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Relatos Ardientes

El camionero me cobró la deuda en la carretera

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Tres semanas después de aquella noche en el piso de Ernesto, yo todavía cruzaba la facultad con la misma sonrisa de quien ha salido airosa de una trampa imposible. Cien euros. Le había sacado cien euros a cada uno —a Rodrigo y a Fabián— mientras borraba el vídeo con una calma que me sorprendió incluso a mí. Era la victoria más sucia que había tenido en mis veintiún años, y la disfrutaba con una satisfacción que no le confesaba a nadie.

Fabián se lo había tomado con filosofía, decía que había sido el polvo más barato de su vida y que volvería a pagármelos solo por meterme la polla en la boca otra vez. Rodrigo era otro asunto. Camionero desde los dieciocho, un hombre hecho de asfalto, tabaco negro y silencios largos a quien nadie le sacaba la última palabra sin pagar consecuencias. Yo lo intuía, pero me había convencido de que el vídeo borrado era garantía suficiente. Me equivoqué.

El martes por la mañana llamó mi padre. El coche se había averiado y yo tenía que llegar a una casa rural cerca de Ávila antes del mediodía. Rodrigo pasaba por esa ruta ese día, me pillaba de camino, ya le había pedido el favor sin siquiera consultarme.

—¿Y bien? —me preguntó mi padre—. Es que Rodrigo es como de la familia, ya sabes.

—Sí, papá —le corté—. Está bien.

Colgué y me quedé un momento mirando el teléfono. Tenía dos opciones: buscar otra solución o subir al camión. No había otra solución.

Lo esperé en la puerta del edificio con una mochila y la sonrisa más forzada de mi vida. Cuando el Volvo azul oscuro dobló la esquina —enorme, ruidoso, con un bufido de frenos que se oía desde la acera de enfrente— supe que ya me había equivocado antes de abrir la puerta. El camión era su territorio. Yo entraba en él por necesidad, no por elección.

Trepé a la cabina y el contraste fue inmediato. Yo olía a champú de coco y crema hidratante. La cabina olía a tabaco rancio, cuero gastado y algo más denso, más oscuro, que tardé un segundo en identificar: olía a hombre sucio, a entrepierna sin lavar, a sudor seco pegado a la tela del calzoncillo. Rodrigo llevaba una camisa de franela oscura con las mangas remangadas hasta el codo, los brazos cubiertos de un vello fuerte que se pegaba a la piel por el sudor. Pensé en decir algo ingenioso sobre el calor y decidí callarme.

—Rodrigo —dije.

—Nadia —respondió él, sin girarme ni la cabeza.

Metió primera y el camión se puso en marcha con un rugido bajo y sostenido que se sentía en los huesos.

Salimos de la ciudad en silencio. La ventana no abría del todo, el aire acondicionado no funcionaba y el calor dentro de la cabina subía con cada kilómetro. Rodrigo conducía con esa tranquilidad de los que han pasado media vida detrás de un volante y ya no les sorprende nada. Yo miraba el paisaje. Él no miraba nada en concreto, salvo, cada tanto, mis muslos, que el vestido corto dejaba al aire por encima de la rodilla.

—Hace bastante calor aquí dentro —dije, más por llenar el silencio que por otra cosa.

—Es lo que tiene un camión de trabajo —contestó—. No es un coche de princesitas.

Hubo una pausa larga.

—Ni de chantajistas —añadió, bajando la voz hasta casi no escucharse.

Me giré hacia él. Rodrigo seguía mirando la carretera, con esa sonrisa lenta y torcida que no llegaba a los ojos.

Llevábamos veinte minutos en la autovía cuando lo dijo sin rodeos. Bajó el tono hasta convertirlo en algo parecido a un gruñido tranquilo, el tipo de voz que no necesita subir porque ya tiene suficiente peso por sí sola.

—Escúchame bien, Nadia. Tu padre cree que te estoy haciendo un favor. Y tú todavía te crees muy lista por aquella jugarreta con el vídeo y tus cien euros. Pero aquí, en mi camión, las reglas las pongo yo. Y hoy me vas a devolver lo que me quitaste, con intereses, mamándomela como una puta hasta que te corra hasta por la nariz.

