Mi confesión del onsen: la nieta de mi cliente
El aterrizaje en Narita me supo a salvación. Llegaba de Estambul con una escala de catorce horas que me había dejado los ojos rojos y la espalda destrozada. Mi categoría Elite en la aerolínea, ese pequeño lujo que justifica tanto vuelo acumulado, me había permitido refugiarme en una sala VIP, ducharme y comer algo que no fuera plástico recalentado. Mientras las pantallas vomitaban noticias sobre crisis lejanas, llegué a temer que el avión no despegara. Al final, el vuelo fue plácido como pocas veces.
Como iba en clase preferente, salí entre los primeros. Crucé la terminal con el paso largo del que solo quiere una cama, arrastrando la maleta sobre ese suelo japonés que parece pulido a mano. El hotel reservado por la empresa estaba en pleno Akasaka, a quince minutos del cliente. Era uno de esos cuatro estrellas nipones que parecen un templo zen disfrazado de oficina: maderas oscuras, silencios largos y una luz tenue que invitaba a desconectar.
Y entonces, en la entrada giratoria, me crucé con ella.
Era una de esas mujeres japonesas que rompen cualquier cálculo. No sabías si tenía veinte años o cuarenta. Piel pálida, casi traslúcida, una estructura menuda y unas curvas que parecían pintadas a mano sobre un cuerpo que no debía contenerlas. Llevaba un vestido azul cobalto, de corte sobrio, que le ceñía las caderas con una insolencia que no parecía intencional. Nuestras miradas se cruzaron un segundo y sentí algo eléctrico, como si me hubieran rozado con un cable pelado.
Pagué el taxi con el móvil. Cuando volví la vista, ella ya no estaba. No insistí. Subí a la habitación, me serví un dedo de whisky de la mininevera y me dejé caer sobre la colcha medio vestido. Caí en menos de cinco minutos.
***
El zumbido del teléfono me sacó del coma a media mañana. Una voz femenina, dulce y de acento marcado pero con un castellano impecable, me anunció que Tanaka-san no podría recibirme hasta la noche. Tenía el día libre. Me duché despacio, dejé que el agua hirviendo me devolviera al mundo y bajé al lobby con la ropa más cómoda que encontré en la maleta.
Y ahí estaba ella otra vez.
Sentada en uno de los sillones de la cafetería, esta vez con un traje de chaqueta gris perla, impecable y muy corporativo. Se levantó en cuanto me vio y caminó hacia mí con una sonrisa medida. Se llamaba Hinata. Era la nieta de Tanaka. Su abuelo la había enviado para que me hiciera de guía durante el día y, según dijo en voz baja, para que no me perdiera nada de la ciudad.
—Mi abuelo insiste en que un viaje de negocios sin paseo no es un viaje —me explicó, esquivando mi mirada con una elegancia entrenada.
Diez minutos después estábamos los dos en el asiento trasero de una minivan negra, con cristales tintados, camino al Palacio Imperial.
***
Sentado a su lado, no podía dejar de mirarla. Tenía una piel blanquísima, sin un solo lunar, y unas piernas largas que cruzaba con una gracia entrenada desde la infancia. En una de esas curvas, la falda se le subió un dedo de más, y entonces vi algo que me aceleró el pulso de inmediato: el encaje negro de un liguero asomando sobre el muslo. Aparté la vista al instante, con una vergüenza casi adolescente, pero al levantar los ojos me choqué con los suyos. Los dos nos pusimos del color de un farolillo y terminamos mirando por ventanas opuestas, en un silencio que pesaba más que el tráfico.
El resto del día fue un duelo de miradas robadas. Yo me perdía en su escote o en sus muñecas cuando ella me señalaba algún detalle de un templo. Ella escaneaba mis manos, mi antebrazo, y más de una vez se le escapó la vista a mi cinturón. Pasamos por el Templo Meiji, comimos sushi en un mostrador minúsculo de Tsukiji y cruzamos el caos eléctrico de Shibuya, pero el verdadero recorrido turístico era esa tensión que nos rodeaba.
Al caer la tarde, Hinata me hizo una propuesta con una sonrisa que ya no era profesional.
—Álvaro-san, te vendría bien un baño antes de la cena con mi abuelo. Conozco un onsen muy especial. Es konyoku.
—¿Konyoku? —repetí, masacrando la pronunciación.
—Mixto —respondió ella, sin pestañear.
