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Relatos Ardientes

Mi amiga me contó su trío en Balneário Camboriú

Era un viernes a la noche en mi casa, con una botella de vino blanco a medio terminar y YouTube sonando bajito de fondo. Sofía estaba despatarrada en el puff de mi cuarto, con una remera enorme que le tapaba hasta las rodillas y nada debajo, como siempre. Llevábamos tres horas hablando de cualquier cosa cuando soltó una carcajada, me clavó los ojos y puso esa cara de «te voy a volar la cabeza con lo que tengo para contarte».

—Marti, ¿te acordás cuando te conté que en aquel viaje con mi vieja estuve en una «fiesta»? Nunca te di los detalles. ¿Querés que te cuente todo, pero todo todo?

Me incorporé de golpe, con los ojos como platos.

—Obvio, pedazo de zorra. Arrancá desde el principio, con pelos y señales.

Sofía se tapó la cara un segundo, tomó un sorbo largo y arrancó.

—Fue hace unos años, en diciembre. Yo tenía diecinueve. Me fui con mi vieja en auto desde Buenos Aires hasta Balneário Camboriú, dos días de viaje infernal. Llegamos un veintiocho y paramos los primeros días en un hotelito del centro, medio pulguiento. Caminábamos por la Avenida Atlântica, comíamos pastel de pizza en los puestos callejeros, paseábamos por los shoppings del centro.

—Ya estabas bien redonda en esa época —le tiré para picarla.

—Pasada de peso, sí. Estaba rozando los noventa y cinco kilos. Decí que por lo menos los kilos se me iban a las tetas y al culo, sino hubiese sido peor. Yo me probaba bikinis que me apretaban todos. Mi vieja, en cambio, salía del probador y los vendedores le decían «Que senhora linda, parece ter trinta anos no máximo». Yo al lado, invisible.

Suspiró, se acomodó en el puff y siguió.

—Los primeros días fuimos a Praia Central, a Praia Brava, a Praia de Laranjeiras. Cada una con su onda. Mi vieja, a los cuarenta y tres, era una diosa: tetas grandes, piel blanca, un par de kilitos de más pero bien puestos. Caminaba por la playa con una malla entera simple y todos los tipos le sonreían, le preguntaban de dónde era, si andaba sola. Los que hablaban bien, los que parecían tener plata, los que tenían pinta de novio ideal. Ella se reía modesta y contestaba «Obrigada, vim com minha filha». Yo al lado, con mi microbikini negro que apenas tapaba nada, mis ciento veinte de tetas rebotando, el culo saliéndose por los costados. ¿Y sabés quiénes me hablaban a mí? Los peores. El gordo borracho del quiosco. El tipo con tatuajes viejos que olía a cerveza caliente. El que te decía «vení, nena, te invito un trago» con cara de «sé que estás desesperada». Me hervía la sangre.

—¿Y qué hacías?

—Me bronqueaba, pero me ponía más el escote y caminaba con la cabeza alta, como diciendo «contemplen mis tetas, hijos de puta». Aguante puro.

Se rio de sí misma y tomó otro sorbo.

—Una noche, después de un día entero en Praia Central, mi vieja conoció a un brasileño en el hotel. Uno de unos cuarenta y cinco, elegante, con auto. La invitó a tomar algo en un restaurante de la Barra Sul, nada del otro mundo. Ella se puso un vestido corto, se maquilló y se fue feliz, sonriendo como una pendeja. «Vuelvo temprano, portate bien». Yo me quedé sola mirando el techo. Me dio bronca. Envidia pura. Ella tenía un tipo que la trataba bien y yo nada. Me puse el microbikini debajo de un short, agarré una cerveza del minibar y salí a caminar por la playa de noche.

—¿Sola?

—Sola. Estaba todo oscuro, solo se veían las luces lejanas de los quioscos cerrados. A los diez minutos apareció un pibe de unos veinte, argentino como yo, flaco, con el pelo largo. Me vio sentada en la arena y se acercó insistente: «¿Sola, preciosa? ¿Querés compañía?». Al principio lo ignoré, pero siguió: «Sos re linda, mirá qué curvas tenés». Me hablaba lindo, no como los zarpados de antes. Era de Mendoza, andaba de vacaciones solo. Y yo, que me moría por sentirme deseada, le seguí la charla. Nos besamos rápido. Me llevó detrás de unas rocas, donde no se veía nada.

Bajó la voz.

—Me arrodillé en la arena fría y le bajé el short. Se la chupé despacio al principio, después más rápido, garganta profunda como sé hacer yo. Él gemía bajito y me decía «sos una diosa». Me excité tanto que seguí hasta el final. Me tragué todo, caliente y espeso, mientras me agarraba el pelo con las dos manos. Después me dio un beso en el cachete y se fue diciendo «gracias, nena». Yo volví al hotel temblando, con arena en las rodillas y gusto a semen en la boca.