—¿De qué vas? —intenté mantener la voz firme—. No tengo nada grabado ahora, pero si te pasas...

—¿Si me paso qué? —la cortó, sin alterarse—. ¿Le llamas a papá? ¿Le cuentas que te follaste a sus dos mejores amigos por turnos, con la polla de uno en el coño y la del otro en la boca, y luego les cobraste cien euros a cada uno por callarte? No tienes nada, Nadia. Y los dos lo sabemos. Hoy te vas a ganar el viaje con la boca, princesa. Y vas a tragar todo lo que te eche.

Miré por la ventanilla. El paisaje era un secarral abierto: campos resecos, encinas bajas, ninguna casa a la vista. Estaba atrapada.

Lo que hizo a continuación me dejó sin aire. Se desabrochó el cinturón, luego el botón de los vaqueros, y bajó la cremallera con un gesto deliberadamente lento. El sonido metálico resonó en el habitáculo como una declaración de intenciones.

—¿Qué estás haciendo? —me pegué contra la puerta.

—Cobrar lo que me debes. Esos cien euros solo cubrían la entrada, bonita. Lo bueno te lo voy a cobrar ahora, con esa boquita tuya de niña de papá.

Se levantó un poco del asiento, sin dejar de pisar el acelerador, y se bajó los vaqueros y el calzoncillo gris hasta la mitad del muslo. Sacó la polla y la dejó reposar sobre su muslo izquierdo, gorda y pesada, todavía a medio empalmar. Era oscura, gruesa, con la piel arrugada del prepucio retrayéndose poco a poco para dejar asomar el glande, brillante de una humedad espesa. Las venas le marcaban el tronco como cordones azulados bajo la piel tensa. Por debajo, los huevos colgaban hinchados, pesados, cubiertos de un vello rizado y mojado de sudor, con la piel rojiza y arrugada por el calor.

La cabina, cerrada por el calor, se llenó de golpe del olor agrio del sudor viejo, de tela guardada demasiado tiempo y de ese rastro intenso y animal que sale de un hombre cuando se expone sin pudor. Era un olor a polla sin lavar, a pliegues húmedos, a almizcle macho condensado. Me arrugué la nariz sin querer.

—Rodrigo... —murmuré, tapándome un poco la cara—. Eso apesta. ¿Cuánto llevas sin ducharte?

—Dos días —se encogió de hombros, sin ninguna vergüenza—. He estado cargando palets bajo cuarenta grados, sudando como un cerdo dentro del mono. Y ahora vas a encargarte tú de lo que no limpió el agua. Quiero ver cómo me la dejas reluciente con esa lengua de universitaria.

—Ni de coña. Estás loco.

—Paro el camión ahora mismo y te bajo aquí, en medio del páramo. Tú verás. O me la mamas tú, o te quedas haciendo dedo hasta que te recoja cualquier hijo de puta peor que yo.

Lo miré. Luego miré la carretera. Luego volví a mirarlo a él. Tenía esa expresión de quien no hace amenazas en vano. Y la polla, sobre el muslo, había empezado a hincharse sola, levantándose con cada latido, como si supiera de antemano que iba a salirse con la suya.

Me saqué el cinturón y me desplacé hacia el espacio central. El olor se hizo insoportable a esa distancia, ácido y salado, imposible de separar del aire que respiraba. Debajo del asco, sin embargo, algo se encendió. Una corriente oscura que reconocí de aquella noche: la misma que se activaba cuando alguien ocupaba todo el espacio con su cuerpo y su voluntad sin pedirle permiso a nadie. Sentí, casi sin querer, cómo se me humedecía la entrepierna debajo del vestido. El cuerpo me traicionaba antes incluso de empezar.

