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Relatos Ardientes

El viaje donde descubrí lo que me gustaba de verdad

Me llamo Valeria y tengo veintiséis años. Antes de entrar en lo que quiero contar, creo que vale la pena situarme un poco: soy instructora de yoga y entrenamiento funcional, así que mi cuerpo refleja ese trabajo diario. Morena de pelo largo y liso hasta los hombros, piel clara que se broncea con facilidad, pechos pequeños y firmes, cintura marcada, piernas fuertes. No lo menciono por vanidad; lo menciono porque esos detalles tienen peso en lo que ocurrió.

Llevaba tres años con Diego cuando todo esto pasó. Nuestra relación era de las que la gente llama «abierta», aunque en realidad era más matizada que eso: no había reglas escritas, pero sí conversaciones honestas desde el principio. Habíamos explorado sin pudor desde los primeros meses: juegos de roles, grabaciones, alguna visita compartida. Lo que Diego aún no sabía era el detalle que yo cargaba desde hacía tiempo.

Mi curiosidad por las mujeres no era nueva. Había aparecido despacio, con esa sutileza de algo que siempre estuvo ahí y que uno tarda en nombrar. Nunca había actuado. No por falta de deseo, sino porque la oportunidad correcta, la persona correcta, no habían llegado al mismo tiempo.

Una noche, en medio de uno de nuestros encuentros, se lo confesé a Diego. No lo había planeado; simplemente salió. Le dije que me imaginaba con una mujer. Que tenía curiosidad de verdad, no como fantasía abstracta sino como algo concreto que quería vivir algún día.

Diego me miró un buen rato antes de sonreír.

—¿Y si pudieras elegir a alguien, a quién elegirías? —preguntó.

La pregunta me tomó por sorpresa. La procesé en silencio mientras él esperaba, y entonces, sin pensarlo demasiado, respondí:

—Natalia.

Natalia era su mejor amiga desde la universidad. Cuatro años mayor que yo, cuerpo trabajado con disciplina, piel morena, pelo negro cortado a la altura de la oreja. Segura de sí misma hasta el punto de rozar lo intimidante. Exactamente la clase de mujer que me ponía nerviosa de los buenos modos.

Diego asintió despacio. Creo que la idea le gustó más de lo que esperaba.

—Tiene que parecer espontáneo —le dije—. Nada planeado. Nada forzado.

—Perfecto —respondió—. Porque el próximo fin de semana vamos todos de viaje.

***

El destino era una ciudad costera a cuatro horas en tren. Diego y su grupo de amigos organizaban ese viaje una vez al año: siempre el mismo lugar, siempre el mismo hotel frente al mar. Natalia era parte del grupo central desde hacía años. Yo había ido una vez antes y conocía el formato: llegada el viernes, regreso el domingo, días en la playa y noches largas.

Decidí viajar en el mismo tren que el grupo pero sentada aparte de Diego. Le di una excusa vaga —quería leer, necesitaba descansar un poco— y él lo entendió sin preguntar más. Me coloqué en la fila de detrás de Natalia, que viajaba sola con los auriculares puestos y la vista perdida en el paisaje que pasaba por la ventanilla.

Me incliné hacia adelante.

—¿Te viene bien compañía? —pregunté.

Ella se giró, me vio y se quitó un auricular con gesto despreocupado.

—Claro —dijo, y señaló el asiento libre a su lado.

Hablamos durante casi todo el trayecto. De trabajo al principio, luego de música, luego de cosas que normalmente uno no cuenta hasta que lleva más tiempo con alguien. Natalia tenía esa forma de preguntar que hacía que uno dijera más de lo que había planeado decir. Para cuando el tren entró en la última estación, yo ya le había contado cosas que solía guardar semanas antes de compartirlas.

En un momento, el tren atravesó un túnel y la oscuridad nos cubrió durante unos segundos. No sé bien por qué, pero alargué la mano y rozé la suya sobre el apoyabrazos. Ella no la retiró. Cuando volvió la luz, las dos seguíamos mirando hacia adelante, como si nada hubiera pasado.

***

Al llegar al hotel, la distribución de habitaciones fue sencilla: chicos con chicos, chicas con chicas. Natalia y yo acabamos compartidas sin que nadie lo cuestionara.

Era una habitación amplia con vistas al mar. Natalia dejó su bolsa sobre la cama de la derecha y se sentó al borde, estirando los brazos por encima de la cabeza. Su camiseta se levantó un instante y vi la línea de su abdomen, perfectamente definido. Luego se recostó hacia atrás apoyándose en los codos y me miró.

—Voy a ducharme antes de que salgamos —anunció.

