Le confesé en un cuento todo lo que me hizo esa tarde
—¿Te apetece un rapidito? —preguntas desde la puerta del despacho.
Levanto los ojos del documento. Llevo media hora corrigiendo el mismo párrafo y no he avanzado nada. Estás apoyado en el marco, con la toalla colgada del hombro y esa media sonrisa que conozco demasiado bien.
—Vale —contesto, sin pensarlo mucho.
—Me ducho rápido y vengo.
Cuando sales del baño, tu olor me llega antes que tú: jabón limpio, piel tibia, esa mezcla tuya que reconozco en la oscuridad. Tienes el pelo todavía mojado y la toalla mal anudada en la cintura, esa que solo te pones cuando ya hemos decidido lo que va a pasar.
—¿Me pongo algo en especial? —te pregunto, levantándome de la silla.
Me besas suave en los labios, con la punta de la lengua apenas, lo justo para que se me erice la piel.
—Las medias de encaje. Las que te llegan al muslo.
—¿Y la tanga del lacito?
—Y la tanga del lacito.
Sonrío. Sé exactamente lo que vas a pedir antes de que lo pidas.
—Voy a ponerme también el babydoll negro, el que casi no tapa nada.
—Ese también.
Entro al baño y me quito la bata de peluche, los calcetines, los vaqueros, la camiseta. Me deshago del conjunto vino tinto que llevaba debajo y me pongo el babydoll negro. La tela se ajusta a mis pechos y los pezones se marcan enseguida, duros antes de que me toques. Subo el hilo de la tanga, ese mínimo, con el lacito atrás que tanto te gusta deshacer con los dientes. Después las medias, una pierna y la otra, ajustando el encaje sobre el muslo con cuidado para que no se corra.
Me miro un segundo en el espejo. Hay algo en sentirme así vestida solo para ti que convierte el día gris en otra cosa.
Cuando salgo a la habitación, has dejado un cojín en el suelo, al pie de la cama. Estás sentado en el borde del colchón, esperando. Me arrodillo sobre el cojín sin que tengas que decírmelo. Hay algo en arrodillarme frente a ti que me suelta por dentro, algo que solo entiendes tú.
Te inclinas y me besas en la frente. No es un beso de cama, es un beso de estás aquí. Después tus manos bajan por mis hombros, calientes contra mi piel siempre fría, y bajan los tirantes del babydoll. Liberas un pecho. Pellizcas el pezón despacio, mirándome a los ojos. Cuando hago un sonido contra tu boca, sonríes y haces lo mismo con el otro.
Tu boca recorre mi cuello, encuentra el pezón, lo chupa. El placer se concentra ahí y de ahí va a todas partes. Una mano se desliza por mi vientre, por debajo del hilo de la tanga, y encuentra mi clítoris. Estoy mojada antes de que llegues. Lo sabes. Sonríes contra mi pecho.
—Déjame chupártela —te pido, agarrándome a tus muslos.
Te pones de pie. La toalla cae al suelo. Te tengo justo a la altura de mi boca, duro, ya goteando un poco. Me la meto entera de una vez. Soy golosa. Llevo media tarde imaginándolo.
Mis manos suben por la parte de atrás de tus muslos y te agarro de las nalgas, llevándote contra mí. Me encanta tenerte así. Me encanta sentir cómo me llenas la boca, cómo me estiras los labios, cómo el glande llega al fondo de mi garganta y respiro por la nariz para no parar. Tus manos en mi pelo, marcándome el ritmo.
—Hoy quiero que acabes en mi boca —te digo cuando consigo soltarte un segundo—. Quiero tragármelo todo.
—Eso ya lo veremos.
Bajo, te chupo los testículos, intento metérmelos los dos en la boca. Me restriego tu polla por la mejilla, por el cuello, marcándome con tu saliva y la mía mezcladas.
—Qué bien me la chupas —dices con la voz ronca—. Pero antes ven aquí. Quiero metértela un rato.
Te tumbas y me subo encima. Aparto el hilo de la tanga a un lado, no me la quito. Te empuño con una mano y guío tu glande hasta mi entrada. Cuando me dejo caer y entras entero de una vez, suelto un sonido que es mitad gemido mitad alivio. Llevo demasiado rato necesitando esto.
