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Relatos Ardientes

Lo que pasó en el club de lectura no debió pasar

El agua caía tibia sobre los hombros de Lucía y se deslizaba por su espalda hasta perderse entre sus muslos. Apoyó la frente contra los azulejos del baño y dejó escapar un suspiro largo, de los que se guardan durante horas. El ardor en la base de su columna no había desaparecido. Era un recuerdo físico, terco, que le devolvía cada detalle de la tarde anterior en la sala del club.

«Más fuerte. Ahora». Esas habían sido sus palabras y Mateo había obedecido. La memoria de aquel cuerpo embistiéndola por detrás, abriéndola hasta donde ella creía que no se podía, le hizo entornar los ojos. Lo extraordinario no había sido el ardor inicial ni la sensación de estar rebasada por dentro. Había sido el orgasmo. Un latigazo nacido en su vientre, sin un dedo sobre su clítoris, sin nada más que el roce constante de él dentro de un sitio que ella misma desconocía.

Sus dedos resbalaron por su estómago hasta encontrar la entrepierna. Estaba hinchada, todavía tibia, y el agua no era la única responsable. Pasó dos yemas en círculo lento sobre el clítoris y suspiró el nombre de él contra el vapor.

—Justo así, Mateo —murmuró, como si pudiera convocarlo.

Su otra mano viajó por detrás. Rozó la entrada que él había estrenado y un escalofrío le subió por la espina. Estaba sensible, tensa, pero no asustada. Empujó la punta del dedo apenas un milímetro, lo justo para sentir cómo el músculo cedía un poco antes de cerrarse otra vez. Soltó un gemido bajo, casi un quejido, mordiéndose el labio para que el agua no se llevara también ese sonido.

¿Cómo era posible que algo que ardía tanto al principio le encendiera ahora esta hambre? Cada vez que recordaba el momento en que él se había vaciado dentro de ella, llenándola por detrás, su sexo se contraía con una urgencia casi insoportable. Y entonces venía el otro pensamiento, el frío. Si perdía la cabeza, si una tarde le suplicaba que la penetrara por delante, su familia lo sabría. Su padre, obsesionado con la idea anticuada de mantener intactas a sus hijas para no estropear ningún acuerdo de negocios futuro, la borraría del testamento sin pestañear. Y ella necesitaba esa herencia. No por el dinero en sí, sino por la libertad que le daría sacar a su hermana pequeña del mismo destino estrecho.

Sus dedos se hundieron con más fuerza, ahora dos, frotando el clítoris con un ritmo desordenado. Imaginó las manos grandes de él en sus caderas, su aliento detrás de la oreja, esa voz quebrada diciéndole que se relajara, que sabía cómo. Recordó la cara que él había puesto cuando se le escapó demasiado pronto la primera vez, esa mezcla de vergüenza y deseo, y el orgasmo la encontró de pie, sin aviso. Tuvo que sostenerse con las dos manos contra los azulejos, jadeando, las piernas convertidas en hilo. El agua siguió cayendo, lavó las pruebas, pero no la obsesión.

—Mierda —susurró, y se rió de sí misma con la risa torcida de quien ya sabe que va a perder.

***

A unas calles de allí, Mateo estaba boca arriba en la cama con un libro abierto sobre el pecho que no había avanzado de la primera página en más de veinte minutos. Su erección levantaba el elástico de los bóxers cada vez que cerraba los ojos y volvía a verla a ella inclinada sobre la mesa de la sala, las marcas rojas de sus dedos en la piel pálida de las nalgas, los gemidos ahogados cuando él, por fin, se atrevió a empujar.

«Inútil», se reprochaba por enésima vez. Veintiséis años y se había corrido como un crío. Aunque la cara de ella, primero de fastidio y después, sorprendentemente, de hambre renovada cuando él volvió a estar listo, también lo excitaba. Había algo en la forma en que Lucía lo miraba, como descubriendo el mundo a través de su cuerpo, que lo desarmaba. Y ahora, sabiendo que los dos eran novatos, que podían aprenderse sin testigos ni juicios, la idea del próximo encuentro lo tenía al borde.