Le abrí la bragueta del todo, le bajé un poco más el calzoncillo y le saqué los huevos también. Le agarré la polla con la mano y sentí la piel caliente, el peso tibio, el latido duro bajo los dedos. Apenas la abarcaba. La tuve que envolver con las dos manos, una encima de la otra, y aun así sobresalía la cabeza, gorda y brillante. La punta estaba húmeda, viscosa, con una gota transparente que se me quedó pegada al pulgar y se estiró en un hilo cuando lo aparté. Rodrigo soltó un sonido bajo, satisfecho, sin apartar los ojos de la carretera.

—Eso es —dijo—. Así me gusta. Sin tantas ganas de hablar. Empieza por los huevos. Lámelos bien, uno por uno, que llevan dos días encerrados.

Tragué saliva. Me incliné y bajé la cara entre sus piernas. El olor ahí abajo era una pared, denso y húmedo, una mezcla de sudor concentrado, vello mojado y carne agria. Saqué la lengua y la pasé por la base de la polla primero, despacio, lamiendo desde la raíz hasta la mitad del tronco. La piel era áspera, salada, con un sabor picante que se me quedó pegado al paladar. Tuve una arcada que contuve apretando los dientes.

—Más abajo, princesa —ordenó—. Los huevos. Métetelos en la boca, anda. Que se note que en la universidad te enseñan algo.

Bajé. Le agarré un testículo con la mano y me lo metí en la boca entero. Era pesado, rugoso, con esa textura granulada de la piel del escroto y un sabor concentrado, metálico, casi amargo. El vello áspero se me pegó a los labios. Lo chupé despacio, dándole vueltas con la lengua, mientras él soltaba un gruñido bajo y echaba la cabeza hacia atrás un momento.

—Joder. Así. Ahora el otro.

Cambié de huevo y repetí. La saliva empezaba a caerme por la barbilla, mezclada con el sudor de su piel, y se acumulaba en la base de la polla, escurriéndose por el tronco abajo. Le pasé la lengua plana por toda la longitud, desde los huevos hasta la punta, recogiéndolo todo, y le di un beso húmedo en el glande que dejó un hilo brillante entre mi boca y su carne.

—Ahora cómemela entera —dijo, y me agarró del pelo con la mano derecha, tirándome la cabeza hacia adelante—. Quiero ver cómo se te abren esos labios de pija.

Abrí la boca y me la metí. Primero el glande, gordo y resbaladizo, que me llenó la lengua entera y me empujó las mejillas hacia afuera. Después el tronco, centímetro a centímetro, sintiendo cómo se abría paso por dentro de mi boca como un tapón de carne caliente. El sabor era a sudor concentrado, a piel macerada, a hombre sin lavar, y se me pegaba a la lengua como un esmalte. Empecé a chupar, subiendo y bajando la cabeza, ayudándome con las manos en lo que no me cabía dentro.

—Más adentro —ordenó—. Esa boquita aguanta más. Tú ya sabes tragar, perra, no te hagas la inocente.

Empujó las caderas hacia arriba y me la metió hasta el fondo. Sentí la cabeza del glande golpeándome la garganta, los huevos chocándome contra la barbilla, y un reflejo de náusea me sacudió entera. Las lágrimas se me saltaron, los mocos me empezaron a colgar de la nariz, y de la boca me chorreaba la saliva como un manantial, ensuciándome el vestido y el asiento de cuero gastado. Cuando me soltó un segundo y saqué la polla para respirar, una telaraña de saliva espesa se quedó colgando entre sus huevos y mis labios.

—Mira cómo babeas, joder —se rió, mirándome de reojo—. Pareces una golfa de carretera. Si te viera tu padre.

—Cállate —dije, con la voz pastosa, pasándome el dorso de la mano por la boca.

—Cállate tú y sigue chupando.

Me empujó la cabeza hacia abajo otra vez. Empecé a coger ritmo, obligada tanto por la mano que me presionaba la nuca como por algo que no tenía nombre y que me latía entre las piernas con una insistencia humillante. La cabina del Volvo era una cápsula de calor y olor concentrado. El motor rugía bajo mis rodillas, la vibración subía por la alfombrilla y se transmitía a mi cuerpo entero, llegándome hasta el clítoris. Rodrigo conducía con una mano, con esa indiferencia de quien cree que lo que sucede entre sus piernas es un derecho natural.