Me subes el babydoll para tener mis pechos a la altura de tu boca. Tus manos se cierran sobre mi culo. Me muevo despacio al principio, encontrando el ritmo. Después más rápido, los muslos abiertos sobre los tuyos, sintiéndote tan profundo que no sé qué hacer con la voz.
Sin avisar, sacas el vibrador del cajón de la mesilla. Lo enciendes y lo metes por dentro de la tanga, justo contra mi clítoris. La tela lo sujeta ahí. Cada movimiento mío lo presiona más.
—Adrián, así me vas a hacer acabar enseguida.
—De eso se trata.
Me muevo más y más rápido. Los pechos rebotan, tu boca los persigue. El orgasmo llega como una ola larga, una de esas que no te dejan respirar. Me agarro a tus hombros, los muslos me tiemblan. Tú me sostienes por la cadera para que siga, aunque por un segundo no pueda moverme. Me besas para tragarte el sonido que hago.
Cuando recupero algo parecido al habla, te lo repito.
—Hoy quiero que acabes en mi boca.
—Chúpamela un rato más. Después te quiero a cuatro patas un poco. Después decido.
Me bajo de ti. Tu polla está empapada de mí, de mi orgasmo, brillante. Bajo y te la chupo así, con mi propio sabor encima. No hay nada más obsceno y no hay nada que me ponga más.
—Ponte en cuatro.
Me coloco al borde de la cama, las rodillas en el colchón, los hombros y la cara sobre las sábanas, el culo en alto. La tanga me corta una nalga. Sé cómo me ves desde ahí. Sé exactamente cómo me ves.
Recorres mi raja con la cabeza de tu polla, arriba y abajo, despacio, hasta que apartas el hilo y entras. La sensación de llenura es siempre la misma y siempre nueva. No me canso. No me voy a cansar nunca.
Me agarras por las caderas y entras y sales despacio. Demasiado despacio.
—Adrián, por favor.
—Muévete tú.
Te quedas quieto. Empujo el culo hacia atrás contra ti, marcando yo el ritmo, clavándome en tu polla con la frecuencia que necesito. Me arrancas un sonido cuando das un empujón duro justo cuando yo retrocedo. Te siento tan al fondo que muerdo la sábana.
—Qué rico, qué rico, qué rico.
—Voy a llenarte la boca. Y te lo vas a tragar todo.
—Sí, sí, sí.
Sales de mí. Me giro y me quedo de rodillas otra vez sobre la cama. Me agarras del pelo, recogiéndolo en un puño, sosteniéndome la cabeza a la altura justa. Abro la boca. Te empuñas con la otra mano y te miro mientras te terminas. Veo el segundo en que tu cuerpo se tensa, esa pequeña flexión que ya conozco, y entonces el primer chorro me cae caliente y espeso sobre la lengua. Después el segundo. Te la metes en mi boca para los últimos, vaciándote sin prisa, y te chupo la punta hasta la última gota.
Mantengo la boca cerrada, tu sabor todavía sin tragar. Me acaricias el pelo. Me incorporo y separo los labios para enseñártelo, para que veas que lo tengo todo ahí, todo tuyo, antes de tragar.
—Me encanta cuando acabas en mi boca —digo cuando puedo hablar—. Me da un morbo que no sé explicar.
—A mí también me lo das —respondes, y me besas en la frente.
***
Vuelvo al despacho con el babydoll, la tanga, las medias y nada más. Tu sabor todavía en la boca. El cuento que llevaba toda la mañana intentando escribir ya no me importa. Abro un documento nuevo y vuelco lo que acaba de pasar. Lo escribo deprisa, sin corregir, con la respiración aún irregular, antes de que se me escape. Cuando termino, copio el texto y te lo mando por correo.
Después me cambio. Me dejo la tanga, pero me vuelvo a poner el sujetador vino tinto, el suéter, los vaqueros. Bajo a la cocina y me preparo un café. Sentada en el taburete, con la taza entre las manos, todavía noto el calor entre los muslos, el resabio en la lengua, el latido bajo la tela del hilo. Compruebo el correo. Lo has abierto.
