigos, que os conozco y no hacéis nada.

Puse los ojos en blanco. Me tocaba con Nicolás, un chico con el que apenas había cruzado dos frases y que una vez se había reído de mí por estudiar latín. Me dirigí a su mesa arrastrando los pies.

—Nos tocó juntos. Yo también lo siento —solté de mala gana.

Levantó la mirada, algo ruborizado. Su compañero Diego soltó una risita.

—¿Prefieres cambiarte conmigo, Camila?

—No, gracias —dije con cara de pocos amigos.

—Si quieres, le pido a Don Rafael que nos cambie —se ofreció Nicolás, rascándose la nuca.

—Da igual. Quedamos en mi casa esta tarde. ¿A las cinco?

—A las cinco.

A las 16:56 sonó el timbre. Lo había traído su madre en coche. Yo, que en el instituto me sentía segura, aquí, en mi propio salón, no sabía ni dónde meterme. Era como si alguien se entrometiera en mi espacio sin pedir permiso.

—¿Por dónde empezamos? —pregunté buscando la mirada del portátil.

—En mi casa pongo música. ¿A ti qué te gusta?

—Rock. Pero dudo que coincidamos.

—¿En serio? ¿Muse, Green Day, Offspring?

—Y Metallica, Billy Talent, Three Days Grace.

Parpadeé. Lo miré otra vez, ahora como si no lo hubiera mirado bien antes. Llevaba gafas, el pelo un poco largo, estaba algo regordete. No era guapo a primera vista, pero conforme hablábamos se volvía agradable.

—No me disgusta haber tenido que quedar contigo —dijo bajando la mirada.

—Creía que te caía mal.

—No. Me reí de ti una vez solo para llamar tu atención. Cosas de tíos tontos.

Nos reímos los dos. Empezamos el trabajo con hard rock de fondo. Yo llevaba un pijama de tirantes negro con escote en pico y unos pantalones cortos a juego, que me había puesto al llegar a casa sin pensar que iba a recibir a nadie. Se me marcaban los pezones bajo la tela. Pillé a Nicolás mirándomelos dos, tres veces. Me gustaba gustarle. Me ponía algo que antes no había sentido.

—Oye, hoy no acabamos esto. Vente mañana y perdona el pijama, no es forma de recibir a nadie.

—Tranquila. Estás en tu casa —dijo con una sonrisa.

Al día siguiente, de nuevo puntual. Esta vez me puse una camiseta enorme para no distraerlo. Debajo, unas bragas tipo culotte. Al levantarme a servirle refresco, la camiseta se movió y le dejé una vista que no había planeado del todo. Lo vi removerse en el sofá.

Terminamos el trabajo en tiempo récord.

—Me da hasta pena haber acabado —dijo—. Ha sido guay conocerte.

—Tú también me sorprendiste.

—Lo dudo. No suelo sorprender a nadie.

—Seguro que alguna tendrás por ahí —dije riendo, aunque expectante.

—Qué va. Alguna chica a distancia por videojuegos. Nada físico. Ni un beso.

—¿Ni uno?

—Ni uno.

Lo miré con algo que no era pena. Era deseo. Un deseo raro, casi ajeno, de ser la primera en tocarle, en sentirlo. Yo no era virgen, había tenido algo feo con un chico antes, y mi cuerpo llevaba mucho tiempo sin que nadie lo tocara bien. Allí había dos personas con la misma necesidad y, por si fuera poco, nos gustábamos.

—¿Me dejas solucionar lo de que no hayas besado a nadie?

—¿Me... me estás pidiendo permiso?

—¿No quieres?

—Camila, dejaría que me hicieras lo que quisieras —dijo casi suplicando.

Me acerqué despacio, como una gata, y le acaricié la cara. Lamí sus labios, abiertos y calientes para mí. Lo miré a los ojos, muy nerviosos detrás de las gafas. Me senté encima de él y sentí su erección a través de la tela. Lo besé con hambre. Sus manos fueron directas a mi culo, sin preguntar, y amasaron con una seguridad que no le vi venir. Para ser su primer beso, tenía un ritmo asombroso.

