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Relatos Ardientes

Mi lencería roja para una noche que no olvidaré

Llevábamos siete meses hablando todos los días. Mensajes a las tres de la mañana, llamadas que se estiraban hasta que la batería se moría, fotos que ninguno de los dos guardaba pero que ambos volvíamos a pedir. Damián vivía a seiscientos kilómetros de mi piso, en una ciudad pegada al mar; yo, en un cuarto interior de la capital. Esa distancia había sido una excusa cómoda durante medio año. Hasta que dejó de serlo.

La idea del hotel a mitad de camino fue mía. Reservé sin avisarle, le mandé la confirmación una mañana de noviembre y esperé. Tardó cuarenta segundos en responder.

—Voy.

Ésa fue toda la conversación.

Elegí Nochevieja por una razón sencilla: si era una mala idea, al menos sería una mala idea con cuenta atrás. Si era una buena idea, ningún otro escenario podría competir con esa.

***

El día treinta y uno conduje cuatro horas y media con una bolsa pequeña en el asiento del copiloto. Dentro había un vestido negro corto, unos tacones que casi nunca uso y un conjunto de lencería roja que había comprado dos semanas antes en una tienda donde no me conocía nadie. Me probé tres modelos antes de elegir ése. Encaje fino, tiras que se cruzaban en el centro del pecho, una braguita que cubría apenas lo justo del coño. No era un regalo para él; era una promesa que me hacía a mí misma: esa noche me iba a follar a Damián como llevaba meses imaginándolo mientras me metía los dedos a solas en mi cama.

Llegué al hotel a las seis. Damián, a las seis y veinte. Lo vi cruzar el vestíbulo desde la barra del lobby, con una mochila al hombro y una cara que conocía de las videollamadas pero que en persona, bajo la luz tibia de las lámparas, era distinta. Más cansada de viaje. Más real.

—Hola —dijo, parándose a un metro.

—Hola —contesté yo, sin moverme.

El abrazo duró un segundo más de lo que la cortesía recomendaba. No me besó en la mejilla. Yo tampoco a él. Subimos a registrarnos sin hablar mucho.

—¿Una habitación o dos? —preguntó la chica de recepción.

—Una —dije yo, antes de que él pudiera dudar.

Damián me miró. Yo no aparté la vista. Y ahí, en ese mostrador de mármol con un árbol de Navidad parpadeando detrás, ya no había nada que negociar. Él sabía que subía conmigo a esa habitación a follarme.

***

Cenamos a las nueve en el restaurante del hotel. Él se había puesto camisa azul oscura, las mangas dobladas hasta el codo. Yo, el vestido negro y los tacones. La luz era baja y las mesas estaban lo bastante separadas como para que cada conversación pareciera privada. Pedimos vino. Comimos despacio, casi sin mirar el plato.

—¿Te imaginabas esto? —pregunté en algún momento.

—Cada día —contestó él—. Pero no me lo imaginaba así.

—¿Cómo?

—Más cómodo. Más fácil de decir.

Me reí, pero le rocé la mano sobre el mantel y no la retiré. Él tampoco. La conversación siguió, atravesada de silencios cargados, de frases empezadas y dejadas a medias. Debajo de la mesa yo tenía los muslos apretados, y cada vez que me acordaba de la braguita roja de encaje que llevaba puesta, sentía un pinchazo caliente entre las piernas. Hablamos de los meses anteriores como si fueran un país del que ya estábamos saliendo.

Si esto sale mal, pensé, va a doler de verdad.

***

A las once y media nos llevaron las uvas. A las once y cincuenta y nueve, todo el restaurante se puso de pie con las copas en alto. La televisión de la barra mostraba la plaza de la capital, el reloj. Damián estaba al lado de mi silla. Cuando empezaron las campanadas, lo miré.

—Feliz año —dijo él, cuando sonó la última.

—Feliz año.

