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Relatos Ardientes

Lo que Valeria descubrió sobre mí esa tarde

Enero en Playa del Carmen tiene esa cualidad extraña de hacerte sentir que el tiempo pierde su forma habitual. Las vacaciones de fin de año se estiraban todavía cuando nos instalamos en el condominio que Rodrigo y su mujer habían alquilado frente al mar. Éramos bastantes: Marcos y yo, ellos dos, Daniela con su marido Pedro, y algunos amigos de paso. Una de esas semanas largas en las que el calor y el cansancio acumulado de todo el año convierten cualquier tarde en algo posible, si uno se deja llevar.

Conocía a Valeria de reuniones de trabajo. Siempre cordiales, siempre un poco distantes. Pero Playa del Carmen no favorece la distancia. Con el sol, el agua salada y las tardes sin agenda, la gente baja la guardia de una manera que la ciudad no permite.

Valeria tenía unos cuarenta y cinco años, algo más que yo. Unos meses antes se había operado el pecho y los resultados eran buenos: cicatrices casi invisibles, forma natural. Lo mencionaba ella misma con cierta timidez mezclada con orgullo. Rodrigo, según contaba, la deseaba más que antes. Y eso, después de años de matrimonio y de sentir que algo se había ido apagando despacio, la había cambiado.

—Es que me siento diferente —me dijo una tarde, mientras tomábamos limonada junto a la piscina, las dos en bikini—. Como si hubiera recuperado algo que no sabía que había perdido.

—Se nota —le respondí. Era verdad.

Los maridos tenían costumbre de irse por las mañanas a atender llamadas o visitar contactos de negocios. Nos dejaban solas unas horas. Al principio hablábamos de los chicos, de viajes, de cosas sin peso. Pero la conversación siempre terminaba volviendo al cuerpo, al deseo, a esa energía nueva que Valeria no sabía del todo cómo canalizar.

—Rodrigo me busca más que antes —me confió un día, casi en voz baja—. Pero hay momentos en que eso tampoco alcanza. No sé qué hacer con todo lo que siento.

Yo escuché. Y fui abriendo la puerta, con cuidado y sin apuro.

***

Dos días después, los hombres se fueron temprano. Nos quedamos solas junto a la piscina. Yo llevaba ese día menos bikini que los anteriores, casi nada arriba. Valeria lo miró un momento antes de hablar.

—Definitivamente los tuyos son naturales —dijo, sonriendo.

—¿Querés confirmarlo?

El silencio que siguió duró exactamente lo necesario.

—¿Y si hacemos topless? —propuse—. Si no te molesta mostrarte a alguien que lo va a apreciar.

—No me importa, si a ti tampoco te incomoda ver a una señora mayor operada.

Me desaté el corpiño sin pensarlo demasiado. Ella lo hizo después, más despacio. Sus cicatrices eran casi invisibles. La forma, impecable. Le apoyé la mano con cuidado, como quien examina algo bien hecho.

—Quedaron perfectas —dije.

—Tocá —me dijo—. Y yo toco los tuyos.

Sus dedos me rozaron los pezones y mi cuerpo respondió antes de que yo pudiera controlar nada. Se pusieron duros en cuestión de segundos.

—Son muy sensibles —expliqué, con una sonrisa que no era del todo arrepentida—. Mejor nos vestimos o no respondo de mí.

—Sí —dijo. Pero tardó unos instantes en retirar la mano.

***

Esa misma tarde me llamó para preguntarme si algo la había molestado. No me había molestado nada. Quedamos en vernos tres días después.

Al día siguiente volvimos a hablar más de una hora por teléfono. Y al otro día también. Las conversaciones se iban poniendo más íntimas sin que ninguna lo forzara.

—¿Cómo llegaste a ese acuerdo con Marcos? —me preguntó—. ¿Cuándo decidiste que podías estar con otro hombre?

Le conté la historia a medias: el momento en que lo hablamos, la curiosidad, el permiso mutuo. No le conté todavía la parte del dinero. Eso tendría que esperar el momento justo.

—Rodrigo me comentó algo —agregó—. Un proveedor le dijo que eras muy fogosa. Los dos quedamos un poco intrigados.

Entendí de inmediato. Rodrigo le estaba preparando el terreno.

—¿Y qué te pareció eso a vos? —le pregunté.

—Me pareció que quería saber más de ti —dijo, y se rió.

—¿Y querés saber más?

—Creo que sí.

***

El día acordado, los maridos se fueron como siempre. Valeria y yo tomamos el coche hacia el sur, por la ruta costera, hasta una playa naturista que quedaba a veinte minutos del condominio. La conocía de una visita anterior: un tramo de arena fina entre dos puntas de roca, sin turismo masivo, donde la gente se tiende sin ropa y nadie mira a nadie de manera inapropiada. O casi nadie.