—Más rápido. Eso es. Sácale brillo. Quiero ver esa polla tan limpia que se pueda comer encima.

Aceleré. Me la metía y sacaba con un ritmo cada vez más obsceno, dejando que se me llenara la boca de saliva, que me corriera por la barbilla y me empapara el escote. Apretaba los labios contra el tronco al subir, succionando, y dejaba que el glande me golpeara la campanilla al bajar. Por debajo, le acariciaba los huevos con la mano libre, sintiéndolos cada vez más tensos, cada vez más subidos.

—Mírate, mírate cómo te gusta —jadeó él—. Mírate, putita. Bajaste como una princesa indignada y ahora me la chupas como si llevaras toda la vida en una esquina. Métete la mano por debajo, anda. A ver si está mojadito el coño de la niña.

Quise decirle que no, pero no podía: tenía la boca llena. Y la mano, sin esperar el permiso de mi cabeza, ya se me había escurrido bajo el vestido. Me aparté las bragas y me toqué. Estaba empapada. Tan empapada que los dedos me resbalaron de los labios al primer roce y el clítoris me latía como un segundo corazón pequeño y duro. Solté un gemido sordo, ahogado por la polla, que él interpretó perfectamente.

—Lo sabía, hija de puta. Estás como una perra en celo. Para eso has venido. Tócate. Sigue chupando y tócate.

Pensé en la facultad. En las aulas con techos altos y los cafés de las mañanas con mis compañeros de carrera. En las conversaciones sobre autonomía y decisiones propias. Y mientras lo pensaba, estaba de rodillas en la alfombrilla mugrienta de un camión de carga, con dos dedos metidos en el coño hasta los nudillos y la polla sudada de un camionero sin ducharse hundiéndoseme hasta la garganta.

Lo peor no era el asco. Lo peor era que estaba a punto de correrme.

Me tiró del pelo para obligarme a levantar la cara.

—Abre —ordenó—. Y respira por la nariz, que ahora te la voy a meter hasta dentro.

Abrí la boca. La presión fue inmediata y brutal. Me arqueé con el reflejo de la garganta, pero él empujó las caderas hacia delante y se quedó ahí, metiéndomelo hasta el fondo, bloqueándome la respiración. Noté el glande forzándome la garganta, el tronco hinchándose contra la lengua, los huevos pesados estrellándose contra mi barbilla, los ojos llenándose de lágrimas. Rodrigo soltó un gruñido bajo, satisfecho, mientras sus dedos me apretaban la nuca con una fuerza que no dejaba margen a nada.

—Traga —dijo, con esa voz que salía de algún lugar muy por debajo del pecho—. Trágatela entera. Que se note que en la facultad también aprenden cosas útiles, putita. Que te llene la garganta.

No podía responder. Tenía la boca llena de carne caliente y palpitante, la lengua aplastada contra el suelo del paladar, y la saliva me caía por las comisuras a chorros. Rodrigo aceleró ligeramente. La vibración del motor subió de intensidad y se transmitió a los dos. Me follaba la boca a empujones cortos y duros, metiendo y sacando la polla con la seguridad de quien ya ha decidido el ritmo y no piensa cederlo. Cada embestida me golpeaba el fondo de la garganta y me hacía soltar un sonido animal, atragantado, que parecía excitarle más.

El habitáculo era una olla a presión de olores primarios: sudor rancio, cuero viejo, el rastro metálico del motor, y por encima de todo el olor del sexo que se cocinaba entre los dos —su polla y mi saliva, mis dedos y mi coño chorreando, una mezcla salada y caliente que se quedaba pegada al aire—. Yo, de rodillas sobre la alfombrilla gastada, sentía cómo cada embestida de sus caderas me empujaba un poco más hacia un lugar donde ya no había vuelta atrás. Por mi mente pasaban, como diapositivas borrosas, las imágenes de mi vida normal, y todas parecían lejanas e irreales comparadas con lo que estaba pasando ahí dentro.

