Lo esperé en encaje negro a las tres de la mañana
Ese mediodía, el almuerzo corporativo de la empresa de Andrés parecía una pasarela cuidadosamente iluminada. Yo trabajaba en el área de marketing, en una posición incómoda: lo bastante cercana al apellido del dueño como para ser observada y demasiado visible como para esconderme detrás de una columna. Soporté miradas que duraban un segundo más de lo educado, sonrisas que pedían algo más que un brindis.
El tintineo de las copas, los murmullos de protocolo, el clima tan ensayado que ni una servilleta se movía fuera de tiempo. Hasta que uno de los nuevos ejecutivos, un tal Esteban Vargas, me sostuvo la mirada un minuto entero. No fue un repaso casual. Fue una declaración. Andrés lo notó.
Cuando empezó a montarse la fiesta nocturna del directorio, busqué la primera excusa decente y me marché. Llegué a casa antes de las once, me preparé un té que no pensaba beber del todo y me senté a esperar.
La puerta sonó a las tres en punto. El golpe fue demasiado controlado para alguien que olía a whisky añejo y a furia contenida. La chaqueta del traje le colgaba abierta, la camisa medio desabrochada, la corbata aflojada con esos dos dedos que él sabía usar mejor que ningún otro hombre que yo conociera. Andrés se quedó parado en el umbral, inmóvil, con la mirada clavada en mí.
Yo estaba apoyada en la barra de la cocina, con las piernas cruzadas, el encaje negro adaptándose a cada curva como si lo hubiera comprado para esa noche exacta. Hacía tintinear la cucharita de plata contra la taza, fingiendo despreocupación, como si él no se hubiera pasado el almuerzo viendo cómo otro hombre me miraba con una osadía apenas disimulada. Sus ojos oscuros me recorrieron despacio, calculadores, posesivos.
—Sigues despierta —dijo, con la voz áspera por el alcohol.
Se acercó a paso lento, un depredador que ya había decidido. Los celos le quebraban la compostura impecable de siempre, esa pose de empresario que tanto le había costado construir.
—¿Tienes idea de lo que fue sentarme allí y dejar que otro hombre creyera que podía mirarte así?
Una sonrisa sin humor le tensó la boca.
—Ya no trabaja para mí —murmuró.
Apoyó la mano en la barra a un lado de mi cadera, sin tocarme todavía. Dejó pasar dos segundos eternos. Yo sabía exactamente qué estaba haciendo: revisaba en su cabeza cada gesto del almuerzo, el despido fulminante que vendría al día siguiente, el rostro del tal Esteban cuando le entregaran el sobre.
—Sabes cuánto detesto que alguien olvide cuál es su lugar y crea que puede tomar lo que es mío.
Lo dijo sin dejar de mirarme los pechos, apenas cubiertos por el encaje. Después subió los ojos a los míos.
—¿Te vestiste así para mí?
Sus manos se posaron al fin en mi cintura. Lo dejé. Le sonreí de costado, terminé el té con un sorbo lento y me pasé la lengua por los labios sin disimular.
—¿Quieres desquitarte conmigo, mi amor? —pregunté, y no fue una pregunta inocente.
Las pupilas se le oscurecieron como si alguien le hubiera apagado la luz por dentro. Mi naturalidad lo descolocaba siempre. Era la única cosa que no podía controlar.
Con un movimiento limpio me levantó y me sentó sobre la barra de mármol. Se acomodó entre mis muslos abiertos, las manos grandes deslizándose por mi cuerpo, los pulgares rozando la base de mis pechos a través del encaje. Se inclinó hasta que su aliento me golpeó el lóbulo de la oreja.
—Voy a hacer algo más que desquitarme contigo —susurró—. Voy a recordarte exactamente a quién perteneces. Esta cosita que te pusiste… es como si rogaras que pierda el control.
—Estoy rogando, sí —contesté en un suspiro que no quise disimular.
Sentir su calor entre mis piernas, sus dedos rozándome los pezones a través de la tela, me hizo arquear la espalda sin querer. Empujé las caderas hacia él, contra la dureza que ya empujaba dentro del pantalón.
