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Relatos Ardientes

La noche en que cumplimos la fantasía de los dos

Las vacaciones llegaron después de catorce meses sin tomarnos un respiro. Catorce meses en los que Roberto y yo nos habíamos cruzado en el pasillo de casa más que en la misma habitación. El trabajo, los compromisos, el cansancio acumulado. Todo eso se terminaba ese viernes cuando cerré la maleta y la arrastré hasta la puerta.

El apartamento era de mis padres: un edificio de cuatro plantas a dos minutos de la arena, con cuatro pisos por planta, locales en la baja y garaje subterráneo para los propietarios. Llevábamos yendo allí desde que éramos novios y conocíamos a casi todos los que venían. Ese año había una novedad: el apartamento que hacía esquina en nuestro rellano había cambiado de dueño y todavía no sabíamos quién iba a ocuparlo.

Llegamos a media mañana. El sol pegaba fuerte desde temprano y yo no tenía intención de seguir tapada más tiempo. Sin abrir las maletas cogí el bañador, una toalla y la crema solar, y le dije a Roberto que teníamos el mar esperando.

Saludamos a los vecinos de siempre, buscamos sitio en la arena y extendimos las toallas. Yo me quité la camiseta y me quedé solo con la parte de abajo del bikini. No soy especialmente exhibicionista, pero el sol de junio es una invitación que cuesta rechazar. Roberto se tumbó, se puso las gafas y fingió que leía, aunque yo sabía perfectamente que no leía.

Un poco después llegaron los cuatro.

Nuestro vecino del segundo nos los presentó. Víctor era el nuevo propietario del apartamento de nuestro rellano, un hombre de unos cincuenta años, bien plantado, con ese tipo de presencia que no necesita levantar la voz. A su lado, Marcos tenía cuarenta y algo, callado, con una sonrisa que asomaba poco pero que cuando aparecía lo hacía con propósito. Los otros dos eran claramente más jóvenes: Diego, de unos veinticinco, con los hombros anchos y esa facilidad de movimiento de quien hace deporte sin obsesionarse, y Pablo, un año o dos mayor, moreno y con unos ojos que miraban de frente sin pedir permiso.

No había demasiado espacio libre cerca de nosotros y pusieron sus toallas justo al lado. Mientras se desnudaban para quedarse en bañador, yo no aparté la vista. Me miraban a mí también, lo notaba sin necesidad de comprobarlo. Se lo hice saber con una sonrisa, y ellos respondieron de la misma manera.

Roberto bajó las gafas un momento, me miró de reojo y volvió a su libro.

Diego y Pablo se metieron en el agua enseguida. Se pusieron a tirarse una pelota con el agua por la cintura. Me levanté sin que nadie me invitara y me uní a ellos; es el tipo de juego que me gusta, sin reglas claras, sin que nadie lleve la cuenta. Corría entre las olas, saltaba cuando venía alguna, y cada vez que mis pechos salían del agua sentía los ojos de los dos clavados en mí. En algún momento Pablo se alejó nadando de espaldas y tardó varios minutos en volver.

Cuando salí del agua, Víctor estaba sentado junto a Roberto. Los dos miraban hacia el mar con sus bebidas. Marcos estaba tumbado boca arriba con un sombrero sobre la cara.

Me sequé despacio. No tenía prisa.

***

Por la tarde descansamos, comimos algo ligero en el apartamento y cuando el sol bajó del todo salimos a buscar ambiente. La noche terminó en una discoteca al aire libre a las afueras del pueblo, con música que se mezclaba con el ruido del mar y mesas alrededor de una pista que a medianoche ya no tenía espacio libre.

Roberto no baila. Nunca lo ha hecho y ya no tiene intención de empezar. Lo suyo es sentarse, pedir algo y verme. Eso es lo que le gusta: verme con ropa que llame la atención, verme en la pista, verme cuando alguien se acerca. Cuanto más se acercan, más le gusta. Es una de las pocas cosas que descubrí de él tarde y que encajó exactamente con lo que yo ya quería.

Diego y Pablo me sacaron a bailar casi desde que llegamos. Me pusieron en medio de los dos y la música hizo el resto. Al principio guardaban cierta distancia, la justa para que no pareciera nada. Luego la pista se fue llenando y esa distancia fue desapareciendo poco a poco. Sus manos en mis caderas, mi espalda contra el pecho de uno de ellos, el ritmo marcando lo que el idioma habría tardado más en decir.

