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Relatos Ardientes

Descubrí lo que era siendo Luna en aquel autobús

Después de aquella noche en la habitación del hotel rural, todo cambió un poco más entre nosotros. Si lo que pasó la primera vez ya me había sacado del eje, lo que vino al día siguiente fue lo que terminó de empujarme al otro lado.

Me desperté antes que Bruno. La luz entraba filtrada por una cortina barata y olía a sábanas removidas. Tardé un par de segundos en recordar dónde estaba, hasta que sentí los pies. Me los notaba pesados, doloridos en los empeines, porque me había quedado dormida con los tacones puestos. Bruno seguía a mi lado, desnudo, con un brazo cruzado sobre el pecho y la boca entreabierta.

Me los quité despacio para no hacer ruido y fui al baño. Cuando me senté en la taza me di cuenta de que algo se me había escurrido entre los muslos. Era parte de lo que me había dejado dentro horas antes, mezclado con saliva seca y un olor que no se parecía a nada que conociera. Cerré los ojos. Esto es lo que soy ahora. El recuerdo de la noche se me vino de golpe y me ruboricé yo sola, sentada en aquel baño minúsculo.

Me limpié con calma, me lavé la cara y volví a la habitación. Bruno ya tenía los ojos abiertos. Me miraba sin moverse, con esa media sonrisa que se le pone cuando todavía no ha hablado y ya sabe lo que va a pedir.

—Buenos días, Luna —dijo.

Yo no contesté. Me subí a la cama por su lado y le pasé una mano por el pecho. Tenía la sábana hasta la cintura, y debajo se le notaba que llevaba un rato así. Aparté la tela y le rodeé el sexo con la mano. Estaba duro, caliente, y yo no había desayunado.

—¿Te despierto bien? —pregunté en voz baja.

—Despiértame —dijo, y se dejó caer hacia atrás.

Me lo metí en la boca sin más preámbulos. La noche anterior me había costado al principio, pero a esa hora, con el sabor de pasta de dientes en la lengua y el cuerpo todavía relajado del sueño, lo encajé casi al tercer intento. Trabajé despacio, subiendo y bajando, dejándole notar la garganta cuando le apoyaba la barbilla contra los testículos. Él me hundía los dedos en el pelo, no para guiarme, sino para sostenerme la cabeza en su sitio.

—Así, Luna, así —murmuró.

Aguanté lo que pude. Tardó menos de lo que esperaba. En un momento, sin avisar, me apretó la nuca y me dejó la garganta llena. Me costó tragar, pero no derramé nada. Me quedé un par de segundos quieta, con el corazón disparado, sintiendo cómo se le iban relajando los muslos contra mi cara.

—Gracias, preciosa. Espero que te haya gustado el desayuno.

Le saqué la lengua, riéndome, y me dejé caer a su lado. Cómo no me iba a gustar. Me gustaba todo de él: cómo me trataba, cómo me hablaba, cómo me usaba sin tratarme nunca como basura. Había decidido por mí misma, sin que él me lo pidiera, que iba a ser su putita personal. Y no había vuelta atrás.

Bruno se metió en la ducha. Yo aproveché para vestirme. Me había llevado un conjunto de repuesto, menos atrevido que el de la noche anterior porque la idea era ponérmelo solo para volver al autobús. Un vestido floreado que le había tomado prestado a una amiga sin pedírselo, demasiado fino para el clima, pero con un corte por encima de la rodilla que me favorecía. Debajo me puse unas bragas de algodón y un sujetador con relleno que me sacaba un pecho pequeño pero suficiente. Unas sandalias bajitas para no matarme caminando.

Me senté delante del pequeño espejo del armario y me maquillé con calma. Había estado practicando en casa con tutoriales: base, corrector, un toque de colorete, un perfilado discreto en los ojos. Nada estridente. Cuando terminé, me miré y me costó reconocerme. No era una mujer despampanante, pero pasaba. Una chica menuda, delgada, joven, en un vestido de verano, con un poco de rímel y los labios brillantes.

Bruno salió del baño con la toalla a la cintura y se quedó parado un segundo en la puerta.

—Quédate así todo el día —dijo.

Sentí un calambre en el estómago.

—¿Todo el día? —pregunté—. ¿En la calle?

—Todo el día. En la calle.