—Me gustan los problemas que me busco —añadí.
Un gemido sordo le retumbó en el pecho. La fricción lo desarmó. Me mordisqueó el lóbulo, después me lamió la piel justo debajo de la oreja. No iba a hacerme esperar más.
—Estás jugando con fuego, Camila —advirtió con esa voz ronca que aparecía solo en estas noches.
Me recorrió los costados con las manos. Con el pulgar acarició un pezón sobre el encaje hasta sentirlo endurecerse. Y entonces, con un movimiento brusco, rasgó la tela del sostén. El sonido fue corto y obsceno. Me tomó los pechos pequeños con las dos manos y apretó los pezones hasta hacerme jadear.
—Te voy a hacer gritar mi nombre —prometió, con la voz ronca por la lujuria y el whisky añejo.
Le clavé las uñas en la nuca. Lo miré con los ojos brillantes, esa mezcla de súplica y desafío que él coleccionaba.
—Por favor… hazme gritar. Quiero sentirte adentro cuando pierdas la cabeza por completo.
Le agarré la cintura del pantalón y tiré, atrayéndolo más cerca. Sus ojos brillaron con algo primitivo. Me besó en la boca con una intensidad que me cortó la respiración, su lengua reclamando todo lo que el almuerzo le había robado. Cuando se separó, jadeaba.
—Me estás llevando al límite —gruñó—. Y voy a darte todo lo que pides.
Trazó un camino de besos hacia abajo por mi cuello, mi clavícula, entre mis pechos, mi vientre. Pasó los dedos sobre la tela ya empapada, después la corrió a un lado y se hundió en mí con la lengua. Gimió al saborearme, como si llevara horas de hambre acumulada. Me encontró el clítoris y lo trabajó con paciencia primero, con avidez después, hasta que sentí las piernas temblar contra sus hombros.
—Todavía no, mi vida —murmuró, separándose justo cuando estaba a punto de caer.
Se incorporó. Metió la mano entre los dos cuerpos, soltó la hebilla del cinturón con esa destreza de costumbre y liberó la erección. La punta brillaba.
Me bajé despacio de la barra y me arrodillé delante de él, las manos apoyadas en sus muslos. Le envolví la punta con la boca y noté cómo se le cortaba la respiración. Me enredó los dedos en el pelo y empezó a guiarme, mirándome fijo desde arriba.
—Joder, mi amor —dijo, moviendo las caderas con un ritmo bajo—. Qué buena chica. Muéstrame cuánto te gusta tenerla en la boca.
Lo miré sin parpadear. Aceleró. Empujó más adentro de lo que mi garganta soportaba sin lágrimas. No cedió. Cuando se le juntaron las gotas en mis lagrimales, sonrió. Me apartó por el pelo, me pasó el miembro por la mejilla, me llevó las bolas a la boca y me las hizo lamer mientras me golpeaba la cara con su dureza. Sonreí. Sonreí porque era exactamente lo que había venido a buscar.
Me agarró del brazo y volvió a sentarme sobre la barra. Se colocó en mi entrada con un gruñido bajo, empujando apenas la punta para sentir cómo lo recibía. Yo gemí. Levantó la vista, encontró mi mirada y, con una estocada limpia, se hundió hasta el fondo.
Por un segundo se le pusieron los ojos en blanco. Mis paredes lo apretaban, ansiosas, calientes. Un gemido gutural se le escapó.
—Camila… —jadeó, con la frente apoyada contra la mía—. Te sientes increíble.
Salió despacio, dejando solo la punta. Volvió a entrar de golpe. Marcó un ritmo implacable. Cada embestida me empujaba contra el filo del mármol y, a cada empujón, sentía en la piel toda la rabia contenida del almuerzo.
—Eres solo mía —gruñó, marcando cada palabra con un golpe profundo.
Le clavé las uñas en la espalda y las arrastré por sus omóplatos hasta dejarle marcas. Mis muslos se cerraban alrededor de su cintura, atrayéndolo más adentro. Andrés me apretó las caderas hasta dejarme rojas las marcas de los dedos. Se inclinó y atrapó un pezón entre los dientes; mordió, después lamió.