El camión golpeó un bache en la secundaria y mi cuerpo se desplazó hacia la derecha. Sentí el roce, brusco, los dientes rozándole el tronco antes de que la polla se le saliera un poco y volviera a entrar de golpe. Él soltó un rugido que llenó la cabina.

—¡Me cago en todo! ¿Qué coño haces? ¿Quieres dejarme sin polla, hija de puta?

Me agarró del pelo con las dos manos y me obligó a levantar la cara. Sus ojos estaban encendidos con una furia que me heló la sangre. Antes de que pudiera abrir la boca, me cruzó la mejilla con el dorso de la mano. No fue un golpe fuerte, pero fue suficiente para que me ardiera la cara y se me escapara un sollozo involuntario.

—Tapa los dientes con los labios —dijo, con la respiración entrecortada—. Y esta vez aprietas la boca como te enseñaron en casa. Otra y te bajas del camión sin esto. —Se sacudió la polla brillante delante de mi cara—. Y caminando.

Volví. Con la mejilla ardiendo y los ojos húmedos, retomé lo que él quería. Ahora lo hacía con una urgencia distinta, como si el dolor hubiera cortocircuitado cualquier resistencia que me quedara. Solo funcionaba la obediencia. Apreté los labios sobre los dientes, ahuequé la lengua, y le dejé hacer. Él volvió a agarrarme de la nuca y a marcar el ritmo, ahora más rápido, más profundo, con embestidas que me hacían soltar gimoteos ahogados cada vez que su polla me tapaba la garganta.

—Eso es, putita, así me gusta. Cállate y traga. Mírame. Mírame a la cara mientras me la comes.

Levanté los ojos. Tenía los míos llenos de lágrimas, los rímeles corridos, los labios estirados alrededor de su tronco. Él me sostuvo la mirada un segundo con esa media sonrisa de viejo cabronazo y me apretó la nuca más fuerte. Por debajo, mis dedos seguían trabajando en mi propio coño, frotándome el clítoris con un círculo cada vez más rápido. Estaba a punto. Estaba humillantemente a punto.

El olor ya no me parecía insoportable. O me había acostumbrado. O ya no me importaba nada de lo que debería importarme. Solo me importaba la presión, el ritmo, el latido brutal entre las piernas y el sabor cada vez más cargado, más espeso, que se me escapaba de la polla por la punta y se me mezclaba con la saliva.

—Me voy a correr —avisó, con los muslos poniéndose tensos como cables—. Y te lo tragas todo. Hasta la última puta gota. Y como escupas algo, te hago lamer el tapizado del suelo con las rodillas. ¿Me oyes?

Yo asentí con la cabeza llena de polla, gimiendo, mientras me frotaba más rápido. Sentí cómo me apretaba la nuca, cómo los huevos se le subían contra el tronco, cómo el cuerpo entero se le ponía rígido contra el asiento. Agarró mi cabeza con las dos manos y me hundió contra él, clavándome la polla hasta el fondo, hasta que la nariz me tocó el vello húmedo de su pubis.

—Trágalo, joder. Trágalo todo.

La descarga llegó caliente y espesa, saliéndole en pulsos violentos que me llenaron la boca con una inmediatez brutal. La primera me golpeó el fondo de la garganta directamente. La segunda me inundó la lengua. La tercera y la cuarta me llenaron las mejillas, espesas, calientes, con ese sabor concentrado a sal y lejía y carne. Tragué a la fuerza, una vez, dos, sintiendo cómo la corrida me bajaba pegajosa por el esófago, mientras él me seguía empujando la cabeza contra su ingle y soltaba un rugido largo que parecía no acabarse.

Y entonces yo también me corrí. Sobre mis propios dedos, todavía con la polla en la boca y el semen caliente bajándome por la garganta, con un orgasmo seco y rabioso que me sacudió de pies a cabeza y me arrancó un gemido ahogado, vibrado contra su tronco, que él notó perfectamente.

