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Relatos Ardientes

La confesión que llevo guardada del club de lectura

Lucía se metió bajo la regadera con los muslos todavía temblando. El agua caliente le bajó por los hombros, por la espalda, y al llegar abajo le encontró un ardor que no había sentido nunca. Apoyó la frente contra los azulejos. El recuerdo volvía intacto: la mesa de madera del club, el olor a libros viejos, Adrián detrás de ella con esa torpeza ansiosa que la había vuelto loca.

«Más fuerte. Ahora.» Eso le había suplicado. Y él había obedecido. Le costaba creer todavía que se hubiera corrido sin que nadie la tocara abajo, sin que sus propios dedos intervinieran. Solo el roce constante, el empuje torpe pero decidido de él, había bastado para hacerla estallar.

Movió los dedos sobre el clítoris en círculos lentos, fingiendo que eran los de él. No era lo mismo, ni de cerca. Le faltaba el peso del cuerpo encima, la respiración entrecortada en la nuca, la voz quebrada de Adrián diciéndole que no parara.

—Justo así, Adrián... —susurró contra el vapor.

Las caderas se le movieron solas. La otra mano bajó por la espalda hasta encontrar, con cautela, el anillo aún adolorido. Un escalofrío le recorrió la espina cuando la yema del dedo presionó. No estaba tan tenso como la primera vez. El agua y su propia humedad se ofrecían como lubricante natural.

¿Cómo era posible que algo que dolía tanto al principio le provocara después esta hambre? Cada vez que recordaba el momento en que él se había vaciado dentro de ella, los músculos internos se le contraían sin permiso. Y entonces venía el miedo. Si perdía el control, si en un arrebato de lujuria le pedía que la penetrara por delante, donde ningún hombre había estado todavía, su padre iba a enterarse. El viejo entendía la virginidad de sus hijas como una garantía comercial, una pieza de cambio en alianzas familiares que él tejía con cuidado de relojero. Y Lucía necesitaba esa herencia. No por el dinero. Por el poder. Por la libertad de sacar a su hermana menor de ese mismo destino.

Los dedos se le hundieron con más fuerza. Dos sobre el clítoris, frotando rápido, mientras la otra mano seguía jugueteando atrás, la punta entrando y saliendo apenas un centímetro.

—Joder... —maldijo entre dientes.

Se imaginó a Adrián detrás, las manos grandes sujetándola por las caderas, el aliento caliente contra el cuello, diciéndole al oído que se relajara, que él sabía cómo hacerla sentir. Recordó su cara cuando se corrió demasiado pronto, esa mezcla de vergüenza y deseo renovado. La había excitado más de lo que estaba dispuesta a admitir.

El orgasmo la golpeó sin aviso. Tuvo que morderse el antebrazo para ahogar el grito. El sexo se le contrajo en oleadas, y el dedo de atrás se hundió un poco más, como si su cuerpo supiera ya por dónde quería ser llenado de nuevo. Las piernas le flaquearon. Se apoyó con las dos manos contra la pared, jadeando como si acabara de correr. El agua seguía cayendo, lavando las pruebas. La obsesión, no.

***

A esa misma hora, Adrián estaba boca arriba en la cama, con un libro abierto sobre el pecho que no había avanzado de la primera página en veinte minutos. Bajo el elástico del bóxer, el sexo erecto le palpitaba cada vez que cerraba los ojos.

La veía a ella inclinada sobre la mesa del club, las nalgas marcadas por sus dedos, los gemidos ahogados contra el brazo. No podía creer que se hubiera corrido tan rápido. «Virgen de mierda», se reprochó por enésima vez. Pero el recuerdo de la cara de Lucía después —primero decepción, luego el deseo encendido cuando él volvió a estar listo— lo consolaba.

Había algo en la forma en que ella lo miraba, como si estuviera descubriendo el sexo a través de su cuerpo, que lo enloquecía. Y ahora, sabiendo que los dos eran inexpertos, que podían explorarse sin miedo a que ninguno juzgara al otro, la idea de la próxima reunión lo tenía al borde.

La próxima vez no sería solo penetración por detrás. La próxima vez la haría correrse con la boca. Quería saborearla, sentir cómo los muslos le temblaban alrededor de la cabeza mientras ella se retorcía bajo su lengua. Cuando estuviera lo suficientemente relajada, cuando todo abajo le goteara y el otro agujero estuviera listo para recibirlo de nuevo, entonces la penetraría despacio, como ella le había pedido, pero esta vez sin detenerse.

