La confesión de mi sobrino que no debí escuchar
Marcos y yo siempre fuimos demasiado parecidos para ser tía y sobrino. Compartimos los mismos gustos musicales, nos reímos de los mismos chistes y en las reuniones familiares terminamos invariablemente en el mismo rincón, los dos esquivando la conversación sobre hipotecas y enfermedades crónicas. Eso a pesar de los dieciséis años que nos separan.
Lo del cumpleaños de mi madre fue idea de ella: alquiló una casa rural para el fin de semana largo y metió a veinte personas bajo el mismo techo. El sábado por la noche ya éramos varios los que tosíamos. El domingo de regreso, Marcos y yo íbamos en el coche compitiendo a ver quién estaba más verde y más callado.
—Quédate en mi casa —le dije cuando llegamos a la ciudad—. No vas a querer contagiar a tus compañeros de piso con esto.
Aceptó sin pensárselo demasiado.
***
Los primeros días fueron lo que se espera de dos personas enfermas: sopa de sobre, paracetamol cada ocho horas y turnos en el baño. Dormíamos en habitaciones separadas. Él dejaba la cocina hecha un desastre y yo fingía que no me importaba. Era fácil convivir con Marcos. Siempre lo había sido.
El problema llegó cuando la fiebre bajó al tercer día para los dos y todavía quedaba mucho tiempo por delante. Cuando se agotan las series y los temas de conversación superficiales, el aburrimiento lleva a lugares que normalmente uno no frecuenta.
Empezamos a hablar de cosas que nunca habíamos hablado. De sus relaciones, de las mías. De lo que nos gustaba y lo que nos decepcionaba. Marcos escuchaba de verdad, sin esa costumbre de preparar la respuesta mientras el otro habla. Eso hacía que fuera fácil abrirse con él.
Una noche, sin que ninguno lo planeara, nos quedamos dormidos en mi cama viendo una película. Cuando me desperté eran las tres de la mañana, él estaba tumbado a mi lado con la boca entreabierta y las dos almohadas habían terminado en el mismo lado. No lo desperté. Apagué el televisor y me quedé quieta escuchando su respiración.
A la noche siguiente no hubo pretexto de película. Simplemente dijo que el sofá le hacía daño en la espalda y yo le dije que no fuera dramático, que había espacio de sobra.
***
El calor me quitaba las ganas de dormir con ropa de más. Empecé a acostarme sin sujetador, con una camiseta ancha y el pantalón del pijama. Marcos lo notó, creo, la segunda noche compartida, pero no dijo nada. Yo tampoco.
La oscuridad cambia las cosas. Cuando no se ve al otro, las palabras salen diferente, más sin filtro. Él me contó que le costaba mucho hablar con chicas, que sus experiencias habían sido pocas y bastante torpes. Yo le hablé de mi divorcio, de lo que tardé en entender qué quería realmente de otra persona.
—¿Y ahora lo sabes? —me preguntó desde su lado de la cama.
—Más o menos —respondí.
Se quedó callado. Después metió el brazo por debajo de la almohada y su muñeca rozó mi costado sin querer, o eso pareció. No la aparté.
Las noches siguientes él fue poco a poco siendo más atrevido: una mano en el hombro, un brazo que se quedaba cerca del mío más tiempo del necesario. Yo lo frenaba con un golpe de codo o moviéndome hacia el otro lado, pero sin decirlo en voz alta. Porque en el fondo, y tardé varios días en admitirlo para mí misma, no me molestaba del todo.
***
Su ritual empezó hacia el quinto día.
Entraba a la habitación después de ducharse, se tumbaba y anunciaba que ahí dentro olía raro. A calcetines sucios, decía. Levantaba la manta de mi lado con dos dedos y ponía cara de asco exagerado.
Al principio me reía y le daba un golpe con la almohada. Después, sin darme cuenta de cuándo exactamente sucedió, empecé a seguirle el juego: le acercaba un pie a la cara y él fingía apartarlo pero no lo apartaba del todo. Lo sujetaba por el tobillo, lo olía con los ojos cerrados.
Era un juego. Eso me repetía yo.
—¿No te parece asqueroso? —le pregunté una noche, mientras él me tenía el pie entre las manos.
—No especialmente —dijo.
—¿Cómo que no especialmente?
Se encogió de hombros. No añadió nada más.
Esa noche me dormí pensando en eso.
Las noches siguientes el juego se fue extendiendo. De oler a morder los dedos suavemente a través del calcetín. Yo le daba patadas cuando apretaba demasiado, pero era como un reflejo sin intención real de parar. Él lo sabía. Y yo sabía que él lo sabía.
***
Al séptimo día cruzó una línea.
Entró a la habitación con esa costumbre ya instalada, levantó la manta, me sujetó el pie. Hasta ahí todo igual que las noches anteriores. Pero luego se inclinó y lo besó. No fue un mordisco jugando. Fue un beso lento, deliberado, en la planta del pie descalzo.
Me incorporé de golpe.
—Para —dije—. Eso no. Ni se te ocurra volver a hacer eso.
Él se quedó inmóvil.
—Sofía...
—No. —Me levanté de la cama—. Estás enfermo.
Me encerré en el baño. Cerré la puerta y me quedé sentada en el borde de la bañera un buen rato, con las manos en las rodillas y la cabeza en otro sitio. Cuando volví a la habitación, él estaba tumbado de espaldas con la vista en el techo. Pasé el resto de la noche despierta a veinte centímetros de él, sin decir nada.