El primer beso fue lo que se espera de un primer beso de medianoche. Corto, cálido, con sabor a cava. El segundo no. El segundo lo decidimos los dos al mismo tiempo, sin separarnos, sin abrir los ojos, sin mirar a nadie. Su lengua se metió entera en mi boca, buscando la mía, y yo le mordí el labio inferior sin darme cuenta. Su mano me sostuvo la nuca y la otra me bajó por la espalda hasta rozarme el culo por encima del vestido. Yo sentí que el restaurante entero se apagaba un segundo, y sentí también, cuando me pegué a él, el bulto duro de su polla contra mi cadera. Cuando nos separamos, había un camarero a tres metros sonriendo y haciendo como que no miraba.

—¿Subimos? —dije, en un tono más bajo.

Él asintió. No comimos las uvas.

***

La habitación estaba en la cuarta planta. Una cama amplia, una lámpara encendida, las cortinas medio descorridas. Desde la ventana se veía la calle y un grupo de gente con gorros de fiesta volviendo de la plaza. Cerré la cortina.

Damián se quedó cerca de la puerta, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, como si no supiera muy bien qué hacer. Era un gesto que no le había visto nunca, ni siquiera por videollamada. Le pareció gracioso a la parte de mí que aún podía pensar.

—Ven —le dije.

Vino. Me besó otra vez, y esta vez sí me subió las manos por la espalda hasta la cremallera del vestido. La bajó despacio, sin dejar de mirarme. El vestido cayó al suelo en un segundo y de pronto él se quedó quieto, con los brazos a los lados, como si necesitara mirar antes de tocar. Yo estaba de pie delante de él en tacones y en el conjunto rojo, con los pezones ya marcándose bajo el encaje.

—Joder —dijo, en voz baja—. No me lo habías dicho.

—No te lo iba a decir.

Se acercó. Me apartó el pelo del hombro con dos dedos y dejó la mano apoyada en mi cuello. Después bajó la mirada al encaje, a la línea de las tiras que se cruzaban en X entre mis pechos. Vi cómo se demoraba en un punto concreto: un lunar pequeño, oscuro, justo encima del borde del sujetador. Sonreí sin poder evitarlo.

—Llevo siete meses queriendo besarte ahí —dijo.

—Hazlo.

Bajó la cabeza y apoyó los labios en el lunar con una lentitud que no era teatral, era de verdad. Como si estuviera midiendo el tiempo de otra forma. Sentí el aliento caliente sobre el encaje, las yemas de sus dedos rozándome las costillas, la espalda apoyada contra la pared. Su otra mano bajó por mi vientre y se metió por dentro de la braguita, dos dedos abriéndose paso hasta encontrarme el coño empapado. Soltó un gruñido bajo, contra mi pecho.

—Estás chorreando —dijo.

—Llevo toda la cena así.

Me metió el dedo corazón entero y yo me apoyé más contra la pared para no doblar las rodillas. Lo movió despacio, buscando, hasta que encontró el punto exacto por dentro y empezó a frotarlo con la yema mientras el pulgar me buscaba el clítoris por encima del encaje. Solté el aire que llevaba conteniendo desde la cuenta atrás.

—Damián…

—Espera —murmuró—. Déjame mirarte un segundo más.

Sacó los dedos brillantes, se los llevó a la boca sin dejar de mirarme, y los chupó despacio. Se me contrajo todo por dentro nada más de verlo.

***

Me tumbé en la cama yo sola. Él se quitó la camisa de pie y se quedó así, con los pantalones todavía puestos, la mirada baja, como si quisiera empezar por algún sitio concreto y no encontrara cuál. Acabó por sentarse al borde, tomarme el tobillo y besarme el empeine.

Lo hizo tan despacio que me reí, nerviosa. Subió por la pantorrilla, se detuvo en el hueco de detrás de la rodilla. Cuando llegó al muslo interno yo ya había dejado de reírme. Tenía las dos manos en las sábanas, los ojos cerrados, la respiración corta. Su boca llegó a la cadera, al borde del encaje rojo, y allí se quedó mucho tiempo. Tanto que llegué a pensar que iba a aspirar todo el aire de la habitación.

—Si sigues así no aguanto —dije.

—Esa es la idea —contestó.