El teléfono vibró sobre la mesilla. Era el grupo del club: «Recordatorio: próxima reunión en tres días. Tema: el erotismo en la literatura clásica.» Adrián sonrió con el rictus torcido de quien anticipa algo que no debería anticipar. Tres días. Solo tres malditos días.

La mano se le deslizó bajo la cintura del bóxer. No necesitaba fantasía elaborada. El recuerdo de Lucía gimiendo «más fuerte» mientras él la embestía bastaba. Empezó despacio, imaginando que era el interior de ella el que se cerraba a su alrededor, no el propio puño. Casi podía sentir el calor húmedo, la resistencia inicial, después la succión que parecía no querer soltarlo nunca.

—Joder, Lucía... —susurró.

La otra mano se le cerró sobre los testículos. Pensó en cómo sería lamerla hasta que las piernas le temblaran, cómo sabría, dulce y salada a la vez. Solo con eso ya estaba al borde. Con un gruñido se vació sobre el propio estómago, las gotas espesas mezclándose con el sudor. Aun después, cuando el cuerpo se relajó contra el colchón, la mente seguía obsesionada con la misma idea: la próxima vez, no se contenía. La próxima vez, la haría suya entera, aunque fuera solo por detrás. Porque algo le decía que, si probaba el otro lado, ya no había vuelta atrás. Y eso lo excitaba más que nada.

***

El aire en la sala estaba cargado, espeso, como el silencio que precede a una tormenta. Adrián llegó primero. No por costumbre, sino porque el deseo lo había arrastrado hasta allí con una hora de adelanto. Caminaba en círculos alrededor de la mesa de madera, los dedos tamborileando contra el borde pulido, la mente nublada. Imágenes sueltas: el cuerpo de Lucía temblando bajo el suyo, el sonido ahogado de sus gemidos, las uñas clavándose en su espalda. Lo tenía duro. El pantalón se le ajustaba incómodo. Se detuvo frente a las estanterías y fingió interés en los lomos. Los ojos no enfocaban nada.

La puerta se abrió con un chirrido suave. Se giró de golpe. El corazón le golpeaba las costillas. Lucía entró con cautela, como si el umbral mismo pudiera delatarla. Cerró tras de sí con un clic que resonó en el pecho de Adrián como un disparo.

Llevaba una falda plisada que se le pegaba a las caderas al moverse, una blusa blanca que dejaba adivinar el sujetador de encaje debajo. Las gafas se le habían empañado por el cambio de temperatura. Se las quitó con dedos temblorosos y las limpió contra el dobladillo de la falda sin mirarlo. No hacía falta que lo mirara. El aire entre los dos olía a electricidad, a algo que estaba a punto de quemarse.

—Hoy no viene nadie más —murmuró Adrián, la voz ronca, dando un paso hacia ella. No era pregunta. Era aviso.

Lucía tragó saliva. Los nudillos se le pusieron blancos sobre el marco de las gafas.

—Lo sé.

Eso fue todo el permiso que necesitaba.

Adrián cruzó la distancia en dos zancadas. Le agarró la cintura con una mano y le hundió la otra en el pelo, tirando de ella hacia su boca. El beso fue brutal, hambriento, un choque de dientes y lenguas que no pedía nada porque ya estaba tomando. Lucía gimió contra sus labios y el sonido le bajó directo a la entrepierna. Las manos de ella se le agarraron a la camisa, arrugando la tela como si tuviera miedo de que la soltara.

Las manos de Adrián bajaron, le pasaron sobre las caderas y le subieron el dobladillo de la falda con un movimiento brusco. El aire frío de la sala rozó la piel caliente de los muslos. No tuvo tiempo de reaccionar. Adrián ya estaba de rodillas frente a ella, los dedos enganchados en el elástico de las bragas blancas, tirando hacia abajo.

Lucía cerró las piernas instintivamente, pero él no se lo permitió. Con un gruñido le separó los muslos y la abrió.

—Joder —susurró, la voz quebrada.

Estaba empapada. El olor de ella le llenó la nariz, le inundó la boca de saliva. Veía el brillo de la excitación en los labios hinchados, el rosado de la entrada palpitando levemente, el botón pequeño y erecto del clítoris asomando entre los pliegues.

—No... no podemos... —tartamudeó Lucía. Pero ya tenía las manos en la cabeza de él, los dedos enredados en el pelo, acercándolo. Las palabras no tenían convicción. El cuerpo decía lo contrario.

Adrián no contestó con palabras. Sacó la lengua y lamió desde el inicio hasta el final en un movimiento largo, lento. Las piernas de Lucía temblaron. Soltó un gemido ahogado y las caderas se le sacudieron hacia adelante sin control.

