La noche que mi amigo Bruno cruzó la línea conmigo
Tengo veintiocho años y siempre fui de los que escuchan más de lo que hablan. Mido un metro setenta, soy de complexión delgada, piel apenas tostada, y si me preguntaras en una mesa de bar te diría sin dudar que me gustan las mujeres. Esa es la respuesta corta. La larga, la que estoy a punto de contar, es bastante más enredada.
Nunca me consideré gay. Tampoco bisexual del todo. Solo curioso, supongo. Desde la adolescencia, cuando empecé a buscar porno en internet, no me detenía únicamente en escenas heterosexuales. A veces hacía clic en miniaturas con hombres maduros, con cuerpos más grandes que el mío, con manos pesadas. Lo cerraba enseguida, casi avergonzado, y volvía a lo que se suponía que tenía que mirar. Pero la curiosidad estaba ahí, agazapada, esperando su momento.
Esto que voy a contar pasó hace algunos años, cuando todavía vivía con mis padres y trabajaba medio tiempo en una distribuidora de electrodomésticos. Cambio el nombre del protagonista por respeto. Le diré Bruno.
Bruno era amigo de la prepa. Alto, casi un metro noventa, con esos hombros anchos de los que cargan cajas todo el día. Tenía un poco de panza, pero la llevaba con confianza, como si supiera que su porte compensaba cualquier kilo de más. Reía fuerte, hablaba más fuerte y siempre era el primero en proponer salir el viernes por la noche.
La primera escena que recuerdo del todo es una noche en la oficina donde él trabajaba. Éramos cuatro o cinco amigos, habíamos llevado cerveza y nos quedamos hasta tarde viendo películas en su computadora. Pasaron las once, después las doce, y los demás empezaron a irse o a quedarse dormidos en los sofás. En algún momento Bruno y yo terminamos solos frente a la pantalla, buscando algo más para mirar.
—A ver qué hay en esta carpeta —dijo, abriendo un archivo cualquiera.
No era una película. Eran videos sueltos, organizados por nombres genéricos. Hizo doble clic en uno y la pantalla se llenó de carne. Carne masculina. Dos hombres en una cama, sin pretensión narrativa, solo cuerpos.
Nos miramos. Bruno soltó una risa nerviosa, yo bajé la vista al teclado y nos reímos los dos, ese tipo de risa que tapa otra cosa. Cerró la ventana enseguida.
—Ups, qué carpeta más rara —dijo, fingiendo sorpresa.
No le creí. Él tampoco me creyó. Pero ninguno dijo nada, y nunca volvimos a hablar del tema. Sin embargo, algo quedó suspendido entre los dos esa noche, una especie de saber compartido que no necesitaba palabras.
***
Pasaron semanas. Fiestas, cumpleaños, partidos los domingos. Nada raro. Hasta una noche de un sábado en casa de Andrés, otro amigo del grupo, donde se juntaron como veinte personas. Música alta, vasos en el suelo, gente que entraba y salía. Bruno y yo nos quedamos en el balcón fumando, hablando de tonterías mientras el resto bailaba adentro.
En algún momento subimos al baño grande del segundo piso, los dos. Yo iba a orinar, él dijo que también. Era un baño amplio, con dos mingitorios y un espejo de pared completa. Nos paramos juntos, cada uno en su lugar. No miré hacia su lado, no de manera consciente, pero por el rabillo del ojo sí lo vi, y sentí cómo él me veía a mí. Un segundo, no más. Lo suficiente para que el alcohol y la duda hicieran efecto.
Salimos sin decir nada. Bajamos las escaleras. Volvimos al living como si nada hubiera pasado, porque, técnicamente, nada había pasado.
Más tarde, cuando ya quedábamos solo seis o siete personas, nos sentamos todos apretados en el sillón largo de la sala. Hacía frío. Andrés tiró una manta gruesa encima y quedamos cubiertos del pecho para abajo. Bruno estaba a mi izquierda. Sentía su muslo contra el mío, pero eso era normal: éramos cinco amigos compartiendo un sofá para tres.
Empezó a moverse algo bajo la manta. Una mano. Su mano. Primero apoyada sobre mi rodilla, como por descuido. Después subió un poco. Un centímetro. Luego otro. Yo seguía mirando la pantalla del televisor sin registrar nada de lo que pasaba ahí. Toda mi atención se había concentrado en el recorrido lento de esos dedos.
Cuando llegó hasta mi entrepierna, se detuvo. Esperó. No retiró la mano, pero tampoco avanzó. Era una pregunta sin palabras.
Yo no respondí. No me moví. Eso, en ese momento, fue mi respuesta.
Sus dedos empezaron a apretar suavemente sobre la tela del pantalón. Yo seguía con los ojos clavados en la televisión, fingiendo concentrarme en una escena que ni siquiera estaba registrando. Sentí cómo mi miembro respondía contra mi voluntad, endureciéndose bajo su palma. Bruno lo notó. Su sonrisa lateral se reflejó en el vidrio de la mesa baja, frente a nosotros.
No pasó más esa noche. A los pocos minutos uno de los amigos se levantó para ir al baño, la manta se desplazó y Bruno retiró la mano con la naturalidad de quien apaga un cigarrillo. Nos miramos de reojo, sin gestos, y volvimos a participar de la conversación general.
Esa noche no dormí. Repasé cada movimiento, cada centímetro de avance, cada decisión que no tomé.
***
El sábado siguiente hubo otra reunión. Esta vez en casa de Ramiro, lejos del centro. Quedaba complicado volver de madrugada, así que la mitad del grupo se quedó a dormir. A Bruno y a mí nos asignaron el cuarto de visitas. Una cama de dos plazas. Una sola.