Me reí, nerviosa, y me giré hacia el espejo. Esto es distinto. Una cosa es el hotel, otra cosa es la calle. Sin embargo, mientras me lo decía, ya me estaba imaginando saliendo del brazo de él, caminando por la plaza del pueblo, fingiendo ser una novia normal. Era tan absurdo que me daba miedo. Era tan excitante que me daba más miedo todavía.

***

Le preparé el desayuno en aquella cocina diminuta del apartamento. Bruno me miraba como si me viera por primera vez, sentado a la mesa con una camiseta blanca y un café delante.

—Te queda bien —dijo—. Más de lo que crees.

—No sé si voy a poder salir así.

—Vas a poder —contestó—. Y vas a disfrutarlo.

Lo medité mientras lavaba dos tazas que no hacía falta lavar. Volví a mirarme en el cristal de la ventana. Si pasaba sin que nadie me señalara, podía. Si alguien notaba algo, no podía. Toda mi paz dependía de la mirada de un montón de desconocidos en un pueblo al que no íbamos a volver. Me lo repetí cinco veces antes de dejar de temblarme las manos.

Salimos a media mañana. Bruno me tomó la mano en cuanto cerramos la puerta del apartamento, y yo agradecí ese gesto más que ningún beso de la noche anterior. Cruzamos un andador estrecho con macetas en las paredes y bajamos hacia la plaza. El sol pegaba directo. Yo iba rígida los primeros metros, hablando lo justo, escondiéndome detrás de unas gafas de sol que llevé por instinto.

Nadie nos miró especialmente. Eso fue lo que me terminó de soltar. Una señora con un carrito de la compra me sonrió al cruzarnos. Un grupo de chavales pasó al lado sin levantar la cabeza del móvil. Un par de viejos en un banco siguieron discutiendo de fútbol como si fuéramos invisibles. Me fui relajando paso a paso. A los diez minutos, ya caminaba con la espalda recta y la cadera un poco suelta, imitando lo que había visto hacer a mi prima. Bruno me apretó la mano.

—Lo estás haciendo perfecto —me susurró.

Dimos una vuelta entera a la plaza. Tomamos un café en una terraza, donde pedí yo, en una voz muy baja, casi sin aire, y la camarera me trató como a cualquier otra clienta. Pagamos. Bruno dejó una propina exagerada, supongo que por agradecimiento de no haber dicho nada raro. Salimos de allí caminando hacia la parada de taxis, y por primera vez desde que me había vestido, sentí algo parecido a la calma.

***

El taxista nos esperaba con la puerta abierta, fumando. Era un hombre mayor, con la radio sonando bajito. Bruno se sentó delante. Yo, atrás, con las piernas juntas y el bolso sobre las rodillas.

—¿A la estación de autobuses? —preguntó el taxista.

—A la estación.

Arrancó. Bruno y él se pusieron a charlar enseguida. Allí cualquier conversación de cinco minutos podía terminar siendo de media hora, y este señor era de los que charlaban.

—¿Y qué les ha parecido el pueblo? No son de aquí, se ve a la legua.

—Una maravilla —contestó Bruno, y me buscó la mirada por el retrovisor con un guiño que solo entendíamos nosotros—. Lo hemos disfrutado mucho, ¿verdad, mi amor?

Yo solté un «mucho» casi sin voz.

—Hacen una pareja bonita —dijo el taxista—. Y la novia más bonita todavía, si me permite.

Se me cerró la garganta. Conseguí sacar un «gracias» que me sonó más agudo de lo normal, como si me hubiera estado entrenando para ese gracias toda la mañana. Bruno se rio bajito.

—Es una mujer maravillosa —dijo él, mirándome de nuevo por el espejo.

El resto del trayecto fui callada, con los ojos en la ventanilla. Por dentro estaba temblando de orgullo. Un desconocido, un señor de sesenta años, me había llamado «la novia» y nadie había puesto cara rara. Sentí algo parecido a una pieza encajando.

***

La estación tenía cuatro andenes y mucho hueco. Bruno fue a comprar los billetes mientras yo esperaba en un banco, mirando los letreros sin verlos. Cuando volvió, me arrastró por el codo hacia el andén tres. Subimos a un autobús casi vacío. Había una pareja mayor en la segunda fila y un chico con auriculares cinco filas detrás. Bruno me empujó suavemente hacia el fondo. La última fila estaba libre entera.

—Aquí —dijo, y me cedió el asiento de la ventanilla.

