La historia que escribí para él terminó fuera de la pantalla
Llevaba meses escribiendo relatos eróticos a escondidas. Lo hacía por las noches, cuando Andrés se dormía y la casa quedaba en silencio. Abría el portátil sobre la mesa del comedor, con la luz de la pantalla como única compañía, y dejaba que las palabras salieran sin filtro. Historias de sumisión, de encuentros con extraños, de cosas que jamás me había atrevido a decir en voz alta. Las publicaba en un foro bajo un seudónimo y cada mañana revisaba los comentarios con el corazón acelerado.
Nadie sabía que era yo. Ni mis amigas, ni mi hermana, ni por supuesto Andrés. Él me conocía como la chica organizada que planificaba las vacaciones con hojas de cálculo y que se dormía leyendo novelas de intriga. Si supiera lo que escribía cuando él roncaba a mi lado, probablemente no me reconocería.
O quizá sí. Quizá eso era exactamente lo que me daba miedo.
***
Todo cambió un jueves por la noche. Andrés estaba en el sofá con el móvil, cosa habitual. Yo estaba en la cocina preparando una infusión cuando lo escuché soltar una especie de risa contenida, de esas que suenan más a sorpresa que a gracia. Me asomé con la taza humeante entre las manos.
—¿Qué lees? —pregunté con naturalidad.
—Nada, una tontería —dijo sin levantar la vista.
Pero no era una tontería. Lo supe por cómo movía el pulgar, despacio, deteniéndose en cada párrafo. Lo supe por la forma en que se recolocó en el sofá, ligeramente incómodo. Y lo supe, con absoluta certeza, cuando vi la URL en la parte superior de su pantalla al pasar por detrás hacia el dormitorio.
Era mi foro. Estaba leyendo uno de mis relatos.
Cerré la puerta del baño y me senté en el borde de la bañera con el pulso desbocado. No sabía si sentir pánico o excitación. Probablemente las dos cosas, porque mi cuerpo no distinguía entre ambas en ese momento. Las manos me temblaban y noté un calor inmediato entre las piernas que no tenía nada que ver con la infusión de jengibre.
¿Cuál estaría leyendo? Tenía más de cuarenta publicados. ¿El de la mujer que se deja atar en un hotel por un desconocido mientras su pareja observa desde la silla del rincón? ¿El de la chica a la que su amante obliga a correrse una y otra vez sin dejarla tocar nada? ¿O quizá alguno de los más suaves, esos que escribía cuando no me atrevía con lo que realmente tenía en la cabeza?
Daba igual. Lo que importaba era que Andrés estaba leyendo mis palabras. Mis fantasías. Las cosas que yo sentía y que nunca le había dicho con mi propia voz.
***
Volví al salón descalza, pisando despacio sobre la tarima. Él seguía absorto en la pantalla. Me acerqué lo suficiente para confirmar lo que sospechaba: estaba excitado. Se notaba en la forma en que había cruzado una pierna sobre la otra, en cómo su mano libre descansaba demasiado cerca de su entrepierna, en la respiración ligeramente acelerada que intentaba disimular.
No dije nada. Me arrodillé frente al sofá, entre sus piernas, y él bajó el móvil con expresión confusa.
—Sigue leyendo —le dije.
—¿Qué?
—Lo que estés leyendo. No pares.
Puse un dedo sobre mis labios pidiéndole silencio. Él me miró durante tres segundos que duraron una eternidad, intentando descifrar si estaba bromeando o si había perdido la cabeza. No era ninguna de las dos cosas. Levantó el móvil de nuevo, despacio, sin apartar los ojos de mí hasta el último momento.
Deslicé las manos por sus muslos. Noté cómo se tensaba bajo la tela del pantalón de chándal, ese gris viejo que usaba para estar en casa y que de repente me parecía lo más erótico del mundo simplemente porque yo sabía lo que escondía debajo. Enganchó los dedos en la cintura y lo ayudé a bajarlo hasta las rodillas con un solo movimiento.
Estaba duro. Completamente duro. Y saber que mis palabras le habían provocado eso hizo que algo se encendiera dentro de mí con una intensidad que no esperaba.
—Sigue leyendo —repetí, esta vez en un susurro.
***
Lo tomé con la mano primero, solo para sentir el peso, la temperatura, el pulso que latía contra mi palma. Él intentó mirarme y yo negué con la cabeza. Nada de mirar hacia abajo. La vista en la pantalla. Quería que las dos cosas se mezclaran: mis palabras en su cabeza y mi boca en su cuerpo.
Empecé despacio. Pasé la lengua desde la base hasta la punta, como quien prueba algo por primera vez, aunque lleváramos años juntos y yo conociera cada centímetro. Pero esa noche era distinto. Esa noche no era la novia organizada que planificaba vacaciones. Era la mujer que escribía sobre deseo descarnado a las tres de la mañana y que por fin estaba dejando que la ficción y la realidad se tocaran.
Cuando lo metí entero en mi boca, soltó un suspiro que intentó disimular como una exhalación normal. Fallé. Sonreí con los labios estirados alrededor de él y eso le arrancó un estremecimiento. Moví la lengua en círculos lentos contra la punta, succionando suave, con esa presión justa que sabía que lo volvía loco pero que casi nunca usaba porque era demasiado efectiva y yo quería que las cosas duraran.