Subimos cerca de las cuatro de la mañana, los dos bastante tomados pero no destruidos. Lúcidos, eso era lo importante. Lúcidos para saber lo que estábamos haciendo. Nos sacamos los pantalones para dormir más cómodos, quedamos en bóxer y remera. Nos metimos bajo la cobija sin mediar palabra.
Apagué la lámpara de la mesa de luz. Quedó la oscuridad y el ruido lejano del aire acondicionado del living.
Me acosté de costado, dándole la espalda. Cerré los ojos. Intenté no pensar.
Pero pensé. Pensé en el sillón, en su mano, en la conversación que nunca tuvimos al día siguiente. Pensé en los videos de la oficina. Pensé en cómo se había detenido a esperarme, en silencio, sin presionarme.
Si quisiera frenar esto, tendría que decirlo ahora.
No dije nada.
Sin darme cuenta, el bulto se me empezó a marcar contra la tela del bóxer. Intenté acomodarme, girarme un poco, buscar algo con qué taparme. Pero la cobija nos cubría a los dos; no había forma de aislarme.
Me giré hacia él. No sé bien por qué. Quizás para mirar si dormía. Quizás porque ya había tomado una decisión sin admitirla. Al moverme, mi entrepierna rozó su mano, que estaba apoyada entre los dos cuerpos.
—Cuidado, ahí pica —murmuró, con una risa baja en la garganta.
Me quedé sin aliento.
—Perdón —contesté, y sentí cómo la palabra me salía ronca, casi inaudible.
Bruno no retiró la mano. La dejó ahí, sintiendo cómo crecía la dureza contra su palma. Después, despacio, empezó a acariciar por encima de la tela. Apretaba, soltaba, dibujaba el contorno. Cada movimiento era una invitación a frenarlo, y yo no la aceptaba.
—Déjame ayudarte —dijo, también en voz muy baja.
No respondí. Mi silencio fue la autorización. Él la tomó como tal.
Sus dedos buscaron el elástico del bóxer y se metieron debajo. Sentí el contacto directo de su mano sobre mi piel, y por primera vez en mi vida supe lo distinto que se siente una mano que no es la propia. Más grande. Más firme. Sin prisa.
—Despacio —le pedí—. No quiero que nos escuchen.
—Tranquilo —murmuró—. No va a pasar nada.
Empezó a masturbarme con calma, midiendo cada movimiento. Yo respiraba por la nariz, tratando de contenerme. El líquido empezó a escurrir casi de inmediato, manchándome el bóxer y, supongo, su mano. Bruno no se detuvo. Por el contrario, pareció animarse.
Bajó la cobija de un tirón hasta nuestras rodillas. Se acomodó de manera que su cara quedó a la altura de mi cintura. Levantó el elástico del bóxer y, con un movimiento rápido, lo bajó por mis caderas.
Lo vi todo en cámara lenta. Su cabeza inclinándose. Su aliento caliente contra mi piel. Los labios entreabriéndose.
Cuando su boca me cubrió, cerré los ojos con fuerza.
Era la primera vez que un hombre me hacía eso. Y no se parecía a lo que había imaginado. Era más lento, más envolvente, más consciente. Como si supiera exactamente dónde apretar, cuándo soltar, en qué momento subir y en cuál bajar. Me mordí el dorso de la mano para no soltar un ruido.
Pensé varias veces en pararlo. Cada vez que el pensamiento llegaba, una nueva oleada de placer lo barría.
Bruno encontró un ritmo. Subía y bajaba con una constancia hipnótica, intercalando alguna pausa para humedecer con la lengua, para presionar con los labios, para mirarme un segundo desde abajo con los ojos brillantes en la penumbra. Le devolví la mirada solo una vez. Eso me bastó para entender que él no estaba haciendo esto por mí. Lo estaba haciendo porque lo deseaba tanto o más que yo.
El final llegó pronto. Demasiado pronto, para mi gusto, pero el cuerpo no negocia. Le toqué el hombro como advertencia, intentando avisarle. Bruno no se retiró. Al contrario, presionó más, hundiéndose más profundo, recibiéndolo todo sin pestañear.
Me quedé temblando bajo la cobija, con un brazo sobre los ojos, respirando como si hubiera corrido kilómetros. Él se incorporó despacio, se acomodó la remera, se pasó el dorso de la mano por la boca y volvió a acostarse a mi lado como si nada hubiera ocurrido.
—Buenas noches —dijo, en el mismo tono con que se desea descansar a un compañero de viaje.
—Buenas noches —contesté yo.
Y los dos nos dormimos. No hablamos del tema al día siguiente. Tampoco la semana siguiente. Pero hubo otras noches parecidas. Algunas más rápidas, otras más largas. Algunas en su casa, otras en la mía, otras en lugares que ya ni recuerdo bien.
Lo que sí recuerdo, con una nitidez incómoda, es esa primera vez. La oscuridad, el frío, el olor del cuarto de visitas de Ramiro, el aliento caliente de un amigo que decidió hacer la pregunta que yo no me atrevía a contestar.
Sigo sin saber qué soy del todo. Sigo prefiriendo las mujeres, sigo enamorándome de ellas, sigo planeando una vida en pareja con una. Pero hay noches en que me acuerdo de Bruno, de su voz baja diciéndome «tranquilo, no va a pasar nada», y entiendo que algo de mí cruzó esa puerta y nunca volvió del todo.
Esta es la primera vez que lo escribo. No sé si lo escribiré de nuevo. Pero necesitaba contarlo, aunque sea a una pantalla en blanco.