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Relatos Ardientes

La confesión de una noche que cambió todo entre nosotros

4.3(3)

Llevábamos tres semanas hablando por teléfono cuando Diego tocó el timbre de mi apartamento. Tres semanas de mensajes que empezaban sobre cualquier tema y terminaban derivando hacia territorios que ninguno de los dos nombraba directamente pero que los dos reconocíamos en la pausa que había antes de decir buenas noches. Conversaciones que se extendían hasta las dos, las tres de la mañana, donde lo que se decía era solo la mitad de lo que pasaba. El tono de su voz cuando preguntaba qué llevaba puesto. El silencio de un segundo que se alargaba antes de que cualquiera de los dos cambiara de tema. Esa clase de tensión que crece precisamente porque no se resuelve, que acumula presión con cada llamada hasta que la única salida posible es la que ninguno quiere ser el primero en proponer.

Cuando escuché el timbre me quedé inmóvil un momento frente al espejo de la entrada. Me miré: el vestido que había elegido esa mañana sin admitir por qué lo había elegido, el pelo suelto, las manos que no sabían dónde quedarse. Tenía el corazón en la garganta. También tenía la ropa interior empapada desde antes de que sonara el timbre, y eso lo sabía muy bien.

Abrí la puerta.

Era más alto de lo que recordaba de la única vez que habíamos tomado un café, dos meses antes, o quizás yo lo había recordado con la distancia que da saber que no volverías a verlo pronto. Llevaba una camisa azul oscura con las mangas enrolladas hasta el codo y olía a jabón y a algo más cálido que no supe identificar. Me miró un segundo sin decir nada.

—Hola —dijo.

—Hola —respondí, y los dos nos reímos de lo ridículo que era ese saludo después de todo lo que habíamos dicho en las últimas semanas.

Entró. Dejó una botella de vino tinto en la meseta de la cocina sin que yo se la pidiera, como si llevara tiempo imaginando exactamente ese gesto. Miró el apartamento un momento —la estantería, la ventana, el sofá— y luego se giró y me miró a mí de una forma que achicó el espacio entre nosotros sin que ninguno se moviera.

—¿Abrimos el vino? —pregunté.

Él dio un paso hacia mí.

—Podríamos —dijo, pero su tono dejaba claro que el vino no era la prioridad.

El primer beso fue breve, casi formal. Una confirmación más que una pregunta. El segundo fue diferente: sus manos encontraron mis caderas y me acercó con una firmeza tranquila que me cortó el aliento. Me apretó contra él y sentí, contra mi vientre, el bulto ya duro de su polla debajo del pantalón. No lo disimuló. Ni siquiera se movió para ocultarlo. Dejó que yo lo notara, que registrara exactamente lo que había pasado con él en los diez segundos desde que había cruzado la puerta.

—Ya se te puso dura —murmuré contra su boca, sin pensarlo, con la voz un poco tomada.

—Se me puso dura en el taxi —contestó él, y me mordió el labio inferior.

Nos desplazamos por el pasillo sin separarnos, con la torpeza de quien todavía está aprendiendo la geografía del otro, chocando con el marco de la puerta del dormitorio. Nos reímos un momento. Luego paramos de reírnos.

***

La habitación estaba a oscuras salvo por el resplandor frío que entraba desde la calle. Me senté en el borde de la cama y Diego quedó de pie frente a mí, mirándome en silencio unos segundos antes de inclinarse para besarme de nuevo. Esta vez más despacio, como si ya no hubiera apuro. Sus dedos encontraron la cremallera de mi vestido y la bajaron con una lentitud que hizo que me costara mantener el ritmo de la respiración.

Cuando el vestido cayó al suelo, se quedó quieto un momento. Me miraba con una atención pausada, sin prisa por ningún lado, y en esa pausa yo tomé conciencia de que llevábamos semanas hablando y que ahora no había ningún teléfono de por medio. Le saqué la camisa. Pasé las manos por su espalda, verificando lo que durante tanto tiempo había sido solo imaginación, y sentí cómo él soltaba el aire despacio contra mi cuello.