Le ayudé con el cierre del sujetador, que se le resistía. Caí riéndome, él rió también. Me subí la camiseta y se lo dejé ver.

—¿Me dejas besártelas?

—Qué atrevido de repente.

—Lo tomo como un sí.

Lo hizo con una paciencia que me desarmó. No fue directo ni desesperado. Subía despacio, mirándome a los ojos, y cuando llegó al pezón lo lamió y lo saboreó como si llevara años practicando. Con la otra mano me pellizcaba el otro pecho, tirando ligeramente. Me estaba mojando de verdad, tanto que iba a manchar la tela de su pantalón.

—Si sigues así, voy a querer que termines lo que empezaste.

—Me duele muchísimo. Creo que me aliviaría bastante dentro de ti.

Cada sílaba me erizó la piel. Iba a bajarle los pantalones cuando oí las llaves en la puerta de entrada. Mi padre. Había llegado antes de tiempo. Salí disparada al baño a por unos pantalones de pijama, y Nicolás se puso un cojín sobre las piernas y el portátil encima, recto en el sofá como si no hubiera pasado nada. Cuando mi padre entró al salón, dos adolescentes rojos como semáforos fingían terminar un trabajo de historia.

En la puerta, al despedirnos, le acaricié el dorso de la mano con toda la intención. Él apretó ligeramente antes de soltarme.

Entregamos el trabajo al día siguiente con felicitación del profesor. En educación física, corriendo alrededor de la pista, se puso detrás de mí. Al acabar se me acercó mordiéndose el labio.

—He estado todo el rato detrás para ver cómo te rebota el culo. Estás buenísima.

Esa fue la última vez que lo vi.

***

No me escribió en toda la tarde. Ni al día siguiente. El lunes fui al instituto preocupada y me enteré a trozos: el padre de Nicolás, con el que apenas tenía relación, había muerto en un accidente. Su madre era de Valencia y decidió refugiarse allí con su familia. Nicolás y su hermano se fueron con ella.

Un mensaje suyo semanas después:

—Perdona, no sé cuándo volvemos. Me encantaría estar ahí contigo.

—Yo también.

No volvimos a hablar más. En septiembre pasó por el pueblo a hacer la selectividad, pero yo estaba de viaje con mis tíos. En la universidad conocí a otros chicos, alguna chica. Mucho sexo, cero compromiso. Y cada vez que alguien entraba en mí, yo pensaba en cómo habría sido él. Cada vez que una mujer me lamía los pezones, recordaba su boca paciente en mi casa aquella tarde. Tenía celos fantasmas de las chicas que lo estarían tocando y rencor hacia él por no haberme escrito más.

Era mi cuenta pendiente. La mía, no la suya.

***

2026.

El club de mi casi marido Sebastián estaba a las afueras de la ciudad. Lo conocí una noche en la que entré con unos amigos por curiosidad: era un local de intercambios y gente abierta, con rock clásico, copas y habitaciones privadas. Él se presentó como el dueño. A las dos horas follábamos en una de esas habitaciones. A los cuatro años nos prometimos.

Sebastián quería experimentar: intercambiar alguna noche, verme con otra mujer. Yo le permitía sus líos esporádicos, pero a mí todavía no me llamaba. Año nuevo, 2026. Fiesta en el club, parejas inscritas, habitaciones cerradas salvo para nosotros. Me vestí con un corsé que me subía los pechos hasta la clavícula y una falda vaquera corta.

—¿Quieres que te coman con la mirada? —dijo Sebastián.

—Quizás.

Empezó a llegar la gente. Ayudé a Valeria, la camarera, con los primeros cócteles. Una rubia imponente, con un vestido demasiado elegante para el sitio, pidió un vodka con hielo para ella y un cubata para su pareja, que estaba de espaldas junto a la pista.

Y vaya espalda. Trabajada, pero con genética. Alto, al menos un metro noventa. Pelo oscuro recogido en un moño flojo, barba espesa. Cuando se giró, vi unas gafas que yo había visto antes, diez años antes, sobre otra cara. Vi esos ojos. Y esos labios que lamí sin saciarme.