Me arrancó la braguita por un lado, tirando del encaje hasta que cedió, y me abrió las piernas con las dos manos, sin pedir permiso. Cuando su lengua me tocó el coño por primera vez, arqueé la espalda entera. Empezó por el clítoris, con círculos lentos, apretando la punta de la lengua ahí donde más lo necesitaba. Después bajó, me abrió los labios con los dedos y me metió la lengua dentro, follándome con ella como si tuviera todo el tiempo del mundo.

—Joder, joder, joder…

Le agarré del pelo. Lo apreté contra mí sin querer, y él dejó escapar una risa baja que vibró contra mi coño y me sacó otro espasmo. Volvió al clítoris, esta vez chupándomelo entero con los labios, y al mismo tiempo me metió dos dedos y los curvó hacia arriba, buscando el punto que había encontrado antes. Sentí la primera oleada subir de golpe, sin aviso.

—Voy a…

—Córrete —dijo, sin sacar la boca—. Córrete en mi cara.

Me corrí gritando, con las dos manos aún agarradas a su pelo, las piernas cerradas alrededor de su cabeza. Él no paró hasta que yo lo aparté, temblando, incapaz de aguantar el roce ni un segundo más.

Subió por el vientre, por las costillas, hasta los pechos. Me desabrochó el sujetador con una mano, sin prisa, y dejó el encaje a un lado. Cuando su lengua rodeó el pezón sentí cómo se me erizaba toda la piel del brazo, hasta los dedos. Me lo chupó fuerte, mordiéndolo apenas, mientras con la otra mano me amasaba la otra teta. Mordí el aire. Le tiré del pelo sin querer.

—Perdona…

—No pidas perdón por eso.

Volvió al lunar. Lo besó otra vez, como si fuera una puntuación, una forma de cerrar capítulos. Después siguió por el cuello, la mandíbula, la oreja. Susurró algo que no era una frase, algo entre mi nombre y un suspiro. Pegué la cadera contra él. Sentí, contra el muslo, lo evidente: la polla dura, aún atrapada dentro del pantalón, pidiendo salir. Llevaba esperándola tanto que casi me dio vértigo.

***

—Para —le dije, de pronto.

Levantó la cabeza, alarmado. Tenía la cara enrojecida, los labios brillantes de mi corrida y la barbilla mojada.

—¿Qué pasa?

—Nada. Solo… ahora me toca a mí.

Se rió bajo, aliviado. Yo lo empujé con suavidad para que se tumbara boca arriba y me arrodillé a un lado. La habitación se había calentado sin que ninguno de los dos lo notara. Le desabroché el cinturón. El pantalón cayó al suelo igual que mi vestido. Los calzoncillos los dejé un momento más, no por pudor, sino por estirar yo también esa cuerda tensa. Le pasé la mano por encima de la tela, sintiendo el bulto duro, la forma entera de la polla contra mi palma. Damián apretó los dientes.

Empecé por los pies, igual que él, devolviéndoselo paso a paso. La piel del empeine, la cara interna del tobillo, la pantorrilla. Cuando llegué a la rodilla, él ya tenía las dos manos en mi pelo, no para guiarme, solo para tocarme. Subí por el muslo. Apoyé la mejilla en su cadera. Sentí su pulso bajo la mandíbula.

—Lucía —dijo.

—¿Qué?

—Nada. Solo quería decirlo en voz alta.

Le bajé los calzoncillos de un tirón y la polla saltó fuera, dura, gruesa, con la punta ya brillante. Me quedé un segundo mirándola antes de agarrarla por la base. Era más grande de lo que había imaginado en las videollamadas, y en las videollamadas ya me la había imaginado bastante.

—Joder, Damián.

—¿Qué?

—Nada. Cállate.

Lo besé despacio, con la boca abierta, mirando hacia arriba para verle la cara. Le pasé la lengua por toda la longitud, de abajo arriba, y me detuve en la punta a chupársela lenta, cerrando los labios alrededor del glande. Damián cerró los ojos, apretó la mandíbula, dejó escapar un sonido ronco que no le había oído nunca, ni en las videollamadas más íntimas de los últimos meses. Me la fui metiendo entera, poco a poco, hasta que me golpeó el fondo de la garganta y tuve que respirar por la nariz. Empecé a subir y bajar la cabeza, marcando el ritmo yo, con la mano rodeando lo que no me cabía en la boca.

