La noche que dormí desnuda en medio de la selva
El sol caía sobre la espesura como un peso de hierro. Llevaba tres horas caminando sola por aquel sendero embarrado, con la mochila pegada a la espalda y la camiseta empapada de sudor. Había salido del albergue al amanecer, decidida a llegar al mirador antes del mediodía, pero el calor era una pared que avanzaba conmigo. Cada respiración me sabía a tierra mojada y a hojas en descomposición.
Me llamo Lucía y tenía treinta y dos años cuando esto ocurrió. Era la primera vez que viajaba sola tan lejos. Me había prometido un mes en Sudamérica para olvidar a un hombre que ya no me merecía, y aquella mañana, perdida entre helechos del tamaño de un coche, sentí por fin que algo dentro de mí empezaba a aflojarse.
Y entonces lo vi. Un destello entre las ramas. Agua.
Aparté las hojas y me encontré con un lago pequeño, redondo, de aguas tan quietas que reflejaban el cielo como un espejo. La orilla era de arena oscura. No había nadie. Ni un solo sonido humano en kilómetros.
No lo pensé dos veces. Dejé caer la mochila junto a un tronco caído y me quité las botas. Los pantalones cortos cayeron al suelo con un golpe seco. La camiseta mojada se me pegó a la piel cuando intenté sacármela, y tuve que tirar dos veces hasta que cedió. Me quedé en ropa interior unos segundos, dudando, mirando hacia los árboles. Pero la idea de meterme al agua y luego volver a ponerme aquellas braguitas empapadas me daba más asco que vergüenza. Me las quité también.
Avancé desnuda hasta la orilla. La arena tibia bajo los pies, el aire rozándome los pezones erizados por el contraste, una sensación de libertad que no había experimentado nunca. Me lancé al agua de cabeza.
El frío me cortó la respiración. Salí riendo, con el pelo pegado a la cara y los brazos extendidos. Nadé hasta el centro, me dejé flotar de espaldas. El sol me besaba el vientre, los muslos, los pechos que asomaban del agua como dos islas pálidas. Cerré los ojos. Por primera vez en meses, no pensaba en nada. Solo estaba ahí, desnuda y viva.
No sé cuánto tiempo pasó. Quizá media hora. Quizá una.
Cuando volví a la orilla, lo entendí en un segundo.
La mochila ya no estaba. La camiseta tampoco. Las botas, los pantalones, las braguitas... nada. Como si nunca hubiera dejado nada allí. Solo el tronco caído y unas marcas borrosas en la arena.
Me quedé inmóvil, con el agua hasta las rodillas, los brazos cruzados sobre el pecho como si eso pudiera devolverme algo. El corazón me latía en la garganta.
—¡Eh! —grité—. ¡Eh, vuelve!
Solo el eco. Solo el rumor lejano de un pájaro burlándose de mí.
Y entonces, durante un instante, lo vi. Una sombra entre las ramas, a unos veinte metros. Un cuerpo joven, moreno, con un fardo bajo el brazo. Mi fardo. Mis cosas. Antes de que pudiera pensar siquiera en correr, desapareció hacia el interior de la selva como si nunca hubiera estado allí.
Salí del agua temblando, no de frío sino de rabia. Recorrí la orilla buscando algo, lo que fuera, una rama que pudiera tapar algo, un trapo olvidado. Nada. La arena estaba limpia. Hasta el envoltorio de la barrita que había comido se lo había llevado.
Estoy desnuda. Estoy completamente sola. Y el sol va a empezar a bajar.
***
Caminé. No tenía otra opción. Recordaba que el sendero por el que había llegado bajaba hacia la carretera, así que volví sobre mis pasos. Cada rama que crujía me hacía dar un salto. Cada hoja seca que me arañaba el muslo me recordaba que no llevaba nada encima. Las plantas me dejaban marcas rojas en los brazos, en el vientre, en los pechos. Pisé una piña verde y se me clavó en la planta del pie. Me senté a llorar un minuto. Después seguí.
El sol empezó a caer y la luz se volvió anaranjada. La selva, que hasta entonces había sido un horno, comenzó a enfriarse rápido. La piel se me erizó. Los pezones se me endurecieron por el frío y por algo más que no sabía nombrar todavía.
