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Relatos Ardientes

La confesión que lo cambió todo en el internado

Nací en una familia de principios inamovibles. Mi madre provenía de una larga tradición religiosa, y mi padre era católico de los que no negocian. Juntos formaban una pareja austera, dedicada al servicio de la parroquia y a la oración diaria. En casa, el calendario lo marcaban los santos, los ayunos y las misas.

Mi madre vestía siempre con ropa sobria: faldas largas, blusas abotonadas hasta arriba, sin escotes ni colores llamativos. Y a mí me vestía igual. Lo que ella no calculó es que tanto ella como yo teníamos una figura que la ropa más recatada no conseguía disimular del todo. Lo notaban los hombres del barrio, aunque fingieran no hacerlo. Mi padre, en cambio, parecía genuinamente ajeno a esas cosas. Según supe años después, mi madre y él apenas habían tenido intimidad desde que me concibieron.

Crecí sin amigas cercanas, sin televisión y sin teléfono propio hasta bien entrada la adolescencia. El colegio donde estudié era religioso, mixto en teoría, pero con una separación entre géneros tan estricta que parecía de otra época. Era buena alumna, callada, y era, por decisión de mis padres, completamente ignorante de todo lo que tuviera que ver con el cuerpo, el deseo o el sexo.

Hasta que las conversaciones en los baños del colegio comenzaron a llenar esos vacíos.

***

Las chicas hablaban sin bajar la voz cuando creían estar solas. Yo entraba despacio, me quedaba en el cubículo más alejado y escuchaba.

—¿Supieron lo de Daniela, la del segundo año? —decía una voz que reconocí como la de Fernanda, la más cotilla de la clase.

—¿Qué pasó?

—Que la tuvieron que sacar del colegio. Dicen que quedó embarazada del padre Esteban.

Un silencio breve, y después una exclamación colectiva.

—Pero si tiene quince años...

—Por eso la sacaron a ella, no a él. La mandaron a vivir con unos tíos en otra ciudad. Y al padre, nada. Porque la directora no quiere escándalos.

—¿Y es cierto lo de la hermana Graciela?

—Que la encontraron en su cuarto con una alumna. Las dos sin ropa. La chica se fue antes de que amaneciera, pero alguien las vio salir.

Risas ahogadas. Incomodidad mezclada con curiosidad.

—Dicen que tiene una habilidad especial para calmar a las alumnas que están nerviosas...

Más risas. Yo me quedé quieta hasta que salieron.

No podía dejar de pensar en lo que había escuchado.

No con repulsión, que era lo que se suponía que debía sentir. Sino con algo parecido a la curiosidad, mezclado con algo que todavía no sabía nombrar.

***

La noche en que todo cambió fue un martes de noviembre.

Me desperté poco después de la una de la madrugada con calor, sin saber bien por qué. Me levanté sin encender la luz, solo con el camisón de algodón fino que usaba para dormir, y fui hacia la cocina del internado, que estaba al fondo del pasillo principal.

Al pasar frente al cuarto de la hermana Graciela, vi que la puerta estaba entreabierta. Y vi también, a la luz tenue que se colaba desde adentro, a una chica que salía deprisa, con la ropa doblada sobre el pecho y los pies descalzos sobre el suelo frío.

Me quedé paralizada.

La chica desapareció por el corredor sin mirarme. Y entonces apareció la hermana Graciela en el umbral. Estaba completamente desnuda. Al verme, se quedó inmóvil también, con la mano aún en el borde de la puerta.

No sé cuánto tiempo pasamos así, mirándonos.

—Pasa —dijo, en voz baja.

Y yo entré. No sé por qué. O sí lo sé, pero me cuesta admitirlo: algo en mí quería entender qué había pasado en ese cuarto. Qué había hecho que esa chica saliera con esa expresión en la cara.

La hermana cerró la puerta con pasador. No dijo nada. Se acercó a mí por detrás, me apartó el pelo del cuello con cuidado, como si pudiera romperme, y me besó justo debajo de la oreja.

Sentí un temblor que empezó en los hombros y bajó hasta las rodillas.

Debería salir corriendo. Eso era lo que debía hacer.

Pero no me moví.

Me desnudó despacio, sin palabras. Sus manos recorrían cada curva como si estuviera leyendo algo escrito en mi cuerpo. Tenía las manos cálidas. Cuando me besó los senos, los labios en el pezón izquierdo, cerré los ojos y apoyé la cabeza hacia atrás sin darme cuenta.

Me recostó sobre la cama y me lamió despacio entre las piernas, con una precisión que me hizo doblar las rodillas y aferrarme a las sábanas. No sabía que el cuerpo podía sentir eso. No tenía referencia, no tenía comparación. Solo sabía que en algún momento empecé a temblar de una forma distinta, y que algo se abrió dentro de mí que no se cerró más.

Tuve tres orgasmos esa noche. Nunca había tenido ninguno.

Nos quedamos dormidas abrazadas hasta que comenzó a aclarar. Cuando la hermana Graciela me despertó, me dijo que volviera a mi cuarto antes de que el pasillo comenzara a llenarse. La obedecí.

Caminé de regreso con el camisón ligeramente arrugado y una sensación extraña en el cuerpo, como si me hubieran reorganizado por dentro.

***

Durante las semanas siguientes, volví a su cuarto varias veces. La hermana Graciela me enseñó cosas que yo absorbí con una rapidez que a veces la sorprendía. Aprendí a tocarla, a leerla, a entender cuándo quería que fuera despacio y cuándo no. Aprendí lo que era el placer sin nombres, sin categorías, sin la culpa que mis padres me habían instalado como si fuera un órgano más.