Me senté en la otra cama y me quité la chaqueta despacio.

—¿Te molesta si entro también? —dije—. Para ahorrar tiempo. Podemos ducharnos juntas.

Natalia me miró un segundo largo. Una fracción de segundo en la que leí algo que no era rechazo.

—No me molesta —respondió al fin.

Entró primero. Yo esperé a escuchar el agua antes de quitarme la ropa y abrir la puerta del baño. El vapor ya empañaba el espejo. La silueta de Natalia se veía a través de la mampara translúcida.

Abrí la mampara. Ella se giró, y su mano apareció extendida para ayudarme a entrar, el mismo gesto con el que se ayuda a alguien a cruzar un escalón. Tomé su mano y entré bajo el chorro de agua caliente.

Natalia era exactamente como me la había imaginado. El agua resbalaba sobre su piel morena, sobre ese cuerpo que era el resultado de años de disciplina. Pechos grandes y firmes, pezones oscuros y tensos por el contraste del agua. Intenté no mirar demasiado. Fallé en eso bastante pronto. Y cuando levanté la vista hacia su cara, ella tampoco me estaba mirando a los ojos.

Nos lavamos sin hablar mucho, rozándonos cuando el espacio lo exigía, ninguna de las dos haciendo ningún movimiento claro. Cuando salimos y nos envolvimos en las toallas, la tensión entre nosotras era tan palpable que casi tenía textura propia.

***

El resto del día lo pasamos con el grupo: playa, cervezas frías, un restaurante ruidoso donde Diego me lanzó una mirada desde el otro extremo de la mesa que era mitad pregunta, mitad sonrisa. Yo le respondí con algo que no decía nada y lo decía todo.

Al caer la noche, Natalia y yo nos cambiamos para salir un rato solas. Ella se puso un vestido corto que le marcaba cada curva; yo, unos pantalones cortos oscuros y una camiseta fina sin sujetador. Las dos sabíamos lo que estábamos haciendo, aunque ninguna lo dijera.

Caminamos hacia el paseo marítimo. El frío del mar hacía que el ambiente fuera más denso de lo habitual para esa época del año. A mitad del camino, Natalia me tomó del brazo sin preámbulos, como si fuera algo que hacía siempre.

—Tengo frío —dijo.

—Mentira —respondí, y las dos nos reímos.

Encontramos un café pequeño con las ventanas empañadas y pedimos algo caliente. Estuvimos casi una hora ahí sentadas. Hablamos de relaciones, de libertad, de lo que cada una buscaba en ese momento de su vida. Natalia era más directa de lo que yo esperaba; yo acabé siendo más honesta de lo que había planeado. En algún punto ella mencionó de pasada que le gustaban las mujeres tanto como los hombres. Lo dijo con la misma naturalidad con que habría dicho que prefería el café negro.

Yo no respondí nada. Solo la miré.

Ella sostuvo la mirada.

Cuando salimos del café, el frío era definitivo. Volvimos al hotel caminando pegadas, su brazo entrelazado con el mío, nuestras caderas rozándose a cada paso. En el ascensor, las puertas se cerraron y nos quedamos en silencio mirando los números subir. No había nada que decir que mejorara lo que ya estaba diciéndose solo.

***

En la habitación, Natalia pasó al baño. Yo aproveché para quitarme los pantalones y la camiseta y ponerme lo que usaba para dormir: solo una camiseta corta de tirantes y la ropa interior.

Cuando Natalia salió del baño, llevaba un top deportivo negro y una tanga de encaje del mismo color. Se detuvo al verme. Sonrió.

—Estamos prácticamente iguales —dijo.

—Casi —respondí.

Quitamos las mantas de la segunda cama sin coordinarlo. Ninguna propuso dormir separadas. Nos metimos en la misma cama sin comentarlo, como si fuera lo más natural del mundo. Natalia apagó la lámpara de su lado; yo apagué la mía.

La oscuridad de la habitación no era total: por la ventana entraba la luz difusa del paseo marítimo. Podía ver el contorno de Natalia a centímetros de mí. Estábamos de lado, frente a frente, aunque ninguna lo había decidido exactamente así.

Su mano encontró la mía debajo de las sábanas.

El silencio duró lo que tarda un corazón en acelerar.

Fui yo quien se acercó primero. Solo un poco, lo suficiente para que nuestros labios estuvieran a punto de tocarse. Esperé. Ella cerró los últimos centímetros.

El beso fue corto al principio. Casi una pregunta. Luego ella respondió con otro que no era ninguna pregunta, y sus manos se movieron hacia mi cintura, y el espacio entre nuestros cuerpos desapareció del todo.