Se pasó la mano por la cara y notó el calor en sus mejillas. La próxima vez no se conformaría con tomarla por detrás. Primero la haría correrse con la boca. Quería probarla, sentir cómo los muslos le temblaban contra sus orejas mientras ella se retorcía. Y cuando estuviera bien empapada, cuando todo en ella estuviera dispuesto, la giraría y entraría otra vez, lento, como ella le había pedido, pero esta vez sin parar hasta que los dos gritaran.

El móvil vibró en la mesa de noche. Era el chat del club: «Recordatorio: nos vemos en tres días. Tema: el erotismo en la literatura clásica». Mateo sonrió de lado. Tres días. Tres malditos días.

Su mano bajó sola bajo el elástico. No necesitaba inventarse nada; le bastaba con repetir mentalmente el «más fuerte» de Lucía. Empezó despacio, imaginando que era el cuerpo de ella el que lo apretaba, no su propio puño. La otra mano cerró los testículos con la presión justa. Pensó en cómo sería bajar la cabeza entre sus piernas, qué sabor tendría, y eso fue suficiente. Se corrió sobre el estómago con un gruñido bajo, mordiéndose el dorso de la otra muñeca. Pero incluso después, mientras el pecho le subía y bajaba, una sola idea se le quedó pegada: la próxima vez no se contendría. La próxima vez la haría suya entera, aunque fuera por detrás.

***

El aire en la sala del club tenía el peso de las cosas que están a punto de pasar. Mateo llegó antes que nadie, no por costumbre sino porque no aguantaba más en su casa. Daba vueltas alrededor de la mesa de roble, golpeando con las uñas el borde, y de vez en cuando fingía interés en los lomos de los libros de la estantería. No leía ninguno. Veía a Lucía, una y otra vez, debajo de él.

La puerta chirrió y él se giró de golpe. Ella entró con cautela, como si el umbral pudiera delatarla, y cerró detrás de sí con un clic que sonó como un disparo en el pecho de Mateo. Llevaba una falda plisada hasta la rodilla y una blusa blanca demasiado fina, suficiente para insinuar el sostén de encaje de debajo. Tenía las gafas empañadas por el frío de la calle y se las quitó con dedos torpes, frotándolas contra el dobladillo sin levantar la vista.

No hacía falta que lo mirara. El aire entre los dos ya olía a tormenta.

—Hoy no viene nadie más —dijo Mateo. La voz le salió ronca. No era una pregunta; era un aviso.

Ella tragó saliva y apretó la montura de las gafas hasta que los nudillos se le pusieron blancos.

—Lo sé.

Esa fue toda la autorización que necesitó.

Cruzó la sala en dos pasos. Una mano en la cintura, la otra en la nuca, y la besó como llevaba semanas queriendo besarla: sin permiso, sin paciencia, abriendo la boca de ella con la suya, mordiendo el labio inferior. Lucía gimió contra él y el sonido le bajó por la espalda hasta la pelvis. Sus manos se hundieron en la camisa de él, arrugándole la tela, agarrándose como si pudiera caerse.

Mateo bajó las palmas, las apoyó en sus caderas y sin dejar de besarla le subió la falda. El aire frío de la sala rozó la piel caliente de los muslos de ella y Lucía intentó cerrar las piernas por instinto. Él se lo impidió. Se arrodilló, enganchó los pulgares en el elástico de las bragas blancas y tiró de ellas hacia abajo, despacio, hasta dejarlas a la altura de las rodillas. La tela se separó de la piel con un sonido húmedo que los dos escucharon.

—Joder —susurró, mirando.

Estaba empapada. El olor a sexo le inundó la boca de saliva. Podía ver el brillo de su excitación en los labios hinchados, el rosado oscuro de la entrada palpitando suave, y más arriba, escondido entre los pliegues, el botón duro del clítoris, suplicando atención.

—No… no podemos —tartamudeó ella, pero sus manos ya estaban en la cabeza de él, los dedos hundidos en su pelo, atrayéndolo. Las palabras decían una cosa, el cuerpo decía otra muy distinta.

