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Relatos Ardientes

Confieso que no puedo olvidar a la chica del chupete

Esa noche supe que iba a llamarla en cuanto cerré la última pestaña del navegador y dejé el portátil sobre la mesilla. No estaba viendo nada en concreto, pero el cuerpo ya pedía lo que él sabía pedir desde hacía meses, y solo había una persona capaz de calmar esa hambre tan específica. Me metí en la ducha, me afeité con calma, me dejé limpio como si fuera la primera cita. Sabía exactamente qué quería y sabía quién podía dármelo.

Le escribí un mensaje corto. Una sola palabra. Ella respondió con un emoticono y un «media hora». Camila no necesitaba más explicaciones. Llevábamos meses con esta rutina, y a esas alturas los protocolos sobraban entre los dos.

Cuando llegó traía la mochila al hombro y el pelo recogido en una coleta alta. Subió los tres tramos de escalera con las llaves que yo mismo le había dado, sin tocar el timbre, y entró saludándome con un beso seco en la mejilla. Olía a ese perfume cítrico que siempre llevaba puesto, ese que me ponía nervioso en cuanto cruzaba la puerta.

—Dame diez minutos —dijo, y se metió en el cuarto de baño sin esperar respuesta.

Esos diez minutos los pasé sentado en el borde de la cama, intentando que el corazón se calmara. Sabía la teatralidad que ella ponía en estos arranques. Lo que nunca sabía era con qué iba a salir.

***

Cuando se abrió la puerta, lo primero que apareció fue una pierna desnuda. Después la otra. Camila salió descalza, con una camisa de hombre blanca abrochada solo por dos botones a la altura del ombligo y nada más debajo. La camisa le quedaba grande de hombros y le tapaba justo lo suficiente como para insinuarlo todo sin enseñar nada concreto. Por las solapas asomaban dos pechos pequeños y tirantes; por debajo del último botón se adivinaba la curva de un pubis recortado al ras.

Y entre los dientes, un chupete rojo de plástico que parecía sacado de la cuna de un bebé. El detalle me arrancó la primera carcajada de la noche.

—¿En serio? —pregunté.

—Cállate —respondió, sacándose el chupete con dos dedos para hablar y volviéndoselo a meter en la boca al terminar. Después se rio.

Esa risa. Esa era la razón por la que había llamado a Camila y no a otra. La chica risueña, la chica que se divertía con todo, la chica capaz de convertir una guarrada en un gesto luminoso. Tenía el don de hacerme sentir que cada cosa que pasaba entre los dos, por explícita que fuera, era también un juego. Y los juegos con ella eran los mejores juegos.

Acababa de cumplir veinticuatro años un par de meses atrás. Era alta, fibrosa, con la espalda recta de quien ha hecho danza desde niña y los brazos largos de nadadora. El pelo castaño con reflejos cobrizos le caía hasta los omoplatos cuando lo soltaba, pero esa noche lo llevaba recogido. Tenía la nariz pequeña, los ojos ligeramente rasgados y la piel salpicada de pecas en los hombros. Pero su rasgo distintivo eran los labios: gruesos, móviles, siempre dispuestos a torcerse en una sonrisa de medio lado.

***

Avanzó hasta donde yo estaba sentado, dejó el chupete sobre la mesilla con una precisión casi ceremonial, y se arrodilló entre mis piernas sin que yo se lo pidiera. Yo ya estaba duro. Lo había estado desde que oí cerrarse la puerta del baño.

—Quítate eso —le dije, señalando la camisa.

Se puso de pie un instante, desabrochó los dos botones y dejó caer la prenda al suelo. Quedó completamente desnuda salvo por una pulsera de cuero en la muñeca izquierda. Los pezones se le habían endurecido con el aire frío de la habitación, y entre las piernas vi el detalle que no había distinguido bien antes: el vello púbico recortado en forma de raya vertical, una línea limpia que apuntaba hacia abajo como una flecha.

