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Relatos Ardientes

El masaje que jamás le conté a mi mujer

Trabajo frente a una pantalla entre diez y doce horas al día. Lo hice durante años sin prestar atención a la postura, sin pausas, sin ejercicio. El resultado fue predecible: una contractura crónica en la zona lumbar que me dejaba el lunes con el mismo dolor que el viernes. Mi novia —ahora mi esposa— me lo repetía cada semana: «Vas a terminar con la espalda destrozada». Y tenía razón.

Fue ella quien me habló del lugar. Un centro de masajes al que iba una compañera de su trabajo, nada de lujos innecesarios, pero con un masajista que supuestamente hacía milagros con las contracturas. Me pasó el teléfono, hice la cita sin muchas expectativas y un martes por la tarde me planté allí.

El local estaba en un segundo piso, con luz cálida, música instrumental a volumen bajo y ese olor específico a aceite de almendras que tienen todos los sitios de este tipo. Me recibió el propio masajista. Se llamaba Andrés. Tendría más o menos mi edad —por entonces yo tenía treinta y tres— aunque el físico lo hacía difícil de precisar. Era alto, de complexión atlética, con las manos grandes de alguien acostumbrado a trabajar con los músculos, y tenía esa calma profesional que te hace confiar de entrada sin saber muy bien por qué.

—Cuéntame dónde te duele —me dijo mientras me ofrecía un vaso de agua con jengibre.

Le expliqué lo de la espalda: las horas frente al ordenador, la mala postura, los meses acumulando tensión sin hacer nada al respecto. Él asintió con una especie de reconocimiento, como si escuchara la misma historia veinte veces por semana. Me indicó el vestuario, me dijo que me quedara en ropa interior y que pasara a la sala cuando estuviera listo.

La sala era pequeña, limpia, con una camilla cubierta por una sábana blanca. Me tumbé boca abajo y esperé. Andrés entró unos segundos después, se frotó las manos para calentarlas —un gesto que agradecí— y empezó a trabajar sin más preámbulo.

Durante los primeros minutos me concentré en el dolor. Sus pulgares encontraban los nudos exactos con una precisión que solo se aprende a fuerza de repetición. Era esa presión que duele de la manera correcta, que hace que el músculo primero se resista y luego ceda. Trabajó la zona lumbar primero, luego subió hacia los trapecios. Cada tanto me preguntaba si la presión era la adecuada. Yo respondía con monosílabos porque estaba en ese estado entre el sueño y la vigilia que produce un buen masaje.

—¿Todo bien? —preguntó en algún momento.

—Muy bien —murmuré.

Y era verdad. Hacía meses que no me sentía tan relajado. Me olvidé del trabajo, de los proyectos sin terminar, del teléfono que había dejado en el vestuario. Solo existía esa presión que recorría mi espalda de arriba abajo, sistemática y precisa.

Pasados unos veinte minutos, Andrés me avisó que iba a continuar con los muslos y las pantorrillas. Le dije que adelante. Empezó desde los pies, con movimientos lentos y firmes que subían poco a poco por las piernas. Cerré los ojos y dejé que la mente vagara.

Y entonces me vino a la cabeza mi novia.

No sé exactamente por qué en ese preciso momento. Quizás porque fue ella quien me había recomendado el lugar. Quizás porque el masaje en las piernas tenía algo íntimo que me hizo pensar en el contacto físico de otra manera. Me pregunté si ella vendría a un sitio así alguna vez, si tendría sesiones parecidas, si un masajista le recorrería las piernas del mismo modo. Me la imaginé desnuda boca abajo, con otro tipo abriéndole las piernas, hundiéndole los dedos en los muslos, subiéndole por dentro hasta rozarle el coño con el pulgar. La imagen me generó algo que no supe nombrar de inmediato. Un malestar agradable, difuso, que no apuntaba a ningún lado concreto.

Lo que sí supe es que en ese momento tenía la polla dura como una piedra.