Le desabroché el cinturón sin dejar de mirarlo. Le bajé la cremallera. Cuando metí la mano dentro del bóxer y agarré su polla por primera vez, Diego cerró los ojos y apretó la mandíbula. La tenía gruesa, caliente, y la punta ya estaba mojada. Cerré los dedos alrededor y la moví despacio, de arriba abajo, sintiendo cómo se ponía todavía más dura contra mi palma.

—Joder —susurró él.

—¿Te gusta así? —pregunté, con una voz que ni yo reconocía.

—Más despacio —dijo—. Si sigues así me corro en tu mano.

Aflojé el ritmo, casi divertida por el poder que me daba tenerlo así. Me incliné hacia adelante y le pasé la lengua por la punta, recogiendo esa gota transparente que ya se había formado. Diego dejó escapar un sonido gutural y me hundió los dedos en el pelo, sin empujar, solo sujetándome. Me la metí entera en la boca, todo lo que pude, sintiendo cómo llegaba al fondo de mi garganta antes de retirarme despacio, dejando un rastro de saliva sobre la piel tensa.

La chupé sin apuro, cerrando los labios alrededor y girando la lengua sobre la corona. Con la otra mano le agarré los huevos, jugando con ellos, sopesándolos, mientras subía y bajaba con la boca a un ritmo que lo tenía murmurando barbaridades en voz baja. Cada vez que la sacaba entera para respirar y le lamía la base hasta la punta, él soltaba un gruñido nuevo.

—Para —dijo al rato, tirándome suavemente del pelo hacia atrás—. Para o esto se acaba antes de empezar.

Solté la polla con un beso deliberado en la punta y lo miré desde abajo, todavía de rodillas al borde de la cama. Diego tenía los ojos negros, la respiración agitada. Me tomó por los codos y me subió a la cama de un tirón.

Me acostó boca arriba y quedó encima de mí, apoyado en los codos para no aplastarme, buscando mi boca, mis hombros, la curva de mi cuello. Bajó por mi clavícula. Me arrancó el sujetador con una impaciencia nueva y se quedó un segundo mirando mis tetas antes de bajar la boca sobre un pezón y chupármelo mientras con la otra mano me apretaba la otra teta sin delicadeza. Arqueé la espalda contra su boca. Me chupó, me mordió, pasó de un pezón al otro dejándolos duros, brillantes de saliva, y todo el tiempo yo sentía su polla contra mi muslo, rozándome, marcando territorio.

Sus manos recorrieron mis costados con una paciencia que me resultaba casi torturante. Yo quería que acelerara y al mismo tiempo no quería que nada de aquello terminara pronto.

Me giró suavemente y me acomodó sobre él con las manos en mis caderas, hasta que quedé sentada encima mirándolo desde arriba. Sus pulgares trazaron un arco sobre mis caderas y me apretó contra él con una presión que no dejaba margen para interpretaciones. Sentía su verga dura debajo de mí, atrapada entre nuestros cuerpos, y empecé a frotarme contra ella sin darme cuenta, moviendo las caderas en pequeños círculos que dejaban una mancha húmeda sobre su vientre.

Puse las palmas sobre su pecho y sentí sus latidos debajo de la piel.

Esto es real, pensé. De verdad está pasando.

—Ven aquí —murmuró.

Me incliné hacia adelante. Mis pechos se aplastaron contra su pecho y quedé con la barbilla apoyada en su esternón, mirándolo desde abajo. Tenía una expresión tranquila que contrastaba con la tensión que yo notaba en sus manos, todavía posadas en mi espalda. Las bajó despacio, explorando, hasta la curva de mis glúteos. Me apretó el culo con las dos manos, abriéndomelo un poco, sin ningún pudor.