En algún momento bajó el tirante de mi blusa. No sé cuál de los dos lo hizo. El escote quedó al límite y ninguno de los tres hizo nada por remediarlo.

A cierta distancia, Víctor y Marcos estaban sentados con Roberto. Los tres con sus vasos, mirando hacia la pista. Víctor le dijo algo que hizo reír a Roberto. Marcos no miraba la pista; miraba a Roberto.

Diego se acercó a mi oído.

—Sal un momento con nosotros —dijo—. Solo un momento.

—No —respondí sin dejar de bailar.

Un rato después fue Pablo quien lo intentó, con menos palabras y más manos. También le dije que no. Y cuando Víctor se levantó y vino a bailar unos minutos, sus manos fueron directas a donde querían ir y su propuesta fue la más directa de las tres.

—Si hubiera querido salir con alguien —le dije—, ya llevarías rato esperando fuera.

Víctor sonrió. No pareció ofendido en absoluto.

Cuando los cuatro se fueron, nosotros nos quedamos un poco más. Me senté al lado de Roberto y le conté lo que había pasado con los tres.

—¿Y Marcos? —preguntó.

—Marcos no me dijo nada. Estaba contigo toda la noche.

Roberto tardó en contestar.

—Era muy amable —dijo—. Muy atento. Mientras hablaba conmigo me miraba los labios. Puede que esté equivocado.

No estaba equivocado, pero eso lo supimos después.

***

Volvimos caminando por el paseo marítimo. La noche estaba despejada y hacía un calor que no invitaba a apresurarse. Hablamos de lo que llevábamos tiempo hablando: nuestra fantasía. No era algo nuevo entre nosotros. Llevábamos años dándole vueltas, compartiéndola en voz baja en la oscuridad de nuestra habitación, añadiendo detalles como quien construye algo que sabe que algún día va a terminar.

Lo habíamos intentado dos veces. Las dos veces llegamos al local liberal del que nos habían hablado unos amigos, nos plantamos delante de la puerta y no entramos. La tercera vez sí subimos, hablamos con la chica de la entrada, escuchamos las normas. Y luego nos fuimos igualmente, sin saber muy bien por qué. No era el sitio. No era la gente.

Lo que queríamos era específico: alguien que nos quisiera a los dos. No solo a mí.

—Esta noche ha estado cerca —dije mientras caminábamos.

—Sí —respondió Roberto—. Y no solo para ti.

Bajamos al garaje en el ascensor. Roberto había dejado algo en el coche y quería recogerlo antes de subir. Abrió la puerta metálica del aparcamiento y lo primero que vimos fue que todos los coches estaban en su plaza. Todas menos la nuestra.

Eso significaba que nadie faltaba.

Pero los cuatro estaban en el garaje.

Víctor habló primero, apoyado en el capó de su coche con los brazos cruzados, sin apresurarse.

—Lleváis todo el día jugando con nosotros —dijo—. En la playa, en la discoteca. Los dos. Sabemos lo que queréis, y es lo mismo que queremos nosotros.

Diego me sujetó por los hombros desde detrás. No con fuerza, pero con firmeza. Pablo fue hacia Roberto. Marcos se quedó quieto donde estaba, mirando a mi marido.

Forcejé un momento, más por instinto que por convicción. Roberto también se tensó. Pero cuando Víctor se acercó a mí y empezó a bajar muy despacio el tirante de mi blusa, con esa calma que tenía para todo, algo en mí reconoció que llevaba horas esperando ese movimiento exacto.

Miré a Roberto. Él me miraba a mí.

En ese silencio nos dijimos todo.

—Está bien —dije en voz alta—. Pero que sea rápido, que en este garaje hace calor.

Roberto soltó una carcajada corta, casi involuntaria. Marcos aprovechó ese momento para acercarse a él y decirle algo al oído. Roberto escuchó. Asintió con la cabeza.

Y eso fue todo el prólogo.

***

Lo que pasó en ese garaje duró más de dos horas y no voy a pretender que lo recuerdo todo en orden. Hay momentos que tengo nítidos y otros que se mezclan. Lo que sí sé es que en ningún momento quise que terminara.