Agradecí estar boca abajo. Me pareció hasta gracioso. Treinta y tres años, una contractura y una erección inexplicable en la camilla de un masajista. La tenía aplastada contra la sábana, hinchada, latiéndome contra la camilla al ritmo del corazón. Solté el aire despacio y me dije que era normal, que el cuerpo responde a estímulos físicos sin pedir permiso a la cabeza.

Andrés seguía trabajando hacia arriba. Los dedos llegaron a la parte interna de los muslos y en un movimiento rozaron una zona que me hizo tensarme sin querer. El roce fue apenas un segundo, un nudillo pasando cerca de mis huevos, pero me atravesó de arriba abajo.

—¿Te incomoda algo? —preguntó.

—No, para nada. Sigue.

Siguió. Y yo seguí pensando en mi novia, y en si ella respondería igual a ese contacto, y si eso me molestaría o me parecería excitante. Imaginé a ese tipo metiéndole dos dedos, imaginé la cara de ella mordiéndose el labio para no gemir, y toda esa película se me mezclaba con las manos de Andrés amasándome los cuádriceps a centímetros de la entrepierna. Era un pensamiento circular que me mantenía en ese estado de tensión que no terminaba de resolverse. La polla se me chorreaba de líquido preseminal contra la sábana y no había forma de disimularlo.

Entonces Andrés llegó a los glúteos.

Me avisó antes, levantó la sábana con cuidado y empezó a trabajar esa zona con movimientos amplios y lentos. Amasaba las nalgas con las dos manos, abriéndolas y cerrándolas, y cada vez que las abría el aire fresco me golpeaba el culo desnudo y el ojete se me contraía sin permiso. Yo seguía notando la verga aplastada contra la camilla, y me pregunté si él lo notaría. Seguramente habrá visto de todo en este trabajo, pensé. No debe de ser ninguna novedad para él.

Lo que vino después no lo esperaba.

Sus dedos, al descender desde los glúteos, rozaron brevemente la zona entre mis piernas. Pasó el pulgar por el perineo, con aceite, y siguió de largo hasta la cara interna del muslo como si nada. No fue un roce torpe ni accidental. Fue calculado, preciso, justo en el límite entre lo involuntario y lo deliberado. Me quedé inmóvil. Todo mi cuerpo prestó atención al mismo tiempo. Se me escapó un jadeo corto contra la sábana.

—Si en algún momento algo te resulta incómodo —murmuró—, me avisas y paro.

No dije nada.

El siguiente contacto no dejó margen para la ambigüedad. Su mano bajó otra vez por la raja del culo, esta vez sin disimulo, con el pulgar aceitado apretando justo sobre el agujero, sin meterlo, solo presionando en círculos. Sentí su mano moverse con una intención clara, y yo abrí ligeramente las piernas sin pensarlo, como si mi cuerpo hubiera tomado la decisión antes de que mi cabeza tuviera oportunidad de opinar. Se me escapó el aire de golpe. Estaba excitado de una manera que no tenía nada que ver con los pensamientos sobre mi novia. Era más directo que eso. Más real y más presente.

No me detuve a analizarlo. No pregunté qué estaba pasando ni adónde iba aquello. Solo dejé que sucediera.

Andrés tomó el control con la misma calma con la que había conducido todo el masaje. Deslizó la mano por debajo, entre mi vientre y la camilla, y me agarró la polla. La tenía dura, mojada, hinchada de tanto rato aplastada. Cerró el puño con firmeza, aceitado, y empezó a masturbarme despacio, con el mismo ritmo profesional con el que antes había trabajado los trapecios. Me pidió que levantara un poco la cadera para que estuviera más cómodo. Lo hice, alcé el culo de la camilla y le dejé sitio para que la mano se moviera libre. Con la otra mano me seguía trabajando el agujero, el pulgar presionando y aflojando, y de a poco el dedo empezó a entrar, primero hasta el nudillo, después entero, girando dentro de mí con paciencia. Después de ese momento, cualquier ambigüedad desapareció por completo.