—Joder con la niña de papá —murmuró, jadeando—. Si te corres y todo, perra.

Me quedé ahí hasta que él se vació, tosiendo, con los ojos llenos de lágrimas y la cara roja, mientras sus espasmos iban espaciándose lentamente y yo seguía limpiándole el glande con la lengua como me había ordenado. Cuando por fin me soltó la nuca, saqué la polla despacio, recogiendo con los labios las últimas gotas blancas que le quedaban en la punta, y la sostuve un momento en la mano, blanda y pesada, escurriéndose entre mis dedos.

Me recosté en el asiento de copiloto y respiré hondo. Me limpié la boca con el dorso de la mano y le pasé el pulgar por la comisura, recogiendo un hilo de semen que se me había escapado. Se lo enseñé. Lo lamí. Tenía la entrepierna empapada, la mejilla todavía ardiendo, y un calor humillante en la cara que no sabía si era de furia o de algo peor.

Rodrigo se subió la cremallera sin prisa, sin limpiarse, encendió un cigarrillo y exhaló el humo hacia el techo de la cabina.

—Buen trabajo —dijo, con esa sonrisa de perro viejo que odiaba y que no podía dejar de mirar—. Ya casi estamos. Y por la cara que se te ha quedado, princesa, esto te ha gustado más a ti que a mí.

***

Condujimos los últimos diez minutos en silencio. Cuando el Volvo se detuvo frente a la casa rural y vi a mis amigos saliendo al porche, sentí que volvía de otro planeta. Bajé del asiento despacio, como si el cuerpo tardara en reconectarse con el mundo de afuera. Notaba la corrida todavía bajando por la garganta y el coño hinchado contra la tela mojada de las bragas.

Antes de que cerrara la puerta, él me agarró del brazo.

—Nadia. —Bajó la voz hasta convertirla en un susurro que sonaba más a advertencia que a cualquier otra cosa—. Esto cubre la mitad. La otra mitad te la cobro cuando me apetezca, y la próxima vez no va a ser con la boca. La próxima vez te abro de piernas en la litera de atrás y te follo el coño hasta que pidas perdón en voz alta. Y reza para que a Fabián no se le ocurra lo mismo, porque ese tiene menos paciencia que yo y le gusta el culo.

—Eres un hijo de puta —dije, sin moverme.

—Ya lo sé —respondió, sin inmutarse—. Anda, enjuágate la boca antes de saludar a tus amigos. Y cámbiate las bragas en el baño, que se te nota la mancha desde aquí.

Bajé del camión. Mis amigos me saludaban desde el porche con los brazos en alto. Me pasé la mano por la cara, ajusté la camiseta, apreté los muslos para esconder el calor que todavía me bajaba por el interior, y sonreí lo suficiente para que no notaran nada.

La deuda estaba saldada a medias. Y la parte más retorcida de todo era que no sabía si eso me daba miedo o ganas de que llegara el próximo viaje.

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4.3(50)

Comentarios(11)

NachoPampa

tremendo relato!!! me dejo sin palabras de verdad

SaraV77

Por favor una segunda parte, quede con ganas de saber como siguio todo. Muy bueno!

Roxana_45

Se nota que es real, esa sensacion de creer que manejas la situacion y de repente todo al reves. Me engancho desde la primera linea.

leo85

increible como esta narrado, muy fluido y sin vueltas

Mariela_q

jajaja la parte del final no me la esperaba para nada. Genail

rodorico

Excelente historia, la categoria le queda perfecta. Espero leer mas relatos asi pronto.

Nico_Cordoba

Me recordo a una situacion donde yo tambien confie de mas... esa sensacion es muy real. Bien escrito.

CamiloBaires

Se hizo cortisimo!!! quiero mas por favor

seba70

Buenisimo relato. Gracias por compartirlo, de verdad vale la pena leerlo completo.

Fercho22

Como te animaste a contar algo asi? Chapeau. No es facil y quedo muy bien logrado, felicitaciones

Meliton8

La forma de narrarlo te mete adentro de la historia. Muy buen trabajo!

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