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Relatos Ardientes

El hombre que trajo mis muebles se quedó a estrenar mi cama

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Me llamo Daniela y llevo doce años casada con un hombre que me quiere pero que hace tiempo dejó de desearme como yo necesito. Esta es la historia de cómo terminé desnuda en mi propia cama matrimonial con un hombre al que había conocido apenas dos días antes.

Todo empezó cuando mi amiga Silvana me recomendó a un tipo para la mudanza. Se llamaba Emilio, tenía su propio camión y según ella era de absoluta confianza. Pero la forma en que lo dijo, mordiéndose el labio inferior y levantando las cejas, me debió haber puesto en alerta.

—Es muy profesional —me dijo con una sonrisa que no tenía nada de profesional—. Y además es muy... atento con sus clientas.

—Ya, Silvana, no empieces.

—Solo digo que lo mires bien cuando lo veas. No todos vienen equipados así.

Juntó los puños uno encima del otro para graficar lo que decía y se rio. Yo le cambié el tema, pero esa imagen se me quedó grabada.

Lo llamé esa misma tarde. Quedamos en vernos en la mueblería donde tenía reservados los muebles nuevos. Llegó puntual, con camisa de franela arremangada, jeans gastados y botas de trabajo. Tenía las manos grandes, el apretón firme y un perfume a madera que me hizo contener la respiración un segundo más de lo necesario. Cuando me saludó, su mirada bajó de mis ojos a mi escote y luego volvió a subir sin disimulo. Sentí que me ardía la cara.

Tranquila, Daniela. Es solo un tipo que mueve muebles.

Coordinamos la logística en diez minutos. Primero iría a casa de mi suegra por algunos muebles viejos, después a la mueblería por los nuevos y al final todo a la casa. Me pareció eficiente. Le di la dirección y quedamos para el miércoles.

La noche anterior intenté tener relaciones con mi marido, Fernando. Necesitaba descargar la tensión que venía acumulando desde que conocí a Emilio, aunque no quisiera admitirlo. Pero Fernando estaba distraído con problemas del trabajo. Me dio un oral a medias, sin ganas, y se quedó dormido dejándome con el cuerpo encendido y la frustración apretándome el pecho. Me quedé boca arriba mirando el techo, con la mano entre las piernas, pensando en las manos grandes de un desconocido.

***

Me desperté temprano y me metí a bañar con agua casi fría para despejarme. No funcionó. Frente al espejo del clóset elegí mi ropa con más cuidado del que ameritaba una mudanza. Un conjunto de encaje violeta semitransparente, una playera de cuello amplio que dejaba ver el borde del brassier con cualquier movimiento, medias color piel que se ajustaban al muslo y una falda plisada con vuelo que me llegaba bastante arriba de la rodilla. Me miré al espejo y supe que no me estaba vistiendo para mover cajas.

Fernando entró a despedirse cuando me ponía las medias. Me besó, me apretó la nalga derecha y dijo que llegaría tarde, que tenía mucho trabajo. Le prometí que me las arreglaría sola. Cuando se fue, el eco de su palmada todavía me ardía en la piel y me pregunté si lo que sentía era culpa anticipada o simple excitación.

Mi suegra se había llevado a los niños al colegio. Estaría completamente sola.

***

Emilio llegó con dos ayudantes jóvenes en un camión de carga mediano. Trabajaron rápido, en menos de una hora ya tenían todo arriba. Mi auto no quiso arrancar y cuando mencioné que llamaría un taxi, uno de los chicos me ofreció ir con ellos en la cabina. Emilio me abrió la puerta con una galantería que no esperaba de un hombre con las manos callosas.

La cabina era angosta. Quedé sentada entre Emilio al volante y el otro muchacho junto a la puerta. Mis piernas quedaron prácticamente al descubierto, la falda se subió hasta mostrar el borde de encaje de mis medias y casi todo el muslo. Intenté bajarla sin éxito. Emilio me vio forcejear con la tela y sonrió sin decir nada.

Cada vez que cambiaba de velocidad, el dorso de su mano rozaba mi pierna. Las primeras veces me pareció accidental. Después dejó de importarme si lo era o no. El calor me subía desde los muslos hasta las mejillas. Miré de reojo hacia su entrepierna y lo que vi me secó la boca. Había un bulto enorme, obsceno, imposible de ignorar. Silvana no había exagerado.

Dios mío, Daniela, deja de mirarle la bragueta.

Pero no podía. Y él lo sabía. Se acomodaba el paquete sin disimulo, casi como una invitación. Sentí que me mojaba y apreté los muslos uno contra otro intentando contener lo que ya no tenía remedio.

A medio camino paramos a comer bajo unos árboles al costado de la carretera. Al bajar del camión abrí demasiado las piernas y el chico que me ayudaba vio mi ropa interior de frente. Me acomodé la falda fingiendo que no había pasado nada mientras por dentro me ardía la vergüenza mezclada con algo que se parecía peligrosamente al morbo.