Cuando subo, me esperas de pie en mitad de la habitación. No dices nada al principio. Tu pecho contra el mío, tu boca buscando la mía con un beso que no es de saludo. Es de respuesta.
—Otra vez en cuatro —dices contra mis labios.
Solo me bajo los vaqueros. Me los quito sin dejar de mirarte. Vuelvo a la posición, al borde de la cama, los hombros sobre el colchón, la espalda arqueada. Tu mano se cierra sobre mi nalga con un apretón posesivo, hambriento.
Te colocas a un lado, junto a mi cara. La tienes dura otra vez, apuntando hacia mí. Abro la boca y te recibo. Apenas siento tu sabor en la lengua y mi sexo se aprieta solo. Esta segunda vuelta no la esperaba. La ha provocado lo que escribí. Eso me pone más todavía.
—Tócate mientras me la chupas.
Bajo una mano por mi vientre, por dentro de la tanga, y me encuentro empapada. Me acaricio mientras me la meto entera. Entonces oigo el zumbido conocido. Has cogido el vibrador otra vez. Lo metes por dentro del hilo y me lo dejas pegado al clítoris. Cierro los muslos para sujetarlo.
Te la chupo con desespero, con la boca llena, los ojos entornados, la cadera moviéndose sola contra el aire, contra la cama, contra el vibrador. Tus dedos en mi pelo. Mi saliva resbalándome por la barbilla.
Sin avisar te sales de mi boca y te pones detrás de mí. Apartas el hilo y entras hasta el fondo de una sola vez. Suelto un grito contra la sábana.
—Sí, sí, sí.
Empujo el culo hacia atrás. Necesito sentirte entero, necesito todo. Te quedas quieto otra vez, dejándome trabajar a mí, dejándome empalarme en tu polla a mi ritmo. Mis nalgas chocan contra tu pelvis una y otra vez. El vibrador sigue pegado al clítoris, sujeto por la tanga.
El primer orgasmo llega rápido y no me deja recuperarme. No quito el vibrador. Mi cuerpo se sobresalta con el exceso, pero no quiero que pare. Tus manos vuelven a mi cadera y entonces sí, empujas tú, con embestidas duras, profundas, marcando un ritmo que no necesita explicación.
—Lléname, lléname toda esta vez.
El segundo orgasmo no es uno solo. Es una sucesión. Me arrancan el aire. Apago el vibrador porque ya no lo aguanto. Estoy tan sensible que noto la curva del glande cada vez que sales, cada centímetro a la vuelta. Es casi insoportable. Es exactamente lo que quiero.
—Lléname —repito, con la voz rota contra la sábana.
Siento tu orgasmo antes de oírte. Tu polla se flexiona dentro de mí, te entierras en lo más hondo y te vacías. Caliente. Mucho. No te mueves durante unos segundos. Yo tampoco.
Cuando sales, recojo los vaqueros del suelo. Me los abrocho sin cambiarme la tanga.
—Ahora sí me vas a dejar empapada toda la tarde —te digo, sonriendo.
—Lo del correo te ha salido caro —contestas—. Habías dicho que esta vez te la había dejado limpia porque acabé en tu boca. No podía dejarte así. Tenía que llenarte ahí también.
—Lo voy a notar todo el día.
—Esa es la idea.
Bajo otra vez al despacho. La taza de café está fría. Abro el documento del cuento que llevaba arrastrando desde la mañana, ese que ya nadie va a leer hoy. Lo cierro sin guardar y abro el otro, el que acabo de escribir, el que te mandé por correo. Le pongo título. Le añado el final.
El resto del día sigue como cualquier otro. Las llamadas, la lista de la compra, una conversación con mi madre por teléfono, la cena. Pero cuando me levanto del sofá un par de horas después, lo siento. Ese borbotón tibio que se desliza fuera de mí, que me detiene un segundo en mitad del pasillo, que atraviesa el hilo, las medias, la tela del vaquero. Tu marca todavía conmigo, todavía dentro, todavía mojándome a horas de haberlo recibido.
Me apoyo un momento en la pared y aprieto los muslos. Sonrío sola.