Nicolás.

Había cambiado porque ahora era un hombre. Grande. Guapísimo. Me miró y se le abrieron los ojos como platos. Le dije a Valeria que yo llevaba las bebidas.

—Te ha gustado ese tío, ¿eh? Está bastante bueno.

—Lo conozco —acerté a decir.

Llegué con la bandeja intentando que no me temblara.

—Hola. ¿Para quién el vodka y para quién el cubata?

—El vodka para mí —dijo la rubia riendo—. Yo soy la fuerte de la relación.

—¿Tú eres la que manda?

—Por supuesto. Él es muy grande, pero yo domino.

Nicolás no dijo nada. Me miraba como si intentara confirmar que no era una alucinación. Sebastián llegó a saludar.

—Veo que ya habéis conocido a mi novia.

—¡Eres la pareja de Sebastián! Soy Paulina. Te compré la entrada por redes y me hacía mucha ilusión venir hoy.

Así que esta era la pareja que Sebastián llevaba semanas deseando conocer.

—Este es mi novio, Nicolás —continuó ella.

—Encantada —dije mirándolo solo a él—. Soy Camila.

Bien. Me estaba siguiendo el juego.

***

Sebastián me llamó al almacén mientras yo buscaba unas cajas.

—Te gusta el vikingo ese, ¿eh? Lo vi en la foto de ellos en Instagram y lo pensé.

—¿Por qué no me lo enseñaste?

—Dijiste que ya veríamos. ¿Quieres probar con él?

—Quiero. Pero no todos juntos todo el rato. Quiero después una habitación para mí sola con él.

—¿Segura?

—Segurísima.

Salí a la pista. Sonó una canción de Offspring. Nicolás se me acercó.

—Me encanta esta canción.

—Lo sé. Me acuerdo —dijo mientras me recolocaba un mechón detrás de la oreja. Me ruboricé.

—¿Por qué no volviste a escribirme?

—Diego me dijo en septiembre que ya estabas con alguien.

—Eso nunca fue verdad.

—Entonces sufrimos los dos. No he estado tan pillado por nadie en mi vida.

—Te digo igual. Nadie eras tú.

Quedamos los dos en silencio, mirándonos. No sabía cómo continuar. Me atreví.

—Sebastián quiere acostarse con tu chica.

—Genial. Yo quiero acostarme de una vez con la suya —dijo con los ojos fijos en los míos.

Sentí que me temblaban las piernas.

—No voy a dejar que te escapes esta noche sin haberte saboreado entera. No me voy a quedar otra vez pensando cómo habría sido. No pienso.

Paulina volvió con su copa recién servida y le dio un pico a Nicolás. Él le respondió con un beso fuerte, agarrándola del culo, girándola de espaldas a mí para mirarme por encima del hombro. Sentí rabia. Mucha rabia.

Cuando ella se apartó a saludar a alguien, le besé yo. Le mordí el labio sin medirlo. Él me clavó las uñas bajo el tatuaje de la serpiente.

—No voy a dejar de besarte en toda la noche —dije entre beso y beso.

—Ni en mil vidas —respondió.

***

Sebastián llegó con Paulina de la mano. Abrió la habitación 01. Yo llevaba las de la 02 en el bolso.

—Camila quiere una habitación para intercambiar después, pero primero probémonos los cuatro.

Nicolás me miró con desaprobación. Le apreté la mano para que confiara.

Nicolás me desató el corsé botón a botón, y yo recordé cuando él había peleado con mi sujetador diez años antes. Sebastián desnudó a Paulina con torpeza de novato. Cuando mis pechos quedaron a la vista, Nicolás se puso en cuclillas, sacó la lengua en mi ombligo y subió despacio hasta el tatuaje del puñal que llevo entre los pechos. Se metió un pezón en la boca.

—¿Esto te hace querer que te folle, verdad? —me susurró.

