Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La tarde que decidí pasear sin nada bajo el vestido

Este mensaje va para los que me escribieron al correo después del último relato, especialmente para la pareja que me mandó su foto. Sé que ustedes saben quiénes son.

Era un domingo de septiembre, uno de esos días tibios en los que no hace ni frío ni calor, y la ciudad parecía haberse vaciado entera. Diego se había ido a Mendoza por trabajo el viernes y no volvía hasta el martes. Cuatro días sola en el apartamento, con la cabeza llena de ideas que no me animaba a contarle a nadie. Cuatro días sin una polla adentro, sin una boca en el cuello, sin unas manos apretándome el culo. Y yo, que cuando estoy sola me pongo peor que cuando estoy acompañada, ya venía cocinando la calentura desde la noche del sábado, cuando me había hecho venir dos veces con los dedos pensando en la escena que después terminó pasando.

A las cinco de la tarde no aguantaba más el silencio de la sala. Me asomé al balcón, vi que el aire se levantaba suave desde el mar y decidí que necesitaba caminar. Pero no caminar de cualquier manera. Quería caminar de esa manera mía que solo conozco yo.

Abrí el cajón de la cómoda y, después de pensarlo veinte segundos, lo cerré sin sacar nada. Nada de ropa interior. Nada de sostén tampoco. Saqué del armario un vestido camisero color terracota, largo hasta media pierna, de una tela liviana que se mueve sola con el aire. Me lo puse sobre la piel desnuda y sentí el algodón rozándome los pezones a cada respiración. Me miré al espejo y me reí sola. Bajo la tela se marcaban las dos puntas duras, y cuando me di vuelta y me miré el culo por sobre el hombro vi que la tela se pegaba al hueco entre las nalgas cada vez que caminaba. Me metí la mano entre las piernas, por debajo del vestido, y ya estaba mojada. Los dedos me salieron pegajosos. Me los llevé a la boca y me chupé el sabor propio antes de salir.

Sé lo que estás haciendo, Camila. Y lo vas a hacer igual.

Pedí un taxi y le dije al chofer que me dejara cerca del faro, en la subida al malecón. Es mi lugar favorito de la ciudad. Hay un sendero ancho que bordea el acantilado, con bancos de madera cada veinte metros y un murito bajo de piedra que separa la vereda de la pista. Por la tarde siempre hay gente: parejas, runners, viejos que sacan al perro, turistas que sacan fotos con el celular. Es un lugar transitado, pero no abarrotado. Justo el equilibrio que necesitaba.

Me bajé del taxi y empecé a caminar despacio, con las manos en los bolsillos del vestido. El primer golpe de viento me pegó de costado y me levantó la falda hasta los muslos. Tuve que sostenerla con una mano. El chico que pasaba en bici se dio vuelta para mirar y casi se choca con una baranda. Sonreí. Le había visto los ojos abrirse grandes: había alcanzado a verme medio coño desde abajo, estoy segura.

—Tranquila, Camila —me dije en voz baja—. Recién empiezas.

Caminé otros cien metros y empecé a sentir cómo el roce de la tela contra los pezones me los iba endureciendo. No fue algo gradual, fue inmediato. La fricción del algodón en cada paso, sumada al aire frío que se colaba por el cuello del vestido, los puso duros como dos botones. Y se notaban. Se notaban demasiado. Bajé la vista un segundo y vi las dos marcas perfectas dibujadas contra la tela, como si tuviera dos dedales apuntando hacia afuera. Sentía cómo se me escurría un hilo tibio por la cara interna del muslo izquierdo. Coño mojado, sin bragas, a plena vereda. La idea sola me hizo apretar los muslos para retener otra descarga.

Una pareja venía en sentido contrario. La mujer me miró primero a la cara, después al pecho, y volvió a la cara con esa sonrisa apretada que ponen las mujeres cuando ven a otra haciendo algo que ellas no se animarían. El marido fingió mirar el mar, pero le vi el cuello girarse cuando ya habíamos pasado, y le vi también el bulto que se le empezaba a marcar en el pantalón. Se le paró la verga con solo cruzarse conmigo. Eso me terminó de calentar.

El aire seguía empujando. Sabía que por detrás también me levantaba la tela, aunque no podía verlo. Sabía que en algún momento, alguien atrás de mí estaba viendo el culo desnudo, las nalgas al aire, quizá hasta la raya entera. Sabía que si el viento pegaba fuerte y yo abría un poco los pasos, se me iba a ver todo: el coño lampiño, los labios hinchados, el brillo húmedo entre ellos. Esa idea, la de no controlar del todo lo que se veía, me prendió fuego adentro.