Dejamos la ropa en el coche. Caminamos descalzas hasta encontrar un lugar con algo de sombra, sobre los médanos. Extendimos las toallas. El sol calentaba desde arriba y el mar sonaba cerca, constante.

—Nunca pensé que llegaríamos a esto —dijo Valeria, mirando el horizonte con las manos detrás de la cabeza.

—Yo tampoco. Pero me alegra que hayamos llegado.

Había algo liberador en estar ahí, desnudas, sin la ropa que actúa siempre como frontera invisible entre las personas. Me puse de costado, mirándola. Le apoyé la mano en el vientre.

—Hay dos cosas que no te he contado todavía —dije—. Prometeme que no te vas a molestar.

—A esta altura, dudo que algo de lo que digas pueda molestarme.

Mientras hablaba, mis dedos bajaron despacio por su vientre. Ella no cerró las piernas. Al contrario: respiró con calma y las separó apenas.

—Cuando le conté a Marcos que quería estar con otro hombre, también le dije que me intrigaba saber cómo sería recibir dinero a cambio de sexo.

Silencio. Solo el mar.

—¿Y qué te dijo? —preguntó, sin apartar la vista del cielo.

—Que si iba a hacerlo, que fuera la mejor y la más cara.

—¿Y lo hiciste?

—Sigo haciéndolo.

Valeria giró la cabeza para mirarme. En su cara no había juicio. Había algo más cercano al asombro, a la fascinación de descubrir que las personas que conocés tienen capas que jamás imaginaste.

—Una mujer casada, con carrera, con su vida armada... —dijo, sin terminar la frase.

—Soy muchas cosas —dije—. No se contradicen.

—¿Cuánto cobrás?

Cuando le dije el número, sus ojos se abrieron de verdad.

—¿En una sola noche?

—A veces más. Depende del cliente y de lo que pida.

—Dios mío.

Mis dedos llegaron a su entrepierna. Ella respiró despacio y separó un poco más las rodillas. Su sexo tenía un triángulo de vello oscuro bien recortado y estaba húmedo.

—Seguí —dijo. Y no estaba hablando solo de la historia.

***

Le fui contando en fragmentos mientras la tocaba. Las subastas, los clientes que llegaban por recomendación, el viaje a Milán con Alberto, el hombre mayor que había sido el primero. Valeria escuchaba y se dejaba llevar al mismo tiempo. Era una combinación extraña: la confesión y la caricia funcionaban juntas, como si una no tuviera sentido sin la otra.

Le conté cómo me cuido, por qué exijo ciertas garantías, cómo Marcos sabe todo y eso hace que no sea traición sino elección. Le conté que hay encuentros que se pagan muy bien y que hay algo en ese intercambio, en ese deseo explícito que tiene precio, que me excita de una manera que no puedo del todo explicar.

—¿No te da miedo? —preguntó, con la voz algo alterada.

—Le tengo más miedo a cerrar esa parte de mí que a cualquier otra cosa.

La besé entonces. No como se besa por costumbre ni como saludo. La besé despacio, con intención, dejando que entendiera de qué se trataba.

Respondió. Al principio con cautela, luego con ganas reales. Sus manos me recorrieron la espalda y bajaron a los muslos.

—Nunca estuve con una mujer —me dijo contra mi boca.

—Lo sé. ¿Querés parar?

—No.

La trabajé despacio, con la lengua y los dedos, aprendiendo lo que le gustaba por la manera en que su cuerpo respondía. Tenía un clítoris muy sensible, fácil de encontrar, y cuando lo presioné en el ángulo correcto su cadera empezó a moverse sola, sin que ella lo decidiera. Gemía bajo, contenida, como alguien que no termina de creer lo que le está pasando.

Acabó apretando los dientes, con las dos manos en mi pelo.

***

Volvimos antes de lo previsto. Le mandé un mensaje a Marcos: «vuelvan en media hora». Nos tendimos en el césped junto a la piscina, todavía con arena en los pies y las toallas húmedas debajo.

—¿Te arrepentís de algo? —le pregunté.

—De nada. ¿Y ahora qué?

Le expliqué el plan mientras le pasaba los dedos por el pelo mojado. Era simple: cuando llegaran los hombres, nosotras seguíamos. Lo que hicieran ellos diría todo lo que había que saber sobre los límites que Rodrigo estaba dispuesto a aceptar para su mujer.

Valeria asintió. Estaba excitada y nerviosa en partes iguales. Es la combinación en la que ocurren las cosas que uno recuerda de verdad.