Cerré los ojos. Sebastián confirmó sin saber a quién se lo confirmaba:

—Sí, eso la vuelve loca.

—Ya —dijo Nicolás—. Lo puedo imaginar.

Lo agarré del pelo y lo subí a mi boca. Detrás de mí, Paulina ya tenía la boca alrededor del sexo de Sebastián. Se la chupaba con la cabeza subiendo y bajando, y él estaba extasiado.

—Parad, parad, que me corro ya —pidió Sebastián—. ¿Podéis besaros vosotras?

Con una mueca que ninguno de los dos vio, me agaché y besé a Paulina. Sabía al sabor de Sebastián. Nicolás giraba la cabeza en gesto de «no». Le divertía ver mi disgusto disimulado.

No aguanté más. Él tampoco.

—Sebastián, cambiemos de habitación. Me llevo a tu chica a la otra. Pasadlo bien.

Paulina le besaba los labios mientras se corría el tanga a un lado para metérsela dentro a mi novio. Ni me miraron.

***

Cogí las llaves de la 02 y abrí la puerta. El corazón me latía disparado.

—No aguantaba un segundo más teniéndote para mí —dijo contra mi boca—. Y verte comiéndole la polla a otro... Dios mío.

Me besó contra la pared. Me levantó cogiéndome por los muslos y el culo y me tiró en la cama. No me dio tiempo a quitarme las medias. Me las rompió. Lamió desde los tobillos hasta la entrepierna. El tanga se mojó con su saliva, tan transparente que se veía todo debajo. Tiré de medias y bragas a la vez hacia abajo y se lo dejé todo a él.

—Por fin, joder —dijo antes de meter la lengua.

Me chupó con paciencia, saboreando cada pliegue, succionando el clítoris y mirándome. Me contuve todo lo que pude. Cuando me corrí con una convulsión que me dejó sin aire, él se rió contra mí.

—¿Ya? ¿No puedes más?

Subió. Lo aparté y me puse yo encima. Le restregué los pechos por la cara para que los mordiera, y él los mordió. Me clavé la polla despacio, notándola entrar centímetro a centímetro. Llenaba hasta el último rincón. Le besé, le recorrí la boca entera con la lengua.

—¿Sabes cuánto he deseado esto? —dijo entre jadeos.

Aceleré el ritmo. Los pechos se movían al compás de las caderas.

—¿Y no te sirvió follarte a otras? —dije, usando la rabia para moverme todavía más rápido.

—La primera vez lo hice con los putos ojos cerrados imaginando que eras tú.

—Pues ahora ni se te ocurra cerrarlos.

Me puse recta para que me viera entera. Me corrí otra vez así, gritando. Luego a cuatro patas, con él detrás, destrozándome como un animal. Sus huevos chocaban contra mí, llenos, pidiendo salir.

—No puedo más, Camila.

Se corrió sobre el borde de mi sexo, resbalando por los muslos, como si supiera que eso era lo que yo quería. La habitación olía a sexo. Puse la cabeza en su pecho.

—No quiero que te vuelvas a ir.

—Si no quieres, no podría aunque quisiera.

***

Al día siguiente, Sebastián se fue a las cuatro a jugar al pádel. Nicolás llegó a las cinco. Viejas costumbres.

—Quería verte. Necesitaba una excusa —le dije.

—¿No puedes decirle a tu casi marido que quieres verme?

—¿Cómo...?

—Ese gilipollas se corrió en tres minutos y se pasó la noche hablando con Paulina. Le dijo que os casáis pronto.

—No lo insultes. Tú también tienes novia.

—Yo no me voy a casar.

—¿La vas a dejar por mí? Venga ya.

—¿Ah, que tú ni te lo planteas?

Me quedé callada. Era verdad. Yo tenía una vida construida. Una casa, un proyecto, una persona que me cuidaba.

—Fantasía, deseo, intensidad —le dije—. Dudo mucho que pueda compartir espacio contigo treinta minutos sin besarte treinta veces y acabar desnudos. Después de ayer sé que eres lo más pasional que he vivido. Pero no eres una pareja. Convivir con el deseo todos los días sería echarle leña al fuego hasta apagarlo. Y eso me da más miedo que dejarte ir.