Esa noche no quería que duraran. Quería destruirlo.
Hundí la cabeza hasta que lo sentí tocar el fondo de mi garganta. Él se sobresaltó, levantó la mano del móvil como si fuera a agarrarme el pelo, y yo le lancé una mirada de advertencia sin sacármelo de la boca. Volvió a la pantalla. Buen chico.
Sigue leyendo lo que escribo. Sigue sin saber que soy yo quien lo escribe.
Establecí un ritmo constante, profundo, tragándomelo hasta la base y saliendo hasta la punta. Cada vez que bajaba, mis labios sellaban fuerte alrededor del tronco y la succión producía un sonido obsceno que llenaba el salón en silencio. Glu. Glu. Glu. Como si el mundo se hubiera reducido a ese sofá, esa pantalla y mi boca trabajando con una dedicación que rozaba la devoción.
Lo bueno de llevar años con alguien es que conoces los signos. Sé cuándo aprieta los muslos, cuándo su respiración pasa de acelerada a entrecortada, cuándo sus dedos empiezan a buscar algo a lo que agarrarse. Y lo malo de llevar años con alguien es que a veces olvidas la potencia de todo eso cuando lo haces como si fuera la primera vez.
Le acaricié los testículos con la mano libre mientras lo mantenía al fondo de mi garganta, aguantando las arcadas con la barbilla apretada. Los sentí contraerse, tensos, y supe que estaba cerca. Apreté el ritmo. Más rápido, más profundo, más húmedo. La saliva me resbalaba por la barbilla y no me importaba. Nada me importaba excepto la vibración grave que empezó a formarse en su pecho, ese sonido gutural que Andrés solo hacía cuando estaba a punto de perder el control.
—Voy a... —empezó a decir.
No lo dejé terminar la frase. Bajé una última vez, tan profundo que mi nariz quedó contra su piel, y sentí cómo se corría directamente en mi garganta. Un espasmo, dos, tres. Caliente y espeso bajando sin que yo tuviera que hacer nada más que tragar y mantener la presión de mis labios hasta que dejó de temblar.
***
Cuando me aparté, él tenía el móvil apoyado contra su pecho, la pantalla apagada por inactividad. Me miraba con esa expresión aturdida de quien acaba de presenciar algo que no termina de procesar. Yo me limpié la comisura de los labios con el dorso de la mano y le sostuve la mirada con una sonrisa que no intentaba esconder nada.
—¿Por dónde ibas del relato? —le pregunté.
Él negó con la cabeza, medio riendo, medio sin aliento.
—No tengo ni idea. Dejé de leer en el segundo párrafo.
Me senté a su lado en el sofá y apoyé la cabeza en su hombro. Su corazón latía rápido contra mi oído. Me pasó el brazo por encima y nos quedamos así un rato, en ese silencio cómodo que solo existe cuando dos personas acaban de compartir algo que va más allá de lo físico.
—¿Puedo preguntarte algo? —dijo al cabo de un minuto.
—Dime.
—¿De dónde sacaste la idea de hacer eso?
Cerré los ojos. Ahí estaba el momento. Podía mentir, inventar que lo había visto en una película, que se me ocurrió sin más. O podía hacer lo que llevaba meses queriendo hacer.
—Porque el relato que leías lo escribí yo.
El silencio que siguió fue largo. Sentí cómo su cuerpo se quedaba completamente quieto, cómo su respiración se detenía un instante antes de reanudarse.
—¿Cómo que lo escribiste tú?
—Todos. Los escribo yo. Todos los relatos de ese foro con el nombre de Dalia son míos.
Se incorporó para mirarme a la cara. No había enfado en sus ojos. Había algo más complicado: asombro, curiosidad y algo que se parecía mucho a la excitación renovada.
—¿Desde cuándo?
—Ocho meses.
—¿Ocho meses escribiendo eso y nunca me dijiste nada?
—No sabía cómo. No sabía si te parecería raro, o si cambiaría cómo me ves.
Andrés se quedó callado un momento. Luego cogió su móvil, desbloqueó la pantalla y buscó algo. Giró el teléfono hacia mí. Tenía abierto mi perfil del foro, la lista completa de relatos publicados, cada uno con su contador de visitas y comentarios.
—¿Te parece que me parece raro? Llevo dos semanas leyéndote. Eres la que más me gusta del foro entero.
Me reí. Una carcajada real, limpia, de esas que salen del estómago y no piden permiso. Él se rió también y me atrajo hacia su pecho.
—Así que Dalia —murmuró contra mi pelo.
—Así que mi lector favorito era el que dormía a mi lado.
Nos quedamos en el sofá hasta que la pantalla volvió a apagarse. Antes de subir a dormir, le mandé por mensaje el enlace a un relato que no había publicado todavía. Uno que había escrito pensando específicamente en él, en cosas que quería hacerle y que nunca le había dicho.
—Léelo mañana —le dije desde la escalera—. Y esta vez intenta llegar al final antes de que yo intervenga.
Su risa me siguió escaleras arriba. Esa noche dormí mejor que en meses. Porque la fantasía recurrente que llevaba escribiendo desde hacía tanto tiempo por fin había dejado de ser ficción.