Víctor extendió una manta sobre el capó de su coche. Me arrodillé delante de él y lo tomé en la boca. Sabía lo que hacía: no me guiaba con prisa sino con intención, una mano en mi pelo, el peso del cuerpo apoyado hacia atrás. Cada vez que levantaba los ojos lo encontraba mirándome, y de reojo veía a Roberto un poco más allá.

Marcos tenía a Roberto contra la columna del aparcamiento. Le había abierto la camisa y lo tocaba con una seguridad que dejaba claro que no era su primera vez con un hombre. Roberto no resistía. Roberto tenía los ojos cerrados y la boca entreabierta con una expresión que yo conocía de memoria pero que esa noche tenía una intensidad diferente.

Llevábamos años buscando esto. Sin saberlo del todo, pero buscándolo.

Diego me penetró primero, tumbada sobre la manta, con mis piernas apoyadas en sus hombros. Pablo se puso a mi lado y yo lo tomé con la boca mientras Diego se movía. Cuando Víctor volvió se colocó detrás de mí y me penetró por detrás muy despacio, esperando a que yo fuera marcando el ritmo. Los tres al mismo tiempo durante un buen rato.

Al otro lado del garaje, Marcos y Roberto habían ido al asiento trasero de un coche con la puerta abierta. Los veía de perfil. Marcos era cuidadoso con Roberto, eso también lo vi. Y Roberto, mi marido desde hace ocho años, recibía algo que nunca habíamos puesto en palabras pero que los dos sabíamos que tarde o temprano iba a ocurrir.

Cambiamos. Víctor fue con Roberto un rato. Marcos volvió a mí y me tomó desde atrás mientras yo me apoyaba contra el capó del coche. Diego y Pablo se ocuparon el uno del otro sobre la manta. Hubo un momento en que tuve a dos de ellos a la vez, uno delante y otro detrás, y las manos ocupadas con los otros dos.

Hubo otro momento en el que Roberto y yo estábamos juntos, él dentro de mí, Marcos detrás de él al mismo tiempo, y nos mirábamos muy de cerca sin decir nada. Esa mirada valía más que cualquier conversación que pudiéramos haber tenido antes.

Fuimos cambiando de sitio y de pareja varias veces más. Probamos todo lo que se puede probar cuando hay seis personas que quieren lo mismo. Yo me la chupé a los cuatro, y Roberto también. Entre ellos hicieron cosas que en algún momento dejé de ver porque tenía demasiado en lo que concentrarme.

Cuando terminamos nos vestimos en silencio, sin vergüenza. Víctor recogió la manta. Diego encontró un par de botellines de agua en su maletero y los pasó. Pablo se encendió un cigarrillo y lo compartió con Marcos.

—Buenas noches —dijo Víctor, con la misma calma del principio.

***

Subimos en el ascensor sin hablar. En el apartamento me dejé caer en el sofá sin encender ninguna luz. Roberto se sentó a mi lado.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Mejor que bien —dije.

Nos quedamos así un rato, en la oscuridad, con el ruido del aire acondicionado de fondo y las ventanas abiertas al mar.

El resto de las vacaciones fueron diferentes. Desayunábamos con Víctor casi cada mañana antes de ir a la playa. Los cuatro juntos alguna vez, los tres solos otras. A veces Roberto y yo hablábamos de esa noche en el garaje, y lo hacíamos sin vergüenza, como cuando recuerdas algo que valió la pena y que merece ser recordado con precisión.

Seguimos en contacto con Víctor. El verano que viene volvemos al apartamento.

No sé si lo que tenemos tiene nombre. Lo que sí sé es que desde aquella noche Roberto y yo somos más nosotros, no menos. Tantos años buscando aquello, y apareció cuando menos lo esperábamos, en el garaje de un edificio de apartamentos a dos minutos del mar.

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Comentarios (4)

Lula_87

que relato!! me quede con ganas de saber todo lo que paso esa noche jajaja

GabrielCordo

Lo lei de una, sin pausas. Hace tiempo no encontraba algo tan bien escrito en confesiones. Gracias.

SolDeVerano

exactamente lo que necesitaba leer hoy :)

Mariela_C

Eso de mirarse en la playa y saber que los demas se daban cuenta... uf, que tension. Me lo imagine perfecto.

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