Aceleré apenas el paso. La vergüenza y la excitación se confunden, dicen, y yo en ese momento no sabía cuál de las dos era más fuerte. Solo sabía que tenía la piel encendida, el coño chorreando, y que cada metro caminado era un voto a favor de no volver atrás.

***

Llegué al banco que más me gusta. Es un banco de madera medio escondido detrás de una palmera, con vista al mar pero también con vista a la pista por la que pasan los autos y los caminantes. Justo enfrente hay un murito de piedra donde a veces me siento si quiero ver el atardecer. Esa tarde elegí el murito.

Me senté con las dos manos apoyadas a los costados, dejando que la tela se acomodara naturalmente. Eché la cabeza para atrás y cerré los ojos. El sol estaba bajando y el cielo se había puesto color durazno. El viento venía cada vez más fuerte desde el agua.

Y entonces empecé a separar las piernas. Apenas. Diez centímetros. Veinte. Treinta. La tela del vestido se levantó sola del muslo izquierdo y, con la siguiente ráfaga, voló hacia un costado. Sentí el aire entrando directo entre mis muslos, refrescándome el coño donde nadie me lo había refrescado antes en público. Me había depilado esa misma mañana, así que la piel estaba lisa y sensible. El viento se sintió como una lengua fría lamiéndome los labios, colándose entre ellos, secándome la humedad y volviéndomela a poner. Sentí cómo se me abría el coño solo por el aire, cómo los labios se separaban por la calentura acumulada. Debía estar rojo, brillante, hinchado, con el clítoris latiendo por su cuenta.

No abrí los ojos. No quería. Sabía que si los abría se rompía algo. La gracia era no saber. La gracia era escuchar.

Y escuchaba. Escuchaba pasos. Pasos que se acercaban, pasos que se ralentizaban al pasar por delante de mí, pasos que se detenían un segundo y seguían. Escuchaba un silbido bajo a unos metros. Escuchaba dos voces masculinas hablando entre dientes, y una de ellas decía «mirá cómo tiene el coño esa loca», bien claro, mientras el otro le contestaba «se está haciendo la dormida, la muy puta». No me moví. Al contrario, abrí un dedo más las piernas. Que miraran. Que se les parara. Que se fueran a sus casas a hacerse pajas pensando en el coño abierto de la desconocida del malecón.

Una camioneta tocó bocina al pasar por la pista. Dos veces. Cortas.

El viento siguió haciendo su trabajo. La parte delantera del vestido se dio vuelta entera, se levantó hasta la cintura, y quedé completamente expuesta de la cintura para abajo. Lo supe por el aire, no por la vista. Lo supe porque sentí cómo el frío me llegaba al ombligo. Lo supe porque alguien, en algún lugar, soltó una carcajada nerviosa. Lo supe porque escuché el clic inconfundible de una cámara de celular a mi derecha. Uno, dos, tres clics. Alguien me estaba sacando fotos del coño depilado y no me importó. Al contrario, se me contrajo por dentro de puro morbo.

Y fue justo ahí, en ese momento exacto, cuando supe que ya no iba a parar.

***

Levanté la mano derecha y desabroché el primer botón del vestido. Después el segundo. Después el tercero. El escote se abrió hasta el ombligo y la brisa me pegó directo en el esternón, entre las tetas, bajando hasta el pubis. Metí la mano y me agarré el pezón izquierdo entre el pulgar y el índice. Lo apreté. Fuerte. Más fuerte de lo que me animaría en mi propia cama. Lo estiré hacia afuera, lo torcí un poco, lo solté para que rebotara. Después hice lo mismo con el derecho. Las dos tetas al aire, los dos pezones colorados de tanto pellizco, y yo con la cabeza echada para atrás, la boca entreabierta, y el coño chorreando sobre la piedra del murito.

El gemido salió antes de que pudiera frenarlo. Bajo, ronco, contenido entre los dientes. Pero salió.

Escuché claramente cómo alguien dejaba de caminar a mi izquierda. No a tres metros: a uno, dos máximo. Sentí la presencia de alguien parado, mirando, sin decir nada. Y supe, sin verlo, sin necesitarlo, que ese alguien tenía la respiración entrecortada y probablemente la mano dentro del pantalón. Escuché el sonido inconfundible: el frotar sordo de una tela sobre carne dura, el ritmo lento de un tipo cascándose la polla mientras me miraba abrir el coño en un murito público.

Eso me terminó de soltar.