Habría sido un viaje tranquilo. Eso me habría gustado decir.

El autobús salió a carretera, y en cuanto pasamos el cartel del pueblo el aire acondicionado empezó a soltar un chorro que me dejó la piel de gallina. No estaba acostumbrada a llevar vestido. Junté las rodillas y crucé los brazos. Bruno me miró de reojo, vio el problema y, en lugar de pasarme su chaqueta, me puso la mano en el muslo.

—Vamos a entrarte en calor —dijo, muy bajo.

Subió la mano por encima de la rodilla, despacio, sin prisa, como si me estuviera midiendo el muslo. La pareja mayor llevaba diez filas por delante. Nadie podía vernos desde ahí. Aun así, yo notaba cada latido en las orejas. Le aparté la mano con la mía.

—Aquí no —murmuré—. Nos van a oír.

—Nadie nos oye.

Me la volvió a meter por debajo del vestido, esta vez con más decisión. Me localizó las bragas con dos dedos y me las apartó hacia un lado. Y luego, antes de que yo pudiera reaccionar, me las bajó hasta los tobillos en un solo movimiento. Me las quité y me las metió en el bolsillo de su pantalón con una calma que me dejó sin argumentos.

—Date la vuelta —me dijo al oído—. Mira la ventanilla.

—Bruno…

—Date la vuelta.

Le obedecí. Me giré hacia el cristal, apoyé la sien contra el plástico frío, levanté un poco la rodilla hacia el asiento. El vestido se me subió. Mi culo quedó expuesto hacia él, escondido detrás del respaldo de la fila anterior. Bruno se humedeció dos dedos con saliva y empezó a tantearme la entrada. Yo no respiraba. La adrenalina me subía por el estómago a oleadas, y entre el frío del aire acondicionado y el calor de su mano, no sabía si quería que parara o que siguiera.

Siguió.

Me metió primero un dedo, muy despacio. Yo apreté los dientes para no soltar nada. Después un segundo. Empezó a moverlos con paciencia, sin marcar ritmo, dejando que fuera mi propio cuerpo el que se aclimatara. Cada vez que el autobús pasaba por un bache, los dedos me entraban un par de milímetros más.

—Si te oyen, todos van a saber lo que eres —me susurró.

Eso me terminó. No el gesto físico, sino la frase. Me mordí el antebrazo para no soltar un gemido y me corrí dentro del vestido, atrapada contra la tela. Sentí el latigazo subirme desde los muslos hasta la nuca. Cerré los ojos. Bruno sacó los dedos despacio y, sin mirarme, me presentó la mano por delante, con la palma vuelta hacia arriba. Tenía un charquito de mi propio semen ahí, mezclado con su saliva.

—Limpia —dijo.

Lo miré. Me miró. Sabía perfectamente lo que me estaba pidiendo. Bajé la cabeza, le pasé la lengua por la palma de la mano, lentamente, hasta dejarla seca. Tenía un sabor raro, salado, levemente metálico, vergonzoso. Lo tragué. Él me limpió el resto de la comisura del labio con el pulgar y me lo metió en la boca para que se lo chupara también. Lo hice.

Me senté bien, me bajé el vestido, me alisé el pelo. Tenía las piernas temblando. Bruno, sin decir una palabra, me pasó el brazo por encima del hombro y me apretó contra su costado. El resto del viaje fue, ya sí, un viaje tranquilo. Tres horas mirando por la ventanilla, con su mano en mi muslo, sin moverse, recordándome que no había hecho ninguna de aquellas cosas sola.

***

Cuando bajamos del autobús, me cambié de calzado en el baño de la estación, me lavé la cara y me quité a Luna con un par de toallitas. Volví a ser yo en cinco minutos, con un pantalón normal y una camiseta, igual que al salir. Bruno me esperaba fuera con mi bolso al hombro.

—¿Estás bien? —me preguntó.

—Mejor que bien.

No mentí. Aquella mañana, aquel taxista, aquel autobús, me habían confirmado algo que llevaba años intuyendo y nunca había sabido cómo nombrar. Que me gustaba ser dominada por él. Que me gustaba ser mirada como mujer. Que me gustaba, sobre todo, la combinación de las dos cosas, en ese orden. Le pedí que aquello no fuera la última vez.

Y no lo fue. Pero esa parte la cuento otro día.

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