—Así, joder, así…

Le miré desde abajo, con los labios estirados alrededor de su polla, y sentí que se le tensaban las caderas hacia arriba. Le solté un segundo para respirar y le lamí los huevos, uno y otro, chupándoselos con la boca abierta mientras la mano seguía trabajándole la polla arriba y abajo. Cuando volví a metérmela entera en la boca, él me apartó tirándome del pelo con cuidado.

—Para, para, para.

—¿Qué?

—Que me corro. Y no me quiero correr todavía.

Sonreí con la boca aún llena de saliva. Subí por el abdomen, por el pecho, hasta su boca. Le besé como si llevara meses guardándolo, porque era exactamente eso. Él me sostuvo la cara con las dos manos, sin importarle probarse en mí.

—¿Tienes…? —pregunté, sin terminar la frase.

—En la mochila.

—Ve.

Se levantó descalzo y volvió en cinco segundos, la polla balanceándose delante de él. Lo abrí yo. Se lo puse yo, desenrollándoselo despacio con las dos manos, apretándole la base al final. Lo miré a los ojos todo el tiempo, sin sonreír, sin teatro. Era la parte que más fantasía me había dado en los últimos meses, y quería estar presente del todo.

***

Me senté sobre él despacio. Me agarré la polla con la mano, me la puse en la entrada y bajé, dejándola entrar centímetro a centímetro. Sentí cómo se me abría por dentro, cómo el coño empapado la iba tragando entera hasta que las caderas mías tocaron las suyas y él me llenó del todo. Solté un gemido largo, y él a la vez.

—Joder, qué apretada estás.

—Y tú qué grande.

Sentí cómo se le tensaba el cuello, cómo apretaba las manos contra mis caderas, cómo intentaba no correrse en el primer movimiento. Yo tampoco quería terminar. No así, no todavía.

Me moví apenas. Un balanceo corto, controlado. Apoyé las manos en su pecho. Él subió las suyas hasta mis tetas y me las apretó, torciéndome los pezones entre los dedos. Nos quedamos un minuto entero así, casi quietos, respirando el mismo aire, mirándonos como si fuera la primera vez que nos veíamos de verdad. Y de alguna forma lo era. Después empecé a subir y a bajar de verdad, apoyándome en sus muslos, dejándole ver cómo la polla entera entraba y salía de mí, brillante de mí.

—No quiero que se acabe —dijo él.

—Pues no se acaba todavía.

Cambiamos de postura tres veces. Hubo un momento en que él estaba detrás, de rodillas, una mano abierta en mi vientre, la otra en mi cadera, y yo tenía la frente apoyada en el cabecero y el culo levantado para recibirlo. Me follaba fuerte desde ahí, con la cadera chocando contra mis nalgas, y con la mano de delante me buscó el clítoris y empezó a frotármelo al mismo ritmo. Cada embestida me hacía soltar un jadeo distinto, cada vez más grave.

—Dime cómo lo quieres —me dijo al oído, mordiéndome la nuca.

—Más fuerte. Fóllame más fuerte.

Y me lo dio. Me agarró del pelo, no tirando, solo sujetándomelo, y aceleró hasta que la cama entera empezó a golpear la pared. Yo empujaba el culo hacia atrás, buscándolo, apretándomele con el coño cada vez que la sacaba casi entera.

Hubo otro momento en que estábamos de lado, frente a frente, sin movernos casi, riéndonos en algún punto sin saber muy bien por qué. Él tenía una pierna mía enganchada sobre su cadera y se movía despacio, hasta el fondo, sin salir apenas, mientras me miraba a los ojos y me pasaba el pulgar por el labio inferior. Yo le chupé el pulgar sin dejar de mirarlo. Se le nubló la cara un segundo.

Hubo otro en que volvió a estar encima, lento, profundo, con la frente pegada a la mía y mi nombre repetido como un susurro entre cada respiración. Yo tenía las piernas cerradas alrededor de su culo, los talones clavados, tirando de él hacia dentro cada vez que empujaba. Me pasaba una mano por debajo de la espalda para levantarme un poco y darme mejor, y con la otra me sujetaba la cara para no dejar de mirarme.