Era la primera vez que un hombre me tocaba así.

Me esperaba incomodidad, quizás algo de vergüenza. No sentí ninguna de las dos cosas. Sentí sus manos, que eran buenas manos, una que me pajeaba con un ritmo perfecto y otra con el dedo enterrado en el culo tocando algo por dentro que no sabía que existía, un punto que me hacía apretar los dientes y empujar la cadera contra su puño sin querer. Se me escapó un gemido largo, ronco, que amortigüé contra la sábana. La excitación me sorprendió por su intensidad. Me perdí en eso y no traté de encontrarme.

En algún momento noté que él también estaba excitado. Sentí su contacto cerca de mi mano, sin que yo lo buscara, simplemente estaba ahí. Se había bajado el pantalón. Sentí el bulto duro rozándome los nudillos, caliente, con la piel tirante. No la retiré. Él no dijo nada. Dejé que mis dedos exploraran, primero con cautela, luego con más certeza. Envolví lo que encontré: una polla gruesa, dura, con la punta ya mojada. La apreté y él soltó el aire por la nariz, la primera reacción no profesional que le oía en toda la sesión. Vertió aceite sobre mi mano y el gesto fue tan natural, tan dentro de su registro, que casi me hizo reír: incluso en esto era meticuloso. Empecé a masturbarlo despacio, aprendiendo la forma, sintiendo cómo el prepucio se deslizaba bajo mi puño, cómo se le hinchaba más con cada pasada.

Me pidió que me pusiera boca arriba.

Lo hice. Me sentí expuesto de una manera que no era desagradable. La polla me apuntaba al techo, brillando de aceite, dura hasta doler. Él se quedó de pie a un lado de la camilla, con el pantalón bajado hasta los muslos y la verga por fuera, gruesa y erguida, apuntándome. La cabeza roja, brillante, con una gota colgando de la punta. Me la puso al alcance de la mano y yo volví a agarrarla sin pensarlo. Él continuó con sus manos, una masturbándome con el puño cerrado y la otra jugando con mis huevos, apretándolos con cuidado, tirando de la piel del escroto. Yo tuve acceso a explorar por mi cuenta, mi puño subía y bajaba por su polla con más soltura, sentí el pulso latiéndole por dentro, la vena gorda de abajo.

Hubo un momento en que se inclinó y su boca sustituyó a sus manos. Se metió la mitad de mi polla en la boca de una sola pasada, sin avisar, y ese momento borró cualquier otra posibilidad de pensamiento. Sentí la lengua envolviéndome el glande, la succión constante, cómo bajaba hasta la base y volvía a subir con los labios apretados. Se me arqueó la espalda contra la camilla. Le agarré la nuca sin querer, y él siguió, chupándomela con una técnica que era demasiado buena para ser casual. Me la sacaba de la boca con un ruido húmedo, me lamía los huevos uno a uno, me pasaba la lengua por el perineo y volvía a subir hasta tragarme entero. Solo existía la sensación, concreta y sin nombre.

Yo hice lo mismo. Se acercó más, me puso la polla a la altura de la cara, y yo abrí la boca casi por instinto. Encontré el ritmo sin saber de dónde venía. La primera embestida me llegó hasta atrás y me atraganté un segundo, pero ajusté. Sentí el peso de esa verga en la lengua, el sabor salado del preseminal, la piel caliente resbalando contra el paladar. Le agarré la base con la mano y usé la boca para el resto, subiendo y bajando, chupando fuerte al llegar al glande como me habría gustado que me lo hicieran a mí. Él respiraba pesado por encima, murmurando algo que no llegué a entender, pero que sonaba a aprobación. Era algo que nunca había hecho y sin embargo no me resultó extraño, solo distinto. El cuerpo sabe cosas que la cabeza no ha tenido tiempo de catalogar todavía.