***
El sitio estaba escondido al final de un sendero de piedras iluminado por farolillos bajos. Olía a madera húmeda y a algo mineral que no supe identificar. Me llevaron a un cuarto de cambio, me desnudé, me pasé la alcachofa de la ducha por encima como mandaba el protocolo y me sumergí en el agua humeante. Apoyé la nuca contra la piedra, me coloqué la toallita doblada en la frente y cerré los ojos para dejar que el calor me ablandara los huesos.
Entonces oí el chapoteo.
Era ella. Hinata se metió en el agua completamente desnuda, y supe que ya no había vuelta atrás. Tenía unos pechos medianos, firmes, con aureolas oscuras del color del caramelo quemado. Su figura era una contradicción exquisita: delicada en los huesos, plena en las curvas. Intenté apartar la mirada por puro respeto, pero el agua bajo mi cintura me había traicionado en cuestión de segundos.
Hinata no fingió que no se daba cuenta. Cruzó la piscina flotando despacio, me rodeó el cuello con los brazos y me besó. Fue un beso raro, mezcla de hambre y disculpa, como si llevara todo el día ensayándolo. Bajo el agua, su mano me encontró sin titubear. Cuando deslizó el prepucio y el agua caliente bañó la piel desnuda mientras sus dedos rozaban más abajo, sentí que se me iba el aire.
—No tienes que hacer esto —le susurré, más por costumbre que por convicción.
—Ya lo sé —respondió ella, y siguió.
Estuvimos así un rato largo, yo recorriéndole los pezones con la yema del pulgar, ella moviendo la mano bajo la superficie con una timidez que me ponía más que cualquier técnica calculada. La oía respirar contra mi cuello, en pequeñas bocanadas que se le escapaban entre los dientes.
***
De repente se levantó. El agua resbalaba por su espalda y por la curva de sus nalgas como un mapa de venas brillantes. De pie frente a mí, con las piernas ligeramente abiertas, dejaba ver sin pudor lo que llevaba toda la tarde imaginando. Me hizo un gesto y la seguí, todavía a medias dentro del agua, todavía a medias dentro de mi vida normal.
Me llevó por unos pasillos de madera oscura hasta una habitación pequeña, iluminada solo por velas, con un futón grueso extendido en el centro. El aire era fresco y olía a tatami nuevo. Cerró la puerta corredera con un golpe seco.
Me tumbó sobre el futón sin hablar. Empezó besándome el esternón, bajando despacio, como si trazara una ruta que ya conocía de memoria. Cuando sentí su aliento sobre el pubis, todo el músculo del abdomen se me contrajo sin permiso. Abrió la boca y me engulló, y yo cerré los ojos como si así pudiera contener el cortocircuito.
El contraste era brutal. La habitación estaba fresca, casi cortante, pero su boca era un refugio caliente y húmedo que me envolvía por completo. Hinata no tenía prisa. Marcaba un ritmo lento, casi ceremonioso, usaba la lengua con una precisión de relojera mientras sus ojos negros se quedaban clavados en los míos desde abajo, brillantes por la luz de las velas.
Esa mirada me desarmaba. Mezcla de obediencia entrenada y un hambre que no era la primera vez que sentía pero sí la primera vez que veía sin disimulo.
—Hinata… —murmuré, más súplica que aviso.
Ella se detuvo solo lo justo para lamerme desde la base hasta la punta y volver a hundirme entero. Hundí los dedos en su pelo negro, lacio, sedoso, sin guiar nada, solo para sostenerme.
***
Después de lo que me parecieron horas, se incorporó. Tenía la barbilla brillante, los labios hinchados, los ojos turbios. Se subió a horcajadas, me dio la espalda y se inclinó hacia adelante, apoyando las manos sobre mis muslos. Pude ver la curva de su columna, cada vértebra dibujada bajo la piel, y entre sus piernas, esa carne empapada que me había estado esperando todo el día.
Buscó mi mano y se la llevó al sexo. Estaba ardiendo. Empecé a juguetear con dos dedos, abriéndola despacio, hasta encontrar ese punto pequeño y firme que la hizo saltar contra mí.
—Ah… Álvaro-san —su voz era un hilo, casi un quejido.
Se giró y se dejó caer. Sentí cómo me buscaba, cómo me encontraba con un movimiento corto, decidido, y bajaba sobre mí como si llevara meses esperando ese ángulo exacto. Estaba tan estrecha que noté cada pliegue ajustándose, abrazándome.