Emilio me ayudó a caminar hasta la sombra porque me había torcido levemente el tobillo al pisar mal. Su brazo rodeaba mi cintura y su mano descansaba peligrosamente cerca de mi nalga. Cuando tropecé, me sostuvo apretándome contra su cuerpo. Sentí su erección contra mi cadera, dura como un tubo de acero, y una descarga eléctrica me recorrió la columna hasta explotar entre mis piernas.

Se arrodilló frente a mí para vendarme el tobillo. Yo estaba sentada con las piernas entreabiertas y él tenía una vista directa de mi intimidad apenas cubierta por la tela violeta ya húmeda. Le temblaban las manos, pero fingía concentración profesional. Me quitó la media con una delicadeza que contradecía el tamaño de sus dedos y me aplicó una crema con movimientos circulares que no tenían nada de médicos.

Me ofrecieron una bebida preparada con whisky. No acostumbro tomar pero acepté, necesitaba algo que apagara o que terminara de encender lo que traía adentro. Le di dos tragos largos y sentí el calor bajarme por la garganta.

Mientras comíamos, Emilio me habló de su vida. Casado, cuatro hijos, años en el negocio de mudanzas. Me dijo que le gustaba dar un servicio personalizado y que había hecho buenas amistades entre sus clientas. Cuando mencionó a Silvana, algo en su tono me confirmó lo que ya sospechaba.

—¿Por qué la mandó su esposo a usted sola con la mudanza? —me preguntó, mirándome fijo—. Si fuera mi mujer, no la dejaría sola ni un momento. Con lo guapa que está.

—Es usted un celoso —le dije riendo, esquivando su mirada.

—No es eso. Es que sería un idiota el que no lo intentara.

***

Volvimos al camión. Ahora iba el otro chico junto a mí, más corpulento, así que tuve que pegarme aún más a Emilio. Al acomodarme, apoyé la mano en su pierna y mis dedos rozaron su erección. La sentí palpitar bajo la tela del pantalón, gruesa, caliente. La apreté un instante antes de retirar la mano con un disculpe que no me salió nada convincente.

Él me guiñó un ojo.

—No se preocupe. Está bien.

Nada de esto está bien, pensé. Pero ya no me importaba.

Llegamos a la casa nueva. Los chicos descargaron todo mientras yo iba indicando dónde poner cada mueble y cada caja. Emilio se ofreció a ayudarme a desempacar la cocina. Íbamos y veníamos del comedor a la alacena, rozándonos al pasar por el espacio estrecho. Sus brazos contra los míos. Su pecho contra mi espalda. Su aliento en mi nuca. Cada contacto era una brasa.

Estaba inclinada guardando cosas bajo el fregadero cuando sentí su cuerpo pegarse al mío por detrás. Su erección se deslizó de arriba abajo entre mis nalgas, lenta, deliberada, enorme. Solté un gemido involuntario y me incorporé intentando separarme, pero sus manos me sujetaron por la cadera y me apretaron más contra él.

—Ya no aguanto más —me dijo al oído, besándome el cuello—. Mira cómo me tienes.

—Déjame, Emilio. Soy una mujer casada. Esto no puede ser.

Pero mi voz salía entrecortada y mis caderas empujaban hacia atrás buscando su dureza en lugar de alejarse de ella. Me dio vuelta, me tomó de la cintura y me besó en la boca con una urgencia que me desarmó por completo. Su lengua encontró la mía y mi cuerpo dejó de obedecerme. Una mano me apretaba la nalga, la otra me acariciaba el pecho por encima de la tela. Su miembro presionaba contra mi pubis, moviéndose de arriba abajo, separándome apenas por la tela de mi ropa interior.

—Para... pueden venir los chicos —susurré como último recurso.

Emilio sonrió con expresión triunfal. Se fue a la habitación, les dijo algo a los muchachos y estos salieron despidiéndose con naturalidad, como si aquello fuera parte rutinaria del servicio de mudanza.

***

En cuanto se cerró la puerta, me cargó en sus brazos. Lo rodeé con las piernas y me llevó a la habitación principal. Me recostó en la cama matrimonial, la cama que compartiría con Fernando, y la ironía me golpeó con una mezcla de culpa y excitación que solo hizo todo más intenso.

Se quitó la camisa mostrando un torso velludo y marcado por años de trabajo físico. Yo me saqué la playera y la falda quedando en ropa interior. Cuando se bajó los pantalones y el calzoncillo juntos, su pene saltó hacia arriba como un resorte y me quedé mirándolo con los ojos abiertos. Era descomunal. Grueso, largo, surcado por venas abultadas, con el glande hinchado y una gota transparente brillando en la punta.

Lo tomé con las dos manos y aún sobraba. Sentí cómo palpitaba entre mis dedos, vivo, caliente, impaciente.

—¿Nunca habías tocado uno así? —preguntó con un orgullo que en otro momento me habría molestado.

—No —admití, masturbándolo despacio—. Solo el de mi marido. Pero es mucho más chico. No sé si me va a caber.