Camila era creativa con su depilación. Una vez se la había dejado en forma de relámpago para una fiesta de Carnaval. Otra vez, en mi cumpleaños, se había dibujado un signo de interrogación. Pequeñas bromas privadas que veía solo yo y que la divertían a ella mucho más que a mí.

Volvió a arrodillarse y me miró desde abajo, esperando. Le agarré el pelo recogido por la coleta y la usé como un asa para acercarla. Le froté la polla por la mejilla, primero un lado y después el otro. Ella se dejó hacer con los ojos cerrados y los labios entreabiertos, todavía sonriendo.

Le pasé el glande por la frente, por el puente de la nariz, por la barbilla. Subí los testículos hasta sus labios y los dejé reposar ahí un momento. Camila los olfateó con descaro, como si quisiera quedarse impregnada del olor durante el resto del día. Luego sacó la lengua y los lamió enteros, despacio, con esa dedicación suya tan particular.

—Abre —le dije.

Abrió la boca todo lo que pudo. Le metí la polla entera de una sola embestida, sin ceremonias, hasta sentir que la punta tocaba el fondo blando de su garganta. Camila tenía la boca pequeña para lo que yo le pedía y lo sabía, pero esa desproporción era parte del juego. Le gustaba la dificultad. Yo le gustaba precisamente porque le suponía un desafío.

Empecé a moverme dentro de su boca a un ritmo lento, dejando que ella respirara entre embestida y embestida. Cada vez que entraba se oía un chapoteo húmedo, un sonido grueso de saliva acumulada. Mis testículos golpeaban contra su barbilla, sin daño, marcando el compás. Ella tenía las manos apoyadas en mis muslos, sin agarrarse, dejándose hacer.

***

Cuando le vi la cara enrojecida y los ojos llorosos, le aparté la cabeza para que tomara aire. Camila aprovechó el respiro para reírse, con ese torrente de carcajadas roncas que solo le salían en momentos como ese.

—Estás loco —dijo, con la voz tomada.

—Tú también.

—Por eso estoy aquí.

La levanté del suelo y la coloqué a cuatro patas sobre la cama, con las rodillas separadas y la espalda arqueada. Quería verle el culo elevado, la curva descendiente que iba de la nuca a los riñones, el detalle de los hoyuelos a ambos lados de la rabadilla. Camila tenía un cuerpo de líneas largas, de chica que había crecido demasiado deprisa y todavía no terminaba de sentirse cómoda con ello.

Me coloqué detrás, le froté la polla por las nalgas durante un par de minutos, sin penetrarla. Ella movía las caderas hacia atrás buscándome, pero yo no tenía intención de meterla por ahí esa noche. Esa noche no iba de eso.

Volví a sentarme en el borde de la cama y la giré para que se pusiera de rodillas frente a mí, con los brazos cruzados detrás de la espalda. Esa era una de sus posturas favoritas: las manos atadas por su propia voluntad, sin posibilidad de controlar el ritmo, dejándome a mí toda la decisión. Le agarré la coleta de nuevo y le hundí la polla en la boca con más fuerza que antes, sin pausas para respirar.

Camila aguantó tres, cuatro, cinco embestidas seguidas antes de que las náuseas le subieran del estómago. Le di un instante para componerse y volví a empezar. Lo aguantaba todo. Por eso era ella.

***

Después la tumbé de espaldas sobre la cama, con las piernas dobladas y separadas, y me arrodillé sobre su pecho con las rodillas a ambos lados de su cabeza. Desde allí, las tetas le quedaban a la vista, pequeñas, con los pezones tan tiesos que parecían a punto de pinchar el aire. Más abajo se le marcaba el vientre plano, el ombligo poco profundo, la línea vertical del vello recortado.

No me la follé. Esa noche tenía otra cosa en mente.

Me eché hacia delante, apoyándome en el cabecero de la cama, y le puse el culo justo encima de la boca. Camila tenía una habilidad concreta para esto, una habilidad que no le había encontrado a ninguna otra. Era capaz de mover la lengua de tal manera que a los pocos segundos yo me olvidaba de mi propio nombre. Le encantaba lamer, le gustaba más eso que casi cualquier otra cosa. Yo conocía a pocas chicas así. Por eso la conservaba.