Qué hija de puta, pensé. Pero la dejé seguir.

—Al día siguiente me desperté sintiéndome la peor puta del mundo. ¿Por qué lo hice? Solo para sentir que alguien me quería un rato. Mi vieja estaba radiante. «El tipo fue un caballero, charlamos toda la noche, me hizo reír. Nada más, pero qué lindo». Yo sonreí falsa y pensé: ella feliz por una charla y una cena, y yo me chupé una pija en la playa por nada. Ni el Instagram me pasó el pibe. Me sentí sucia. Pero igual me puse el microbikini y salí a la playa, como si nada.

—Y ahí conociste a los tres —le tiré.

—Ahí. Estaban jugando al fútbol en la arena. Nicolás —argentino de veinticuatro, alto, morocho, con abdominales marcados y un bulto que no se podía ignorar—, Bruno —argentino de veintitrés, rubio flaco, muy chetito— y Gabriel —brasileño de veinticinco, piel blanca pero pelo negro y sonrisa de canchero—. Empezamos tirando pavadas, tomando caipiriña en un quiosco, paseando por la orilla, comiendo açaí. Todo re inocente. Nicolás me gustaba un montón; me hablaba bajito, me hacía reír. Y parecía que yo le gustaba a él también.

—¿Y cómo llegaste a la casa?

—Al cuarto día Nicolás me invitó. «Vení a tomar algo, Sofía, después te llevo de vuelta». Mi vieja estaba cansada y me dejó ir. Llegué a las ocho con una botellita de vodka. La casa era chiquita: una cama chica en el living y las otras dos habitaciones tenían camas individuales bastante mal tendidas.

—Se veía venir.

—Se veía venir. Empezamos tomando. Primero charlamos boludeces, después Gabriel propuso juegos. «Vamos a jugar al Yo nunca, pero zarpado». Arrancamos suave y enseguida se puso picante.

—«Yo nunca me cogí a una gordita» —dijo Bruno, y todos tomaron menos yo. Me puse colorada, pero me reí.

—«Yo nunca hice un trío» —dijo Nicolás, mirándome. Yo tomé. Se volvieron locos.

—«Yo nunca chupé en la playa» —dijo Gabriel. Todos tomaron.

Sofía se rio de su propia historia y siguió.

—«Yo nunca cogí sin forro» —dijo Bruno. Yo tomé otra vez. Gabriel me miró, soltó «Essa é safada pra caralho» y todos se mataron de risa. Pasamos a Verdad o Consecuencia. Siempre elegíamos consecuencia.

—«Consecuencia: Sofía se saca la remera y se queda en bikini» —dijo Nicolás. Lo hice. Las tetotas me rebotaron y los tres se quedaron mirando como babosos.

—«Consecuencia: Nicolás besa a Sofía treinta segundos en la boca» —dijo Gabriel. Nos besamos. Lengua y todo.

—«Consecuencia: Sofía toca el bulto de los tres por encima del short» —dijo Bruno.

—«Chicos, no, me da cosa» —me hice la difícil.

—«Es solo un juego» —me tranquilizó Bruno.

—Accedí, riéndome nerviosa. Sentí que los tres ya estaban durísimos.

—«Consecuencia: Sofía chupa la pija de Nicolás dos minutos» —dijo Gabriel.

—«Ay, no, dale» —dije muerta de risa y de vergüenza. Me arrodillé, le bajé el short y empecé. Nicolás gemía. Los otros dos miraban y se tocaban por encima de la tela.

—Después explotó todo —adelanté.

—Explotó. «Última ronda de consecuencia» dijo Gabriel con una sonrisa: «Sofía tiene que coger con los tres esta noche». Me quedé callada un segundo, mirando a Nicolás. El alcohol me había dado valentía. «Ay, chicos, no da», contesté haciéndome la difícil. Pero por dentro ya había cogido con tantos que pensé: ¿qué son tres más? «Bueno, pero solo con forro, eh, no se hagan los boludos».

—¿Y empezaron de una?

—Arrancó todo torpe y lento. Primero solo con Nicolás. Me tiró en la cama, que era chica, incómoda, hundida en el medio y crujía horrible. Me sacó el bikini. Me empezó a chupar la concha despacio. Yo estaba nerviosa, me reía y gemía al mismo tiempo. Después se puso un forro y me penetró vaginalmente. La cama se movía, yo no sabía dónde poner las piernas. Se resbaló una vez y casi se cae. Nos cagamos de risa los dos.

