Mi marido me pidió que pasara la noche con otro
El sobre llegó un martes, poco antes del noticiero de medianoche.
Un asistente de producción lo dejó sobre mi atril mientras los técnicos ajustaban las cámaras. Papel grueso, casi rígido, con mi nombre escrito en caligrafía oscura que parecía aprendida en otro siglo. El asistente me dijo que había llegado a recepción sin remitente y que le habían pedido que me lo entregara en mano, con discreción.
Lo guardé dentro de la carpeta de guiones sin abrirlo. Tenía dos minutos para el comienzo y el maquillaje del párpado derecho no estaba bien.
No lo leí hasta después del cierre, en el camerino, cuando el estudio ya estaba vacío y las luces del espejo de maquillaje me hacían parecer más seria de lo que me sentía. Rompí el lacre rojo y saqué una hoja con dos párrafos en tipografía clásica.
«Señora Herrera: mi hijo Adrián ha expresado interés en pasar una noche con usted. La compensación será suficiente para asegurar el futuro de su familia. Toda la discreción está garantizada. Roberto Villanueva.»
Reconocí el nombre de inmediato. Promotoras inmobiliarias, centros comerciales, un yate que había aparecido en la prensa del corazón más de una vez. Su hijo Adrián era conocido en las páginas de sociedad, veintiséis o veintisiete años, con esa cara de quien nunca ha necesitado pedir nada porque todo llega solo.
Doblé el papel y lo guardé en el bolso. Me quedé mirando mi reflejo un momento. Había recibido propuestas indecorosas antes; en doce años de televisión era casi inevitable. Pero esta era diferente. La firma, la frialdad del tono, la presunción de que mi respuesta podía comprarse. Y sin embargo, lo que sentí no fue indignación.
Eso fue lo que me preocupó durante todo el camino a casa.
***
Marcos estaba en el sofá cuando llegué, con los calcetines de rayas que siempre usaba para leer. A sus cuarenta y cuatro años seguía siendo el hombre que me hacía sentir segura, con su aire tranquilo y su manera de mirar los problemas como si ninguno fuera del todo irresoluble.
Le tendí el papel sin decir nada. Lo leyó despacio, una vez. Luego lo dobló con el mismo cuidado con que uno dobla algo que merece respeto y lo dejó sobre la mesita de cristal.
No hubo celos. No hubo enfado. Eso era lo que más me desconcertó.
—Roberto Villanueva —murmuró, como probando el peso del nombre.
—¿Y bien? —pregunté.
Marcos se quitó las gafas y se las guardó en el bolsillo de la camiseta. Me miró de una forma que yo conocía bien: era cuando decía lo que pensaba de verdad, sin filtros.
—Pienso que es una fantasía que los dos hemos tenido sin decírnosla —dijo.
—¿Cómo puedes saber lo que yo he fantaseado?
—Porque te conozco desde hace doce años y sé perfectamente cuándo finges que algo no te interesa.
Me quedé callada. El frigorífico zumbaba en la cocina. La ciudad respiraba detrás de las persianas cerradas.
Marcos se levantó, vino hacia mí y me colocó las manos en la cintura. Sus pulgares encontraron la curva de mis caderas a través de la tela del pantalón, una presión firme y deliberada.
—Acepta —dijo, y su voz bajó un tono—. Ve, vívelo, y cuando vuelvas me lo cuentas todo. Quiero cada detalle. Quiero escucharte y quiero que sepas que sigues siendo mía aunque otro te haya tenido antes.
—¿Eso es lo que quieres?
—Es lo que quiero desde hace más tiempo del que me gustaría admitir.
Le miré a los ojos. Buscaba incertidumbre, alguna fisura. No encontré ninguna. Solo la misma mirada honesta de siempre, pero cargada de algo que no le había visto antes.
El miércoles envié una respuesta al número que venía en la nota.
***
El hotel era uno de esos lugares donde hasta el silencio cuesta dinero. Mármol en el suelo, lirios blancos en recepción, ascensores que olían a madera de sándalo. El botones me guió hasta la decimosegunda planta sin decir una palabra, como si su trabajo fuera precisamente ese: no hacer preguntas.
Me había comprado un vestido negro esa tarde, en una tienda en la que normalmente no entraba. Debajo, lencería de encaje oscuro, minimalista. No roja, no llamativa. Si hacía aquello, lo hacía a mi manera.
Me había mirado en el espejo antes de salir y no reconocí del todo a la mujer que me devolvió la mirada. La presentadora había desaparecido. En su lugar había alguien que sabía exactamente adónde iba.
Adrián Villanueva abrió la puerta antes de que llamara. Me miró de arriba abajo sin disimulo, con una tranquilidad que no era arrogancia sino costumbre. Tenía el pelo oscuro y algo largo, una camisa blanca de lino con los dos primeros botones abiertos y esa expresión de quien ha aprendido que las cosas llegan si uno tiene suficiente paciencia.
—Sofía —dijo, como si me conociera de toda la vida—. Entra.
La suite era amplia y silenciosa. Una ventana panorámica mostraba la ciudad como un tapiz de puntos luminosos. Había champán abierto en la mesita y dos copas ya servidas. Adrián me tendió una sin preguntar.
—Te he visto muchas veces en televisión —dijo—. Siempre me pregunté cómo serías en persona.
—¿Y? —pregunté.
Bebió un sorbo sin apartar los ojos de mí.
—Mejor —respondió.
No sé si fue eso, o el champán, o los doce años de un matrimonio bueno pero predecible. El caso es que dejé la copa sobre la mesita, me acerqué a él y lo besé. No como presentación. Como llegada.