Desde ahí me deslizó hacia arriba por su cuerpo en un movimiento deliberado, sin prisa pero sin ambigüedad. Terminé sentada sobre su pecho con mis pies apoyados a la altura de sus hombros y el encaje de mi ropa interior a centímetros de su boca. La posición era completamente explícita. Los dos lo sabíamos y ninguno dijo nada.

—Dios —susurré.

Él no respondió con palabras. Me miró desde abajo con esa atención absoluta y sus manos recorrieron mis muslos, arriba y abajo, sin prisa. El calor de su aliento llegaba directo a través de la tela y cada vez que exhalaba yo sentía el impulso de acercarme más. La tanga estaba empapada y él lo notaba: pasó un dedo por encima de la tela, marcando el largo de mi coño, y la humedad se transparentó al tacto.

—Estás chorreando —dijo, sin apartar los ojos de los míos.

—Llevo así desde que abriste la puerta —contesté.

Bajé una mano por mi vientre, despacio, hasta el borde de la lencería, y dejé que mis dedos se colaran por debajo. Diego apretó los ojos un segundo y soltó el aire con un sonido controlado.

—No pares —dijo, con la voz baja y espesa.

Me toqué para él, dos dedos abriendo los labios de mi coño, mostrándome, deslizándolos hasta el clítoris con una lentitud calculada para que él viera todo. Diego respiraba contra mi muñeca. Sacó la lengua y me chupó los dedos mientras yo seguía moviéndolos, y esa mezcla de mi propio sabor con su boca me hizo apretar las rodillas contra los lados de su cara.

Sentí su barba raspar el encaje húmedo y el calor de su aliento apuntando directo, y algo en mi interior decidió que había tenido suficiente paciencia por una noche.

Sus pulgares encontraron el borde de la tanga y la corrieron a un lado. El primer contacto directo —su boca contra mi coño sin ninguna tela de por medio— me hizo contraer el estómago con una brusquedad que no esperaba.

***

Su lengua tenía una precisión que me descolocó desde el primer momento. No la urgencia ciega de quien actúa por entusiasmo, sino la atención de alguien que escucha y ajusta. Empezó por abajo, un lametón largo, plano, desde la entrada hasta el clítoris, recogiendo todo lo que yo había estado guardando durante tres semanas. Repitió el movimiento tres veces, cuatro, cada vez más despacio, hasta que la segunda vez que llegó al clítoris se detuvo ahí y empezó a girar la punta de la lengua alrededor sin tocarlo del todo.

Cada vez que mi cuerpo respondía a algo —un espasmo, un cambio en la respiración, una presión involuntaria de mis muslos— él lo registraba y modificaba el movimiento siguiente. Era desconcertante y exacto al mismo tiempo, como una conversación en la que solo uno de los dos habla y el otro solo necesita responder.

Hundí los dedos en su cabello.

—Así —le dije, y lo noté sonreír contra mi coño.

Cerró los labios sobre el clítoris y chupó. No con violencia, pero con una succión constante que me sacudió las caderas hacia adelante. Al mismo tiempo la lengua no paraba: dibujaba círculos, pasaba de arriba abajo, se hundía un segundo en la entrada de mi coño para volver a subir empapada. La mezcla de succión y movimiento era casi insoportable.

Las caderas empezaron a moverse solas, buscando más presión, más contacto, más de lo que ya recibía. Le monté la cara sin querer. Él me agarró el culo con las dos manos y me apretó todavía más contra su boca, obligándome a follarle la lengua, dejando claro que quería exactamente eso. Tiré la cabeza hacia atrás y busqué con la mano la madera de la cabecera, aferrándome a ella mientras el resto de mi cuerpo empezaba a desorganizarse. La cabecera golpeó suavemente contra la pared marcando el ritmo de mis movimientos, y el sonido me pareció tan irreal como todo lo demás en esa habitación.

Su lengua mantuvo una cadencia que respondía punto por punto a cada variación de mis caderas. A veces más lenta, dejando que la tensión se acumulara hasta hacerse insoportable. A veces más directa, sin adornos, llevándome al borde de algo antes de retroceder apenas un centímetro. Lo hacía con una ecuanimidad que, en cualquier otro contexto, me habría parecido exasperante. Aquí era devastadora.