Empecé a tirar y soltar el pezón con un ritmo lento, casi cruel conmigo misma. Cada apretón me mandaba una corriente al coño. Y en el coño, el viento seguía siendo el único que me tocaba. Yo no me llevé la mano abajo. No quería. Esa parte se la estaba dejando al aire, a la mirada de los desconocidos, a la situación. Pero abrí más las piernas. Y arqueé la cadera hacia adelante. Y sé que en ese ángulo, con el viento levantándome la falda por completo, cualquiera que estuviera a menos de cinco metros me estaba viendo el coño abierto de par en par, los labios internos brillantes, el hoyito rosado del culo asomando por debajo. Yo era una exhibición andante y me estaba corriendo por dentro con solo saberlo.

El segundo gemido fue más largo. Más mío. Menos disimulado. Me salió un «ay, dios» ronco entre los dientes que hizo que dos personas más se detuvieran.

—Dios mío —dijo una voz a mi izquierda. Un hombre. Joven, calculé. Treinta y pico. Y después, más bajo, casi para sí mismo—: qué coño más lindo, la puta madre.

No le contesté. No abrí los ojos. Solo seguí. Al contrario, con la mano izquierda me agarré una teta entera y me la levanté hacia la boca. Saqué la lengua y me lamí el pezón. Después me lo chupé fuerte, dejando que el hombre del susurro escuchara el ruido húmedo de mi propia boca sobre mi propia teta. Le di ese regalo. Le di ese sonido.

Calculo que estuve así siete u ocho minutos. Quizá diez. Pierdo la noción del tiempo cuando me pongo en este estado. La piel de los muslos se me había puesto eléctrica, los pezones me ardían de tanto pellizco, y el coño pulsaba con una intensidad que nunca antes había sentido sin estar siendo tocada. Solo el aire. Solo las miradas. Solo la idea de saber que había gente parada, mirando, con las pollas duras, sin decir una palabra. Yo estaba tan mojada que sentía la humedad correrme por las nalgas hasta la piedra. Iba a dejar una mancha en el murito, y esa idea también me gustó.

Me concentré en respirar. Inhalar por la nariz, exhalar por la boca, tratar de no contraer los muslos para no acelerar lo que ya era inevitable. Un mechón de pelo se me había pegado a la frente con el sudor del último sol. La piel del cuello me ardía. Cada bocanada de aire me llevaba la tela del vestido contra los pezones todavía duros, y cada roce era una mini descarga que me bajaba en línea recta hasta el clítoris.

Y ahí fue cuando cedí. Solo un poco. La mano derecha bajó despacio desde la teta, por el vientre, hasta el pubis. No metí los dedos adentro. No hacía falta. Solo apoyé la yema del medio sobre el clítoris, sin frotar, sin mover, solo apretando. Una presión constante. Y bastó. Los muslos me empezaron a temblar solos.

El orgasmo me agarró por sorpresa. No fue de los que vienen anunciados, de esos que una construye con paciencia. Fue de los que estallan de golpe. Apreté las dos manos contra el muro de piedra, arqueé la espalda, abrí más las piernas sin querer, la cadera se me sacudió tres, cuatro veces contra la piedra, y solté un suspiro largo, larguísimo, que se me cortó en un gemido agudo al final, uno de esos que cualquiera que estuviera a diez metros tuvo que escuchar perfectamente. Sentí cómo el coño se me contraía en oleadas, cómo se apretaba sobre nada, cómo se me escapaba un chorro caliente que bajó por toda la cara interna del muslo derecho hasta la corva. Me corrí en público. Me corrí delante de desconocidos. Me corrí sin que nadie me tocara, solo con el aire, con los ojos de otros y con la yema de mi propio dedo.

Escuché un gruñido a mi izquierda, ahogado, y el sonido inconfundible de un tipo terminando en su propia mano dentro del pantalón. Se había venido conmigo. Ese detalle, el saber que había hecho correrse a un desconocido sin tocarlo, me arrancó una última contracción.

***

Tardé un minuto en volver a abrir los ojos. Cuando lo hice, no me moví de inmediato. Quería respirar primero, asentar todo, registrar lo que acababa de pasar.

Después, con una calma que ni yo me creía, junté las piernas, me acomodé el vestido, abroché los tres botones que me había desabrochado y me bajé del muro como si nada. Como si hubiera estado mirando el mar y descansando. Sentía el coño palpitando todavía, la humedad bajándome por las piernas, y una mancha oscura y redonda quedó dibujada en la piedra donde me había sentado. Mi firma.