—Dios, Adrián... —se le quebró la voz cuando él repitió, ahora con más presión, la punta de la lengua rodeándole el clítoris antes de chupar con fuerza.

Se arqueó. Un sonido desgarrado le salió de la garganta. Los muslos se cerraron alrededor de la cabeza de él, atrapándolo. Adrián no se resistió. Hundió la lengua más hondo, explorando cada pliegue con una atención que ella no había imaginado posible. El conocimiento de que nadie había probado eso antes lo enloquecía. Era suyo. Todo —el cuerpo, los gemidos, la forma en que se retorcía— era suyo.

Le separó los labios con los dedos y le expuso la entrada virgen, brillante. La tentación era demasiada. Sin avisar, le hundió la lengua dentro tan profundo como pudo. Tocó algo, apenas, y se detuvo. Lucía gritó. Las uñas le arañaron el cuero cabelludo mientras las caderas se sacudían contra su cara, buscando más, siempre más.

—¡Ahí! ¡Ahí, no pares! —suplicó, la voz rota.

Adrián volvió al clítoris, círculos rápidos y precisos con la punta de la lengua. Sentía cómo se tensaba ella, cómo los músculos internos se contraían como si quisieran arrastrarlo más adentro. Un último lamido firme y Lucía estalló. El orgasmo la atravesó como un relámpago. Las piernas le temblaron, los muslos le apretaron la cabeza a Adrián mientras un chorro caliente le bañaba la lengua, la barbilla, los labios. Él no se apartó. Bebió cada gota, lamiendo y chupando hasta que ella se dejó caer contra él, jadeando, los dedos aún enredados en su pelo como si fuera lo único que la mantenía en pie.

—Adrián... —el nombre fue un susurro tembloroso, casi una plegaria.

Él levantó la vista. Los labios brillantes, la barbilla manchada. Los ojos oscuros le buscaron los de ella, vidriosos, sin enfoque.

—Aún no he terminado contigo —prometió, levantándose despacio, arrastrando el cuerpo contra el de ella para que sintiera lo duro que estaba.

Lucía no contestó. No podía. Se dejó caer contra su pecho, sintiendo el latido acelerado del corazón mientras las réplicas del orgasmo aún la recorrían, preparándola —sin que ella lo supiera— para lo que venía después.

***

Le desabrochó los botones de la blusa uno por uno mientras la besaba, lento, posesivo. Lucía gimió contra su boca cuando los dedos rozaron la tela del sujetador. Los pezones ya estaban duros.

—No te voy a dejar vestida —murmuró Adrián—. Quiero saborearte entera.

Ella asintió. Los dedos le temblaban mientras le desabrochaba el cinturón, como si necesitara tocarlo para asegurarse de que aquello era real. Cuando él le bajó el sujetador, los pechos quedaron expuestos, redondos y firmes. Adrián se inclinó. Capturó un pezón entre los labios y chupó con fuerza antes de morderlo apenas lo justo. Lucía arqueó la espalda. Las uñas se le hundieron en los hombros mientras la otra mano de ella buscaba abajo, acariciando los testículos con una presión que él no esperaba.

—Joder, así... —gruñó él, separándose un instante para mirarla—. Justo así.

Pasó de un pecho al otro, lamiendo y chupando sin prisa. Lucía jadeaba. Las caderas se le movían instintivamente, buscando algo. Cuando él por fin se separó, los labios brillantes, dejó un rastro de besos húmedos hasta el ombligo y la miró con una sonrisa perezosa.

—Súbete a la mesa —dijo, la voz áspera—. Quiero hacértelo otra vez por detrás.

Lucía tragó saliva. Las mejillas se le sonrojaron. Pero en lugar de obedecer, los dedos se le cerraron alrededor de la erección de él, acariciándola despacio. Adrián contuvo el aliento.

—Espera —susurró ella con una sonrisa traviesa que él no le conocía—. Si te lo hago ahora con la boca, durarás más cuando me lo metas atrás. ¿No es eso lo que quieres?

A Adrián se le nubló el cerebro. La idea de esos labios envolviéndolo, esa boca cálida llevándolo al límite antes de hundirse en el otro agujero. Asintió con un gruñido, incapaz de hablar. Lucía no necesitó más invitación. Se arrodilló. Las manos trabajaron el cinturón y la cremallera con una urgencia que lo hizo gemir. Cuando el sexo de él saltó libre, palpitando, ella lo miró un segundo y le lamió el líquido que brillaba en la punta.

—Mmm, ya estás listo para mí —ronroneó antes de envolverlo con los labios y hundirse despacio.