Entonces su mano izquierda se desplazó con intenciones propias. Un dedo, primero tanteando el terreno en la entrada empapada, girando ahí, mojándose, luego adentrándose con una delicadeza firme que no esperaba. Curvó la yema hacia arriba y presionó exactamente donde tenía que presionar.

—Joder —salió de mi boca, más exclamación involuntaria que frase construida.

Diego no se detuvo. Añadió un segundo dedo. Los movió dentro de mí con una lentitud metódica, entrando hasta los nudillos y saliendo casi del todo, mientras la boca seguía trabajando el clítoris sin cambiar el ritmo. Sus dedos encontraron una coordinación coordinada, uno trabajando desde afuera y otro desde dentro, creando una sobrecarga sensorial que me hizo aferrar la cabecera con las dos manos. Mis muslos temblaban contra sus mejillas. El sonido en la habitación era el de mi respiración acelerada, el de la madera contra la pared y el chapoteo obsceno de sus dedos entrando y saliendo de mi coño empapado.

Lo miré. Él tenía los ojos abiertos y fijos en mí, observando cada reacción con una presencia total que, desde la primera vez que habíamos hablado por teléfono, siempre me había resultado desconcertante. Esa capacidad suya de atender sin distracción, de estar completamente ahí. Ahora me terminaba de romper.

—No pares —repetí, y esta vez mi voz sonó a otra persona.

La tensión fue creciendo en capas, acumulándose en el centro de mi cuerpo y extendiéndose hacia afuera con cada movimiento de su lengua y sus dedos. Hay orgasmos que llegan como un golpe repentino y hay orgasmos que construyen su propia arquitectura antes de derrumbarse. Este fue del segundo tipo: lento, avisando con suficiente antelación para que yo no pudiera hacer nada más que quedarme quieta y dejar que ocurriera.

Arqueé la espalda. Mis dedos apretaron su cabello. Mis caderas empujaron una última vez y solté un sonido profundo que no reconocí como mío. Las contracciones me apretaron los dedos que él seguía moviendo dentro y sentí cómo mi coño le chorreaba en la boca, en la barbilla, en la muñeca. Las oleadas recorrieron todo mi cuerpo y durante unos segundos perdí la noción del tiempo y de todo lo que no fuera esa sensación.

Diego siguió hasta que las oleadas se espaciaron. Hasta que mis caderas se detuvieron solas y mi mano en su cabello se relajó y dejó de empujar. Solo entonces paró. Sacó los dedos despacio, brillantes, y se los llevó a la boca sin dejar de mirarme, chupándolos limpios uno a uno.

—Me voy a acordar de esto un tiempo —dijo con la voz ronca.

Me deslicé hacia atrás sobre su cuerpo, todavía temblando, y me encontré con su polla dura contra mi culo. No lo pensé. Levanté las caderas, la agarré con una mano y la guié hasta la entrada de mi coño. La cabeza resbaló entera dentro sin ningún esfuerzo, de lo mojada que estaba. Diego soltó un gruñido largo, apretando los dedos en mis caderas.

—Espera —dijo—, espera, espera.

—No —contesté, y bajé el resto de un movimiento único.

La sensación de tenerlo entero dentro, todavía con las paredes contraídas por el orgasmo anterior, me sacó un gemido largo. Diego cerró los ojos, apretó los dientes y aguantó un segundo antes de empezar a moverse. Me tomó por las caderas y me guio, marcando un ritmo lento al principio, hondo, sacándola casi entera y volviendo a hundirla hasta el fondo.

Me eché hacia adelante, apoyé las manos en su pecho y empecé a montarlo yo, buscando el ángulo, encontrando el punto en el que cada bajada me arrancaba un jadeo. Diego me miró las tetas rebotar y no apartó los ojos. Me chupó un pulgar y bajó la mano hasta mi clítoris, frotándolo en círculos mientras yo me clavaba en él, y esa combinación empezó a construir un segundo orgasmo antes de que se me hubiera terminado el primero.