Porque, en medio del miedo, había algo más. Una vibración rara en el bajo vientre. Cada vez que el viento me rozaba entre las piernas, sentía un cosquilleo que no debería estar sintiendo. Cada hoja que me acariciaba la espalda me recordaba que estaba expuesta, vulnerable, vista. Quizá todavía me esté mirando. Quizá no se haya ido tan lejos.
El pensamiento me asustó tanto como me encendió.
Cuando la noche cayó del todo, no había encontrado el camino. Me hice un nido al pie de un árbol enorme, entre las raíces. Me abracé las rodillas. La oscuridad era total. Los ruidos de la selva se multiplicaron: chillidos de monos lejanos, zumbidos de insectos, algo que crujía cerca y luego se alejaba.
Empecé a temblar. Me froté los brazos para entrar en calor, los hombros, el cuello. Mis manos buscaban consuelo más que placer al principio. Pero cuando bajaron a los pechos, los pezones estaban tan duros que dolía rozarlos. Los apreté entre los dedos. Una corriente caliente bajó desde ahí hasta el vientre, hasta más abajo.
Me asusté de mí misma.
¿Cómo podía estar pensando en eso, ahí, en aquel momento? Estaba perdida, podía morir esa noche de un mordisco de serpiente. Y sin embargo, mi mano había bajado sola, había encontrado el vello entre mis piernas, y allí estaba mojada. No era el agua del lago. Llevaba horas seca.
Cerré los ojos en la oscuridad. Imaginé los ojos del muchacho desde detrás de los helechos. Imaginé que me había mirado mientras me desnudaba en la orilla. Que había visto cómo me lanzaba al agua. Que había seguido cada uno de mis movimientos antes de robarme la ropa. Que quizá seguía ahí, cerca, escondido entre los árboles, mirándome ahora.
Me corrí en silencio, mordiéndome el dorso de la mano para no gritar. Fue rápido y violento, un espasmo que me dejó vacía y sorprendida y un poco asustada de la mujer que acababa de descubrir dentro de mí. Después me dormí sin darme cuenta.
***
El sol me despertó. Tenía hojas pegadas a la espalda, un mosquito gordo aplastado en el muslo y los labios secos. Me levanté tambaleándome. Me dolía todo. Pero algo había cambiado por dentro. La vergüenza inicial se había ido. Caminé desnuda por la selva como si fuera mía, mirando los árboles a la cara.
Hacia media mañana escuché un motor. Corrí. Aparecí en un camino de tierra justo cuando un jeep viejo doblaba la curva. Frenó en seco. Al volante había un hombre de unos sesenta años, la piel curtida, un sombrero raído.
No me cubrí. No sé por qué, pero no me cubrí. Me quedé de pie con las manos en las caderas, los pechos al aire, las piernas marcadas por arañazos y barro, y lo miré.
—¿Necesita ayuda? —preguntó él, sin apartar los ojos de mi cara.
—Necesito que me lleve a algún sitio.
Se llamaba Joaquín. No me preguntó qué había pasado, ni por qué estaba desnuda, ni de dónde venía. Sacó una manta del asiento de atrás y me la pasó sin decir palabra. Subí al jeep y me envolví en ella. La lana picaba contra los pezones. El asiento de vinilo me quemaba la piel desnuda de los muslos.
Mientras conducía, sus ojos se desviaban cada tanto hacia mí. No con descaro. Más bien como si comprobara que era real. Yo no aparté la manta, pero tampoco me preocupé por cerrarla del todo. Una de mis piernas quedaba al descubierto desde el muslo hasta el pie. Joaquín cambiaba de marcha mirándome la rodilla.
—Mi mujer le dará algo de ropa —dijo al fin—. Y comida.
***
La aldea era un puñado de casas de madera con techos de palma. La esposa de Joaquín, una mujer de manos grandes y mirada limpia, me recibió sin hacer preguntas. Me llamó «hija» y me dio una túnica de algodón crudo, suelta, que me caía hasta media pantorrilla. Sin nada debajo. Le pregunté por ropa interior y me sonrió con una sonrisa cansada.
—Aquí no hay de eso. La tela respira mejor.