Se puso a trabajar enseguida, con esa concentración suya que tenía cuando algo le importaba. Sentí la lengua caliente trazando círculos, presionando, recorriendo. Cerré los ojos. Me agarré al cabecero con fuerza para no caerme. Pasaron dos, tres, cuatro minutos en los que dejé de pensar.

***

Cuando supe que estaba a punto, me bajé de su pecho, le agarré la coleta otra vez y le metí la polla en la boca. Le di tres embestidas más y me corrí dentro. Mucho. Toda la espera de la semana acumulada en cuatro o cinco chorros consecutivos.

Camila no tragó. Esa fue la sorpresa.

Normalmente tragaba. Esa noche, en cambio, retiró la cabeza con la boca llena, hizo un buche, y me miró con los ojos brillantes. Después escupió todo en la palma de su mano izquierda y, antes de que pudiera reaccionar, se llevó la palma a la mejilla y se restregó el semen por toda la cara. Por la frente, por la nariz, por los labios, por la barbilla. Como si fuera crema hidratante.

Y se rio. Se rio con tanta fuerza que las tetas se le movieron, que un hilo de saliva mezclada con corrida le bajó por la barbilla, que una gota cayó hasta su ombligo y se quedó ahí brillando como una perla. Camila me miró con la cara perlada de blanco y soltó una carcajada que rebotó por toda la habitación.

—Estás fatal —le dije, riéndome también, sin poder evitarlo.

—Lo sé —contestó—. Por eso te gusta llamarme.

Tenía razón. Por eso la llamaba. Por la sonrisa después de cada guarrada, por la carcajada inesperada en mitad del momento más serio, por la manera en la que era capaz de transformar un acto sucio en un gesto luminoso. Camila era una broma constante consigo misma y con el mundo, y yo había aprendido a quererla por exactamente eso. Por la risa con la cara cubierta de mi corrida. Por la sonrisa que seguía siendo idéntica a la del primer día.

Se levantó tambaleándose, se metió en el baño y oí correr el agua de la ducha. Yo me dejé caer sobre la cama, todavía con la respiración acelerada, y miré el techo blanco de la habitación.

Diez minutos después salió envuelta en una toalla, con el pelo mojado y la cara recién lavada. Se vistió con la calma de quien ha vivido la escena cien veces. Vaqueros, camiseta, deportivas. Recogió la mochila, recogió el chupete rojo de la mesilla, lo guardó en el bolsillo interior. Antes de salir se giró desde la puerta, me sonrió por última vez con esa sonrisa que no era inocente y nunca lo había sido, y dijo:

—Llámame cuando quieras.

La puerta se cerró detrás de ella. Yo me quedé otro rato mirando el techo, oliendo su perfume cítrico que se mezclaba con el sexo y respirando despacio. Así era ella. Siempre risueña, siempre sonriente. Y yo iba a volver a llamarla, lo sabía. Iba a volver a llamarla la próxima semana, y la siguiente, y todas las que hicieran falta hasta que ella decidiera no contestar.

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Comentarios (9)

xime_cba

increible!!! me dejo sin palabras, de verdad

MatiasK92

muy bueno, se hizo cortísimo. esperando la segunda parte!!

MarcosDBA

me recordo a una noche que tuve hace unos años, esas cosas no se olvidan nunca

papillon68

las confesiones son el mejor genero de este sitio, y este es de los mejores

CarlitosBaires

ese detalle del principio es lo que engancha, se nota que es algo real. Sigue escribiendo por favor

Pame_404

y despues hubo mas? quedo muy abierto el final...

LectorNocturno

el titulo ya lo dice todo jaja tremendo

LauraCba2020

Muy bien narrado, me gusto mucho como esta contado. Esperando mas relatos asi!

Tomas72

genial!!! uno de los mejores que lei este mes

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