Mateo no contestó. Sacó la lengua y la pasó desde abajo hasta arriba, lento, en un solo recorrido que le hizo a ella temblar las rodillas. Lucía soltó un quejido y empujó las caderas hacia adelante sin querer.

—Dios, Mateo… —se le quebró la voz cuando él repitió el gesto, esta vez con más presión, rodeando el clítoris con la punta antes de cerrarlo entre los labios y chuparlo.

Ella se arqueó. Un sonido roto le salió de la garganta. Los muslos se cerraron alrededor de la cabeza de él, lo atraparon, pero Mateo no se resistió. Hundió la lengua más profundo, exploró cada repliegue con una devoción que no sabía que tenía. Sabía a sal, a algo dulce, a algo que él entendió de inmediato que nunca había probado nadie más, y esa idea le encendió el cerebro.

Le abrió los labios mayores con dos dedos y la dejó ahí, expuesta, brillante. La tentación era demasiado. Hundió la lengua dentro de ella todo lo que pudo, casi rozando esa frontera fina que aún no había roto nadie. Lucía gritó, le clavó las uñas en el cuero cabelludo, las caderas embistiendo contra su cara como si quisiera más, siempre más.

—¡Ahí! ¡Ahí, no pares! —suplicó, con la voz hecha trizas.

Él volvió al clítoris, círculos rápidos, precisos, y notó cómo todo en ella se tensaba. Los músculos internos lo apretaban, lo invitaban. Un último lamido firme y Lucía se rompió. Un orgasmo le atravesó el cuerpo entero, las piernas le temblaron, los muslos se cerraron alrededor de él, y un chorro de calor le bañó la barbilla, los labios. Mateo no se apartó. Bebió todo lo que ella le dio, lamió hasta que ella se dejó caer contra él, jadeando, sosteniéndose en su pelo como si fuera lo único que la mantenía en pie.

—Mateo… —su nombre fue casi un rezo.

Él levantó la cara, los labios brillantes, los ojos oscuros.

—Aún no he terminado contigo —prometió, y se incorporó arrastrando el cuerpo contra el de ella para que sintiera lo duro que estaba.

Lucía no respondió. No podía. Apoyó la frente en el hombro de él y dejó que las réplicas la siguieran sacudiendo, sin saber que ya estaba lista para lo que venía.

***

Mateo le sostuvo la cara entre las manos un segundo, casi pidiendo perdón con la mirada por no poder esperar más. Después le buscó los botones de la blusa y los abrió uno a uno mientras la besaba con menos prisa. Lucía gimió contra su boca cuando los dedos de él rozaron el sostén. Tenía los pezones duros desde antes, desde la calle.

—No te voy a dejar puesta nada —murmuró él contra sus labios—. Quiero verte entera.

Ella asintió y le buscó el cinturón con dedos torpes, como si necesitara comprobar que esto era real. Cuando él le bajó el sostén y le liberó los pechos, redondos y firmes, no pudo evitar un quejido. Bajó la cabeza, atrapó un pezón entre los labios, succionó con fuerza y lo mordió justo lo suficiente para que ella saltara.

—¡Ah, joder! —gruñó él cuando la mano de ella, decidida, le rodeó la entrepierna por encima del jean.

—Espera —dijo Lucía con una sonrisa que no le había visto antes—. Si te lo hago con la boca ahora, vas a aguantar más cuando me lo metas por detrás. ¿No es lo que quieres?

El cerebro de Mateo se quedó en blanco. La sola idea de esos labios alrededor de él lo hizo cerrar los ojos. Asintió. No le salieron palabras. Ella no necesitó más invitación. Se arrodilló, le abrió el cinturón y la cremallera con una urgencia que lo hizo gemir, y cuando él saltó libre, durísimo, lo miró un segundo y lamió la gota brillante de la punta.

—Ya estás listo para mí —ronroneó, y se lo metió en la boca.

Mateo maldijo entre dientes. Las manos se le hundieron solas en el pelo de ella mientras Lucía bajaba más y más, sin experiencia pero con un entusiasmo que lo arrastraba hasta el borde en segundos. La lengua le recorría las venas, los dedos le masajeaban los testículos. Quiso advertirle, jadeó su nombre, pero ella lo miró con esos ojos brillantes y se lo tragó hasta la base.