Cerró los ojos, echó la cabeza hacia atrás y empezó a moverse en círculos, lenta primero, después con más urgencia. Mis manos bajaron por su cintura hasta sus nalgas, y allí me agarré como si me fuera la vida. El sonido de nuestros cuerpos chocando se mezclaba con sus suspiros entrecortados en un japonés que no entendía pero entendía perfectamente.
Empecé a empujar desde abajo, buscando el fondo, sintiéndola temblar con cada embestida. Hinata se inclinó, me aplastó los pechos contra el pecho y me buscó la boca con la suya. El beso fue desesperado, salado, mientras sus uñas cortas me arañaban los hombros.
—No pares —pidió contra mi oído, con ese acento que me derretía.
***
La giré con cuidado y la dejé bocarriba. Le subí las piernas hasta apoyárselas en mis hombros, esas piernas blancas que me habían obsesionado durante horas en el asiento de la furgoneta, y me hundí con fuerza. Ella soltó un gemido largo, sin fingir, y se aferró al borde del futón. La vista era casi insoportable: yo entrando y saliendo de su cuerpo mientras sus labios se estiraban y se curvaban en torno a mí en cada empuje.
Sentí cómo se tensaba. Cómo sus muslos empezaban a temblar contra mi cuello. Sus ojos se quedaron en blanco un segundo y entonces sus paredes me apretaron con una fuerza que no parecía humana. Eso fue todo lo que necesité. Solté un gruñido sordo y me vacié dentro de ella, sintiendo cada espasmo como un latido propio, sin saber muy bien dónde acababa yo y dónde empezaba ella.
Me derrumbé sobre el futón, con los pulmones al rojo vivo y el corazón golpeando contra las costillas. Me quedé en esa nube pesada que solo viene después de algo así, ese vacío dulce que te deja mudo.
Pero Hinata no había terminado.
***
Se incorporó con la agilidad de una gata y se deslizó sobre mí sin decir nada. Sentí su lengua, caliente y obediente, recorriéndome con una calma casi religiosa. Empezó a limpiarme con una devoción que me hizo erizar la piel entera. Mientras su boca se ocupaba abajo, ella maniobró con una precisión absurda, giró el cuerpo, apoyó las manos sobre mis rodillas y dejó caer su sexo justo sobre mi cara.
El mensaje fue claro. No esperó iniciativa de mi parte. Bajó la cadera y me selló la boca con su humedad, y yo me dejé hacer.
Hundí la lengua sin pensar. El sabor era una mezcla extraña de minerales del onsen, de sal, de algo nuestro que ya no se podía separar. Hinata empezó a frotarse contra mí con un ritmo cada vez más urgente, usando mis labios como un juguete suyo, y yo dejé de respirar varias veces porque me daba igual respirar. Le agarré las nalgas con las dos manos y la mantuve pegada, succionando esos labios menores que tanto me habían fascinado en la piscina.
Cinco minutos de trance puro. Yo la devoraba. Ella soltaba gemidos guturales que rebotaban contra las paredes de madera. De repente noté que se ponía rígida, como si una corriente le hubiera atravesado el cuerpo entero. Se detuvo en seco, sus dedos se clavaron en mis muslos y todo su cuerpo se sacudió encima de mí.
Jamás había sentido nada parecido. Hinata se arqueó, tembló, se desbordó. Diez segundos eternos en los que yo solo podía sostenerla y dejar que terminara. Cuando por fin el último temblor la abandonó, se dejó caer a mi lado, agotada, con una sonrisa que se le iluminaba sola en la penumbra.
Se limpió el sudor de la frente con el dorso de la muñeca, me miró con una ternura que no esperaba y me susurró al oído, en ese castellano que ahora sonaba a otra cosa:
—Bienvenido a Japón, Álvaro-san.
***
Me quedé allí, sobre el futón, con el rastro de su placer secándoseme en la mejilla y la cabeza vacía como hacía años que no la tenía. Al día siguiente cerraría el contrato con Tanaka-san. Nos daríamos la mano, brindaríamos con sake, hablaríamos de plazos y de cifras como si nada. Y, sin embargo, sabía perfectamente cuál era el verdadero motivo de aquel viaje. Ninguna milla acumulada, ninguna firma, ninguna comisión iba a pagar lo que acababa de pasar dentro de aquella habitación de velas y madera, en un rincón anónimo del corazón de Tokio.