Adrián maldijo entre dientes. Las manos se le enredaron en el pelo de ella mientras lo tomaba más profundo, la garganta relajándose. No era experta. El entusiasmo con el que lo chupaba, la lengua trazando las venas mientras los dedos le masajeaban los testículos, lo llevó al borde en segundos. Intentó avisar, jadeando el nombre de ella, pero Lucía solo lo miró con esos ojos brillantes, llenos de determinación, y se lo tragó hasta la base.

—¡Lucía, me voy a co...!

El orgasmo lo golpeó como un tren. Ella aceptó cada chorro sin pestañear, tragando con un sonido bajo de satisfacción. Cuando se separó, se lamió los labios como si saboreara el último resto. Adrián la miró aturdido.

—Dios... —murmuró, ayudándola a levantarse—. Eso fue... joder.

Lucía sonrió, orgullosa de sí misma. Antes de que pudiera decir nada, él la tomó por la cintura y la subió a la mesa de madera. El frío de la superficie la hizo estremecer, pero el calor del cuerpo de él lo compensó enseguida. La acostó de espaldas, las piernas colgando del borde, abiertas en invitación. Adrián no perdió tiempo. Se arrodilló entre los muslos. Los dedos se le deslizaron entre los pliegues empapados.

—Perfecta —gruñó, recogiendo los fluidos con los dedos antes de llevarlos atrás y masajear el anillo apretado—. Vas a sentirme dentro otra vez. Y esta vez no me corro tan rápido.

Ella asintió, mordiéndose el labio mientras él le presionaba la punta del sexo contra la entrada trasera. El estiramiento fue lento, casi insoportable. Adrián no cedió. Empujó centímetro a centímetro, dejándola ajustarse, los jadeos llenando el silencio de la sala.

—¡Más! —suplicó Lucía. Las uñas le arañaron la madera—. Por favor, Adrián...

Él obedeció. Se hundió hasta el fondo en un movimiento fluido. Lucía gritó. El cuerpo se le tensó alrededor de él, tan apretado que tuvo que detenerse un segundo, respirando hondo.

—Joder, me la estás estrujando —gruñó, empezando a moverse con embestidas largas y profundas.

Cada vez que se retiraba, el aire frío rozaba la entrada sensible, solo para ser reemplazado al instante por el calor de él al volver a entrar. Lucía no podía pensar. Solo sentía. El dolor inicial se convirtió en un placer oscuro, profundo, los nervios encendiéndose cada vez que él golpeaba ese punto interno que la hacía ver estrellas. Los orgasmos la sorprendieron, uno detrás de otro, el cuerpo sacudiéndose mientras Adrián la sujetaba por las caderas, las embestidas volviéndose más erráticas, más desesperadas.

—¡Me corro! —avisó, la voz rota—. ¡Dentro de ti, Lucía!

Ella asintió, incapaz de hablar. Los músculos internos se le apretaron alrededor de él cuando el primer chorro caliente la llenó. El segundo orgasmo la golpeó con una fuerza brutal. La espalda se le arqueó mientras Adrián se vaciaba dentro, gruñéndole el nombre como una plegaria. Cuando por fin se derrumbó sobre ella, sudoroso y jadeante, Lucía solo pudo rodearlo con los brazos. Sentía cómo el semen le goteaba, marcándola por dentro.

—Eso... —murmuró Adrián contra su cuello, besándole la piel sudorosa—. Eso fue jodidamente perfecto.

Ella cerró los ojos. Tres días le habían bastado para volverse otra persona, alguien que ya no se reconocía cuando se miraba al espejo. Y todavía no se atrevía a decirle lo único que de verdad la asustaba: que estaba a punto de pedirle, en la próxima reunión, que cruzara también la última frontera. La que su padre iba a notar. La que iba a costarle todo. Y aun así, lo haría.

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Comentarios (8)

confesiones_fan

Que buena!! me engancho desde el principio, no podia parar de leer

Sole77

Se siente tan real... eso es lo que mas me gusta de las confesiones, que podrian haberle pasado a cualquiera

lectorx77

excelente!!

GabyMar

Es verdad que Lucia sos vos? jaja se nota que lo vivís cuando lo escribís. Ojalá haya mas

Nico_BA

Tremendo final, no lo vi venir. Gracias por animarte a contarlo

PatriciaRJ

Me recordó a un verano con un grupo de amigos, las cosas que pasan jaja. Muy buen relato, seguí así!

Diegote_77

Corto pero intenso, queda pendiente la segunda parte...

JuanF82

Buenisimo, el detalle de los tres dias despues le da mucho peso a la historia. Se nota que escribís con ganas

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