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Relatos Ardientes

Mi primera cita con otro hombre no salió como esperaba

Me llamo Damián y siempre me consideré un hombre heterosexual. Tengo treinta y tantos, pareja desde hace años, vida laboral estable, una rutina que cualquiera firmaría sin pensarlo demasiado. Y aun así, desde hacía bastante tiempo cargaba con una curiosidad que no terminaba de admitir ni siquiera frente al espejo.

No era atracción, o al menos eso me decía a mí mismo. Era otra cosa. Una fantasía recurrente con otro hombre haciéndome sexo oral, o yo masturbando a alguien dotado. Pensamientos sueltos que aparecían en duchas largas, en madrugadas de insomnio, en viajes en avión. Los apagaba, seguía con mi vida y dos semanas después volvían como si nunca se hubieran ido.

Un día, por curiosidad, descargué una de esas aplicaciones. La probé sin foto, con un perfil en blanco, solo para ver. Lo que encontré me sorprendió: la demanda de encuentros en ese mundo es enorme. Hombres de todas las edades, de todas las pintas, escribiendo a cualquier hora, ofreciendo cualquier cosa. La cantidad de mensajes que recibía un perfil vacío me hizo dudar de la cuenta que llevaba en la cabeza sobre cuánta gente se atreve a hacer lo que no se anima a decir.

Aun así, tardé meses en pasar a la acción. Marcar un encuentro me parecía una pésima idea. Pensaba en estafas, en escraches, en alguien que reconociera mi cara o que me grabara sin que yo me diera cuenta. Pensaba en mi pareja, en mis amigos, en mi trabajo. Hablaba con tipos, me calentaba escribiendo y, cuando llegaba el momento de poner una hora y un lugar, siempre encontraba una excusa para escapar.

Hasta que apareció el viaje.

***

Volé a otra ciudad por trabajo, a casi quinientos kilómetros de casa. El hotel era grande, anónimo, con ese olor a ambientador caro que tienen las cadenas internacionales. Subí a la habitación, dejé la maleta, me di una ducha rápida y me senté en la cama a revisar el correo. La cena con los colegas había sido temprano, la reunión del día siguiente era a las nueve, y de pronto me encontré con cinco horas vacías y nadie cerca que pudiera reconocerme.

Abrí la aplicación. Cambié el radio a la distancia mínima. Lo que apareció fue una grilla de perfiles ordenados por cercanía, y arriba del todo, marcado con un cero rotundo, había uno con la palabra «moreno» como nombre de usuario.

A un metro.

Es imposible, pensé. Estoy en el séptimo piso, en una habitación al fondo del pasillo. Nadie puede estar a un metro de mí.

Le escribí sin pensarlo demasiado, antes de arrepentirme.

—Hola. ¿La aplicación marca bien las distancias?

Respondió enseguida.

—Sí. ¿En qué piso estás?

—Séptimo. Habitación final.

—Yo estoy en la habitación de abajo. Mismo número, sexto piso.

Nos reímos los dos por chat. Vecinos verticales, separados por una losa de hormigón y un par de metros de aire. Le dije que solo quería hablar, que tenía dudas, que jamás había hecho nada con un hombre y que estaba muy lejos de tener algo claro. Le pedí condiciones: nada de penetración, todo con protección si llegábamos a algo y, sobre todo, nada que él pudiera grabar o registrar.

—Tranquilo, hermano —escribió—. Subo, charlamos. Si surge algo, surge. Si no, no pasa nada.

Dejé la puerta sin seguro, como me pidió. Le mandé el número de habitación y me senté en la cama esperando, con el corazón haciéndome un escándalo en el pecho.

***

Tocó dos veces y empujó la puerta. Era más bajo que yo, de espalda ancha, pelo oscuro despeinado y una sonrisa fácil. Tendría unos veintipocos. Vestía un buzo gris y un pantalón corto, como si efectivamente hubiera bajado de su propia habitación y nada más.

—Soy Mateo —dijo, y me estiró la mano como si fuéramos a cerrar un negocio.

Se la estreché. Me pareció absurdo darle la mano a un desconocido que había subido a mi cuarto en mitad de la noche, pero el gesto me tranquilizó. Le ofrecí agua. Aceptó. Se sentó en el sillón, frente a la cama.

Hablamos primero de cosas tontas, casi como si fuéramos compañeros de viaje en un aeropuerto. Le pregunté qué hacía en la ciudad. Me dijo que estudiaba algo relacionado con turismo y que el hotel le quedaba a dos cuadras de la facultad, así que se quedaba algunas noches cuando los padres viajaban. Le pregunté si esto era habitual para él. Se rio.

—Tan habitual no. Pero la app la uso bastante.

—¿Y cómo es? —le dije—. Decime de verdad. ¿La gente es como se vende?

—Algunos sí. Otros prometen mil cosas y, cuando los tenés enfrente, se asustan. Como vos —agregó, mirándome sin malicia.

—Yo no me asusto. Yo no sé qué quiero.

—Es lo mismo.

Se levantó del sillón y se sentó a mi lado en la cama. No me tocó. Solo se sentó, con las manos sobre las rodillas, y se quedó callado un par de segundos. Yo sentía su pierna rozándome la mía a través de la tela del pantalón. Era un contacto mínimo, casi educado, pero alcanzaba para que mi cuerpo decidiera por su cuenta qué le pasaba.

—¿Querés que te haga un oral? —preguntó, sin rodeos—. Eso no es penetrar. No es ninguna de las cosas que dijiste.