Volvió a bajar sobre mi polla y me la mamó en serio esta vez, agarrándomela por la base y masturbándome mientras la punta le entraba y salía de la boca. Con la mano libre me buscó el culo otra vez, me volvió a meter el dedo, ahora dos, curvándolos hacia arriba, presionando ese punto de antes. Yo seguí chupándole la verga, con la mano en su culo también, apretándoselo, sintiendo cómo empujaba la cadera contra mi cara. Estábamos los dos jadeando, resbalosos de aceite y saliva, la sala llena de esos ruidos húmedos que no dejaban dudas de lo que estaba pasando.

***

El final llegó rápido para los dos. Primero él, con un sonido breve que rompió el silencio de la sala. Sentí cómo la polla se le hinchaba entre mis labios, cómo se le tensaba todo el cuerpo, y después el primer chorro me golpeó el paladar, caliente y espeso. La saqué a medias y el segundo me cayó en la cara, en los labios, en la barbilla. Se corrió abundante, con la respiración cortada, sujetándose a la camilla para no perder el equilibrio. Después yo, con una intensidad que no esperaba. Bastó con que volviera a cerrar el puño alrededor de mi polla y bombeara tres o cuatro veces con los dedos todavía enterrados en el culo. Me corrí a chorros contra mi propio vientre, largos, salpicándome hasta el pecho, con un temblor que me recorrió las piernas y me dejó unos segundos completamente quieto, sin poder moverme ni querer hacerlo. Sentí su semen todavía en la boca, tragué sin pensarlo.

Nos quedamos así un momento. Andrés rompió el silencio:

—Las contracturas deberían estar mejor ahora —dijo, y había algo entre la ironía y la satisfacción profesional en su voz.

Me reí. Una risa breve, sincera, que distendió lo que podría haber sido un momento raro.

Se retiró del cubículo. Yo me limpié, me vestí, recogí mis cosas. Al salir, Andrés me trató igual que al principio: una sonrisa profesional, un apretón de manos, nos despedimos. Nada fuera de lo ordinario. Como si fuera una cita más en su agenda de la tarde.

En el coche, de camino a casa, no sentí culpa. No sentí confusión. Sentí algo parecido a la sorpresa tranquila, como cuando descubrís que un plato que nunca habrías pedido resulta ser exactamente lo que necesitabas en ese momento. Todavía tenía el sabor de su corrida en el fondo de la garganta y el culo me palpitaba suavemente contra el asiento.

Lo que sí sentí fue la pregunta instalándose en algún lugar de la cabeza, sin urgencia pero sin marcharse: ¿qué hago con esto ahora?

A mi mujer no se lo conté nunca. No sé si hay algo que contar, en realidad. Pasó, fue intenso, y no cambió nada de lo que soy ni de cómo me siento con ella. Pero tampoco puedo decir que no me viene a la cabeza cuando menos me lo espero, en los momentos más tranquilos, cuando el cuerpo recuerda por su cuenta lo que la cabeza preferiría tener clasificado.

Algunas cosas no tienen categoría. Solo existieron, y eso tiene que ser suficiente.

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Comentarios(9)

GabiLectora

Que buen relato, me atrapó desde la primera línea. Las confesiones bien escritas tienen algo que los otros no.

MarcoNoche

Esperando la segunda parte!! No podés dejarnos así jaja

LaViajera_M

Me recordó a algo que me pasó en un viaje hace años. Hay experiencias que uno no cuenta y se las lleva para siempre.

CrisM_2303

buenísimo!!!

HernanB77

¿Y volviste alguna vez? jajaja. Muy bien contado, se nota que hay algo de real ahí

Meli_cordoba

Las confesiones son las que mas me gustan y esta tiene algo diferente, mas íntimo que la mayoría.

TomásRB

El titulo solo ya te vende el relato. Y despues lo lees y todavía mejor, tremendo

AlbaLectora

Se hizo cortísimo, quede con ganas de saber mas!

PatricioCO

Me dejaste pensando un rato largo. Muy bien escrito, gracias

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