Besarla era diferente a lo que me había imaginado. Más suave en la forma, más intenso en el fondo. Sus manos sabían exactamente lo que hacían; las mías aprendieron rápido.

Empujé las sábanas a un lado. Natalia se incorporó sobre mí y me recorrió con los ojos un momento antes de volver a bajar la boca hacia mi cuello. Sentí sus labios moverse despacio hacia mi clavícula, hacia mi pecho. Cuando llegó a mi pezón a través de la tela, dejé salir un sonido que no había planeado.

Sus dedos trabajaron la tela de mi ropa interior hacia abajo con una calma que me volvió loca. No había prisa. Eso era lo primero que aprendía de ella: que no había ninguna prisa, y que la espera era parte de todo.

Cuando sus labios llegaron a mi interior, el mundo se redujo a eso. A esa boca, a esa lengua que sabía exactamente dónde ir y a qué ritmo. Mis manos buscaron la sábana, la almohada, algo donde aferrarse. Los gemidos que salían de mí eran bajos, contenidos por el hotel y el grupo que dormía en las habitaciones cercanas, pero reales. Completamente reales.

El orgasmo llegó antes de lo que esperaba y me dejó temblando durante un buen rato.

Natalia subió despacio, besándome el abdomen, el pecho, la mandíbula, antes de llegar a mis labios otra vez. La saboreé en su boca y algo en mí terminó de rendirse del todo.

Me incorporé. La hice tumbar con suavidad. Le quité el top con cuidado, luego la tanga, y me quedé un momento mirándola. La luz del paseo le iluminaba la curva del hombro, la línea de su cintura, el tono oscuro de su piel. Era exactamente la imagen que había tenido en la cabeza durante meses.

—¿Es tu primera vez con una mujer? —preguntó en voz baja.

—Sí —respondí.

—Haz lo que te apetezca —dijo ella—. No hay nada que hacer mal.

Empecé por sus pechos porque era lo que más había imaginado. Los tomé con las manos, aprendí su peso, los besé despacio. Natalia se arqueaba bajo mis manos, dejándome explorar sin dirigir demasiado. Pero cuando bajé más, cuando mis labios llegaron a donde llegaron, los sonidos que ella hizo borraron cualquier resto de inseguridad que me quedara.

La escuché tensarse y luego soltarse. La escuché decir mi nombre en voz muy baja, una sola vez, como si no hubiera querido decirlo pero no hubiera podido evitarlo.

Después de eso, ella cruzó sus piernas con las mías de una forma que yo nunca había experimentado. El roce de su calor contra el mío hizo que volviera a gemir. Nos movimos juntas, encontrando un ritmo que no necesitó explicarse, hasta que llegamos casi al mismo tiempo y nos quedamos quietas, respirando fuerte, pegadas la una a la otra sin movernos.

***

Por la mañana me desperté con el sol entrando por la ventana y Natalia todavía dormida a mi lado. La miré un momento antes de levantarme en silencio a buscar mi ropa del día anterior.

Ella abrió los ojos cuando escuchó que me movía.

—Buenos días —dijo con una voz ronca que no le había escuchado antes.

—Buenos días.

Se incorporó y empezó a buscar su ropa entre las sábanas. Encontró su tanga y me la extendió. Yo alargué la mano y tomé la suya en cambio.

—Este se queda conmigo —dije.

Natalia me miró un segundo y luego sonrió sin decir nada. Tomó la mía. Nos vestimos en silencio, ese silencio cómodo que no necesita llenarse.

En el tren de vuelta, Diego me preguntó con la mirada cómo había ido todo. Le conté lo suficiente. El resto era mío.

Guardé la tanga de encaje negro en el bolsillo lateral de la mochila y, durante el resto del trayecto, cada vez que pensaba en la noche anterior, sentía algo que no era exactamente culpa ni exactamente nostalgia. Era más como la certeza de haber confirmado algo que siempre había sabido sobre mí misma, algo que había vivido solo en la imaginación durante años.

Solo que ahora ya no era una fantasía.

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Comentarios (5)

Caro_BsAs

me senti super identificada con esto!! gracias por compartirlo

MatiGdl

y la segunda parte?? nos dejaste a todos con ganas de mas jaja

SilvinaRo

Me encanto como lo narraste, se siente muy cercano y real sin ser forzado. Segui escribiendo!

DiegoViajero

Los viajes hacen eso, te sorprenden cuando menos lo esperas jaja. Muy buen relato

LunaEscondida22

Me recordo a una experiencia de viaje que yo tuve con una compañera hace tiempo... digamos que las habitaciones compartidas dan para mucho jeje. Genial el relato!

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