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Relatos Ardientes

Mi confesión de aquella nochevieja en el hotel

Para Elena, aquella nochevieja había empezado mucho antes del 31 de diciembre. Empezó la madrugada en que Adrián le escribió por primera vez, siete meses atrás, y ninguno de los dos pudo parar. Mensajes interminables, llamadas de tres horas, audios que ella escuchaba con los ojos cerrados mientras se duchaba. Nunca habían dicho en voz alta lo que iba a pasar esa noche, pero los dos lo sabían.

Eligieron un hotel a mitad de camino entre las dos ciudades. Un edificio antiguo, con escalera de mármol y un restaurante que organizaba cena de gala para fin de año. Reservaron dos habitaciones. Las dos. Por si acaso.

Cuando Elena lo vio en el lobby, supo que la segunda habitación era un trámite inútil.

—Pensé que llegarías más tarde —dijo Adrián, y la abrazó. Un segundo más de lo necesario.

—Cogí el tren anterior —respondió ella, sin separarse del todo.

Subió a vestirse sola. Frente al espejo, se miró con el conjunto de encaje rojo que había comprado tres semanas antes. Lo había imaginado tantas veces puesto, mirándose así, que cuando por fin lo hizo le tembló la mano al cerrar el sostén. Encima, un vestido negro corto, sencillo, que no dejaba adivinar nada de lo que llevaba debajo.

Si no pasa nada, nadie tiene por qué saberlo.

Bajó al restaurante a las nueve y media.

***

La cena fue larga, deliberadamente larga. Adrián servía el vino con una atención casi excesiva. Elena rozaba la mesa con la punta de los dedos, dejándole decidir cuándo cubrir su mano con la suya. Lo hizo entre el segundo y el tercer plato, sin avisar, y ya no la retiró.

Hablaron de los meses pasados. De aquella vez que él le había escrito a las cuatro de la mañana porque no podía dormir. De la llamada que duró hasta el amanecer. De la canción que les recordaba al otro. Cosas pequeñas que entre dos extraños eran nada, y entre ellos pesaban toneladas.

A medianoche faltaban diez minutos.

El maître repartió las copas con uvas. La sala se llenó de ese murmullo nervioso de quienes esperan el cambio de año como si fuera a despejarles la vida. Elena miró a Adrián. Adrián ya la estaba mirando.

Las campanadas sonaron por los altavoces. La gente empezó a contar. Doce, once, diez. Elena olvidó tragarse la mitad de las uvas. Cinco, cuatro, tres. La mano de Adrián buscó la suya por debajo del mantel. Dos, una.

Feliz año.

El primer beso fue lo que la tradición permite: un roce educado, casi en la mejilla, un saludo. El segundo no lo fue. Adrián le sostuvo la cara con las dos manos y la besó como llevaba siete meses queriendo besarla. Ella le respondió igual. La sala desapareció. Las copas, el confeti, la música de fondo. Solo quedaba esa boca que conocía sin haberla tocado nunca.

***

Bailaron después, porque sentarse era imposible. Adrián la llevó al centro de la pista con una mano en la cintura y la otra en la nuca. Bailaban más cerca de lo que cualquiera baila con una amiga. La mano de él bajó un poco, justo hasta el final de la espalda, y se quedó allí. Elena cerró los ojos.

—¿Subimos? —dijo él, contra su oído.

Ella asintió sin responder.

Subieron por la escalera de mármol despacio, con las manos entrelazadas. Cada peldaño parecía una decisión que ya estaba tomada. Adrián abrió la puerta de su habitación. La de Elena, dos puertas más allá, se quedó cerrada para siempre.

Dentro, la luz era cálida, ámbar, como diseñada para esa escena. Elena dejó el bolso sobre el escritorio, se quitó los pendientes, se quitó los zapatos. Adrián la miraba sin acercarse, dándole espacio para deshacer el rito a su ritmo.

Cuando se llevó las manos a la cremallera del vestido, lo hizo despacio, mirándolo a los ojos. La tela cayó al suelo de un solo movimiento.

Adrián se quedó sin palabras.

Ella había imaginado mil veces ese momento, pero no había anticipado el silencio. El silencio absoluto de Adrián, que la miraba como quien mira algo que no creía que existiera. El conjunto de encaje rojo le ceñía el pecho con dos tiras finas que se cruzaban en el centro, formando una equis que dirigía la mirada hacia abajo. La braguita era de la misma seda, alta en la cadera, con un bordado que descendía hasta el monte de Venus.

—Eres mucho más de lo que había imaginado —dijo él, por fin.

Elena no respondió. No hacía falta.

Adrián se acercó. Sus manos se posaron primero en la cintura, luego subieron muy despacio por las costillas, casi sin tocar. Cuando rozó la curva del pecho, ella soltó un suspiro hondo. Justo encima del borde del encaje, Elena tenía un lunar diminuto, oscuro, que él había descubierto una vez en una foto y nunca había olvidado. Se inclinó y lo besó. Solo eso. Un beso largo, exacto, sobre ese punto.

Elena le pasó las manos por la nuca y lo retuvo allí.

***

La cama esperaba a un metro. Adrián la condujo sin prisa, con los dedos entrelazados con los de ella, como si todavía estuvieran bailando. Cuando la apoyó sobre el colchón, lo hizo con cuidado, casi con ceremonia. Se colocó encima, pero no para tomarla. Para mirarla.