Adrián tardó exactamente medio segundo en responder. Sus manos encontraron mi espalda y tiraron de mí hacia él. Era cálido, olía bien, a algo cítrico y limpio, y sabía besar con una concentración que resultaba desconcertante en alguien de su edad.
—Llevo semanas pensando en esto —murmuró contra mi boca.
—Ya somos dos —dije.
Sus manos encontraron el cierre del vestido. La cremallera bajó centímetro a centímetro, con cuidado, como quien abre algo que merece atención. El tejido se deslizó por mis hombros y cayó al suelo. Adrián se separó un paso para mirarme. No dijo nada. A veces el silencio dice más.
Me empujó con suavidad hacia el sofá de cuero que estaba frente a la ventana. Se arrodilló entre mis rodillas, separándolas con las manos, y empezó a besarme el interior del muslo. Despacio, sin prisa, como si tuviera toda la noche. Cada beso era una pregunta. Mi cuerpo respondía antes de que yo pudiera procesar la respuesta.
Cuando su lengua me tocó por primera vez, cerré los ojos y dejé que todo lo demás desapareciera. Su lengua se movía despacio, con la paciencia de alguien que sabe exactamente adónde va. Yo tenía una mano enredada en su pelo y la otra aferrada al cojín de cuero, los nudillos blancos.
—No pares —pedí. No reconocí mi propia voz.
No paró. Fue subiendo la intensidad tan gradualmente que cuando por fin me dejé ir, el orgasmo duró varios segundos. Me quedé con los dedos todavía en su pelo, mirando el techo, la respiración entrecortada.
Adrián se incorporó y me miró con esa calma suya.
—Ahora yo —dijo.
Se desabrochó la camisa y se la quitó sin drama. Se deshizo del resto de la ropa con la misma naturalidad. Tenía el cuerpo de alguien que entrena porque le gusta, no para impresionar. Me tendió la mano para que me levantara del sofá y yo la tomé.
Lo miré a los ojos mientras lo tomaba en mis manos. Lo tomé en la boca despacio, usando la lengua para explorar antes de establecer un ritmo. Escuché cómo su respiración se aceleraba, sus dedos apretando mi pelo con suavidad al principio y con más fuerza después. Hay algo satisfactorio en ver perder el control a alguien que lo tiene todo bajo control.
—Para —dijo, tirando de mí hacia arriba—. Quiero estar dentro de ti.
Me llevó a la cama. Las sábanas eran de satén blanco, frío al primer contacto y luego tibio. Me tumbó boca arriba, se colocó entre mis piernas y entró en mí despacio, dándome tiempo. Cuando empezó a moverse, lo hizo con una deliberación que no esperaba. Había anticipado la urgencia de la juventud. Encontré otra cosa.
—Mírame —dijo.
Lo miré.
Siguió moviéndose con los ojos fijos en los míos. Ese contacto fue más íntimo que cualquier otra cosa que hubiéramos hecho. Me sentí vista. No como la presentadora del noticiero. No como la esposa de Marcos. Solo yo, en ese momento, queriendo exactamente lo que estaba pasando.
El segundo orgasmo llegó cuando Adrián perdió por fin esa compostura de escaparate y se dejó llevar. Sus movimientos se volvieron menos pulidos y más honestos. Sus manos apretaron mis caderas con fuerza real. Eso me gustó más que todo lo anterior.
Cuando terminó, nos quedamos unos minutos en silencio, los dos mirando el techo.
—Ha sido mejor de lo que esperaba —dijo él.
—Para mí también —respondí.
Me duché, me vestí y me fui. No había ninguna necesidad de alargar la noche más allá de lo que era.
***
Marcos estaba despierto cuando llegué a casa, aunque pasaban de las tres. Tenía el libro abierto sobre el pecho pero sus ojos miraban al techo.
Me senté en el borde de la cama y lo miré.
—¿Cómo fue? —preguntó. Su voz era quieta, expectante.
—Bien.
—¿Solo bien?
—Muy bien.
Me recosté a su lado. Apagó la lámpara y en la oscuridad me buscó con la mano.
—Cuéntame —dijo.
Y se lo conté. No como un resumen sino como una historia, con sus detalles y sus pausas y sus momentos incómodos. Le conté cómo olía la suite, cómo me había mirado Adrián cuando el vestido cayó al suelo, lo que sentí cuando su lengua me tocó por primera vez.
Mientras hablaba, noté la respiración de Marcos cambiando. Sus manos empezaron a moverse sobre mí con más intención. Yo seguí hablando porque eso era parte del trato, porque él lo había pedido, y porque resultó que contarlo también era mío.
Le describí las sábanas de satén, los ojos de Adrián pidiéndome que lo mirara, el momento preciso en que había perdido el control.
—¿Te gustó? —preguntó Marcos. Su voz sonaba diferente, más espesa.
—Sí —dije, sin disculparme.
Hizo un sonido que era a la vez orgullo y deseo. Me abrazó con más fuerza, su boca buscando mi cuello.
—¿Volverías? —preguntó.
Me quedé pensando un momento. La ciudad afuera, el techo oscuro encima de nosotros, la mano de Marcos en mi cintura reclamando algo.
—No lo sé —respondí, honestamente—. Pero esta noche fue nuestra también. No solo mía.
Él asintió contra mi pelo.
—Fue nuestra —repitió, como si necesitara oírlo en su propia voz para creerlo del todo.
Y en esa repetición había algo que no habíamos tenido en mucho tiempo. No sé darle otro nombre que honestidad. La conversación que llevábamos años postergando había empezado, de la manera más inesperada, esa noche.