—¡Lucía, me voy a cor…!

Estalló. Ella se lo bebió sin pestañear, tragó hasta la última gota y se relamió como si fuera el último resto. Mateo la miró aturdido, todavía duro, todavía latiendo.

—Dios… —murmuró, y la ayudó a levantarse—. Eso fue… joder.

Lucía sonrió, orgullosa de sí misma, pero no le dio tiempo a más. La agarró por la cintura y la sentó en la mesa de roble. La madera fría le hizo a ella un gemido. Le abrió las piernas y se puso entre ellas, rozando con los dedos los pliegues empapados.

—Perfecta —gruñó, recogiendo la humedad y llevándola hacia atrás, masajeando con calma el anillo apretado de su entrada trasera—. Vas a sentirme dentro otra vez. Y esta vez no me voy a correr tan rápido.

Ella asintió, mordiéndose el labio, y se dejó tumbar boca arriba con las piernas colgando del borde. Mateo apoyó la punta contra su entrada y empujó. Despacio. Centímetro a centímetro, dejándole espacio para acostumbrarse, escuchando cada jadeo de ella como una guía.

—¡Más! —pidió Lucía, las uñas arañando la madera—. Por favor…

Él obedeció y se hundió hasta el fondo en un solo movimiento. Lucía gritó, todo en ella se cerró alrededor de él, tan apretado que Mateo tuvo que parar un segundo, respirar.

—Joder, me vas a estrangular —gruñó, y empezó a moverse con embestidas largas, profundas.

Cada vez que se retiraba, el aire frío rozaba la entrada sensible de ella, y entonces volvía a entrar. Lucía dejó de pensar. Solo sentía: el ardor inicial deshaciéndose en un placer oscuro y profundo, los nervios encendiéndose cada vez que él golpeaba ese punto interior que la hacía ver luces. Los orgasmos la sorprendieron, uno detrás del otro, el cuerpo sacudiéndose mientras Mateo le sujetaba las caderas y se iba volviendo más torpe, más desesperado.

—¡Me corro! —avisó, la voz rota—. ¡Dentro de ti, Lucía!

Ella asintió, incapaz de hablar, y cuando el primer chorro caliente la llenó, otro orgasmo la atravesó con una fuerza brutal. Se arqueó contra la mesa mientras Mateo se vaciaba dentro gruñendo su nombre como una oración. Cuando por fin se derrumbó sobre ella, sudoroso, jadeante, Lucía solo pudo abrazarlo y sentir cómo él se le escurría por dentro, marcándola.

—Eso —murmuró Mateo contra su cuello, besándole la piel mojada— fue jodidamente perfecto.

Ella cerró los ojos y pensó, sin decirlo, que la próxima vez quizá sí lo dejaría entrar por delante. Y el solo pensamiento, en lugar de asustarla, la hizo sonreír.

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Comentarios (9)

PanchoLect

tremendo!!! de los mejores que lei en mucho tiempo

Celeste_MDQ

Por favor una segunda parte, quede con ganas de saber que paso despues entre ellos

RaulBaires

Lo de fingir durante meses antes de que pase algo... eso es lo mas real de todo. Muy bien escrito

Juanfe_R

Los libros jamas van a ser los mismos despues de eso jajaja

LuciaPampas

Me encanto el ritmo, no fue todo de golpe sino que se fue construyendo de a poco. Eso lo hace muy creible. Espero mas!

DarkReader_22

Buenisimo, me tuvo enganchado desde la primera linea hasta el final

NocheK25

Van a seguir yendo al club despues de eso? jaja me imagino el clima en la proxima reunion

AlfonsoZ

Me encanto como transmitiste esa mezcla de culpa y deseo sin que quedara forzado. Se nota que sabes escribir. Sigue compartiendo

PatriciaMar

Me recordo a una situacion parecida que viví, esa tension que se acumula y de repente explota sola. Lo capturaste perfecto

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