***
Al día siguiente no nos dirigimos la palabra.
Yo preparé café por la mañana y dejé su taza en la encimera sin mirarlo. Él pasó horas en el salón con los auriculares puestos y el volumen tan alto que se escuchaba desde el dormitorio. A mediodía calentó sobras sin preguntarme si quería. Yo comí sola.
A la tarde me senté a pensar en serio.
Había reaccionado mal. No en lo esencial —lo que había hecho él seguía siendo demasiado, sin permiso ni conversación previa—, sino en el cómo. Las palabras que usé. El tono. Marcos se había portado bien toda la semana y yo le había respondido de un modo que no se merecía nadie.
Golpeé la pared con los nudillos.
—Marcos. Ven.
***
Entró despacio, como si no supiera qué iba a encontrarse al otro lado de la puerta.
—Siéntate —dije.
Se sentó en el borde de la cama. Yo estaba con la espalda apoyada en la cabecera y las rodillas recogidas.
—Me pasé —dijo antes de que yo pudiera empezar—. Lo sé. No debería haber hecho eso así, sin preguntarte.
—No —dije yo—. Y yo tampoco debería haberte gritado lo que te grité. Lo que te dije fue peor que lo que hiciste tú.
Silencio.
—¿Puedo preguntarte algo? —dije.
—Claro.
—Lo de los pies. ¿Desde cuándo?
Tardó en contestar. Se frotó la nuca con una mano.
—Desde siempre, creo. Nunca le había dicho nada a nadie. Ni siquiera a mis amigos.
—¿Y conmigo por qué sí?
—Porque contigo es fácil. —Hizo una pausa—. Y porque se fue dando solo. No fue algo que decidí hacer.
Le creí. Marcos no era de los que planean estas cosas.
—¿Te da vergüenza? —pregunté.
—Ahora mismo, bastante.
—No debería dártela —dije—. Todo el mundo tiene sus cosas. Las que admite y las que todavía no se atreve a admitir.
Me miró por primera vez desde que había entrado a la habitación.
—¿Tú también tienes? —preguntó.
—Todo el mundo tiene algo —respondí—. No te creas que eres el único que carga con cosas que no sabe cómo explicar.
Apagamos la luz.
***
Como todas las noches desde la primera semana, me quité la camiseta en la oscuridad. Era ya un hábito automático, algo en lo que había dejado de pensar. Él tampoco llevaba nada en el torso cuando vinieron los primeros días de calor, pero esa noche se había acostado vestido.
Lo noté cuando fui a ponerme de costado y mi mano rozó tela en vez de piel. Sin decir nada, le tiré de la camiseta hacia arriba. Él levantó los brazos y dejó que se la sacara.
Nos quedamos tumbados en silencio. Yo de espaldas a él. Él cerca, sin moverse.
¿Qué estoy haciendo?, me pregunté. No tuve respuesta.
Empecé a quitarme los calcetines con los pies, el uno contra el otro, despacio. Cuando los tuve en la mano, le susurré:
—¿Puedo confesarte algo?
—Dime —respondió.
—Yo también soy sensible a ciertos estímulos. No iguales a los tuyos, pero entiendo lo que es que algo te mueva por dentro aunque no quieras que lo haga.
Silencio de su lado.
—¿Por qué me lo dices ahora? —preguntó.
—Porque uno de los dos tiene que dar el primer paso.
Le acerqué el calcetín a la cara, despacio. Él no se movió. Lo dejé contra su nariz y él respiró hondo, una sola vez, con los ojos cerrados supuse.
—Quédate quieto —dije.
Me pegué a su espalda. Él puso una mano en mi muslo, quieta, sin moverse más de ahí.
—Esto pasa una sola vez —dije—. Y no le dices nada a nadie. A nadie, Marcos.
—Lo sé.
—¿Lo sabes de verdad?
—Sofía. —Su voz era baja, casi sin aire—. Lo sé.
Le pregunté si podía tocarle. Dijo que sí. Metí la mano por la cintura del pantalón del pijama y lo encontré ya duro. Le puse el calcetín encima con cuidado y empecé a moverme despacio, sin apuro.
Él respiraba con la boca contra mi nuca.
Quiso darse la vuelta para besarme. Le dije que no con la cabeza. Quiso mover la mano que tenía en mi muslo hacia arriba. Le sujeté la muñeca.
—Solo esto —dije.
Obedeció.
Seguí moviéndome. Sin prisa, sin otra cosa más que la oscuridad y la respiración de los dos volviéndose más irregular. En algún momento dejé de pensar si era buena o mala idea. Solo estaba ahí, con él, escuchándolo.
—Sofía —susurró—. Ya.
Aceleré el ritmo unos segundos. Lo sentí contraerse entre mis manos, y luego el calor, y luego la quietud.
***
Nos quedamos así un rato sin hablar.
Después él se levantó al baño. Cuando volvió se tumbó sin decir nada y a los pocos minutos su respiración se acompasó con el sueño. Yo tardé bastante más en dormirme.
Quedaban cuatro días antes de que los dos pudiéramos volver a nuestras vidas. Cuatro días en el mismo piso, en la misma habitación, con lo que acababa de pasar flotando en el aire entre los dos.
No sabía lo que iba a ocurrir.
Lo que sí sé es que a la mañana siguiente, cuando abrí los ojos, Marcos estaba despierto y me miraba. Y ninguno de los dos apartó la vista.