Empezó por el cuello, debajo de la mandíbula, donde el pulso latía visiblemente. Sus labios se demoraron en la clavícula, en el hueco de la garganta, en el hombro derecho. Bajó hacia el pecho y allí se detuvo. Le desabrochó el sostén con una sola mano, sin urgencia, y lo apartó. Volvió al lunar. Lo besó otra vez, más despacio. Después rodeó la areola con la lengua, sin tocar el centro, hasta que ella le clavó las uñas en la espalda.

—Por favor —murmuró Elena.

Adrián cedió entonces. Cerró los labios alrededor del pezón y lo succionó con un ritmo lento, casi cantado. Ella echó la cabeza atrás contra la almohada y dejó escapar un sonido que estaba a medio camino entre un suspiro y un ruego.

Él bajó después por el esternón, beso a beso. Por las costillas. Por el ombligo. Cuando llegó al borde de la braguita roja, no la quitó. La apartó solo unos centímetros con los pulgares, lo justo para descubrir el nacimiento del vello, y besó esa zona con la cara entera apoyada contra ella. Elena sintió el aliento caliente contra una piel que ya estaba húmeda, y un escalofrío le recorrió la columna desde abajo hacia arriba.

Adrián levantó la cara y siguió bajando.

Saltó la prenda de seda por completo. Besó el pliegue de la ingle, esa línea fina donde la pierna se une al torso, y Elena empujó la cadera buscándolo, pero él no se dejó. Bajó por la cara interna del muslo, despacio, mordiendo apenas con los labios. Recorrió la rodilla, la pantorrilla, el tobillo. Le tomó un pie con las dos manos y le besó el empeine.

Elena se retorció sobre las sábanas. Estaba siendo adorada de pies a cabeza, y eso le dolía casi tanto como le gustaba. Cuando ya no pudo más, arqueó la espalda, alzó la cadera y se quitó la braguita ella misma, con un gesto rápido y decidido.

Adrián, desde los pies de la cama, la miró.

Lo que vio le quitó el aire. Elena estaba completamente entregada, con el cuerpo tenso, brillante, abierta a él. La luz ámbar de la habitación dibujaba reflejos de humedad en la piel. Adrián se quedó así unos segundos, sin moverse, como si necesitara grabar la imagen antes de subir a buscarla.

Y subió. Pero Elena ya tenía otros planes.

***

Cuando Adrián llegó otra vez a su altura, ella le puso una mano firme en el pecho y lo empujó suavemente hacia atrás. Se incorporó. Quedó arrodillada frente a él, igual de desnuda, igual de expuesta, sin más ventaja ni más miedo.

—Ahora me toca a mí —dijo, contra su boca.

Lo besó distinto. No con hambre, sino con una calma que daba vértigo. Le fue desabrochando la camisa botón a botón, sin separar los labios de los suyos. Cuando la prenda cayó, deslizó las palmas por el pecho, por los hombros, por los brazos. Adrián cerró los ojos. Le temblaba la respiración.

—Me haces perder el control —murmuró él.

—Pues piérdelo.

Le quitó el cinturón con la misma parsimonia. Después los pantalones. Lo último que quedaba entre los dos. Cuando estuvieron por fin igual de desnudos, Elena lo miró largamente, sin tocarlo, dejando que él la mirara también. Dos cuerpos enteros, sin nada delante, sin nada detrás.

—Túmbate —pidió ella.

Adrián obedeció. Se rindió a la cama sin decir una palabra.

Elena se colocó a los pies y empezó a subir a gatas. Despacio. Le besó el empeine, igual que él había hecho con ella, devolviéndole el gesto. Subió por el tobillo, por la pantorrilla, por la cara interna de la rodilla. Adrián tuvo un escalofrío visible cuando ella le rozó la parte alta del muslo con los labios.

—Así… —musitó él.

Ella siguió. Por la cadera, por el vientre. Se demoró ahí, con la mejilla apoyada contra el abdomen, sintiendo cómo subía y bajaba a un ritmo cada vez más irregular. Subió hasta el pecho. Le besó el centro, el esternón, la base del cuello. Cuando llegó a la altura de la cara, se detuvo justo encima.

Sus narices casi se tocaban. Respiraban el mismo aire.

—Ahora estamos en el mismo punto —dijo Elena.

Adrián abrió los ojos. La mirada que ella encontró ya no era solo de deseo. Era de algo más antiguo, más raro, que ninguno de los dos había esperado descubrir en una habitación de hotel en nochevieja.

Apoyó la frente contra la suya. Le pasó la mano por la mejilla. Y se quedó así, un segundo, dos, los que hicieran falta, con el corazón golpeándole contra las costillas.

Sabían lo que venía. Sabían que el resto del año, y quizá el resto de muchos años, dependía de lo que decidieran en ese instante. Pero por una vez no había prisa. Por una vez, el deseo no era una urgencia: era una presencia tranquila, inevitable, compartida.

El año nuevo tenía apenas dos horas.

Tenían toda la noche por delante.

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Comentarios (5)

Ricky_Baires

tremendo relato!!! me enganche desde la primera linea y no pude parar

LuciaMdel

Me recordo a unas vacaciones que tuve hace años, aunque la mia no fue tan cinematografica jaja. Gracias por compartirlo

Sandra_noche

Que bien escrito, se nota que es algo vivido de verdad. Aguardo la continuacion!

MatiasC

se hizo cortisimo... quiero saber como siguio todo eso

viajera_99

Los relatos de confesiones reales son los mejores y este tiene algo especial. No se si es la forma de contarlo o los detalles, pero te transporta completamente. Mas de esto por favor!

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