Nos besamos con calma mientras esperábamos. Le separé las rodillas y me arrodillé entre sus piernas. Metí la lengua despacio, empezando por los labios externos, sin apurar nada, dejando que se acostumbrara a la sensación y a la idea de que esto estaba pasando realmente.

Gemía bajo, contenida.

Volví al clítoris, con paciencia, hasta que su cadera comenzó a moverse otra vez sola.

Entonces sentí que alguien me abría las piernas por detrás. Estaba en cuatro patas y no me había dado cuenta de cuándo habían llegado.

Reconocí la manera de Rodrigo. Me entró sin avisar, con decisión, hasta el fondo.

—¿Quién te está metiendo? —le pregunté a Valeria, que lo veía de frente.

—Mi marido —dijo, casi sin creerlo.

—¿Y te molesta?

Tardó un segundo.

—No —dijo.

Marcos apareció entonces a mi lado. Miró a Valeria. Ella extendió la mano y lo tomó de la muñeca, sin decir una palabra. Él entendió.

Me salí del medio. Marcos se colocó entre las piernas de Valeria y le restregó el sexo contra sus labios, despacio, dándole tiempo. Rodrigo me seguía cogiendo desde atrás y miraba lo que hacía Marcos con su mujer con una expresión que no era del todo sorpresa.

—¿Cómo llegamos a esto? —preguntó Rodrigo, más para sí mismo que para nadie.

—Porque los dos lo quisieron —dije—. Y ella también.

Marcos entró en Valeria con cuidado, centímetro a centímetro, mientras Rodrigo seguía moviéndose dentro de mí. Los cuatro respirábamos cerca, sin el pudor que suele complicar estas cosas cuando se piensan demasiado.

—Quiero que acabés adentro —le dijo Valeria a Marcos, con los ojos cerrados.

—¿Segura?

—Sí.

Marcos aceleró el ritmo. Rodrigo también. Cuando Rodrigo acabó dentro de mí, me monté sobre la cara de Valeria. Podría haber girado la cabeza. No lo hizo. Me lamió con curiosidad, tomándose su tiempo, sin la urgencia que viene del hábito.

Marcos le dio lo que ella había pedido.

***

Después, Rodrigo le sugirió a Valeria que si quería aprender a estar con otros hombres iba a tener que estar dispuesta a más. Ella no dudó. Nos turnamos para prepararla: saliva, un dedo, paciencia. Cuando Tommy tomó su lugar y entró despacio, Valeria tenía la respiración cortada pero no dijo que parara.

Rodrigo me preparó a mí a la vista de ella, con la misma calma.

Estábamos los cuatro juntos, sin barreras que antes hubieran parecido imposibles de cruzar.

—Acabá afuera —le pedí a Rodrigo. Lo hizo, sobre mi pecho, mientras Marcos le preguntaba a Valeria dónde quería que acabara.

—Adentro —dijo ella sin dudarlo.

***

Nos tiramos a la piscina los cuatro. El agua fría cortó la intensidad de golpe y salimos riendo sin que nadie supiera bien de qué, que es la mejor clase de risa.

Más tarde, mientras Rodrigo y Marcos preparaban algo adentro, Valeria se me acercó en la terraza.

—Me dijiste que había dos cosas. Solo me contaste una.

—Ya habrá momento para la segunda —dije.

—¿Y lo de cobrar? ¿Creés que yo podría?

—Si lo desearas de verdad, sí. Pero eso es una conversación diferente.

Esa noche cenamos los cuatro como si nada hubiera cambiado y todo hubiera cambiado a la vez. Rodrigo le pasó el brazo a Valeria por los hombros con la naturalidad de siempre. Ella me miró desde el otro extremo de la mesa con una sonrisa que no tenía un nombre fácil.

Yo la entendí perfectamente.

Enero en Playa del Carmen. Hay semanas que se quedan grabadas de una manera particular, que no se borra con el paso del tiempo ni con los veranos que vienen después.

En el próximo relato les contaré sobre la subasta que siguió, y sobre cómo Daniela finalmente dio el paso que llevaba meses postergando.

Besos, Elena.

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Comentarios (5)

Carolina_Mdq

Dios mío que final tan inesperado... me quedé pegada sin darme cuenta de cuánto había pasado

confesando_todo

Por favor una continuacion!! quiero saber cómo reaccionó ella cuando supo todo

NightReaderX

La escena de la piscina te tiene de entrada. Muy bien contado

Vicky_SC

Que valiente, contar algo así a una amiga sin saber cómo va a reaccionar debe ser muy liberador

PatriZR

buenisimo!!

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