Eso lo enardeció. Se hincó más y me acercó el glande a los labios. Pasé la lengua recogiendo esa gota salada y lo metí en mi boca. Chupé con ganas, con hambre, con toda la frustración acumulada de meses de sexo a medias. Lo recorrí con la lengua de base a punta, lo ensalivé generosamente porque sabía que iba a necesitar toda la lubricación posible.

Me empujó suavemente hasta acostarme. Bajó besándome los pechos, el vientre, me quitó el brassier y después la panty levantándome las caderas. Separó mis piernas y hundió la cara entre ellas. Su lengua encontró mi clítoris y lo trabajó de lado a lado, constante, sin pausa, mientras metía dos dedos gruesos dentro de mí. En menos de cinco minutos me vine con un orgasmo que me hizo gritar y apretar su cabeza entre mis muslos.

No me dejó recuperarme. Se giró en posición invertida y me ofreció su miembro mientras seguía lamiéndome. Lo chupé con desesperación, acariciándole los testículos, sintiendo cómo crecía aún más en mi boca. Después se acomodó entre mis piernas, las puso sobre sus hombros y frotó la punta contra mi entrada de arriba abajo, rozando mi clítoris hipersensible hasta que no pude más.

—Ya, Emilio, dámelo. Métemelo ya.

Con un empujón firme entró más de la mitad. Grité. No de dolor sino de una plenitud que nunca había sentido. Era enorme, me abría al máximo, llegaba a lugares que nadie había tocado. Se quedó quieto un momento, besándome los pechos, dejando que mi cuerpo se adaptara. Cuando moví las caderas indicándole que continuara, empezó a moverse lento, entrando y saliendo por completo, haciéndome sentir cada centímetro.

Después aceleró. Sus embestidas eran profundas y constantes, su pelvis chocaba contra la mía con un sonido húmedo que llenaba la habitación. Perdí la cuenta de los orgasmos. Dos, tres, tal vez más. Cada vez que estaba por correrse, bajaba el ritmo y cambiaba de posición.

Me puso de lado y me tomó así, abrazándome desde atrás, mordiéndome el lóbulo de la oreja. Después me giró boca abajo y me levantó las caderas dejándome en cuatro. Desde esa posición cada penetración llegaba al fondo, sentía su glande presionando contra lo más profundo de mi interior y sus testículos golpeando rítmicamente contra mi vulva. Yo movía las caderas en círculos cuando lo tenía todo adentro, apretando las paredes de mi vagina alrededor de su grosor.

—Qué rico aprietas —dijo entre dientes, acelerando—. Ya casi termino. ¿Dónde los quieres?

—Adentro. Quiero sentirte.

Eso lo desató. Empezó a embestirme con fuerza, rápido, profundo, agarrándome las caderas con sus manos enormes. Sentí cómo se engrosaba aún más dentro de mí y con una última estocada brutal se vino. Chorros largos y calientes llenándome por completo, uno tras otro, mientras gemía ronco contra mi espalda. Su pene brincaba dentro de mí expulsando las últimas gotas y yo sentía esa tibieza desbordándose, escurriendo entre mis muslos.

Lo fue sacando despacio. Sentí un vacío enorme cuando salió por completo y me desplomé sobre la cama, agotada, satisfecha, con su semen escurriéndome y la certeza de que acababa de cruzar una línea de la que no había retorno.

***

Se vistió en silencio mientras yo me ponía una bata. Lo acompañé a la puerta y le dije que Fernando le llevaría el cheque al día siguiente.

Me miró con esa sonrisa descarada que ya conocía bien. Me tomó de la cintura, me besó largo en la boca y acariciándome la nalga dijo:

—Preferiría que me pagaras tú.

Y se fue. Me quedé apoyada en el marco de la puerta, con las piernas temblando, viendo cómo el camión desaparecía por la calle de mi nuevo barrio. Miré hacia adentro, hacia la cama revuelta que esa noche compartiría con mi marido, y lo único que pude pensar fue que Silvana tenía razón en todo.

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4.6(14)

Comentarios(9)

RossanaV

Me encanto!! quede con ganas de mas, por favor que haya segunda parte

JorgeJog

que relato, no me lo esperaba tan bueno. Sigue escribiendo!

Marta_Lp

Jajaja el marido que desaparece justo ese dia... clasico. Muy bien contado, se siente real

seba70

Excelente relato, muy bien narrado. Se nota que fue algo que te marco de verdad. Espero leer mas aventuras tuyas!

NocheDeVinos

tremendo final, me mato jajaja

Isabel_BA

Que bueno encontrar confesiones que se leen tan naturales, sin exagerar nada. Seguí compartiendo!

Rodrigo_ba

muy bueno el relato, 10 puntos. Me recuerda a una situacion parecida que casi vivi jeje

Lucas_mza

buenisimo!! esperando la continuacion si es que la hay :)

GustoDeLeer

La categoria confesiones es la que mas disfruto y este no decepciona para nada. Gracias por compartirlo

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