Tardé en responder. Pensé en mi pareja, en el regreso a casa, en si todo aquello no era una idiotez monumental. Pensé también en que llevaba años imaginándolo y que estaba a un sí de salir de la duda.

—Antes, ducha —le dije—. Los dos.

—Justo lo que iba a proponer.

***

El baño del hotel tenía mampara de vidrio y una regadera grande, de esas que caen como lluvia. Nos desvestimos sin mirarnos demasiado, cada uno doblando su ropa en una esquina distinta, como si todavía pretendiéramos que aquello era algo formal. Mateo entró primero. Yo lo seguí.

El agua caliente cambió todo. Las primeras vacilaciones se fueron por el desagüe. Empezamos a lavarnos cada uno por su cuenta, pero al rato sus manos se acercaron a las mías y al final estábamos enjabonándonos mutuamente, riéndonos un poco de lo absurdo del momento, mientras el vapor hacía desaparecer la mampara y la habitación entera.

Le miré el cuerpo. Era firme, sin ser de gimnasio. Le miré el sexo. Más grande que el mío. Me sorprendió no sentir rechazo, ni vergüenza, ni esa repulsión que esperaba sentir y por la que en parte había aceptado el encuentro. Sentí curiosidad. Pura, simple, casi infantil.

Me tocó primero él. Una mano sobre mi pecho, después bajando lentamente, sin prisa, sin la urgencia que tienen siempre las mujeres con las que estuve. Estaba duro antes de que llegara a tocarme. Cuando lo hizo, contuve el aire.

—Tranquilo —me dijo—. Disfrutalo.

Se arrodilló bajo el agua. Y me la chupó como nadie me la había chupado en la vida.

No es exageración. Lo digo en serio. Había algo en la manera en que combinaba la lengua, los labios y la mano, en el ritmo que iba variando como si estuviera escuchando una música que solo él oía, que no se parecía a nada que yo conociera. Cerré los ojos. Me apoyé en los azulejos. Me dejé llevar.

Estuve a punto de acabar varias veces. Cada vez que él lo notaba, aflojaba, me dejaba descansar tres segundos y arrancaba otra vez. Me obligó a respirar, a sentir, a estar ahí. Era casi una pedagogía. Y mientras él estaba abajo, yo me decía a mí mismo que después de esto le devolvería el favor, que sería justo, que era lo que correspondía.

***

Cuando aflojé y le pedí cambio, salimos los dos de la regadera. Nos secamos a medias y volvimos al cuarto, con la toalla a la cintura y el pelo todavía goteando. Quería hacerlo bien. Quería estar a la altura. Le pedí que se sentara en el borde de la cama. Me arrodillé entre sus piernas.

Y ahí algo se quebró.

No fue una idea, ni un pensamiento, ni un repaso moral. Fue algo en el cuerpo. La posición me incomodó desde el primer segundo. El olor, que no era malo, no me activaba. El sabor, cuando lo intenté, no me decía nada. No me daba asco, no me daba placer, no me daba nada. Era como masticar pan sin sal.

Intenté concentrarme. Cerré los ojos. Pensé en la fantasía, en las imágenes que tantas veces me habían acompañado. Nada. La habitación seguía siendo una habitación de hotel, la rodilla derecha empezaba a dolerme contra la alfombra y, peor que todo, sentí cómo se me iba la excitación de a poco, como una bañera que se vacía sin que uno se dé cuenta.

Levanté la cabeza.

—Mateo. Perdoname.

—¿Qué pasa?

—No puedo seguir. Se me cortó. No es por vos.

Esperaba alguna mueca, alguna queja, algún gesto difícil de leer. No hubo nada de eso. Me puso una mano en el hombro, me ayudó a levantarme y me sentó al lado suyo en la cama, los dos desnudos, hombro con hombro, como si fuéramos dos amigos en un vestuario después de jugar al fútbol.

—Pasa. Pasa más de lo que crees.

—Estaba seguro de que iba a poder.

—Quererlo no es lo mismo que disfrutarlo. Te lo digo yo, que estuve con muchos tipos que querían y no podían. Y con algunos que podían y no querían. Los dos sufren.

Intentó algo más con la mano, con suavidad, sin presionar. Me tocó otra vez. Yo seguí blando. Él se rio bajito, sin burla, y entendió antes que yo que ya estaba todo dicho. Se vistió, sin apuro. Al rato estaba en la puerta.

—Si en algún momento te aclarás, escribime —dijo—. Y si no, no pasa nada. Lo de hoy no fue un fracaso. Fue una respuesta.

Cerró la puerta detrás de él.

***

Me quedé sentado en la cama mucho rato, mirando el techo, sin moverme. Después me duché otra vez, más larga, más caliente. Después me dormí, peor de lo que esperaba.

De aquella noche ya hace meses. Hubo otros trabajos, otros viajes, otros hoteles. Nunca volví a abrir la aplicación. La borré antes de bajar al aeropuerto, todavía con el pelo húmedo. Pensé que con eso cerraba el tema.

No fue así. Sigo dándole vueltas. No al hecho de no haberlo terminado, sino a la pregunta que dejó. Si lo que me detuvo fue Mateo, o fue ese Mateo en particular, o fue el momento, o fue el cuerpo, o fui yo. Si lo que sentía era curiosidad genuina o solo un morbo que se evapora apenas se toca. Si soy heterosexual con una fantasía repetida o algo más complicado que todavía no sé nombrar.

No tengo respuesta. Quizás no la voy a tener nunca. Quizás esa noche en aquel hotel fue exactamente lo que tenía que ser: una pregunta abierta que solo me toca a mí, en mis propias madrugadas, seguir contestando.

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