Le tembló la voz al responderme.

—Aquella tarde que me marché, te comparé con todas las que vinieron después. Y ahora te encuentro otra vez. Me tiraría a la piscina aunque estuviera vacía.

Le cogí las manos. Una lágrima le resbaló por la mejilla y se la besé ahí, húmeda.

—Y yo te he buscado en todas —confesé—. A veces sin tu recuerdo ni siquiera llegaba.

—Quizás yo me enamoré.

—Y quizás no te has vuelto a enamorar.

Asintió. Silencio largo.

—Entonces me has hecho venir para decirme que no hagamos ninguna tontería —dijo dubitativo.

—También te he dicho que no puedo estar treinta minutos sin besarte más de treinta veces, y llevamos quince aquí sentados. Haz cuentas.

—¿Pero...?

—Escuchas lo que quieres.

Lo besé yo primero. No tengo control con él, no lo tengo. El sexo fue aún mejor que el de la noche anterior. Sin público, sin ruido, sin nadie más en la cabeza. Me penetró en el sofá conmigo sentada de espaldas, cabalgándolo. Me arañaba la espalda mientras gemía «tienes un coño increíble». Después en la alfombra, misionero, mirándonos a los ojos.

—Me voy a correr otra vez dentro de ti.

—No. Esta vez quiero probarlo.

Me puse boca arriba, la cabeza colgando del respaldo. Se la chupé con él de pie, empujando hasta el fondo. Cuando se corrió en mi garganta, tragué todo, y eso mismo me hizo llegar a mí mientras me tocaba. Nos vestimos callados. Me hizo prometer que buscaría otra excusa.

***

2028.

Fin de año en el club. Valeria me pidió ayuda con unas cajas.

—Qué bien te sienta el matrimonio. Te has puesto fuerte.

—Alguna razón tendrá —sonreí.

Me tocó la tripa con cariño. Sebastián le gritó desde la barra que ni se le ocurriera darme peso, que estaba embarazada.

A la media hora entró él. Gafas nuevas, barba recortada, la misma mirada de siempre. Me pidió un refresco.

—¿No prefieres un cubata?

—Si te beso después con olor a alcohol, te dan náuseas.

—Es verdad, «don Nicolás piensa en todo» —dije. Nos reímos los dos.

Nos vemos una vez al mes. Ese fue el acuerdo con Sebastián cuando por fin le conté quién era Nicolás y qué significaba para mí. A mi marido le quería, y era verdad. Lo que sentía por Nicolás también. Aceptó. Él siguió con sus chicas esporádicas, muchas veces con Paulina. Nicolás y Paulina se separaron al año. A él le gustaría más de un encuentro al mes, pero nos basta. El resto del tiempo soy una esposa como cualquiera.

Y no, no sé de quién es el niño que llevo dentro. Nos da igual, la verdad. Sea de quien sea, Sebastián será su padre. Aunque me hacía tiras de ovulación. Sabía el día exacto. Y fue el día del mes que quise ver a Nicolás. Porque tenía ganas de verlo, sin más.

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Comentarios (8)

Lula_87

Dios mio que final de capítulo...!! Necesito la continuación YA

NocheBCN

Muy bien narrado, se siente la tension desde el primer párrafo. Mas!!!

Renata

Me quedé con el corazon en la garganta. De las mejores confesiones que leí en este sitio

SilviaMar

Y que pasó despues?? no nos dejes con la intriga asi por favor, escribe la segunda parte

Tomas_cba

jaja tremenda situacion, me imagino la cara que pusiste al verlo

fede_lector

excelente!!!

MarisolPaz

Esa sensacion de ver a alguien del pasado en el peor momento posible... muy real. Y muy bien escrito

Pedro_85

Me recordó a algo que me pasó hace años. Distintas circunstancias pero esa misma paralisis de volver a ver a alguien que ya no debería importarte. Buen relato

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