—«Ahora metémela por el culo» —le pedí. Gabriel fue a la cocina y volvió con un aceite de coco que tenían para cocinar. «Esto sirve de lubricante casero», dijo. Nicolás se puso otro forro, se untó y entró despacio por atrás. Dolía un poco al principio. Yo hacía caras raras y le decía «ay, despacio, boludo». La cama crujía tan fuerte que parecía que se iba a romper. Bruno y Gabriel miraban y se pajeaban en silencio.

—Después se sumaron los otros dos. Fue un desastre coordinado. Gabriel quiso ponerse abajo para vaginal, pero la cama era tan chica que Nicolás casi se cayó cuando intentó entrar por atrás. Nos reíamos nerviosos. Al final logramos: Gabriel en la concha, Nicolás en el culo, y yo chupándole a Bruno. Era torpe: nos chocábamos la cabeza, las tetas se me bamboleaban para todos lados, yo tosía cuando Bruno me la metía demasiado profundo, la cama hacía un ruido infernal.

—Cambiábamos de posición como podíamos. Yo arriba de Gabriel, Nicolás atrás intentando anal otra vez, pero se le salía el forro y teníamos que parar a poner más aceite. Bruno en la boca. En un momento intenté meter dos pijas en la boca al mismo tiempo y no entraban, solo las lamía juntas mientras babeaba todo. Los tres se reían y decían «esta pendeja la chupa divino».

—Me cogieron casi una hora y media así, cambiando todo el tiempo porque nada salía perfecto. Siempre con forro en concha y culo. Yo estaba transpirada, las tetas rebotaban para todos lados, gemía y me reía. Al final me pusieron de rodillas en el piso. Se sacaron los forros y los tres me pajearon en la cara y en las tetas. Me llenaron: Nicolás y Gabriel me acabaron en la boca, Bruno en las tetas. Estaba destruida, con leche goteando por todos lados, pero feliz.

—Antes de limpiarme saqué mi cámara digital chiquita y les dije: «A ver, quiero fotos. Quiero acordarme siempre». Me sacaron como veinte. Yo con la cara y las tetas cubiertas, sonriendo con la lengua afuera. Una con dos pijas en la boca. Otra rodeada de las tres pijas. Un selfie sola, mostrando el culo abierto. Al día siguiente estaba adolorida, pero igual fui a la playa con ellos. Mi vieja nunca se enteró.

Sofía tomó otro sorbo, me miró con cara de puta satisfecha y dejó caer:

—No sabés lo que son esas fotos. Todavía las tengo guardadas.

Me contuve de pedírselas. Otra noche, pensé. Sofía apoyó la copa y siguió.

—Después de esa noche loca, al día siguiente volví a lo de Nicolás como si nada. Llegué a la tarde, después de decirle a mi vieja que iba a «pasear con amigos». Me abrió solo él. Los otros dos habían salido a surfear. Me miró con una sonrisa distinta, no tan zarpada como la noche anterior. «Vení», me dijo. «Hoy es solo nuestro».

—Fue re lindo, Marti. Nada torpe ni apurado. Nos besamos despacio en la puerta, me llevó a la cama y pusimos varias sábanas abajo para amortiguar el crujido. Me sacó la ropa con calma. Me chupó la concha hasta que acabé temblando. Después me penetró normal, con forro al principio, pero después me pidió sin y acepté. Me sentía deseada de verdad, me sentía segura. Lo hicimos en misionero, yo arriba, en cucharita. Repetimos como tres veces esa tarde. Me gemía bajito en el oído «sos hermosa, Sofía» y yo le creía un poco. Al final me acabó adentro. Nos quedamos abrazados mirando el techo, riéndonos de lo de la noche anterior. Me dijo que le había dado un poco de cosa compartirme, pero que como me vio de acuerdo no tuvo problemas. Que igual había sentido celos.

—¿Y siguieron toda la estadía?

—Casi todos los días volvía a verlo sola. A veces en la casa, a veces en la playa escondidos, cogiendo rápido pero tierno. Una vez me llevó a un mirador cerca del Molhe da Barra Sul al atardecer y lo hicimos ahí, con el mar de fondo. Se la chupé hasta el final y se me escapó un «te quiero». Me sonrió con cariño. Me sentía como en una película, aunque sabía que era solo vacaciones. Antes de que yo volviera a Buenos Aires, Nicolás me pidió el número. «Cuando estés en BA, nos vemos. Quiero seguir viéndote». Yo le dije que sí, emocionada. Pensé: «Quizá se me dé, finalmente».

—Pero hay un pero —adiviné.