Me acostumbré rápido. La túnica rozaba en los pezones cada vez que me agachaba a recoger algo de la huerta. El aire me corría por las piernas mientras caminaba. Era una sensación nueva, casi escandalosa, y al mismo tiempo, después del segundo día, dejé de pensar en ella.
Me quedé. Pensé que sería una noche, fueron tres, fueron una semana entera. Aprendí a desgranar maíz con las dos manos, a tejer cestos de hoja seca, a no espantarme con las arañas. Los niños me seguían y se reían de mi acento. Los hombres de la aldea me miraban con esa mezcla de respeto y curiosidad que reservaban a las cosas que no entendían. Y yo, por primera vez en mi vida, me sentía dentro de mi propio cuerpo.
Una tarde, Joaquín me dijo que esa noche había fiesta en la aldea de al lado. Una celebración por la cosecha. Le dije que sí antes de que terminara de explicarme.
***
La fiesta era música, fuego y un licor dulce de maíz que me quemó la garganta y se me subió a la cabeza en tres tragos. Bailé con todos. Sentí manos grandes en la cintura, en la espalda, una vez en el cuello. La túnica se me pegaba al sudor, transparentándose contra los pechos cuando me daba la luz de las antorchas. No me importó.
Y entonces lo vi.
Estaba apoyado en un poste, lejos de la hoguera, con un taparrabos y una pluma azul atada al pelo. Era él. Más joven de lo que recordaba, casi un chico todavía, pero los ojos eran los mismos. Negros, fijos en mí, sin pestañear.
El recuerdo del lago me golpeó como una ola: el miedo, la rabia, la noche bajo el árbol, mi mano entre las piernas pensando en él. Sentí que me encendía entera.
Pero esta vez no era yo la que estaba expuesta. Esta vez era yo la que avanzaba.
Crucé el claro hasta donde estaba. No se movió. Cuando llegué frente a él, podía oler el humo y el sudor de su piel.
—Me robaste la ropa —le dije.
Tardó en responder. Sus ojos bajaron por mi cuello, por la curva de los pechos bajo la túnica, volvieron a subir.
—Quería verte.
—¿Y qué viste?
Levantó la mano y me apoyó dos dedos en la mejilla. Estaban callosos y calientes.
—A una mujer que todavía no se conocía.
Cerré los ojos. Lo dejé que me tomara de la mano.
Me llevó lejos del fuego, hacia un claro pequeño que conocía solo él, iluminado únicamente por la luna. Allí, sin hablar, dejó caer el taparrabos y se quedó desnudo frente a mí. Yo me saqué la túnica por la cabeza con un gesto. Ya no me costaba.
Se llamaba Tayo. Lo supe después, mucho después, cuando le pregunté el nombre. Esa noche no hablamos casi nada. Me acostó sobre el musgo, que estaba más blando que cualquier cama que recordara, y me besó muy lento. Empezó por la frente. Luego el cuello, los pezones, el ombligo. Cuando bajó entre mis piernas, me di cuenta de que llevaba toda la semana esperándolo sin saberlo.
Cuando entró en mí, no fue salvaje. Fue la cosa más callada del mundo. Un movimiento largo, profundo, como si reconociera un camino que ya había recorrido en otra vida. Yo le clavé las uñas en la espalda y me corrí casi enseguida, en un temblor lento, sin gritar, mirando las estrellas a través de las hojas.
Después nos quedamos quietos, enredados, escuchando la fiesta lejos.
***
Volví a la aldea de Joaquín al amanecer, con la túnica al hombro y el cuerpo todavía caliente. Me quedé dos semanas más. Después llamé al consulado y empecé los trámites para volver. Tuve que explicar muchas cosas, firmar muchos papeles, dar muchas explicaciones que sonaban torpes en cualquier idioma.
Lo que nunca le conté a nadie es que de aquel viaje no volvió la misma mujer que había salido. La que entró en aquel lago a bañarse murió ahogada esa misma tarde, cuando descubrió que ya no tenía ropa. Y la que salió del claro de musgo aquella noche, todavía con el sabor de Tayo en la boca, era otra. Una que, dos años después, sigue sintiendo la selva moviéndose por dentro cada vez que cierra los ojos.