Pero la culpa llegó de todas formas. Tardó unas semanas, pero llegó.

Una tarde, mientras todos estaban en el refectorio, tomé la decisión de ir a confesarme. No sé exactamente por qué elegí al padre Esteban, el mismo del que hablaban las chicas en el baño. Quizás porque ya sabía que él no era un hombre que fuera a escandalizarse fácilmente.

Lo encontré en su despacho, revisando papeles. Me miró cuando entré y tardó un segundo más de lo necesario en apartar los ojos de mi figura.

—¿En qué puedo ayudarte, hija?

—Quiero confesarme, padre.

Me llevó a su habitación, no al confesionario. Me invitó a sentarme en el sofá pequeño que tenía junto a la ventana y sacó una botella de vino de consagrar, según dijo, para calmar los nervios.

Tomamos vino. Yo hablé. Le conté todo lo que había pasado con la hermana Graciela, con más detalle del que pretendía. El alcohol me había aflojado la lengua, y mientras relataba cada escena me daba cuenta de que recordarlas en voz alta me producía una excitación que no esperaba.

El padre Esteban escuchó sin interrumpirme. Tenía los codos apoyados en las rodillas y los ojos clavados en mí.

—¿Te tocó los senos? —preguntó cuando terminé.

—Sí, padre.

—¿Puedes mostrarme cómo lo hizo?

Debí haberme ido en ese momento. Debí levantarme y salir. Pero no lo hice. Me desabroché los botones superiores de la blusa y tomé su mano y la coloqué sobre mí.

Él comenzó a acariciarme con cuidado. El contacto de sus dedos era distinto al de la hermana Graciela: más pesado, más pausado, con una presión diferente que me hizo respirar más fuerte de inmediato.

—¿Y abajo? —preguntó—. ¿También te tocó ahí?

Levanté la falda. Me quité la ropa interior. Guié su mano.

Lo que siguió fue lento y metódico. Sus dedos exploraron con una calma deliberada que me sacó gemidos que intenté ahogar. Cuando notó que estaba completamente mojada, levantó la vista hacia mí con una expresión que era difícil de leer: mitad satisfacción, mitad algo más oscuro.

—¿Eres virgen? —preguntó.

—Sí —respondí.

—¿Quieres dejar de serlo?

No lo pensé demasiado.

—Sí, padre.

Se desvistió sin apuro. Cuando lo vi, entendí por qué las chicas del baño hablaban de él con esa mezcla de risa y admiración. Era mucho más grande de lo que yo había imaginado que podía ser. Me quedé mirándolo sin saber qué hacer, y él lo notó.

—Ven —dijo, y me guió con paciencia.

Me enseñó qué hacer con las manos, con la boca. Lo exploré con cuidado al principio, luego con más confianza, mientras él me miraba complacido y me decía que lo hacía muy bien. Sus palabras me excitaban casi tanto como el acto en sí. Tenía, según descubrí, una facilidad natural para ese tipo de aprendizaje.

Cuando llegó el momento de que me tomara, usó lubricante con cuidado y me acomodó sobre la cama. No voy a decir que no dolió, porque dolió. Pero el dolor fue breve, y lo que vino después fue algo para lo que no tenía palabras entonces.

Me entregué sin reservas. Él fue paciente al principio, y después, cuando ya no era necesario serlo, dejó de serlo.

***

Las semanas que siguieron son borrosas en mi memoria, pero de una forma agradable. Salía del cuarto de la hermana Graciela y cruzaba el pasillo hacia el del padre Esteban. O al revés. O los tres coincidíamos en algún momento, lo cual era otra cosa distinta y más complicada que también aprendí a manejar.

Antes de terminar ese año escolar, había dejado de ser la chica seria y reservada que nadie notaba en los pasillos. No es que hubiera cambiado mi forma de vestir ni mi comportamiento en clase. Pero algo en mí era diferente, y quienes saben mirar lo notaban.

Mi madre seguía vistiéndome con faldas largas cuando volvía a casa los fines de semana. Mi padre seguía rezando antes de cada comida. Y yo me sentaba a la mesa con ellos, respondía las preguntas sobre las notas y sobre las actividades del colegio.

Todo bien, mamá. Todo bien, papá.

Y pensaba en lo que me esperaba el lunes, cuando volviera al internado.

Nunca les dije nada. No había nada que decir. Ellos vivían en un mundo que para mí ya era completamente ajeno, aunque siguiera formando parte de él en apariencia. El colegio religioso que habían elegido para protegerme del mundo había sido, precisamente, el lugar donde más había aprendido sobre él.

Eso, creo, es lo que más les hubiera sorprendido si alguna vez lo hubieran sabido.

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Comentarios (6)

TomasLector

increible ese relato. el internado es un setting que da para mucho y este lo aprovecha muy bien, sin pasarse de la raya

ElDestapado

necesito la segunda parte ya!! me quede colgado con ese final

LauraV_cba

me trajo recuerdos de cuando estuve en un colegio con monjas, siempre habia misterios detras de las puertas cerradas. Muy buen relato, de verdad

hansolo69

buenisimo!!!

NocheLector77

me engancho desde el primer parrafo. ese suspenso que te mantiene leyendo es dificil de lograr, felicitaciones

SentirVerdad

lo que mas me gusto es como transmitiste la tension de ese momento, el quedarse mirando cuando debias irte. Eso es lo que hace memorable un relato. Espero la continuacion!

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