—Hay un pero. El penúltimo día, después de despertarme con Nicolás y tener sexo lindo a la mañana, salí a caminar sola por Praia Brava para despejarme. Ahí apareció un brasileño grandote, de unos veintiséis años, moreno, musculoso, con un dragón tatuado en el brazo. Me tiró onda fuerte: «Oi, gata, vem cá». Yo estaba calentona todavía del sexo de la mañana y, no sé, acepté. Me llevó a un departamento donde estaba viviendo, lejos de la playa, pero muy lindo.

—Fue violento, Marti. Me agarró del pelo, me puso de cuatro, me bajó el bikini y me metió la pija de una. Sin forro, sin jueguito previo. Me cogió duro, muy duro, me dio cachetadas en el culo, me apretaba las tetas con fuerza. Dolía bastante, pero me gustaba más. Me sentía viva. Gemía «mais forte» porque quería sentir algo intenso. Me hizo un anal casi sin lubricante y tuve varios orgasmos seguidos. Me acabó en la boca y me hizo tragar. Después me despidió, tuvo la gentileza de pagarme el Uber, y me volví al hotel. En el auto, con arena pegada y semen en la garganta, me sentía muy usada, pero muy pero muy viva. Más mujer que nunca.

—El último día volví con Nicolás. Cogimos otra vez, re lindo: luces bajas, música suave, él mirándome a los ojos mientras me penetraba despacio. Después nos quedamos charlando en la cama. Me contó de su vida en Buenos Aires, que trabaja en una consultora, que le gusta el cine, que viaja un montón. Yo le conté de la facu, de mis amigas, de mis inseguridades. Notamos un montón de cosas en común: los dos odiamos el frío, nos encanta el asado, soñamos con viajar a Europa. Parecía perfecto.

—Y en un momento, sin pensarlo, le conté lo del brasileño del día anterior. «Ayer conocí a un tipo en la playa y me invitó a su depto. Y pasó». Se quedó callado. Le vi cambiar la cara: los ojos se le endurecieron, sonrió forzado. No me dijo nada malo, solo «ah, ok, qué loco». Pero noté asco y decepción en los ojos. Pensó: «esta es demasiado puta». Me dio un beso de despedida seco y no me volvió a escribir nunca más. Ni un mensaje cuando llegué a Buenos Aires. Nada.

—Curioso, para un tipo que te compartió con dos amigos —dije.

—Curiosísimo. Se ve que compartir está bien, pero que lo comparta yo sola con otro ya no.

Sofía se quedó mirando su copa un rato largo, con una sonrisa amarga.

—Y ahí me di cuenta del contraste, Marti. Mi vieja no tuvo sexo ni una vez en todo el viaje. Pero el brasileño que conoció la llevó a los mejores lugares: cenas románticas, ostras frescas con vista al mar, paseos al atardecer, almuerzos en restaurantes con vista a la bahía. Ella volvía al hotel brillando, contándome «fue tan caballero, me hizo reír, hablamos de todo». Quedaron en verse en Argentina cuando él venga por laburo. Ella fue feliz sin abrir las piernas. Yo cogí con cuatro tipos distintos, se la chupé a otro más, me llenaron de semen, me sentí deseada un rato y después vacía. Siempre la misma: yo la puta que banca todo, ella la que gana sin esfuerzo. Es injusto.

Se rio bajito, pero con los ojos tristes.

—Capaz algún día encuentre un Nicolás que no se asquee. O capaz no. Pero por ahora me tocó esto.

Levantó la copa para brindar.

—¿Querés ver las fotos de esa noche? —preguntó, con sonrisa pícara—. ¿O mejor me ayudás a olvidar a Nicolás con otra copita?

Le alcancé la botella. Las fotos podían esperar.

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Comentarios (9)

NachoGBA

que bueno!!! necesito la segunda parte ya

MartinaPlaya22

Como quedan las cosas ahí? Espero que cuentes lo que pasó después también, no nos dejes con esa intriga jeje

Flor_BA

me mato la parte del vino jajaja, siempre las confesiones empiezan igual

elviajero_cr

Me recordo a una charla que tuve con una amiga hace años, nunca me conto los detalles como en este relato. Muy bueno

Marcos86

Balneario Camboriu... que lugar para que pasen esas cosas! ya quiero ir jaja

RobertoMdq

Excelente forma de contarlo, desde el punto de vista del que escucha es muy original. Quede con muchas ganas de mas, espero la continuacion pronto

GabiK

tu amiga sabe elegir vacaciones jajajaja

SantiRosario22

Y vos que pensaste cuando te empezo a contar? eso tambien me gustaria saber jeje

Carlita_BA

Increible, muy bien escrito. Seguí así!

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