—Mírame —me decía—. Mírame, Lucía, no cierres los ojos.

Los abrí. Los mantuve abiertos incluso cuando sentí que se me venía otra vez, cuando el nudo caliente empezó a formarse otra vez abajo, más grande que el primero, empujando por salir. Le clavé las uñas en la espalda.

—Otra vez —dijo—. Córrete otra vez. Conmigo dentro.

Llegué primero yo, sin avisar, con un sonido que no reconocí como mío, con el coño apretándole la polla en espasmos. Él me esperó un segundo más, lo justo para mirarme, y después dejó de aguantar. Lo sentí correrse dentro, con dos, tres embestidas duras hasta el fondo, gimiendo contra mi cuello. Lo abracé fuerte hasta que se quedó quieto, con la cara hundida en el hueco de mi cuello y la polla todavía dura dentro de mí.

—Joder —dijo, otra vez, contra la piel.

Me reí. No supe contestar otra cosa.

***

Nos quedamos en silencio un rato. La calefacción zumbaba. Una pareja se reía en el pasillo. Damián tenía el brazo cruzado sobre mi cintura y la nariz pegada a mi hombro. Yo le acariciaba el pelo de la nuca, despacio, como si fuera lo único que sabía hacer en ese momento.

—¿En qué piensas? —preguntó.

—En que llevamos siete meses hablando y solo ahora sé qué pasa cuando te quedas callado.

—¿Y qué pasa?

—Que también hablas.

Se rió bajo. Me besó la sien.

—¿Volvemos abajo? Aún tenemos las uvas.

—Las uvas se han pasado.

—Pues otra cosa.

Acabamos pidiendo al servicio de habitaciones a las tres de la mañana. Sándwiches y una botella pequeña de cava, porque no quedaba mucho más. Comimos en la cama, medio vestidos, hablando de tonterías como si nos conociéramos desde hacía años. En algún momento volvió a tocarme el lunar y sonrió.

—Ahí me quedo a vivir —dijo.

—Es un lunar, Damián. No cabes.

—Me hago pequeño.

Media hora más tarde tenía la mano otra vez entre mis piernas, jugando con mi coño empapado, y yo tenía la suya en mi mano, notando cómo se le ponía dura otra vez despacio. No dormimos mucho esa noche.

***

El uno de enero amanecí con la luz del sol entrando por la rendija de la cortina que no había cerrado del todo. Damián seguía dormido, boca abajo, con un brazo cruzado sobre mi pecho. La lencería roja estaba en el suelo, junto a sus calcetines, rota por un lado, formando una composición que cualquier fotógrafo habría querido robar.

Me quedé un rato así, mirándolo. Tenía la sensación rara de que algo no había empezado esa noche; algo había terminado. La distancia que habíamos cuidado durante medio año, esa coartada cómoda, ya no existía. Lo que viniera después iba a ser otra cosa: más complicado, más real, probablemente más doloroso. No me importaba.

Cuando se despertó, me miró, parpadeó dos veces y sonrió como si todavía no se creyera que estuviera ahí.

—Feliz año —dije yo, esta vez en voz baja.

—Feliz año —contestó él.

Y eso, lo que confieso aquí ahora, fue solo el principio.

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Comentarios(8)

Sebas22

Que bueno!!! me atrapó desde la primera frase

MartinaR

Ay me sentí tan identificada jaja. Esa tensión de esperar sin saber si va a pasar algo real... increible como lo contaste

Tigre_baires

Esperando la segunda parte. Se hizo cortísimo!

CuriosaTotal88

¿Hubo segunda cita? Quedé con ganas de saber jajaja

PamelaRosario

Me encantó, lo leí dos veces. Muy bien contado y sin vulgaridades, se agradece

LucioCba

Excelente!! Seguí así

NicoFromBsAs

Me recordó a una cita que tuve hace unos años, de esas que sabés que son ahora o nunca. Lo contaste genial

Sole77

Buenísimo. La escena del restaurante me puso ansioso jaja, bien lograda

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