—Así, así —repetía él, cada vez que yo bajaba entera—. Así, no pares.

Me giró sin sacarla, me tumbó boca arriba y se quedó encima. Enganchó una de mis piernas en su hombro y volvió a hundirse hasta el fondo. Desde ese ángulo la polla me llegaba distinto, más adentro, y cada embestida me arrancaba un sonido nuevo. Empezó a follarme con un ritmo constante, un poco más rápido cada vez, y yo le clavaba las uñas en la espalda intentando aguantar.

—Me voy a correr otra vez —le avisé, con la voz rota.

—Córrete —dijo, sin cambiar el ritmo—. Córrete en mi polla.

Y me corrí. Le apreté la verga por dentro con unas contracciones que él sintió como sintió todo lo demás, y siguió empujando durante todo el orgasmo, alargándolo, sin darme respiro. Cuando abrí los ojos otra vez él seguía moviéndose, con la mandíbula apretada, aguantando lo suyo.

—Córrete tú también —le dije, agarrándole la cara con las dos manos—. Córrete dentro.

Le bastó eso. Tres embestidas más, profundas, brutales, y lo sentí temblar entero encima de mí. Se hundió hasta el fondo y se quedó ahí, con la polla latiéndome dentro, corriéndose en chorros calientes que noté uno por uno mientras él dejaba escapar un gruñido largo contra mi cuello.

Se quedó quieto unos segundos, con todo el peso apoyado en los codos, respirando contra mi pelo. Luego salió despacio y sentí el reguero tibio bajando por la cara interna del muslo.

***

Me dejé caer de costado sobre el colchón, con las piernas todavía débiles y los pulmones trabajando a un ritmo distinto al habitual. Diego se acomodó junto a mí, pasó un brazo por debajo de mis hombros y me atrajo hacia su pecho sin decir nada. Su corazón latía fuerte debajo de mi oído. Sus manos recorrieron mi espalda con caricias lentas y circulares, bajando despacio la temperatura de mi piel.

Me quedé quieta. El techo estaba rayado de luz desde la persiana y el ruido de la ciudad llegaba amortiguado y lejano, como perteneciente a otro mundo.

—Hola —dijo él después de un rato, con exactamente el mismo tono de cuando había llegado a la puerta.

Me reí sin fuerzas para más.

—Hola —respondí.

El vino seguía intacto en la meseta de la cocina. Ninguno de los dos lo mencionó.

Diego buscó mis labios para un beso largo y tranquilo, del tipo que no necesita llegar a ningún sitio. Luego me acomodó mejor sobre su pecho y se quedó inmóvil, con la barbilla apoyada en mi cabeza y los dedos trazando distracciones lentas en mi espalda.

—Tres semanas —dijo finalmente, como si terminara una conversación que había tenido solo en su cabeza.

—Tres semanas —confirmé.

Tendría que haberlo invitado antes, pensé. Pero eso lo guardé para mí.

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Comentarios(8)

Marta_lectura

Me enganche desde el primer parrafo. Se siente demasiado real, como si lo hubiera vivido yo misma

viajero77

jaja esa tension de las tres semanas previas lo describes perfecto. sigue asi!!!

CristianRba

Buenisimo, quede con ganas de mas. Hay segunda parte?

AnitaMedrano

Me recordo a algo que me paso hace unos años. Esas conversaciones de telefono que van construyendo una tension que despues es imposible frenar. Excelente relato, de verdad.

lector_ansioso

tremendo!!! espero la continuacion con ansias

DanteRios77

Como lograste transmitir esa anticipacion del primer encuentro en tan pocas lineas es increible. Felicitaciones

Roxana_45

Por favor seguí escribiendo, me dejaste con ganas de saber todo lo que paso esa noche :)

Juani_85

muy bueno, se hizo corto

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