Caminé hacia el sendero principal sin mirar a nadie a los ojos. Pero mientras caminaba, de reojo, alcancé a contar. Cuatro hombres a mi izquierda, parados en distintos puntos a unos metros entre sí. Uno todavía tenía la mano dentro del pantalón. Otro tenía la cara colorada y respiraba por la boca. Una pareja un poco más allá: ella tenía la boca abierta y una mano en el cuello del marido, él el celular en la mano y un bulto evidente en el jean. Y un sexto, sentado en el banco de enfrente, fingiendo leer un libro que tenía al revés, con las piernas cruzadas para disimular lo que tenía debajo.

Seis personas. Seis testigos. Y ninguno se acercó a decirme nada. Ninguno me molestó. Solo miraron, en silencio, como si entendieran que la regla no escrita era mirar y callar.

Caminé hasta la avenida y paré el primer taxi que vi. Me senté atrás, le di la dirección al chofer y pegué la cabeza contra la ventanilla. Sentía el corazón todavía latiendo fuerte y la humedad pegajosa entre los muslos, el vestido pegado al culo por la corrida. Sonreí sin querer.

—¿Pasó algo lindo? —me preguntó el taxista, mirándome por el espejo.

—Pasó la tarde —le contesté—. Una tarde muy larga.

***

Llegué al apartamento, me saqué el vestido apenas crucé la puerta y lo dejé tirado en el piso del pasillo. Estaba desnuda, con las tetas todavía marcadas de los pellizcos y el coño hinchado y brillante. Me miré al espejo del pasillo un segundo. Tenía los labios internos asomando, rojos, y un hilo de humedad todavía bajándome. Fui directo al cajón de la mesita de noche. El vibrador nuevo, el que me había comprado online dos semanas antes y todavía no había estrenado, me esperaba ahí. Grueso, negro, con la punta curva.

Esa noche lo estrené. Me tiré en la cama boca arriba, abrí las piernas de par en par y me lo pasé primero por los pezones, por la boca, chupándolo para mojarlo bien con mi saliva. Después lo bajé por el vientre, lo froté sobre el clítoris hasta que se me escapó el primer gemido, y me lo metí de una sola vez, hasta el fondo. El coño me lo tragó entero. Empecé a moverlo lento, sacándolo casi todo y volviéndolo a hundir, y pensé en los seis. En el que se cascaba mirándome. En la mujer de la boca abierta. En el del libro al revés. En los dos que hablaban entre dientes. Aceleré. El vibrador entraba y salía haciendo un ruido húmedo que llenaba la habitación. Me llevé la otra mano al clítoris y empecé a frotarlo en círculos. Y volví a venirme, esta vez en mi cama, con la luz apagada, sin viento, sin mirones, pero con todos esos ojos todavía clavados en mí, con todas esas pollas duras todavía apuntándome. Me corrí dos veces más antes de dormirme, la última con el vibrador todavía adentro, contrayéndome sobre él como si fuera una polla de verdad.

Diego volvió de Mendoza el martes a la mañana. Me saludó con un beso en la frente, dejó la maleta en la entrada y me preguntó qué había hecho durante el fin de semana.

—Nada —le dije—. Caminé un poco por el malecón el domingo. Estuvo lindo el atardecer.

Me miró un segundo de más, como si supiera, como si hubiera detectado algo. Pero después se rió, me dio otro beso y se fue a la ducha.

No volví al malecón en una semana entera. No por culpa, no por miedo. Por respeto al recuerdo. Sabía que si volvía demasiado pronto iba a buscar la misma combinación de viento, de hora, de banco, de testigos, y eso ya no podía repetirse igual. Esas cosas pasan una vez. Y una vez es suficiente para llevárselas dentro toda la vida.

Algunas tardes son para contarlas. Otras son para guardárselas. Esta, después de pensarlo bastante, decidí que era para compartirla con ustedes.

Si me van a escribir al correo, por favor sin vulgaridades. Y a la pareja de la foto, gracias de nuevo. Sigan así.

Besos, Camila.

Ver todos los relatos de Voyerismo

Valora este relato

Comentarios(8)

ElVoyerista

que relatazo!!! me quede sin palabras

NocturnaBA

Por favor una segunda parte, quede con ganas de saber si alguien se le acerco al banco jaja

JuanMa_BA

Me recordo a una tarde de verano que yo tambien... bueno, mejor no cuento jeje. Muy bueno!

LectoraNocturna

Increible como con tan pocas palabras transmitis tanto. Se siente la tension en cada linea.

PatricioR

La parte del viento me mato jajaja, tremenda escena

SilvinaRdz

Lo lei dos veces porque la primera no procese todo bien. Hay algo en como lo contás que te mete directo en la escena. Esperando mas relatos!

Romi_2312

Se hizo corto :( queremos mas!!

caro_stgo

El detalle del banco y el viento... genial. Sin ser explicito igual llegás. Sigue asi!

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.