—Siénteme —dijo con la voz áspera—. Cada centímetro.
Inclinó las caderas y encontró ese punto exacto que solo él conocía. Sentí cómo uno de sus dedos se humedecía en mi sexo y bajaba más, presionando lentamente contra mi otro agujero. Me mordí el labio para tragarme un grito. El dedo se hundió, se curvó, exploró. Mi cuerpo respondió de inmediato.
—Joder, qué apretada estás —gruñó. Metió un segundo dedo y empezó a abrirme—. Este lugar es para mí.
Movió los dedos al ritmo de las embestidas. La doble estimulación me empujó al borde demasiado pronto. El sudor me corría por la espalda. Tenía los ojos entrecerrados de tanto placer. Andrés me agarró del pelo, me tiró suavemente hacia atrás y me obligó a mirar hacia abajo, hacia donde nuestros cuerpos se encontraban.
—Quiero que veas bien —dijo, arrastrando las palabras por el whisky y la lujuria.
Salió de mi sexo con un movimiento brusco. No pude apartar los ojos de la imagen: su miembro brillante por mi propia excitación, posándose en el otro lugar, hundiéndose despacio. La presión era casi imposible. Me dilató centímetro a centímetro. Sus ojos brillaron con una intensidad feroz.
—Joder, sí —murmuró, hundiéndose por completo.
Me soltó el pelo y volvió a tomarme las caderas con las dos manos. Cada retirada me dejaba con una sensación de pérdida. Cada vuelta me arrancaba un gemido nuevo. Andrés perdió la cabeza al ver una gota de mi propia humedad rodando por la pierna. Con un gruñido salvaje, salió y volvió a meterse en mi sexo, hundiéndose hasta el fondo.
—Mierda, eres perfecta —jadeó, embistiendo sin freno—. Mírate, cómo me la tomas… disfrutando cada segundo.
Estiró la mano y me frotó el clítoris al ritmo de los golpes. La estimulación extra me arqueó la espalda. Grité su nombre.
—Ordéñame —exigió, con la voz tensa por el esfuerzo de aguantar.
Me soltó el pelo, me dio una palmada suave en el pecho, después otra, y volvió a alternar entre los dos lugares con una crueldad medida. No pude evitar gemir de más.
—Espera… me lastimas… —dije, mordiéndome el labio, mirándolo con los ojos suplicantes pero brillantes.
Andrés se rio bajito, sin perder el ritmo.
—¿Te lastimo? —murmuró—. Pobre mi amor… siendo usada por su marido. Deberías agradecerme que te recuerde a quién perteneces. —Se inclinó y me mordió el lóbulo de la oreja otra vez—. No voy a dejar de usarte. Eres mía.
Con un último empujón brutal, se enterró hasta el fondo y su orgasmo explotó dentro de mí. Yo grité, mis paredes contrayéndose alrededor de él en oleadas. Le clavé las uñas en los hombros, mi cuerpo temblando entero, mi vista volviéndose blanca por un segundo.
—Andrés… —jadeé, con la voz irreconocible.
Él se aferró a mis caderas, los dedos clavándose en la carne, aguantando las réplicas de su propio clímax. Sentí cómo seguía latiendo dentro hasta la última gota. Salió con un chasquido húmedo. Bajó la mirada, satisfecho, mirando cómo el semen caía despacio.
Recogí lo que goteaba con dos dedos y me los llevé a la boca, sosteniéndole la mirada. Sus ojos se abrieron de par en par. Un gruñido sordo le subió desde el pecho.
—Cuidado, mi vida —dijo, con una sonrisa entre cansada y peligrosa—. No vas a querer que enloquezca otra vez.
Sin avisar, me levantó en brazos y me apoyó la cabeza contra su pecho. Caminó hacia el baño con la camisa todavía colgándole de un hombro.
—Vamos a limpiarte y a la cama —murmuró, suavizando el tono—. Descansemos. Mañana pienso repetir.